Disconnected – 11
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Amanece en la ciudad de las siete colinas. No, en Roma fata un par de horas para el alba, me refiero a Victoria. Supongo que llamarla de esa manera debe tener algo de megalomaníaco por parte de los habitantes. Después del corso Osvaldo insistió en que vayamos a bailar. No, gracias, le dije. Insistió. No, gracias, repetí. Dale, boludo, que te va a hacer bien salir. Al final me convenció la Sonia, que me dijo que nos veíamos en el Morro. El Morro se llama el boliche, y aparentemente está de moda. Esta noche era la Fiesta de la Espuma. “No mojarte es imposible” rezaba el slogan. Y la puta que lo parió. Menos mal que no andaba demasiado bien vestido. En realidad no me traje a Victoria mi mejor ropa. No vine con intenciones de salir de joda. Yo imagino que la onda debe ser alegrarme por el mal trance que estoy pasando, pero la verdad que no les sale bien. Loco, no tengo ganas de joder, ¿no entienden? Tengo ganas de gritar en todo caso. Tengo ganas de cagar a la gente a patadas. A unos cuantos, eh. Desde ya, a mi tío y a mi vieja por acción. A mi viejo por omisión. A la puta que me parió por puta que me parió. A los que lo sabían por no decirme nada. Y por sobre todo a mi prima, su marido y toda su prole por haber usurpado mi casa. Porque hasta ahora ya era malo que hubiesen usurpado la casa de mi tío, pero ahora resulta que la que ocuparon era mi casa. Eso ya es demasiado.
A ver si se entiende, yo soy hijo único. Esto quiere decir que durante mi infancia era más el tiempo que estaba solo que el que estaba con alguien. A los cinco años, sin embargo, nos mudamos al mismo pasillo donde vivía mi abuela con su otra hija y sus nietos. Sus nietos, mis primos. Omar y Carla. Ellos dos fueron lo más parecido que tuve a hermanos durante mi infancia. Sin embargo, nunca dejé de notar cierto menosprecio hacia mí. Siempre pensé que era por ser el más chico, pero ahora las cosas me cierran de otra manera. Nunca reparé del todo en el sentido de la palabra “bastardo”. Es una palabra hostil y despectiva. Eso es lo que soy, y así es como fui tratado. Entonces, visto desde esa perspectiva, es natural que se caguen en el bastardo. ¿Qué derecho podía tener un bastardo a una propiedad de la familia? Espero no cruzármelos, porque no respondo de mí. De veras, no tengo idea de cuál podría ser mi reacción. Pero Victoria es un lugar muy chico. Tarde o temprano nos vamos a ver. Yo puedo entender que necesiten donde vivir y ocupen una casa desocupada. Pero se cagaron en mí. Jamás me tuvieron en cuenta al momento de tomar esa decisión. Y mucho antes de morir Camisa había expresado su voluntad de dejarme la casa. Sólo que nunca hizo el papelerío necesario. Nunca tuve derecho legal a reclamarla. No me reconoció, no hizo testamento, él también se cagó en mí a su manera.
Hice barra toda la noche. Por suerte Osvaldo invitaba los tragos. Desde cierta distancia la miraba a la Sonia. Había bailado todo el camino de la comparsa, y no se cansaba de bailar. Revoleaba el culo y la cabeza para todos lados. Y yo hace una semana que no tengo sexo. Me estoy empezando a poner loquito. Además, Sonia no es la única pendeja buena que hay en El Morro. Y me miran. Osvaldo dice que encare, que están entregadas y yo soy la novedad. Pero honestamente chamuyar una mina en un boliche es una actividad que nunca se me dio con demasiada facilidad y que honestamente no estaba de ánimos para realizar ahora. En realidad nunca me gustaron demasiado los boliches. Son lugares muy, demasiado impersonales. Más para levantar minas. A mí siempre me gustó el chamuyo elegante, y con la música a 110 decibeles se hace muy difícil poder hablar con alguien. El levante en boliches siempre me pareció más del tipo palo y a la bolsa, y ese no es mi estilo. Eso es lo bueno que tiene Internet. Permite el chamuyo grueso y fino y tener por lo menos un paneo de la persona que está del otro lado antes incluso del primer contacto face to face. Vamos, necesito poder al menos conversar un par de palabras con la mina, aunque mi única intención sea echarme un polvo. Nada más deprimente que pasar en silencio los quince minutos del cigarrillo intercoital. Al menos comentar a Los Simpsons, carajo.
En fin, que ya entrada la madrugada dije basta para mí y me fui solito a dormir. Osvaldo y Sonia seguían ahí, pero yo la verdad que ya no tenía ganas de nada. Por suerte conseguí remís. No es demasiado lo que tendría que haber caminado, pero no tenía ganas de caminarlo. Llegué envuelto en sudor, maldito verano entrerriano, y esas putas chicharras que no se callaban. Me saqué toda la ropa y fui a pegarme una ducha. Después, así como estaba nomás, me tiré en la cama. Las primeras luces del día comenzaban a asomarse por la persiana entreabierta. No tardé cinco minutos en dormirme.
Cuando me desperté la Sonia estaba sentada en mi cama.
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Muy buen relato. Están fuertes las chicas carnavaleras, eh?