Copernico’s Bar – El Tapado

Los jueves era noche de jazz. No fue algo premeditado, de a poco empezaron a venir bandas de jazz y en general el hueco que teníamos para meterlos era los jueves a la noche. No demasiado tarde, largábamos a eso de las nueve y media o diez para los que laburan el viernes a la mañana. El público era bastante heterogéneo. En las mesas se podía ver parejas que compartían una cena romántica con música cool de fondo, jóvenes músicos bohemios (inconfundibles, por cierto), matrimonios bastante entrados en años y gente de todo tipo en general dispuestos a disfrutar un rato ameno y agradable.
Y siempre, infaltable, en primera fila al centro estaba el Gringo.
El Gringo era un tipo incalificable. Debía tener bastante menos de los 1500 años que aparentaba, su pelo era plateado pero conservaba una melena envidiable que casi nunca ataba. Miraba el escenario con cara de “esto ya lo viví” y observaba atentamente el desempeño de cada músico, pero se detenía especialmente en los guitarristas, particularmente en el momento del solo. Las primeras veces llegaba y pedía un J&B. Después empezó a pedir “lo de siempre”. Finalmente, no pedía nada. Apenas ocupaba su silla Marcelo sin indicación previa le llevaba su botella de bourbon (porque siempre pedía la botella, y se la llevaba). Una generosa propina al levantar la mesa era su ayudamemoria infalible.
Pero a pesar de su extravagancia al Gringo le gustaba el perfil bajo. Siempre estaba solo en su mesa. Llegaba media hora antes de que empiece el concierto y se iba después de los bises. Nunca pidió nada de comer, nunca se lo vio hablando con nadie. El tipo aparecía los jueves a la noche, y por una semana no se volvía a saber nada de él.
Un día vino a tocar una banda llamada Costal de Excesos. Ya habían tocado antes en el Bar, pero nunca un jueves. En realidad lo que hacen no puede definirse exactamente como “jazz”. Más bien diría que no puede definirse, si bien se nota que los pibes escucharon bastante swing, bebop, blues, fusión y free jazz. A mí me gustaba mucho la música que hacían, y ante la falta de una mejor opción (quizás más “tradicional”) tomé el riesgo de ofrecerles es espacio de los jueves. Ellos modificaron un poco su repertorio habitual para hacerlo más jazzero, y tuvieron una buena acogida por parte del público. Especialmente por parte del gringo, quien sonreía y aplaudía con ganas cada tema. Por otro lado, era evidente que los músicos conocían al Gringo. Entre tema y tema, o incluso mientras tocaban, hacían comentarios entre ellos fuera de micrófono mientras lo miraban. Hasta que en un momento el guitarrista se plantó al frente del escenario y le dijo al público:
-Ahora vamos a hacer un tema que no es nuestro pero es una de las joyitas de nuestro repertorio. Es un tema que escribió hace muchos años un señor llamado George Harrison, y para el cual sería un honor ceder mi guitarra a un ilustre visitante que hoy vino a vernos. ¡Pido un fuerte aplauso para el señor Angus Miller!
Vamos a ser sinceros, el aplauso no fue fuerte, sino más bien bastante tibio. Imagino que la mayor parte de los presentes, al igual que yo, desconocían quién era Angus Miller. De manera que pueden imaginar mi sorpresa cuando lo vi al Gringo sonriendo y rechazando la invitación con las manos.
-Please, Mr. Miller, please me! –continuó el violero, y don Angus finalmente accedió. Estaba vestido con el estilo de siempre, pero en el escenario se veía distinto. Llevaba un ambo color crema y debajo una remera blanca con el escudo de los Ramones. Al subir recibió la Gibson Les Paul Standard como se recibe a una vieja amiga, y a continuación realizó lo que estaba claro que era un pequeño ritual. Con una gomita que llevaba en la muñeca se ató el pelo y luego sacó del bolsillo una púa a la que besó antes de arrancar. Entonces la banda le dio luz verde a While My Guitar Gently Weeps. A partir de allí sus manos comenzaron a acariciar a su vieja amiga como si se tratara de una nueva amante. Desde el primer momento el gringo se hizo notar, pero cuando llegó el momento del solo dejó claro que no tiene nada que envidiarle a Clapton. Ahora sí, la ovación fue cerrada, y luego de agradecer y devolver la guitarra, el gringo se desató el pelo y volvió en silencio a su mesa. Como de costumbre, después del último tema dejó bastante más dinero del que había consumido bajo el vaso y se fue envuelto en el mismo silencio que siempre lo acompañaba y su inseparable botella. Mientras los músicos desarmaban los equipos yo me acerqué al guitarrista.
-Ché, ¿de dónde lo conocen al Gringo?
-¿Conocerlo? Bueno, de discos. El tipo tocó con Dizzy Gillespie, con Miles Davis, con John Coltrane, unos cuantos grossos. Hizo el Guitar Craft con Robert Fripp. Se decía que se había jubilado. La verdad, no estaba seguro que era él, pero lo consulté con los muchachos y todos estaban de acuerdo en que sí, así que me tiré a la pileta y lo invité a subir. Una bestia, eh.
-Sí… -contesté yo- una verdadera bestia.
El gringo siguió y sigue viniendo todos los jueves a ver bandas de jazz, envuelto en su halo de misterio y su pasado de gloria.
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Hace rato que no me tomaba algo en el bar…