Punk (Capítulo III)
La certeza
Octubre, 1993
-Me parece que la birra te pegó mal.
La tercera Imperial de ¾ agonizaba en la mesa de Los Pirineos cuando Nico dictaminó su sentencia. Era una broma recurrente que usaban cuando el nivel etílico de la sangre comenzaba a interferir con la coherencia del discurso. Esta vez, sin embargo, Nico la dijo muy en serio.
- Qué chabocha la chevecha que che chube a la cabecha –canturreó Ariel-. No, de veras, sé que parece un divague de borracho, pero te estoy diciendo la verdad.
De manera espontánea Paco les acercó una cuarta botella que puso en tela de juicio la afirmación de Ariel. Era una linda noche de primavera, y en el bar de Lavalle y Rodríguez Peña no estaban acostumbrados a verlos hasta tan tarde. Antonio, el dueño, consideró buena idea agasajar a sus clientes favoritos, y allí fue el servicial Paco, bandeja en mano, para informarles que esta vuelta corría por cuenta de la casa. Nicolás esperó que terminara de recargar los chopps y procedió a tirarle al suyo el correspondiente puñado de maní. De paso, como vio que la cosa venía para largo, dio las gracias a Paco y le dijo que una picadita no sería mala compañía para la recién llegada. O incluso para la siguiente, quién sabe. Era martes, día de cierre en la revista, habían tenido una jornada larga y cansadora y se merecían una gratificación. En especial Ariel, pobre, que ya estaba desvariando.
-Está bien, suena como una locura, lo admito –continuó-. Muchas veces sé cosas, no me preguntes como. El año pasado, todavía estaba en la escuela. En un momento me descompongo, me vienen a la cabeza imágenes de escombros, cuerpos destrozados, sangre, fuego, un asco mirá. Salgo y me entero que voló la embajada. Todo el tiempo me pasa, te cuento esto porque conocés el caso, pero te puedo decir mil más. Lo que te dije no lo sé de ahora, sino de hace tiempo. Y vos sos parte.
Nico lo miró. ¿Quién era ese sentado frente a él? A Ariel lo conocía desde un par de meses atrás, cuando la agencia de fotocomposición, recién comprada, se mudó al edificio de la editorial. Uno era cadete de la revista, el otro de la agencia, terminaron haciendo todo el laburo entre los dos. La afinidad surgió de inmediato. Pronto se hicieron amigos, para eso tenían dieciocho años, y la cerveza en Los Pirineos dos veces a la semana (a veces tres) se convirtió en una costumbre. Cada vez más seguido los acompañaba Sofía, la recepcionista, que hoy se había ido más temprano y por eso no estaba. Sofía tenía veintiuno, era mayor que ellos, pero entre los tres habían formado un lindo grupo. Ariel vivía en Lanús, sus padres estaban separados, tenía una hermana de veintitrés y le gustaban el reggae y el ska. Y eso era casi todo lo que sabía de él. No mucho, en realidad. De todos modos decidió darle una oportunidad.
-A ver, empecemos de nuevo –dijo con resignación y se llevó el chopp a la boca-. ¿De dónde sacaste todo eso?
Ariel pinchó una aceituna y un queso de la bandeja que traía Paco y luego comenzó a hablar.
-La certeza llegó cuando me prestaste Demian, ¿te acordás?, el libro de Hermann Hesse. Cuando leí sobre Abraxas tuve algo así como un Deja Vu. Hasta entonces para mí Abraxas era la discográfica y punto. Sin embargo… ¿cómo te explico? Me parecía conocer toda la historia. Abraxas, el dios unificado, bueno y malo a la vez, el divino y terrible Abraxas. Me sonaba mucho, pero como si lo que contaba este hombre no fuera del todo cierto. Después de todo, no me inspira demasiada confianza un alemán que escribía en el mismo lugar y época donde se formaba Hitler. Y me di cuenta de que era apenas un dato más para completar lo otro, lo de los siete, algo que supe toda mi vida. Y no es casual que ese libro me lo hayas prestado vos. Nunca nada es casual.
-OK, vamos por ahí entonces –Nico manoteó el último puñado de papas fritas y pinchó un pedacito de salame antes de seguir. En la bandeja los pickles estaban intactos. Imaginó que comía uno e hizo una mueca de asco. ¿Para qué ponían los pickles? ¿Alguien comía los pickles en las picadas, o es un truco de los bares para ahorrar salame y queso? Se lo tenía que preguntar a Paco cuando volviera. Pero antes tenía otras preguntas para hacer-. ¿Qué son los siete?
-No sé. Lo único que sé es que vos y yo somos, o seremos, dos de los siete. Y estamos destinados a algo grande. Mirá, lo sobrenatural existe, aunque te resistas a admitirlo. Más seguido de lo que te imaginás me encuentro con cosas que no puedo explicar. El otro día estoy esperando el 37 en Rodríguez Peña y Corrientes. Un 150 para en el semáforo. Llega una moto y se pone atrás del 150. Cuando el semáforo abre arranca el colectivo y la moto ya no está. No hay ruido ni nada, pero ya no está. Y te juro que no estoy loco.
Nico sabía que Ariel no estaba loco. Por supuesto, ante las afirmaciones que realizaba era difícil mantener ese convencimiento, pero algo le decía que debía hacerle más caso a las afirmaciones de Ariel que a sus propias convicciones racionales. Por eso dijo lo que dijo.
-Yo no me resisto a lo sobrenatural. Confío en mis ojos. Y mis ojos nunca me mostraron algo que escape a las leyes de la física. No me cierro a la posibilidad de que pase, pero nunca vi nada. Además, en plena globalización, el mundo se vuelve cada vez más chico. ¿No creés que si pasara cualquier cosa fuera de lo normal los medios la levantarían en seguida? Una noticia así vendería millones.
-Puede ser, pero ¿y si por alguna razón los medios no quisieran mostrártelo? Trabajamos en un medio, sabemos lo fácil que es manipular la información. El otro día hacía falta un cuadrito de cinco líneas para completar la página de musicales. Y no había una puta noticia de cinco líneas para poner. Entonces viene Javier y de la galera saca que Elton John está de última y que tiene SIDA muy avanzado, en cualquier momento hace
Touché. Ejemplos como ese sobraban. Nico miró un rato en silencio por la ventana que daba a Lavalle mientras Ariel pedía la quinta Imperial (Dios les conserve el hígado y la resistencia) y sonreía como diciendo “todo esto es una locura, ya sé, pero una locura posible”. Empezó a buscarle el costado filosófico al asunto, y aunque al principio pensó en guardárselo, comprendió que tenía un amigo a su alcance y que esos divagues siempre merecían una segunda opinión. Así que pinchó un jamoncito, un queso Mar del Plata y retomó la palabra.
-Ariel querido, compañero de jornada, vamos a analizar tu teoría. Vos decís que los medios manipulan la información de tal manera que ocultan los fenómenos sobrenaturales.
-Yo no digo nada. Lo único que hago es mostrarte lo frágil que es nuestra percepción de la realidad. Yo nací en Pompeya, de ahí me mudé a Patricios y de Patricios a Lanús. Vos viviste siempre en Caballito. ¿Qué vimos del mundo en realidad? Yo estuve en Mar del Plata, Cataratas, Carlos Paz y Bariloche el año pasado. Vos conocerás otros tantos lugares, imagino. Todo lo que sabemos del mundo nos llega por libros, diarios, cine y televisión. ¿Qué pasa si los libros, los diarios, el cine y la tele dicen puras mentiras? ¿Qué pasa si dicen sólo lo que alguien quiere que sepamos? O peor, que creamos. ¿Te consta que el hombre llegó a
-Pará, pará, no te pasés de rosca, ché –lo tranquilizó Nico-. Está bien, no me consta nada de eso, lo reconozco. Pero si fuera así, y existiera un complot de los medios, ¿no creés que de algo al menos nos daríamos cuenta? Al fin y al cabo trabajamos en un medio. Y los periodistas que están todos los días con nosotros son gente común y corriente que escribe para ganarse la vida. La verdad, no me lo imagino a Eduardo Aranda como parte de una conspiración internacional que nos oculta que
-Vos lo dijiste, los periodistas son gente común y corriente. Si existiera un complot así (y enfatizo el condicional), los periodistas no estarían enterados. El periodista medio levanta la información que llega de afuera, agencias u otros medios internacionales. En proporción los corresponsales son pocos. Y eso de todos modos no es garantía de nada, en Malvinas también había corresponsales, y nos tuvieron convencidos de que ganábamos hasta que perdimos. Si hay un complot, los responsables son los dueños de los medios. En definitiva son ellos los que manejan la información. El periodista puede escribir lo que quiera, pero si lo censuran es lo mismo que sea mudo.
Nico sacó el paquete de Camel y le ofreció uno a Ariel. “Estoy fumando demasiado” pensó mientras le daba mecha y la primer bocanada de humo se metía dentro de sus pulmones. Por Lavalle pasó un 24. Los negocios ya habían cerrado, Los Pirineos estaba casi vacío, Paco se acercó con la cuenta. La charla llegaba a su fin, pero era demasiado pesada como para dejarla ahí. De hecho, habían llegado al punto de dudar de la realidad misma. La cerveza no bastaba para eso. Aunque tampoco lo había impedido, convengamos. Antes de pagar e irse cada uno por su lado y hasta mañana, había dos cosas más para decir.
-¿Vos creés que toda esta historia del complot puede ser cierta?
-No lo sé, ¿cómo podría? La teoría la fui planteando mientras hablábamos, y no me parece que sea imposible.
La última seca al Camel, el último trago del vaso y la última aceituna de la bandeja. Paco les cobraba, Antonio los saludaba desde la caja y ellos salían a la vereda. La aceituna le quedó en la garganta, debería haber dejado el trago para el final. Se detuvieron frente al semáforo (que estaba en verde), y Nico habló por última vez del tema.
-Una prueba, dame una sola prueba. Todo lo que hablamos es demasiado para mi cordura, y no estoy dispuesto a perderla. Pero traeme una sola prueba, y me tenés dentro de tus siete.
-Sabía que podía contar con vos –respondió Ariel. Caminaron juntos hasta Corrientes y luego se separaron. Parado en el 146 Nicolás siguió pensando. A su memoria volvieron las palabras que tanto tiempo atrás había pronunciado para cerrarle la boca la abuela de Gastón Rivera. Ella era responsable en gran parte de la dirección que ahora tomaba su vida. El periodismo, pensaba, era una forma de asomarse para ver qué se cocinaba sin ser parte del staff de cocineros. De evitar que le dieran de comer cualquier cosa. Para hacer lo que decía Ariel hacía falta poder, mucho poder. Y los que manejaran eso, debían trabajar en su propia cocina, tal vez una más grande de lo que nunca imaginó. A lo mejor su destino era, después de todo, asomarse a esa cocina. Un llamador de ángeles buchón informó del momento en que entró a su casa.
-Linda hora de llegar, eh –dijo la señora Rey.
-No jodás, vieja –contestó Nico y se metió en su habitación.
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haaaa bueno….
alta concentración implica leerte niño…
pera etsa perfecto.. este tipo de hisotrias son ls mejores..
ni hablar.. .. me encanta.
buen fds..
voy a aentrar sólo a chusmear si publicaste más…
beso…