Disconnected – 07
07
He sido víctima de una trampa. Al volver a lo de Camucha y ella me ofreció tirarme a dormir una siesta y así lo hice hasta las seis de la tarde. Cuando me levanté fui informado de que nos esperaban a las siete en casa de Carlitos. Carlitos vendría a ser primo en algún grado de mi vieja, más o menos como una tercera parte del pueblo. Llegamos y ahí estaba Osvaldo preparando la parrilla donde se proponía asar la pesca del día. Carlitos limpiaba y adobaba el pescado. Honestamente, recordaba la existencia de Carlitos pero nunca lo hubiese reconocido. Era un tipo de unos 50 años, piel curtida, amplia sonrisa que parecería haberlo acompañado durante toda su vida y cierta tendencia a querer parecer simpático. De a ratos tal vez lo conseguía, será que mi estado de ánimo no me permite notarlo. De a poco fue llegando el resto de los invitados a ver al bicho raro llegado de la capital. Primero aparecieron los hijos de Camucha y Melón, el Julio, la Patri y la Oli, cónyuges e hijos. Después fue el turno de la Ester, o lo que queda de ella, acompañada por el marido. La Ester es la típica “amiga de la familia”, también llamada “vieja chusma”. Por último llegó la Sonia, la hermanita del Osvaldo. Lo de hermanita pasa más por la imagen mental que tenía de ella que por la realidad del presente. La que me saludó poco antes de servir la mesa era una terrible mujer de 23 años hermosa por donde se la mire, y había por donde mirar. El calor de los primeros días de febrero la trajo sensual y exuberante, cubierta apenas por un minishort y una musculosa, los cuales dejaban apreciar la magnificencia de sus curvas. Sí, llevo unos cuantos días de abstinencia. Para colmo cuando me ve me reconoce enseguida, se me tira al cuello, me llena de besos y de abrazos, cualquiera diría que éramos amigos de años que hace demasiado tiempo que no se veían. El hermano se cagaba de la risa, a todo esto.
Es evidente que todos ellos se acordaban de mí mucho mejor de lo que me acordaba yo. Inmediatamente comenzaron las preguntas. En su mayoría, no tenía la menor gana de contestarlas. Preguntas sobre la familia (¿familia? ¿Qué es eso? ¿Debo considerar que lo mío se puede llamar una familia?), preguntas sobre mi pasado, presente y futuro (peor aún, mi convicción sobre el presente se limitaba a ese sábalo a la parrilla que debo reconocer estaba exquisito, del pasado prefería no acordarme y el futuro bien gracias), sobre trabajo (otro tema…) y sobre un montón de cuestiones incómodas que durante la hora y media que fue de comida a sobremesa esquivé con la cintura de Maradona. Pero la pregunta de la Ester me descolocó.
-¿Y ya fuiste a ver la casa?
-Perdón, ¿Qué casa?
-¿Cómo qué casa? Tu casa.
-¿Acá, en Victoria?
-Sí, claro. ¿No es por eso que viniste?
-Yo vine a descansar unos días. No sé nada de ninguna casa.
En ese momento todos habían quedado en silencio. El aire tenía la densidad de un baño turco.
-Entonces no sabés nada… nadie te dijo nada…
Para entonces yo ya estaba intrigado y molesto. Fue cuando la Ester dio el golpe de gracia.
-¿Es que nadie pensaba decirle a este chico que Camisa era el padre?
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