Disconnected – 10
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La idea fue de Osvaldo. Febrero es mes de carnavales en Entre Ríos, y a él le pareció que ir al corso iba a ser una buena forma de despejar mi cabeza. Recuerdo haber ido alguna vez al carnaval en Victoria. Yo estaba disfrazado de Patoruzito. En esa época y en ese lugar, todavía andaba un lechero a caballo por las calles de la ciudad cada mañana. Fue el caballo del lechero el que me pisó el pie y me obligó a hacer de Patoruzito con el pie vendado.
Sonia era pasista de Batuque, una de las comparsas de la ciudad. Se mostraba muy entusiasmada con mi presencia en el corso, y hasta me ofreció participar del desfile con un traje. Decliné amablemente por supuesto, mirá si voy a estar de humor para ponerme lentejuelas. Pero bueno, al menos fui con el Osvaldo a ver si se me pasaba un poco la cara de ojete. Arrancamos mal: Ni bien llegamos al puerto una pendeja nos bañó en nieve artificial. Algún día entenderé el sentido de la nieve artificial. No, mentira. Mientras me sacaba esa porquería blanca de la cara escuchaba las risas de la pendeja y sus amigas. No pasarían de quince años. El Osvaldo las conocía, por supuesto. Al ver mi cara de orto que se profundizaba dejaron de reirse. Fiesta, fiesta. Sí, fiesta.
El problema es que yo no estaba de ánimos para esa fiesta. En otras circunstancias es muy probable que lo hubiese disfrutado mucho. El carnaval de Victoria no es tan fastuoso como el de Gualeguaychú, pero en cambio es mucho más popular. De hecho Victoria es la capital del carnaval provincial, cosa que anuncian casi como si fuera Cosquín. Daba la impresión de que todo el pueblo estaba ahí, más algunos turistas. Pero los que más disfrutaban eran los lugareños. A medida que caminábamos Osvaldo me presentaba gente. Todos estaban enterados de mi presencia. A esta altura yo era el porteñacho que paraba en lo de la Camucha. Por supuesto, no me decían porteñacho en la cara, salvo un par de inimputables, pero yo sabía que era así. Pocas cosas joden más que a uno lo obliguen a socializar cuando no tiene ganas. Mi participación era un festival del monosílabo. Cuando llegó el desfile de comparsas dejaron de prestarme atención, y entonces pude disfrutar del espectáculo. Valía la pena verlo, para ser sincero. Estábamos en primera fila, y cuando pasó la Sonia bailando se acercó y me dio un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Estaba vestida (¿estaba vestida?) con un traje rojo, muy diminuto, con strass y lentejuelas, un tocado con plumas y cubrebotas. El “traje” era un conjunto de tanga y corpiño que cubría lo mínimo indispensable. Lo mínimo. Quiero decir, no podía verle la vagina ni los pezones. Sólo eso.
Qué lindo es el carnaval. Y que buena que está la Sonia, ahora que la miro un poco…
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Se viene, se viene…. festejo de carnaval con la Sonia…. lo presientooooo….. jajajaja…. Ufa!!! sabe que me gusta que el relato se ponga más calentito che!!!