Copérnico’s Bar – La Morocha
En la barra tenía dos personas trabajando por turno, más tres mozos que se repartían el salón. Los fines de semana solía reforzarlo con un barmán y un camarero más. Antonio estaba a cargo del turno noche, cinco días a la semana. Y siempre, desde el primer día, vio a la morocha sentada en el sector de sillones. Justo frente a donde estaba él.
La morocha tenía la costumbre de aparecerse sola. A veces, los fines de semana, venía con dos o tres amigas. En general no ocupaba demasiado espacio, y si lo hubiese ocupado era exactamente lo mismo. Los clientes así de fieles son los que le daban idiosincrasia al bar, y los que en definitiva nos daban de comer. En general siempre se daba un cierto feedback entre clientes y camareros, pero el caso de la morocha era muy particular. Ella era amable, atenta, dejaba buenas propinas, consumía generosamente y disfrutaba de los espectáculos, pero nunca dejaba salir nada sobre sí misma. Casi siempre se la veía leyendo algún libro. Antonio un par de veces se la cruzó en el entrepiso buscando algún libro para alquilar (no es biblioteca publica pero el alquiler de una novela te sale menos que un café). En definitiva, que la morocha era una de nuestras mejores clientes, pero también la más enigmática y misteriosa.
Antonio tenía martes y miércoles libres. Un martes a la mañana acudió a una cita con su ex esposa para iniciar un juicio de divorcio que ya venían estirando demasiado tiempo. Graciela lo convocó a reunirse ambos con su abogada para poner en marcha toda la burocrática maquinaria necesaria para que el hombre deshaga lo que la justicia ha unido. Antonio con frecuencia se preguntaba qué necesidad había tenido de poner su firma en ese libro de actas, pero en definitiva ya era tarde para lamentarse. Se había prometido a sí mismo jamás volver a caer en la misma trampa. Había tenido varias aventuras y relaciones cortas, pero se negaba rotundamente a formalizar con nadie. Y matrimonio era la palabra prohibida. Tal vez algún día podría decir “convivencia”. En una de esas se animaba a “hijos”. Pero “matrimonio” era aún más tabú que el nombre verdadero de Dios. Una vez Antonio salió con una chica de nombre Verónica. Buena mina, leal, cariñosa, compañera. Una vez Antonio le preguntó por sus sueños. “Vernos a los dos frente a un altar”. Creo que Verónica nunca entendió el motivo por que no volvió a verlo.
Así fue que un miércoles de abril a las cinco de la tarde Antonio se encontró con Graciela en la oficina de Avenida Callao donde ella lo esperaba. Subieron los tres pisos por escalera casi sin dirigirse la palabra y tocaron el timbre de la oficina. En la puerta había una placa que decía “Estudio Rigante-Bellizzi. Abogados”. La doctora María Inés Bellizzi aún no había terminado con el cliente anterior y ellos se sentaron en la sala de espera a aguardar su turno. Fue un momento bastante incómodo. Antonio y Graciela llevaban varios meses sin verse y con gusto hubiesen dejado pasar varios más. Pero habían firmado tiempo atrás en el Registro Civil de Sarandí y Cochabamba y ahora era momento de reparar eso. Luego de media hora sentados intercambiando monosílabos finalmente entraron al despacho de la doctora Bellizzi. Quien por supuesto no era otra que la morocha que solía ir por el bar.
Mientras la morocha les explicaba los procedimientos a seguir a partir de ese momento Antonio desviaba la mirada. La morocha le resultaba atractiva y más de una vez había pensado en la idea de acercársele para iniciar algo, idea que nunca había llevado a llevado a cabo porque sabía que si incomodaba a un cliente yo lo mataba. Sin embargo ahora se encontraba con ella de distintos lados de la justicia y decididamente eso le quitaba toda posibilidad de romance. O eso creía al menos.
El jueves a las cuatro de la tarde Antonio ocupaba nuevamente su lugar en la barra. La doctora María Inés Bellizzi llegó a las seis, llevando un libro de John Grisham en la mano. Antonio miraba desde la barra cuando se le acercó Marcelo, el mozo que atendía el sector de sillones.
-Tony, la morocha del living quiere hablar con vos.
-¿Te dijo para qué?
-No. Que quiere hablar con vos nomas. Yo te juro que no me mandé ninguna cagada.
-Quedate tranquilo. Capaz que el que se mandó la cagada fui yo.
Antonio fue mansamente hacia la mesa y se enfrentó con la abogada.
-Doctora, ¿Cómo le va?
-Bien bien –contestó ella-. Mirá vos al final cómo nos fuimos a conocer,eh…
Antonio estaba desconcertado. No sabía cómo dirigirse hacia ella. ¿Debía tener la familiaridad que tendría con una clienta habitual o la frialdad que merecía la abogada de su ex? Al final ella se lo hizo más fácil.
-Te mandé llamar porque tuve un conflicto ético antes de ayer. Vengo acá todos los días, me siento más cómoda que en casa en el bar. Mientras hablaba con vos y con Graciela me di cuenta de que no puedo estar de los dos lados y si la represento a ella iba a ser muy incómodo para mi venir acá. Le pasé el caso a un colega. Si querés te represento a vos, pero no vale la pena perder este lugar por algo tan banal como un divorcio.
A veces la fidelidad de los clientes sorprende. María Inés continuó viniendo durante mucho tiempo más. Se le complicó cuando quedó embarazada, pero ese es otro tema y no me interesa hilar tan fino.
María Inés y Antonio se casan el viernes, por civil.
Por supuesto, la fiesta se hace en el bar
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Y cuándo me atiende??
Ey!!!Acá!!!Yooooooooooo.La colorada!!!
Una Stella y maníes,por favor.Si hay de esas aceitunas a la milanesa,también.
Red-waiting…