Copérnico’s Bar – A Xmas Tale
![]()
Para los que estamos solos el 25 de diciembre suele ser un garrón. Es un día que lo único que se puede hacer es ver películas repetidas por la tele. Todo está cerrado, no se puede ir ni siquiera al supermercado. Entonces para este año decidí hacer algo especial. Le pregunté a la gente quienes estaban dispuestos a venir a una jornada muy liviana después de las dos de la tarde por el triple de cualquier día. Cinco chicos se prendieron. A otros cinco los dejé de guardia para llamarlos si se me complicaba. En definitiva, podía abrir el bar y la librería, que era lo que importaba. Los demás sectores permanecerían cerrados sin culpa.
Por supuesto, la idea era más que nada hacernos compañía entre nosotros. Los cinco que vinieron no tienen familia ni nada por el estilo. Marcelo y Sandra son del interior, estudian en Buenos Aires, viven solos y hace un tiempo que andan haciéndose ojitos, pero de eso ya me ocuparé en otro momento. Jorge es viudo, y los hijos se fueron a estudiar a Mendoza. Rubén y Carina se vinieron a Buenos Aires a probar suerte desde Chaco. Así que allí estábamos los seis dispuestos a compartir esa navidad entre nosotros y con algún que otro cliente.
El primero que cayó resultó una verdadera sorpresa. El tipo venía bastante seguido, pero no era de los que caían más simpáticos. Venía, tomaba un whisky, dos, tres, a veces trataba de chamuyar alguna mina, a veces le salía bien, y jamás dejaba un centavo en la mesa. Uno más del montón. Siempre caía bien empilchado. Estaba un poco pasadito de kilos y usaba el pelo a la gomina. No tenía más de 35.
Pero esta vez su presencia fue distinta. Estaba despeinado, la cara colorada y llevaba una camisa manga larga con los puños desabrochados y los faldones afuera de una bermuda de gabardina. Calzaba sandalias. Su cara parecía la de un hombre que había visto un fantasma.
-¡Mozo! ¡Jack Daniels! ¡Doble!
En este caso el mozo era yo. Con Sandra y Marcelo nos estábamos ocupando del salón. Le llevé su whisky.
-¿Podés quedarte un minuto? –me dijo- Necesito hablar.
Yo ya me imaginaba haciendo de psicólogo del gordo. Como no había nadie y el asunto me intrigaba, me quedé.
-¿Creés en espíritus? –preguntó. Arrancamos con todo.
-Nunca necesité creer en ellos. ¿Por qué?
-Tuve un sueño. El sueño más real de toda mi vida.
-¿Y qué soñaste?
-Soñé que me visitaban tres espíritus. El del pasado, el del presente y el del futuro.
-Ahhh, entiendo. ¿Alguna vez leíste a Dickens?
-¿A quién?
-Charles Dickens, un escritor norteamericano.
-No papá, yo leo Clarín y Paparazzi nomás. No tengo tiempo para boludeces. Te estoy contando de mi sueño, no me interrumpás. El primero, el del pasado, me mostró la navidad de cuando yo era chico, cuando mi vieja se empastillaba y mi viejo aprovechaba para festejar garchándose a la mucama.
-Ahh, pero mirá vos…
-Sí, yo pensé lo mismo, un turro el fantasma ese que no deja en paz la memoria de mi vieja. Después vino el del presente. Me mostró a mi ex brindando con su pareja y mis nenes y deseándome una pronta muerte. Después me mostró a mis empleados jugando a los dardos con mi foto. ¿A vos te parece?
-Y…
-Bah, qué podés saber vos si sos empleado. Cuando seas dueño vas a saber lo difícil que es tener al personal conforme.
Yo mientras tanto miraba a Sandra y Marcelo trabajándose y divirtiéndose en la barra. Cuando les dije de venir no sabían cómo agradecerme. En fin…
-Y después vino el del futuro. Hijo de puta. Me llevó a una morgue donde mi hijo mayor estaba reconociendo mi cuerpo. ¿Sabés lo que decía? “Al fin te las tomaste la concha de tu madre”.
-…
-Y después la yegua de mi ex le compraba un auto a su macho con mi plata. ¡Con MI plata! Dios mío, qué pesadilla horrible… Menos mal que estos sueños te dejan enseñanzas…
-Y contame, ¿qué pensás hacer con todo eso que soñaste?
-Ahh, ya lo estuve pensando. Primero que nada voy a sacarles las horas extras a todos esos hijos deputa de la fábrica. Y de a poquito los voy reemplazando por otros que cobren y se quejen menos. Después, a la turra de mi ex le saco la tenencia de los pibes y le corto los víveres. Y a esos zánganos de mierda, le saco la herencia. Hago un testamento y le dejo todo al Casino Flotante, que ahí mi guita va a estar mejor que con esos vividores.
Acto seguido pagó su whisky, se levantó y se fue.
Las viejas fórmulas ya no resultan como antes.
Ah, por supuesto no dejó un mango de propina.
- 11 Comentarios
- 5 votos
- Reportar este Posteo


buenísimo!
por fin un cuento de navidad que no termina con cada hijo de puta convertido en la madre terese de calcuta…