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Araca Victoria, Capítulo III (Final)

III

El duelo fue largo y penoso. Más de una vez Victoria y Gervasio se encontraron llorando en los rincones, y se abrazaron cada una de esas veces. Antes de fin de año fueron a cenar a la Pizzería del Globito, frente al Parque de los Patricios, y allí dejaron en claro que eran lo único que el otro tenía, y se prometieron cuidarse y quererse. También se prometieron hablar más, ya que desde que Gervasio había terminado la primaria casi no habían conversado nunca. Algunos días después comenzaron el año con Amelia, Julio, Eduardo y Marta, su mujer. Ese día Julio le dijo a Victoria que en realidad hacía varias semanas que estaba pensando en la idea de irse a vivir con ella, pero no se lo había dicho porqué pensó que dos enfermos en la casa sería demasiado para su hermana. Pero ahora Vladimir no estaba, y quizás no le importara demasiado recibirlo. Por supuesto que trataría de no ser una carga y desde ya que ponía su jubilación a su servicio. Victoria se quedó pensando en lo irónica que es la vida. No podía dejar de pensar que si esa conversación hubiese tenido lugar seis semanas antes, posiblemente su marido seguiría con vida. Arreglaron que Victoria y Gervasio primero procurarían dejar la casa de Parque Patricios, y luego, cuando fueran a una nueva casa, él los acompañaría Para ayudarlos puso a su disposición los Bocones que le había dado el Estado como pago retroactivo de su jubilación. Victoria no los usó de inmediato, todavía le quedaba buena parte del seguro de Vladimir, y pensaba que seguramente sería mejor idea guardarlos para cuando pudiera conseguir un mejor precio por ellos. A mitad de año consiguieron finalmente un departamento en San Telmo, donde se instalaron los tres. Pero antes de eso ya se había roto el pacto que habían firmado luego de la muerte de Vladimir. Una noche Gervasio le confió a Victoria una historia que tenía con una mujer mayor y al día siguiente Victoria lo comentó entre los compañeros de trabajo. Gervasio nunca volvió a contarle nada, y Victoria jamás se animó a preguntarle algo.

Ese año Gervasio fue sorteado para el Servicio Militar, y le tocó Ejército. Sin embargo, Vladimir se encargó de que su hijo no prestara servicio a la Patria. Gervasio pidió sostén de madre viuda, y aunque esto no garantizaba que se salvara definitivamente, la muerte de Carrasco al año siguiente lo liberó completamente de la obligación de hacer salto rana y carrera mar. Poco tiempo después, al terminar la secundaria, Gervasio cambió el trabajo en Bonafide por otro en una oficina de seguros, justo antes de que explotara la desocupación. Los meses fueron pasando relativamente tranquilos, pero la salud de Julio estaba cada vez peor. Un mes después de que Gervasio cumpliera los veinte años, justo para el Día del Trabajo, Julio se quedó dormido en su cama y ya no volvió a despertar. Sus Bocones pagaron su féretro. Ese mismo mes, Menem logró la reelección.

Julio no sólo era el hermano mayor de Victoria. Con trece años más, de niña había sido su protector, su amigo e incluso su maestro. Durante su juventud, muchas veces había sido también su compañero de juerga. Si bien no participó de su faceta militante, solía estar presente cuando organizaban las cenas con la gente del Ministerio, o cuando salían con Vladimir y otros amigos del barrio. Julio había sido el responsable de presentarle lugares como Mau-Mau o Hipopotamus, donde Vladimir pidió una manzana lustrada (que le llevaron) y luego decidió retirarse porque no le permitieron bailar sin saco. Eran tan unidos Julio y Victoria que no dudaron en realizar una boda doble, y al nacer Gervasio tanto la madre como el padre supieron quién iba a ser el padrino. Pero a pesar del dolor que sentía por esta nueva pérdida, Victoria se sentía aliviada. Los últimos años se los había pasado cuidando la salud de su esposo y de su hermano, pero ahora eso ya no era necesario. Gervasio ya era un hombre, y tampoco hacía falta que se preocupara por él. Si bien continuó llevando su vida igual que siempre, se sintió llena de una sensación nueva y extraña. Ahora podía, simplemente, hacer lo que quisiera.

La noche que mataron a Cabezas Gervasio estaba con otros dos pibes haciendo la cola en un boliche de Coghlan y en un momento se le ocurrió ir comprar puchos. Al volver se encontró con que hubo una pelea, llegó la cana y se llevó a sus amigos, entre otras diez personas. Haciéndoles el aguante en la 37º conoció a Paula. A partir de entonces la vida de Gervasio comenzó a cambiar. La química con Paula fue inmediata, juntos se complementaban perfectamente, y Gervasio, que ya había estado con varias mujeres pero jamás se había enamorado, entendió finalmente cómo era eso de decir “te amo” sin que suene a diálogo de película doblada en Centroamérica, hablar largo rato por teléfono aunque no hubiese nada que decir, o simplemente sentirse amado, comprendido y necesitado por alguien que no pretendía de él más que su presencia. Ese mismo año se anotó en la UBA para estudiar Publicidad, y en la cena de Navidad Gervasio y Paula anunciaron formalmente a sus padres su matrimonio para la segunda mitad del año siguiente.

Si bien Gervasio estaba relativamente seguro en su trabajo, todo lo seguro que se podía estar durante el segundo gobierno menemista, el que había empezado a tambalear era el de Victoria. Su buen nivel de ingreso le había abierto la puerta de créditos con los que compraron el lavarropas, la heladera, el equipo de música y el purificador de aire, y después Gervasio se encargó de otro televisor, la video y la multiprocesadora. Pero los buenos tiempos estaban terminando, y después de varios amagues finalmente la empresa quebró. Desde hacía tres años Victoria cobraba la pensión de Vladimir, y gracias a eso no dependía completamente de su hijo, pero ella siempre había sido tan autosuficiente y tan dueña de su vida que tener que apoyarse en Gervasio le parecía casi humillante. Para pasar el tiempo y ganar algunos mangos empezó a hacer pequeñas changas. Daniel, el hijo mayor de Renata, estaba rehabilitándose de su adicción a las drogas y con un socio habían establecido un pequeño local de correo y mensajería. Victoria empezó a ayudarles de vez en cuando repartiendo algunas cartas y dejando propagandas en buzones. También cuidaba a los nietos de Renata, hijos de sus hijas menores Gabriela y Elizabeth. Renata a los 64 años ya pesaba 120 kilos en un metro sesenta de estatura, y apenas podía moverse. A Victoria no le molestaba ayudarla, a veces incluso hasta le planchaba la ropa, pero tenía la sensación constante de estar perdiendo el tiempo.

Cuando al comenzar la primavera Paula y Gervasio se casaron la habitación de él quedó vacía, y Victoria cayo en la cuenta de que por primera vez en su vida estaba sola. Incluso en la época en que Vladimir partió hacia Uruguay ella siempre estuvo con alguien. Pablo y Julio se turnaban para acompañarla, y si no estaba ninguno de los dos seguramente llegaba Bruno a escondidas para pasar la noche con ella. Pero ahora los cuatro habían muerto, y su hijo la dejaba para vivir su vida. Gervasio y Paula se fueron de luna de miel dos semanas a Capilla del Monte, y Victoria aprovechó esos días para hundirse en su propia depresión. Lloraba el día entero y comía lo justo y necesario para mantenerse viva. Siempre le había gustado el vino blanco, y esos días llegó a tomar dos litros y tres atados de cigarrillos por día. Cuando Gervasio la llamó para que los fuese a recibir a Retiro, Victoria finalmente volvió a la Tierra. En un estuche de madera guardó una foto de su padre, otra de su hijo, otra de su hermano y otra de su marido. Lamentó nunca haberle sacado una a su amante, y en su lugar puso el corcho del champagne que bebieron la noche de la muerte de Perón. Finalmente colocó una rosa y cerró la caja con una cinta de raso. La caja encontró su lugar en el estante más alto del modular del living, y así Victoria se despidió de los hombres de su vida.

A partir de entonces Victoria se dedicó a reconciliarse consigo misma, relación que se había dañado hacía casi un cuarto de siglo con la muerte de Bruno Gervasio. En primer lugar, para poder mantenerse sin necesidad de exigirle demasiado a Gervasio, decidió subalquilar su pieza. Así recibió a Daniel y su novia Karina, con quién esperaba un bebé. Desde que la conoció victoria notó algo familiar en el rostro de Karina, pero no lo pudo descubrir hasta que por casualidad ella le habló de sus padres. Karina era hija de Roberto Santucho, y Victoria la había conocido con meses de vida en la casa de Bruno. Era igual a su madre. Victoria se sintió transportada en el tiempo, y decidió proteger a Karina como si fuese su hija. Lourdes nació la misma semana que De La Rúa fue electo Presidente, y aunque realmente no lo fuera, Victoria se sintió un poco abuela. Al mismo tiempo, trató de crear un vínculo con su hijo, quién luego de una vida de desencuentros la seguía viendo sólo porque era su madre. La tarea resultó difícil, había mucho que desandar, mucho que revertir, y no se podía hacer de un día para el otro. Al principio se la pasaron chocando. Victoria quería ayudar a la pareja y lo único que conseguía era meterse. Después, la reacción fue la contraria. Durante un año sólo se vieron tres veces. Pero cuando Chacho renunció, Paula anunció que había quedado embarazada. La posibilidad certera de convertirse en abuela de un nieto de su propia sangre fue suficiente para que Victoria cambiara su actitud. De a poco se fue acercando a la pareja como espectadora, sólo para ver crecer la panza de Paula y soñar de qué sexo sería ese bebé que no se dejaba ver en las ecografías. Tres meses antes de cumplir cincuenta y nueve años Gervasio la llamó para avisarle que había nacido Julieta. Antes de ir a la clínica pasó por un negocio y compró un enterito rosa para su nieta. Mientras pagaba, se dio cuenta de que era la primera vez en dos décadas que compraba ropa para alguien que no era ella. Al ver a Julieta en brazos de su hijo lloró: ella era idéntica a Gervasio recién nacido.

Poco tiempo después Daniel y Karina se fueron de su casa. Con un ingreso menos y sin trabajo, lo que más lamentaba Victoria era no poder malcriar a su nieta todo lo que hubiese querido. La noche del cacerolazo fue a la Plaza cucharón en mano y festejó con la gente cuando Cavallo salió huyendo de la Rosada. Después llegaron los gases, que casi terminan con esas manchas oscuras que Victoria llamaba pulmones, pero al volver a respirarlos después de quien sabe cuánto tiempo, lo que sintió fue nostalgia. Por esas cosas de la vida, Victoria pudo zafar del Corralito, tal vez porque no tenía nada para guardar, pero no fue igual la suerte de Gervasio, quién a la semana de que el Cabezón asumiera se quedó sin trabajo. El año anterior Paula había titularizado como maestra de EGB, de modo que entre eso y sus ahorros pudieron seguir manteniéndose, pero resultó imposible seguir ayudando a Victoria. Siguieron varios meses difíciles, por suerte la dueña del departamento comprendió la situación y le permitió atrasarse en el alquiler, pero la vida se le iba complicando. Tomó la costumbre de ir a San Cayetano, primero para pedir trabajo, pero después para almorzar en el comedor y charlar con las jubiladas que allí se reunían. Después de tres libertades condicionales violadas, Leticia finalmente dejó la cárcel definitivamente, y con su nueva pareja y su hijo nacido en prisión, se fueron a vivir a la pieza desocupada de Victoria. A ella no la convencía mucho esto, no sabía si su sobrina se habría regenerado, pero necesitaba recaudar, y no tuvo opción más que recibirla. Meses más tarde la situación dio un vuelco: alcanzó la edad mínima para jubilarse, cosa que logró a fin de año, y entre la pensión de su marido, la jubilación y un retroactivo que quedó por allí terminó cobrando mejor que cuando trabajaba. Entonces, al sentir que recuperaba su independencia económica, su vida volvió a cambiar. Se deshizo de su sobrina, que ya era un problema, y se dedicó a disfrutar. Empezó a hacer las cosas que más le gustaban, como ir al cine o a comer afuera. Como devolución de gentilezas empezó a ayudar a su hijo con dinero, como él lo había hecho con ella. Visitaba seguido a su nieta, y aunque no lo podía entender, reconoció en ella varios rasgos de Vladimir. Cuando asumió K se fue hasta la Facultad de Derecho a escuchar a Fidel, y ver a ese hombre ya septuagenario hablando allí como si tuviera veinte años y la revolución aún fuera posible, le hizo recordar irremediablemente a Bruno.

Aprovechando que estaba sin trabajo, Gervasio puso el doble de esfuerzo en su carrera, y ese mismo año se recibió y consiguió una pasantía en una agencia de Publicidad. La pasantía se convirtió en empleo efectivo, y finalmente, Paula y Gervasio sintieron que la tormenta había pasado. Para ese momento la relación con Victoria se había arreglado bastante, y aunque sentían que tal vez ya fuera tarde, trataron de volver a ser madre e hijo.

Durante sus últimos años, Victoria alcanzó la tranquilidad que no tuvo durante toda su vida. Pudo ver a su nieta terminar el jardín y entrar a la EGB y a su hijo ganar premios como creativo. No sabía si le alcanzaba para sentirse realizada, pero al menos se sentía en paz. Victoria murió en una cama del Hospital Español meses antes de cumplir setenta años, cuando finalmente sus pulmones le dijeron basta. Gervasio estaba junto a su cama. Antes de morir, Victoria le confesó a su hijo la verdad sobre su padre, pero él le dijo que no importaba, que hacía rato que lo sabía y que eso ya estaba perdonado. Su corazón se detuvo al mediodía, y una expresión de infinita serenidad iluminó su cara. En algún lugar, Vladimir y Bruno la esperaban con los brazos abiertos.

Araca Victoria (Capítulo I)



Araca, Victoria

Y mañana cuando seas

descolado mueble viejo,

y no tengas esperanzas

en tu pobre corazón,

si precisás una ayuda,

si te hace falta un consejo,

acordate de este amigo,

que ha de jugarse el pellejo

pa’ayudarte en lo que pueda,

cuando llegue la ocasión.

Mano a Mano

Gardel-Razzano-Flores

I

Al mismo tiempo que en el este de Polonia las SS inauguraban el campo de exterminio de Treblinka, en un conventillo de Recoleta vino al mundo Victoria. Segunda generación de argentinos (que no era poco para la época), desde chica aprendió a aparentar ser más de lo que era para moverse en un mundo que le resultaba ajeno. Fue bautizada y tomó la comunión en la Iglesia del Pilar, que ya por entonces era un símbolo de la aristocracia argentina, pero lejos estaba ella de esa rancia estirpe de apellidos dobles y pensamientos simples. Su madre había llegado desde Entre Ríos poco antes, con dos hijos y un marido muerto a cuestas y la promesa de un amor como cebo. El amor fue real, y de él nació Victoria. Pablo y Teresa recién se acomodaban en su nuevo hogar, y cuando las contracciones llamaron a la madrugada no hubo tiempo más que para conseguir una partera y recibir a la tercera hija de ella y primera de él.

Pablo consiguió trabajo en el puerto, y así pudieron criar a sus hijos dentro de un hogar humilde pero sin hambre. El Gobierno de Perón les dio la calidad de vida que les faltaba, y así Victoria fue mezclándose desde pequeña entre compañeras de alta alcurnia y familia influyente. Ese hubiese sido además el momento indicado para que Teresa y Pablo compraran su propia casa, pero estaban tan cómodos en Recoleta que prefirieron seguir en el conventillo, que a fin de cuentas no era tan malo, y juntar plata para volverse ya de viejos a Gualeguay.

Cuando tenía ocho años Victoria paseaba por Plaza Francia y encontró a un chico de su edad trepado a un árbol juntando flores. El chico se llamaba Vladimir y su padre había llegado de Rusia con su abuelo, un oficial zarista que había podido huir de la Revolución. Vladimir acababa de abandonar la escuela, y llevaba a su casa el dinero que hacía vendiendo las flores que juntaba. Él y Victoria pronto se hicieron amigos, y mantuvieron esa amistad durante varios años, a pesar del desacuerdo de Pablo, que no quería esa clase de relaciones para su hija. Había llegado a tener una buena posición en el puerto, y sabía que el futuro de Victoria estaría consiguiendo un buen marido que tuviera con qué mantenerla, y no un muerto de hambre como el rusito ése. Para eso se encargó que fuera a un buen colegio, y se encargaría también de que tuviera una buena secundaria en una escuela de monjas como corresponde, y que llegado el caso asistiera a la Universidad y allí pudiera enganchar a un médico o un abogado o incluso un contador, que son los que en definitiva manejan la economía del mundo. Pero a ese chico lo quería bien lejos, y si no lo veía más, mejor.

Lo seguía viendo, sin embargo, y Vladimir se llegó a convertir en su cable a tierra, la persona que le hacía recordar a qué clase pertenecía, y con quiénes se sentía más cómoda. Con él fue a ver el multitudinario funeral de Evita. Con él fumó el primer cigarrillo. Con él paseaba por el centro el día que bombardearon Plaza de Mayo. La amistad con Vladimir atravesó toda su adolescencia y siempre lo sintió como un hermano más. Pero aunque ella no se daba cuenta, él de a poco se había ido enamorando.

Al terminar la secundaria hubo dos cosas que cambiaron la vida de Victoria: por un lado de la radio le llegó por primera vez la voz furiosa de Little Richard cantando Tutti Frutti. Por otro lado, en año nuevo se dio cuenta de que al menos en Cuba las revoluciones podían surgir del pueblo, y si pasaba en Cuba, ¿Por qué no en Argentina? ¿Al fin y al cabo de dónde era el Ché? Siguiendo el mandato paterno se inscribió en Ciencias Económicas, y allí conoció a más gente que pensaba de esta manera. Allí lo conoció a Gervasio. Bruno Gervasio era un estudiante de tercer año que tenía más ambiciones políticas que profesionales, y que resultó su puerta de entrada al Partido Comunista de la Argentina. Por supuesto que todo empezó como algo clandestino, no eran buenos tiempos para ser comunista en occidente, y menos ahora que el gobierno de Frondizi tambaleaba. Sin embargo Gervasio era tan atractivo, tan carismático y tan convincente que costaba no ver en él al Fidel Castro argentino. Antes de darse cuenta, Victoria hubiese dado la vida por ese hombre.

Al ver cómo venía la mano, Pablo comprendió que tal vez la Universidad no era el mejor lugar para su hija. Para separarla de aquellas yuntas le consiguió un trabajo de secretaria en el Ministerio de Obras Públicas, y la convenció de que deje la Facultad, total ya tenía laburo. Además, y esto no se lo dijo, esperaba que en el Ministerio se enganchara con algún militar de carrera, que otra vez eran gobierno, y se dejara de joder con todos esos zurdos con los que andaba.

Pero en cierta forma a Pablo le salió al revés el plan. Victoria de día trabajaba en Obras Públicas y de noche se juntaba con sus camaradas y les pasaba el informe de lo que observaba. Llevaba una doble vida peligrosa, pero no era consciente de ello, lo vivía como un juego. En el Ministerio nadie jamás se dio cuenta, pero Pablo vivía con el corazón en la boca. Para asegurarse de que volviese a casa entera empezó a hacer las veces de chofer. Prácticamente todos los días la llevaba a algún lado y luego la iba a buscar. La mitad de las veces iban a cenar a algún restaurante con compañeros y compañeras del trabajo, incluidos a veces algunos oficiales con grado de teniente primero o capitán. A estas veladas Pablo la llevaba de buena gana, convencida de que eran lo que su hija necesitaba para salir adelante en la vida. El resto eran reuniones informales con antiguas compañeras de facultad con las que no quería perder el vínculo. Pablo se imaginaba qué eran en realidad esas reuniones, pero si le prohibía asistir sabía que ella iba a ir de todos modos e iba a escapar de su control. Así que a regañadientes la llevaba, con la condición cual Cenicienta de estar lista a medianoche para que la pasara a buscar.

Así siguió con esta rutina durante cuatro años. El quinto apareció un tercer factor absolutamente inesperado que desequilibró el ajustado reloj de Victoria. Acababa de ser depuesto Illia cuando Vladimir cayó gravemente enfermo. Victoria fue a asistirlo, día tras día, al Hospital Rivadavia, donde al poco tiempo le dijeron que estaba en las últimas, y que luego de dos cambios de sangre ya no había que guardar demasiadas esperanzas. En su lecho de muerte Vladimir le hizo prometer a Victoria que le daría su mano cuando todo aquello hubiera pasado, y ella, con lágrimas en los ojos, aceptó. El destino quiso que los milagros sean posibles, y con el tercer cambio de sangre Vladimir comenzó a recobrar el color y la salud. Victoria no sabía como escapar de su palabra, pero la Noche de los Bastones Largos permitió a Pablo convencerla de que no era buen momento para seguir con sus juegos revolucionarios, y que en definitiva el rusito la quería. Vladimir y Victoria se casaron en la Iglesia del Pilar después del Día de la Raza, el mismo día que lo hizo Julio, el hijo mayor de Teresa. Luego se fueron dos semanas de luna de miel a Punta del Este y se mudaron a otro conventillo, a una cuadra del Congreso. Por un tiempo, Victoria no volvió a tener noticias de Bruno Gervasio.

Por supuesto que Pablo no había cambiado su concepto de Vladimir, pero comprendió que se venían tiempos duros, y el matrimonio era la mejor manera de proteger a Victoria de la furia anticomunista de aquellos tiempos. Vladimir había conseguido trabajo como pastelero en una pizzería, y sumado al que Victoria seguía manteniendo en el Ministerio podían llevar una vida bastante holgada. El primer año fue magnífico, Victoria y Vladimir se dedicaron a recordar los viejos y buenos tiempos y así, entre salidas, escapadas y fiestas, se permitieron por algún tiempo el lujo de ser felices. A partir del segundo año la convivencia comenzó a hacer que los defectos pasaran al primer plano, y la felicidad fue cediendo a la rutina. Victoria sabía que Vladimir era un buen hombre, un buen marido y que incluso sería un buen padre, si es que algún día llegaban a tener hijos. Pero ella no podía olvidar su reciente pasado y sus ambiciones de liberar Latinoamérica, y no podía dejar de ver en Vladimir a un buen hombre, sí, pero un hombre común. No podía, tampoco, olvidar a Gervasio, de quien se había despedido la última vez sin saber si algún día se volverían a ver.

Ese día llegó, sin embargo. En una disquería de la Avenida Callao Victoria había entrado a averiguar por el Álbum Blanco de los Beatles cuando se encontró con un joven de espaldas que compraba el single del “Tema de Pototo” de Almendra. Era Bruno. Luego de los correspondientes besos y abrazos del reencuentro ella le preguntó cómo podía escuchar esa música, y él le contestó que los tiempos estaban cambiando, que ahora la buena música no sólo venía de afuera. Fueron a tomar caña Legui a la Confitería del Molino y allí pasaron dos horas charlando sobre pasado, presente y futuro, y quedaron en volver a encontrarse para retomar las andadas de antaño. Más o menos para el mismo tiempo ocurrieron otras dos cosas que debilitaron más aún el matrimonio de Victoria y Vladimir. La pizzería cerró a mitad del invierno, y con Vladimir aún desempleado Victoria quedó embarazada. Argumentando que no iba a tener un hijo sin estar segura de tener dinero para darle de comer Victoria se hizo un aborto, y enfurecido por esto Vladimir aceptó una oportunidad de trabajo en Montevideo. Victoria dijo que no podía renunciar al suyo, y así Vladimir viajó solo al comenzar la primavera.

Durante dos años Victoria volvió a su vieja vida de soltera. Seguía viviendo en su hogar conyugal, y hablaba por teléfono con su marido cada dos semanas, pero a la noche había vuelto a su rutina de alternar cenas y fiestas con sus compañeros con asambleas políticas. Y Pablo volvió a la rutina de llevarla y traerla a casa por las dudas. Para cuando los Montoneros asesinaron a Aramburu, Victoria volvió a quedar embarazada, y si bien ya tenía ganas de ser madre, no podía tener un hijo con su marido fuera del país. Volvió a abortar, esta vez sola y sin confiárselo a nadie. El país estaba empezando a ponerse violento, y fue para esa época que volvió Vladimir, quién había conseguido que lo tomaran en la filial argentina de Fiat Concord, y estaba dispuesto a que tuvieran una segunda oportunidad. Poco tiempo antes Gervasio había empezado a juntarse con la gente del ERP, y una tarde Victoria conoció en su casa a Roberto Santucho, su mujer y sus hijas. Victoria se dio cuenta de que la mano venía pesada, y otra vez puso por delante la vida familiar relegando su costado militante. Un año y pico después el ERP secuestró y asesinó al director general de Fiat, y Victoria supo que detrás de aquello estaba la mano de Bruno. Ésta vez las cosas habían salido mal, y varios empleados de la empresa estaban pagando el asesinato con sus puestos. No fue el caso de Vladimir, que mantuvo su lugar como encargado de maestranza en el edificio de la empresa en Buenos Aires, pero eso no le impedía estar furioso con los secuestradores. De hecho, Vladimir odiaba a los comunistas. Toda su vida le había dado vueltas la idea de que si ellos no existiesen él seguramente hubiese seguido los pasos de su abuelo en la guardia del Zar. Victoria tenía claro esto, y siempre se había cuidado de ocultarle sus vínculos con el PC, aunque Vladimir no era tonto, y, así como su suegro, también había notado algo raro en las salidas que Victoria solía hacer ciertas noches sin su compañía. También era capaz de imaginarse que su esposa lo engañaba, pero a fin de cuentas él la amaba, y podía soportarlo si ella permanecía a su lado. Él tampoco le había sido fiel el tiempo que estuvo en Uruguay, pero había vuelto, y eso significaba que entre ellos había más que dos anillos y unos cuantos papeles.

Tres veces estuvo Bruno Gervasio a punto de caer, y las tres veces zafó. Cuando a Santucho y su mujer los agarraron, Gervasio consideró que era un buen momento para pasar a cuarteles de invierno, al menos hasta que amainara la tormenta. Abandonó la lucha y se dedicó a dar clases de contabilidad en una secundaria. Durante algún tiempo con Victoria sólo fueron amantes. A pesar del caos imperante en el país, aquellos tres años y medio vivieron tranquilos. Los tres.

(Continúa)


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