Horas Perdidas

Hubo una vez un señor llamado Raymond Chandler que me enseñó que se puede contar una buena historia con las palabras justas. Poco tiempo después otro señor llamado Julio Cortázar me hizo ver que es posible divertirse con el lenguaje sin sacrificar el dramatismo. Un tercer señor de nombre John Ronald Reuel Tolkien me mostró cómo hacer una historia extremadamente compleja y coherente. Finalmente un cuarto señor conocido como Stephen King construyó personajes dotados de personalidades desarrolladas al detalle que me indicaron cuál era el camino a seguir en ese aspecto. He ahí mis cuatro maestros.
Sin embargo, seis años atrás pasó algo nuevo. Desde un lugar ajeno a la vanguardia narrativa como es la televisión surgió un producto que iba a revolucionar la manera de contar historias. Enfatizo “producto” porque, valga la redundancia, eso es lo que la televisión produce. La tele es un lugar donde salvo rarísimas excepciones se apuesta a lo seguro, y dónde noche a noche podemos ver ejemplos de fórmulas repetidas hasta el hartazgo que se mantienen en el aire por el simple hecho de que siguen facturando. Pero cada tanto a alguien se le ocurre tomar un riesgo. Romper los esquemas. Puedo citar a El Prisionero, Los Vengadores, Los Simuladores y unos cuantos más que no vienen al caso. Pero siempre el riesgo venía por el lado de la historia. El cuento. Nunca en la manera de contarlo. Eso es, precisamente, lo que hace a Lost una serie distinta.
En el principio fue el cliché. La historia es conocida: ABC quería explotar el rebote de la reciente película Náufrago con Tom Hanks y hacer, precisamente, una serie sobre náufragos en una isla. Nada que no se le hubiese ocurrido a Daniel Defoe hace 300 años. Pero por esas cosas de la vida, la carpeta del proyecto fue a parar al escritorio de J. J. Abrams. Según la historia oficial en una noche de brainstorming Abrams se reunió con Damon Lindeloff y juntos diseñaron seis temporadas de una serie destinada a cambiar la ficción para siempre. La entrevista donde Abrams cuenta esta anécdota está en los extras de la edición en DVD de la primera temporada. Tal vez en ese momento no era posible ver los alcances de lo que se había puesto en marcha, pero ciertamente desde los primeros capítulos estaba en claro que veíamos algo distinto.
En el comienzo fue un accidente de avión. Pero pronto vimos que ese no era el comienzo. A través de flashbacks conocimos el pasado de los diecisiete (¡17!) protagonistas, y comprendimos que el accidente no estaba al comienzo de la historia sino más bien a la mitad. Que los sobrevivientes eran desconocidos pero se habían cruzado una y otra vez a lo largo de sus vidas. Que los protagonistas pueden morir. Y sobre todo, que la isla no era escenario sino personaje.
A partir de la segunda temporada descubrimos que una historia se puede dar vuelta 180º una y otra vez sin dejar de ser la misma historia. Así supimos de la Iniciativa Dharma y sus estaciones. De los Otros, presentes en su ausencia durante dos años. Supimos de Henry Gale, de Minessotta, a.k.a Benjamin Linus, uno de los mejores villanos televisivos que se han visto. A través del espejo (Through the Looking Glass) descubrimos el recurso de los flashforwards y supimos que el regreso de los sobrevivientes a la civilización no implicaba necesariamente el final de la serie. Y, casi sin darnos cuenta, descubrimos que los viajes en el tiempo y las realidades alternativas eran apenas un condimento más de esta deliciosa ensalada.
Así, cada temporada supuso un nuevo desafío a nuestra capacidad de asombro. De a poco la isla nos trajo drama, suspenso, acción, aventuras, mitología, ciencia ficción y fantasía, narrado en base a recursos innovadores y sorprendentes. Si a esto le sumamos el rebote que tuvo la serie en Internet, donde su onda expansiva se multiplicó hasta el infinito, nos encontramos con un producto (sí, un producto) que simplemente revolucionó nuestra manera de escuchar una buena historia.
Mientras escribo estas líneas en ABC están dando el último capítulo de Lost. Recién podré verlo en un par de horas. Confío en la muñeca de Damon Lindeloff y Carlton Cuse para salir bien parados del quilombo en el que se metieron. Pero aunque The End sea un capítulo decepcionante que no le haga honor a las seis temporadas emitidas hasta ahora (cosa que realmente dudo) nada le va a quitar a Lost el mérito de haber representado el mojón más importante en la historia de la narrativa del siglo XXI. La ficción ya no volverá a ser lo mismo.
Y eso me gusta mucho.


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