Copérnico’s Bar – Stand Up
La idea del Bar era que tuviese un escenario abierto. Por supuesto, no iba a dejar que cualquiera subiera sin al menos traerme un demo. Pero este pibe venía recomendado por Marcelo, uno de los mozos, así que le mandé decir que me viniese a ver. Entonces se apareció en el boliche un miércoles a las doce y media del mediodía. El local estaba relativamente lleno de oficinistas y empleados en horario de almuerzo.
-¿Usted es Copérnico? –me preguntó el flaco. Yo estaba sentado en un sillón y él vino directo hacia mí, así que imaginé que Marcelo me había descrito bastante bien.
-Soy yo. ¿Y vos quién sos?
-Soy Augusto, Marcelo le habló de mí. Yo quería mostrarle mi rutina para venir cada tanto a presentarme acá.
-¿Tu rutina? ¿Y vos qué hacés?
-Yo hago stand up. Básicamente, me paro en el escenario y hago reír a los presentes.
-¿Ah sí? Mirá que es difícil hacer reír. ¿Me trajiste un demo?
-Sí, le traje, pero a mí me gustaría que me deje subir al escenario para mostrarle. Le aseguro que con público es muy diferente.
-Mirá que los que están acá son tipos que vienen a comer y no quieren que les rompan las bolas…
-No se preocupe Don Cope. Usted déjeme hacer lo mío y va a ver que no se arrepiente.
Lo de Don Cope me dio por las pelotas, pero igualmente decidí darle la oportunidad al flaco. Quiero creer que se había venido vestido para la ocasión, porque es la única manera de explicarme que alguien use ese horrible saco a cuadros, que parecía sacado de una historieta de Isidoro Cañones. El pibe subió al escenario y yo le prendí el micrófono y las luces. Entonces empezó con su show.
Augusto tenía un estilo que mezclaba a Juan Verdaguer con Jerry Seinfeld. Su repertorio iba desde los típicos chistes de suegras hasta observaciones de la realidad más filosa. Al principio algunos de los que estaban en las primeras mesas prestaron atención intrigados por el movimiento. Luego todos los presentes lo acompañaban con sus carcajadas. Al terminar la media hora que duró su perfomance, Augusto se ganó una ovación. Luego de eso volvió a mi mesa con cara de ganador.
-¿Y ? ¿Qué le pareció?
-¿Cuándo querés venir pibe?
-Esta es mi hora de almuerzo, también. A mí me gustaría si algún viernes o sábado a la noche me deja hacer lo mío.
-Venite este viernes, ¿Querés?
Augusto se fue re contento. El viernes a las once de la noche estuvo de vuelta en el bar. Sin embargo, el resultado no fue el mismo. La gente de la noche resultó tener otros intereses. Según el día se dividían entre los que venían a ver su banda de amigos o los que querían escuchar música sin tener que distraer su atención. De manera que el show del monologuista no los cautivaba de la misma manera que había sucedido aquella primera vez. Yo le pedí disculpas al pibe, pero le dije que era difícil que pudiese volver.
Sin embargo, ocurrió algo curioso. Los habitués del almuerzo comenzaron a preguntarme por aquel cómico que una vez un miércoles los había hecho cagar de la risa. Entonces no tuve otra alternativa que volver a llamarlo y ofrecerle un caché por cada vez que se presentara.
Hoy los miércoles y los viernes casi no tengo lugar al mediodía. Sin embargo, si quieren pasar, están invitados cualquiera de los dos días, a disfrutar sin cargo por apenas su consumición del show de Augusto, nuestro humorista de stand up.
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Se lo merecía el pibe!!!!!!!!!