Disconnected – 12
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Por supuesto, lo primero que me fijé es si yo seguía en bolas. Seguía en bolas, efectivamente, pero sobre el espacio que iba desde mi ombligo hasta mis rodillas estaba cubierto por la sábana. No recuerdo haberme tapado en ningún momento. Sonia me sonrió.
-Hace varios días que tengo ganas de ir al cine. ¿Me acompañás?
-No sabía que en Victoria hay cine… -le dije mientras me despabilaba.
-En Victoria no. En Rosario.
-¿Y hasta Rosario nos vamos a ir para ver una película?
-Dale, no es tan lejos cruzando el puente. Osvaldo me presta la F-100, pero yo no sé manejar…
Me gusta mucho manejar. Eso algún día me va a traer problemas. OK, vamos. Me visto y salimos. Ella no se movió. Sonia, ¿no vas un minuto al comedor así me puedo vestir? Gracias. Me hubiese levantado en bolas delante de ella sin problemas, luciendo orgulloso mi erección de domingo a la mañana (mediodía más bien), pero le dí una última oportunidad de arrepentirse. En el comedor Sonia estaba charlando con Melón, quien le hincaba el diente con ganas a una jugosa sándia. No sandía, sándia. Me convidó, asegurándome que jamás había probado una sándia tan deliciosa. Pero la verdad es que no me gusta la sándia. Salimos y Sonia me entregó las llaves de la F-100. Yo me pregunté cómo es que si ella no sabía manejar la camioneta estaba en la puerta de lo de Camucha, pero preferí no indagar sobre el asunto. Tenía muchas ganas de manejarla. En el camino hacia el puente pasamos por el Casino. Sonia me contó que ella trabajaba ahí, y que tenía que ir a conocerlo. Francamente no me interesa conocer el Casino, y menos si ahí también labura mi prima. Después sí, nos dirigimos a atravesar el puente Rosario-Victoria.
El puente no es tal, al menos en toda su extensión. Más bien es una larga autopista que atraviesa una amplia zona de bañados entre las provincias de Entre Ríos y Santa Fe. Sesenta kilómetros de asfalto que atraviesan una serie de islas y ríos que se ven unidos por una cinta de hormigón y hierro. Al final de ella, el río Paraná, y el puente propiamente dicho. Del otro lado del puente, Rosario. Todo lo que significó para mí Victoria durante mis primeros tres lustros de vida, luego de eso pasó a estar representado por Rosario. De hecho, la última vez que dejé Victoria hace veinte años, lo hice por agua siguiendo este mismo camino pero a bordo de una lancha colectiva similar a las del Tigre que demoró cuatro horas en hacer el trayecto que ahora cubrí en veinticinco minutos. Desde el puente entramos por circunvalación, y a pesar de hacer el camino innecesariamente más largo seguí bordeando la ciudad hasta llegar a Boulevard Oroño, la entrada principal para aquellos que van desde Buenos Aires. Una vez más, y por el camino que conozco, ingresaba en la Ciudad de Rosario.
Rosario es curiosa. Para empezar, no tiene fundador. Alguna vez, a mediados del XVIII, comenzó a asentarse gente en la zona, y de a poco se fue convirtiendo en uno de los núcleos urbanos más importantes del país. En 1812 Manuel Belgrano tomó la decisión de enarbolar por primera vez en este lugar la bandera que por propia iniciativa había creado. Rosario es la ciudad que con mayor osadía le hace frente a Buenos Aires como principal referente urbano del “interior” del país. Los porteños tenemos un ego muy grande, lo reconozco, pero el de los rosarinos es aún mayor. Yo soy jodidamente porteño, pero sin desmerecer este hecho amo profundamente a la ciudad de Rosario, Cuna de la Bandera. Es el único lugar fuera de Buenos Aires en el que me puedo sentir casi como en casa. En Rosario se encuentran las mismas comodidades que hay en Capital, desde cines o shoppings hasta telos. Y la estética urbana, aunque me vayan a putear de los dos lados por decirlo, es muy similar. Es cierto, sería bueno que en Buenos Aires hubiese boulevares como en Rosario. Además está el río. El aspecto imperdonable de Baires es haberse vuelto contra el río, algo así como morder la mano del amo. En Rosario el río es parte del paisaje urbano, desde la costanera hasta la Florida. Tienen un espacio verde maravilloso como es el Parque Independencia. Y una arquitectura clásica y caprichosa, tal como la Reina del Plata. En Rosario tenía primos y tía. Dolía bastante entender ciertos comportamientos de aquella época, lo reconozco, pero eso no minaba la alegría de estar de nuevo en la ciudad. Así que enfilé para el centro rumbo a las peatonales.
La verdad, el día no estaba para cine, sino más bien para ir a la Florida y meterse en el agua, pero ninguno de los dos traía malla y la señorita quería ver Australia. Ella quería ir al Village Rosario. Pero tanto no le concedí, y sacamos las entradas en el Gran Rex.
No tenía ganas de ver Australia. No me llamaba. Pero entonces me encontré con una película al mejor estilo Hollywood de los ’50. Muy bien filmada, muy bien actuada, con aventura, romance, drama, una película para disfrutar y prestarle atención.
Sin embargo la atención comenzó a mermar cuando sentí la mano de la Sonia que subía por mi pierna.
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El primer video es una serie de fotos recopilada seguramente por la Dirección de Turismo de Rosario con música de fondo de Lalo de los Santos, Tema de Rosario, y luego misteriosamente sigue con Adiós Nonino, tema porteño si los hay. El segundo video es el trailer de Australia. Si alguien la vio, díganme si vale la pena ir.