Disconnected – 04
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Ya estoy instalado. A veces uno se sorprende de la huella que ha dejado en los demás. Camucha me invitó con unos mates y tortas fritas recién hechas. Cuando llegué estaba haciendo fritos, que son tortas fritas bañadas en almíbar, pero como a mí siempre me resultaron empalagosas preferí agarrarlas como venían. Entre mate y mate ella me preguntó por mi familia y por otros temas que no tenía ganas de tocar, y que toqué entonces de manera liviana o directamente evasiva. Camucha se dio cuenta de que mi estado no era el mejor posible, de manera que cortésmente evitó indagar demasiado. Para la segunda pava llegó Melón, su marido. Camucha es la hermana de mi madrina, prima de mi madre. Mi familia de Entre Ríos me hace recordar bastante a los Buendía. Mi abuela tenia nueve o diez hermanos, nunca supe cuantos y creo que tampoco me interesó demasiado. Unos cuantos de esos ya estaban muertos para cuando yo nací. Las que conocí eran todas mujeres, y todas con distintos apodos: La Neca, La Tita, la Bari. La Ofelia zafó de eso, pero no zafó del artículo delante del nombre. Casi nadie zafa de eso en Victoria. Así que automáticamente pasé a ser “El Mario”. Camucha y la Pocha son hijas de La Neca. La Neca era idéntica a la Tita, mi abuela. Ella dos no se parecen ni siquiera entre sí. En realidad todo me llevaba a recordar cosas relativas a mi familia. Nunca viví en Victoria, pero de chico venía seguido. No recuerdo mucho más que eso. Tengo bastante reprimidos los recuerdos de mi infancia.
Una de las primeras preguntas fue, por supuesto, dónde estaba parando. Cuando le dije a Camucha que en ningún lugar, me ofreció de inmediato la pieza del Silvio, que se había ido de viaje a la cordiller y todavía iba a demorar un tiempito en volver. Melón estuvo de acuerdo. Silvio era el último de sus cinco hijos que seguía viviendo con ellos. Los demás estaban casados ya, y en general con un abuena cantidad de hijos a cuesta. Salvo excepciones, todos por allá solían ser prolíficos. Las excepciones eran mi tío, Camisa, y la Pocha. Camisa había tenido esposa pero no hijos. Su mujer era bastante mayor que él y al momento de la boda ya estaba muy grande para quedar embarazada. Murió hace más de veinte años, y él la siguió hace algo más de diez. Nunca volvió a estar con nadie. Después de la muerte de la Inés tuvo un ataque fulminante de diabetes que lo dejó postrado para siempre en una cama. En Victoria no había la suficiente infraestructura para mantenerlo, de manera que tuvo que irse a vivir con su hermana a Rosario, y al final con su otra hermana a Buenos Aires, a mi casa. Mi prima se quedó viviendo con su familia en casa de él, y allí está desde entonces. Aunque la historia es mucho más larga.
Cenamos temprano, y por ser la primera noche decidí guardarme e ir a la cama directo. Antes de poder dormirme empezaron a rondarme los fantasmas. Todo tipo de fantasmas. Del pasado, del presente del futuro. Caras conocidas, caras casi olvidadas, caras que se resisten a abandonarme. Daiana, más presente de lo que quisiera. Jimena (pero no voy a pensar en Jimena). La gente de Compu, la del blog, la del Face. Hubiese querido tener conexión a internet en la pieza de Silvio, pero por suerte no había. Ni mi celular. Por la ventana miro el cielo. No recordaba la cantidad de estrellas que existían. No recordaba el cantar de las chicharras.
Al final el sueño me viene a buscar.
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yo quiero una de las tortas fritas
besos