El Héroe – Capítulo XX (Final)
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Epílogo
Y sólo yo escapé para contártelo. LIBRO DE JOB
Pueden llamarme Oscar. La cita que precede remite a la Biblia, pero también a Moby Dick. Esta es la crónica de lo sucedido tal como me fue contada por aquellos que lo vivieron, y como lo viví yo mismo. Escribo en castellano, el único idioma en el que sé escribir, y que no será hablado hasta dentro de varios miles de años.
Quienes estábamos en el Arca apenas tuvimos tiempo de prepararnos. Yo tenía la certeza de que el Glaciar cedería durante la batalla, y por eso insté a Noé a que estuviese lista para la mañana siguiente de nuestro encuentro. Una vez que estuvimos dentro de ella, y que la hubimos cerrado y sellado, sólo quedaba esperar a que llegara el agua. El temblor y el sacudón de la embestida provocaron pánico entre los que estábamos a bordo. Por un momento temí que la estructura no soportara el golpe del océano, pero Noé había hecho un muy buen trabajo, y luego de unos cuantos minutos sumergidos finalmente salimos a flote. 
No fuimos los únicos sobrevivientes. Luego de unos instantes se escucharon golpes y gritos en el casco del Arca. Al asomarme pude ver a Caín, tratando de agarrarse como podía. Le arrojamos una cuerda y pronto se unió a nuestro recorrido a la deriva. Tenía una fea herida en el rostro, pero el agua salada había logrado curarla bastante. Días después encallamos en unas costas deshabitadas que en algunos cientos de años se convertirán en Kuwait.
Set, el tercer hijo de Adam, también sobrevivió, gracias a que para protegerlo su padre lo había escondido en una urna del Gran Templo. Odil, Lilith y Asmodeo, junto a otros dos uisal, lograron llegar a salvo al futuro Irán, en el margen de lo que fue la Tierra de Nod. Luego cada uno continuó con su camino.
Yo anduve sin prisa. Noé y los otros pensaron establecerse allí donde arribamos, pero luego de unos días Caín y yo nos encaminamos al norte, a Lagash. Durante el trayecto tuvimos agua y comida, pero una tarde sin que él supiera de qué se trataba compartimos esos higos malditos que condenarán a la Humanidad. Luego de pasar por Lagash él continúo bordeando el Golfo Pérsico hacia donde estaba Nod. Yo me quedé un tiempo en la ciudad contando la historia de lo que había sucedido, y debo reconocer que no me fue nada mal. La gente de esta época aún conserva la fascinación infantil de una buena historia bien narrada, y yo tengo muchas de ellas. Mantener la tradición oral es mi tarea, y disfruto con ella, aunque bien sé que mis palabras van a ser tergiversadas y usadas políticamente, pero si ese es el lugar que debo ocupar en la Historia, que así sea entonces.
Pasé mucho tiempo en Lagash y bastante más en Uruk. El hedonismo de esa ciudad se puede convertir en un vicio difícil de dejar, pero por otro lado me llenaba de pesar el hecho de ser un súbdito de Gilgamesh, aquel quien por su ambición nos había enviado a nuestra desastrosa tarea. Finalmente, y luego de años de peregrinar por las ciudades de la Mesopotamia, mis pies me trajeron a Babilim. Aquí conocí a Omín. De alguna manera que ni siquiera pretendo explicar, es como si el joven conservara todas las memorias de Odil. Él me llevó junto a Ocai y Origo, poderosos uisal, y juntos llegaron a la misma conclusión. El ojal que me transportó por tiempo y espacio era sólo de ida. Jamás voy a volver a Paraná, y terminaré mi vida entre otros ríos. En cierta forma, ya no dudo que he muerto. Y de alguna manera, después de morir he sido premiado con la maravillosa posibilidad de vivir estos hechos a los que simplemente conocía de oído, atravesados por milenios de modificaciones. No vine para cambiar la Historia, apenas para vivirla. Hay detalles curiosos, de todos modos. No existe nada que relacione al Estrecho de Ormuz con mi viejo amigo, salvo que siempre lo he llamado así. ¿Será posible entonces que en una cíclica paradoja el estrecho se llame así porque yo le di ese nombre a causa de que siempre lo escuché nombrarse así?
Se ha perdido mucha sangre, y mucha sangre valiosa. Así ha sido y así será. Quiero pues rendir homenaje a la memoria de Effeo y Harziful, pero también de todos aquellos quienes construyeron esta maravillosa aventura. Y me vienen a la mente las palabras de Oesterheld sobre El Eternauta: el héroe nunca es un individuo, siempre es grupal. A ese héroe colectivo entonces dedico esta crónica de lo sucedido, escrita merced a la insistencia de mi amigo Omín.
Ahora puedo descansar en paz.
Agradecemos la colaboración del presidente Barack Hussein Obama.

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Me fascinó esta historia desde el principio, porque me fascinan siempre las historias que se salen de los márgenes de la historia oficial, introduciendo la duda. Mi opinión al respecto es que, dado que es imposible conocer la “verdad” de los hechos con una perspectiva realmente objetiva, lo mejor es no tenerlas en cuenta.
Si tu relato sirve para que muchos hagan esa reflexión, esto tiene un valor agregado: además de pasarla bien y disfrutar de una buena ficción- nunca voy a dejar de alabarte por tu trabajo impecable de investigación- también nos deja la posibilidad de reflexionar sobre las mentiras que nos han contado.
Aplausos para El héroe, que ya pasó a formar parte de mis relatos favoritos.
Y como ya conozco tu compulsión (bendita compulsión) por escribir, ya estoy pensando en la nueva historia que seguramente, nos llevará otra vez por ahí, de la mano con tu excelente narrativa. Salud!