Punk (Capítulo XIV)
El Descubrimiento
La nieve caía sin pausa sobre el Valle. Siempre había sido así, y eran raros los días en que no nevaba. Debían moverse mucho para conseguir alimento, pero tenían la suerte de habitar una región rica en caza y pesca, donde podían dejar a las mujeres en lugar seguro mientras los hombres buscaban comida. Aunque claro, lo de lugar seguro era siempre más una expresión de deseo que otra cosa. La vida tenía sus reglas, a veces se era depredador y a veces presa.
Otaru descendió por
Ocai, la primogénita, caminaba al lado de su padre. Había vivido dieciséis inviernos, y aunque varios pretendientes deseaban poseerla, ella aún no se había entregado a ninguno. Tenía un carácter fuerte y aguerrido, y sabía defenderse. Esta vez vio la grieta incluso antes que Otaru. La fuerza que salía de allí era intensa y penetrante como una deliciosa ráfaga de aire caliente, algo que Ocai jamás había sentido. Apenas había lugar para que pasara uno a la vez y de perfil, pero lo que había adentro los estaba llamando, y ellos no se podían negar. Otaru, quien ya conocía el camino, pasó primero. Detrás fue Ocai, y a su turno entraron Origo, Odil, Orson, Orgal, Orsis y Orana. Por dentro era una cueva como cualquier otra, pero no: tenía algo más. Un levísimo resplandor iluminaba el interior de la caverna, y los guiaba por entre pasillos hacía la fuente de todo aquel poder. Ninguno de ellos veía nada, pero lo sentían, sí, lo sentían. Así anduvieron cuatrocientos pasos, hasta que llegaron a una pared en cuya base había un agujero de no más de dos brazos de alto por uno de ancho. Por detrás la oscuridad era absoluta, como si algo en su interior se tragara la luz, pero a la vez parecía ser la fuente del resplandor. Entraron.
Delante de ellos se abría un prado enorme. El agujero por el que pasaron se había convertido a sus espaldas en un monolito de ébano. El negro era absoluto sobre su superficie, ningún brillo lo iluminaba, pero sólo Orana, que lo atravesó último, pareció darse cuenta. Los otros quedaron embelesados con el espectáculo que se abría ante sus ojos. El cielo estaba despejado, y el pasto, verde intenso, crecía libre sobre la llanura. Por todos lados se veían extraños animales conviviendo en paz. Había grandes pájaros pardos de largo cuello y ridículas alitas, mamíferos parecidos a las cebras pero sin rayas y con un cuerno en medio de la frente, y otros inconcebibles, con un caparazón como las tortugas, pero gigantescos y llenos de pelo. El clima era cálido, agradable, las pieles que los cubrían pronto les comenzaron a pesar. A doscientos pasos se alzaba una arboleda, y desde allí se escuchaba el murmullo del agua. Caminaron, esperando encontrarse con un arroyo o un río. Los árboles eran frutales, y Orson se rezagó para tomar una fruta roja del suelo. Al probarla, sintió el sabor más delicioso que jamás había conocido. Pero la noticia del descubrimiento tuvo que esperar. Buscó a los demás y los encontró con la boca abierta. Delante de ellos se extendía el río, o quizás el lago, más grande e impresionante con el que se toparon en toda su vida. Las aguas de color marrón claro nacían en la orilla, por supuesto, pero no había otra orilla a la que cruzar. Hasta donde daba la vista había agua, y nada más. Agua clara, limpia, con olor a peces frescos, a salud y a riqueza. Otaru se adelantó, se inclinó y bebió del agua. En seguida se echó a reír, y alentó a sus hijos para que lo acompañaran. En minutos estaban todos jugando y bañándose en el río, el lago o lo que fuera el lugar donde estaban.
Nunca todos al mismo tiempo, nunca por más de un ciclo de la luna, y sin revelar a nadie del clan qué hacían o a dónde iban, durante siete inviernos los ocho Otaru volvieron una y otra vez a la grieta, al pasaje, al prado y al río. Volvían porque querían conocer los secretos de
Entonces decidieron dar a conocer a la tribu el resultado de su trabajo.
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Que Sorpresita linda!!! otro capitulo!!!
Muy bueno!!, vamos y venimos…. esta bueno el viajecito!!!
Besos!