Punk (Capítulo XI)
La Huida
El resplandor naranja que habían visto en Juan brillaba ahora sobre el cuerpo de Ignacio, sentado en el asiento de atrás. El Clío estaba de vuelta en la ruta, y Nacho acababa de invocar el Shabot de Orsis. Aún estaba aturdido, pero las primeras señales de entendimiento comenzaban a aparecer en él.
-Qué viejo cagón –fue lo primero que dijo en cuanto pudo decir algo.
-¿Hablás de Juan? –preguntó Sofía.
-Sí. Era un buen tipo, ojo, yo lo re quería, pero al final se cagó, y actuó como un egoísta de mierda. Me jode decirlo, pero ni él ni Julia Hartmann estaban listos para ser Orsis.
-¿Y vos sí? –preguntó Nico desde el asiento del conductor. Ignacio se quedó callado un momento, pero no más que eso.
-Yo sí. Hace media hora te hubiese dicho que no, pero ahora sé que sí. No quiero parecer soberbio, pero en este preciso momento vamos a necesitar a los mejores Otaru de todos los tiempos. Yo pretendo serlo, y ustedes también.
Nadie contestó, pero sabían que era cierto. La experiencia de milenios combinada con la urgencia del presente generaba una necesidad de excelencia desconocida para ellos. Tenían que ser los mejores, no había alternativa. Sofía le alcanzó una botella de Coca-cola de su mochila a Ignacio, y él bebió con gusto.
-No te confundas, lo quería mucho a Juan –continuó Ignacio-. Y ahora entiendo un montón de cosas que me parecían inexplicables. Sólo le reprocho que no me haya preparado, que ahora me tenga que enfrentar a todo lo que se viene cuando apenas pasaron un par de horas desde que me enteré de la verdad. Juan nunca quiso ser Otaru. Siempre negó su responsabilidad en todo esto. Así que cuando llegó el momento de hacerse cargo, lo que hizo fue pasar la posta. No es el primero, tampoco.
-Nos están siguiendo –interrumpió Ariel.
-Era de esperar –dijo Nico- ¿Están lejos?
-Un kilómetro adelante y un kilómetro atrás. Los puntitos que se alcanzan a ver.
-Nos tienen controlados hasta que entremos en Lago Puelo. ¿Conocés la zona Ignacio?
-Viví por acá toda mi vida. ¿Querés que abra un ojal?
-¿Te animás?
-Nunca lo hice. Algún día tengo que empezar. Cuando yo te diga, clavá los frenos.
Ignacio se tomó las sienes con las manos y cerró los ojos. En un momento separó las manos de la cabeza y las comenzó a abrir de a poco. Entonces, y sin previo aviso, bajó las manos al grito de “¡Frená!”. Nico lo hizo, y mientras las ruedas del Clío chirriaban contra el asfalto se abrió un ojal delante de ellos que se cerró apenas lo traspasaron. Ahora estaban en un descampado, junto a una cancha de fútbol. El lugar estaba en las afueras del pueblo, y había un grupo de chicos jugando en el campo mientras unos pocos adultos los miraban desde unas gradas. Abundaban las camisetas de Argentina, como era de esperar en medio de un Mundial, en un equipo como en el otro. Cuando el Clío apareció de la nada el juego se interrumpió, y niños y adultos, luego de un primer instante con la boca abierta, comenzaron a debatir si en verdad se había materializado en el lugar o si nada más no lo habían escuchado llegar. En tanto, los cuatro en el interior se miraron para asegurarse de que todo estuviera bien. Entonces Ariel comenzó a aplaudir, y Nico y Sofi lo siguieron.
-Gracias, gracias, -dijo Ignacio ruborizado-, pero no tenemos tiempo. Hay que dejar el auto acá, seguro lo están rastreando. Saquemos los bolsos del baúl y vamos.
-¿A dónde? –preguntó Sofi.
-A la próxima parada.
Los cuatro bajaron e hicieron lo que dijo Nacho. Varios curiosos se acercaron desde la cancha a una distancia prudencial. Sin hacerles caso, Nacho abrió otro ojal y, ya sin auto, lo volvieron a atravesar. Esta vez aparecieron en el jardín de una casa, y un penetrante olor a asado les dio la bienvenida. Cerca de ellos había dispuesta una mesa donde una familia tomaba mate. Eran cuatro: el padre tendría unos cincuenta años, le sobraban kilos y le faltaban pelos. La madre tenía cuarenta y algo, pero estaba en mucho mejor forma. Los hijos eran un varón y una chica que estarían saliendo de la adolescencia y habían sucumbido a la tentación de calzarse la celeste y blanca. Un equipo de música sonaba desde adentro de la casa, un chalet de dos plantas que había quedado a sus espaldas. Estaban escuchando Zeppelín IV. Pero eran los padres los que llamaron la atención de los recién llegados. Sendas auras violeta y verde brillaban sobre sus cuerpos.
-Los estábamos esperando –dijo Orana, el padre-. No sabíamos si habían comido, así que les guardamos un poco de vacío y un par de choris. ¿Juan Murió?
-Voló junto con la librería –contestó Nico-. Gusto en verlos.
-Armando Godoy es mi nombre –dijo Orana-, y también me alegro de verlos. Y vos, hijo de puta, nunca más viniste ni a saludar, eh.
Godoy se acercó a Ariel con los brazos abiertos, y él se apuró a devolverle el abrazo. Por un momento se sucedieron los abrazos y las presentaciones. Orson se llamaba Cristina, y sus hijos eran Fernando y Cecilia. Con diecisiete y catorce años ya eran jóvenes Uisal.
-Bueno –dijo Cristina-, me encantaría invitarlos con algo, pero imagino que estamos apurados, ¿no?
-Ya sabés –contestó Nico-, cincuenta años sin preocuparnos más que por llevar nuestra vida, y de golpe tenés que resolver todo en dos días. No es la primera vez que pasa.
-No, pero sí la última, ¿verdad? Por eso hay seis de nosotros juntos…
Nico asintió en silencio. La cara que estaba viendo, de pie en el parque de una casa como muchas, era la de una madre preocupada por sus hijos cuyas vidas corrían peligro. Por un momento sé preguntó qué tan fuerte podría ser la convicción en su tarea.
-Nos vienen pisando los talones –dijo al fin-. Para llegar acá tuvimos que abrir un ojal delante de ellos. Nos sacamos el auto de encima, pero tienen todavía muchas otras formas de encontrarnos. Si cortan la luz en Lago Puelo van a detectar ocho Uisal en esta casa, y apenas en un rato los vamos a tener por acá.
-Entonces hay que apurarnos –dijo Armando-, en el camino charlamos. Supongo que vamos a Trevelin.
El equipaje de la familia Godoy ya estaba preparado, y entre los ocho pronto lo llevaron al garaje abierto del frente de la casa. Allí los esperaba una Toyota Hilux 2004 cerrada que era uno de los orgullos de Armando. Mientras cargaban los bolsos en la camioneta, en el cinturón de Nico sonó un celular.
-No atiendas –dijo Ariel.
Nico miró el visor del teléfono y un gesto de contrariedad cruzó su rostro.
-Ya es tarde –dijo-. Es Gastón Rivera. Tendría que haber dejado el celular en Buenos Aires, no sé como pude ser tan boludo. Hola –atendió. Con la mano derecha hizo gestos para que los demás subieran a la camioneta.
-Hola, ¿Nico? Habla Gastón. Sabés, estuve pensando en tu invitación a cenar, y me parece que si tenés ganas hoy me puedo hacer un huequito para que nos veamos, después de todo andamos cerca.
-Te agradezco, pero estoy a los pedos. A lo mejor en un par de días cuando liquide unos asuntos que me tienen bastante ocupado.
-Juntate conmigo y charlamos. A lo mejor los podemos resolver entre los dos.
-No lo creo. Acordate, soy tu competencia.
-Sí. Te subestimé cuando me lo dijiste, pero ahora te tomo más en serio. Bueno, capaz que nos cruzamos por el camino.
-Espero que no, aunque dudo que haya alternativa.
-Nos vemos en un rato, entonces. Bye.
Gastón cortó. Nico revoleó el celular al pasto y subió al asiento trasero, junto a Ignacio y Ariel. Sofía y los chicos se habían acomodado en la caja. Nico le preguntó a Cristina, que estaba en el asiento del acompañante:
-¿Tenemos armas?
-¿Estás jodiendo -dijo ella-? Yo en otra vida fui Sundance Kid, querido.
-Es cierto –interrumpió Ariel-, Y te aseguro que las tetas de Orana cuando era Etta Place eran mucho mejores que las que tiene ahora.
-Lo tuyo es envidia, gil –dijo Armando desde el volante-. Debajo de los asientos hay cuatro pistolas .32, dos FAL y dos UZI. Para cada una llevamos cuatro cargadores llenos. Y una docena de granadas por las dudas. Si hay que pelear, tenemos con qué.
-Me alegro, porque casi seguro vamos a tener que pelear. En cualquier momento van a estar acá. Salgamos ya mismo. Llevan todo, ¿verdad?
Terminó de decir esto y Led Zeppelín dejó de sonar. Habían cortado la electricidad. Armando asintió y propuso:
-Puedo abrir un ojal hasta la ruta, con eso vamos a ganar unos minutos.
-OK, pero tiene que ser AHORA.
Armando puso
-¿Nico?
-No, Morgan. Su amigo nos dejó un regalo.
-Me imaginé. Igual es tarde, alcanzamos a rastrearlos. Ahora necesito que busque en la casa algo que nos diga hacia dónde están yendo. Yo tengo cubiertas las salidas del pueblo, pero quiero saber cuál es su próximo paso. Eran ocho los que estaban ahí, es muy probable que ya estén todos juntos. A lo mejor lo único que necesitan es un lugar seguro donde activar el arma. No lo tienen que conseguir. En un minuto quiero saber cuál es su vehículo, así los podemos localizar con el satélite. Espero su informe, Morgan.
-Sí, Señor –contestó él con sequedad.
Gastón le cortó sin más palabras. Luego caminó hasta la orilla del lago para refrescarse un poco la cara. El paisaje del Parque Nacional Lago Puelo era maravilloso, pero no había tiempo para disfrutarlo. No había podido dormir ni media hora cuando le avisaron de la desaparición del Clío. Mientras Morgan y sus soldados discutían la manera de encontrarlos, O’Malley le preguntó a Gastón si en su encuentro de treinta y seis horas atrás Rey le había pasado su número de teléfono. Por supuesto existía la posibilidad de que no fuese el verdadero o no lo tuviera encima, pero no estaba de más probar. Bingo. Con la primera llamada ya tenía la ubicación. Esperó a terminar de hablar para cortar la luz, y para entonces ya tenía la convicción de que su objetivo estaba muy cerca.
Pero no pudo evitar el mal sabor que la charla con Nico le había dejado en la boca. De todos los amigos que había cosechado a través de su vida, era él de quién mejores recuerdos conservaba. Luego de la muerte de sus padres, Gastón se había movido en los mejores círculos. Don Sergio lo había inscripto en los colegios y universidades más caros de la ciudad, y lo mismo sucedía con los clubes de los que era socio. Desde el comienzo de su adolescencia había entrado en una carrera de apariencias donde poco importaba ser el mejor, mientras que los demás lo creyeran. La única persona que lo había aceptado tal como era, sin importar su dinero, auto o posición social era su viejo amigo de la primaria, Nicolás Rey. Gastón era un chico huraño, introvertido. No era popular ni entre sus compañeros ni con las chicas. Solía pasarse los recreos sentado en el patio, leyendo un libro o una revista. Recién en tercer grado comenzó a relacionarse con un par, y ese era Nico. Gastón sentía que la amistad con Nico había sido parte de su educación. Fue con él que se enteró de la existencia de una serie de cosas que hasta entonces no le habían enseñado en la escuela, y que en su casa las negaban sin más vueltas, como la economía, el sexo y la política. Más de una vez había escuchado a su abuela hablar mal de Nico, pero lo cierto es que él se sentía muy a gusto en su compañía.
Cuando se lo cruzó en
-Gastón, te necesito en el puesto de comando. Morgan ubicó
-Hay que interceptarlos por el camino –dijo Gastón-. ¿Tenemos gente por allá?
-Todavía no, pero los refuerzos que pedimos y venían en avión a Bariloche se desviaron hacia el aeropuerto de Esquel. En media hora están aterrizando, y de la pista se van directo a encontrarse con
-Bien, te felicito, Axel. Ahora tenemos que ir para allá. Ordená a los hombres que levanten el campamento. Vos y yo salimos con
O’Malley asintió y fue a hacer lo que Gastón le pedía. Sin embargo, la idea de volver a manejar por la ruta ya lo estaba agotando aún antes de comenzar. Era duro, y tenía resto, pero llevaba un día y medio sin dormir y sospechaba que pasarían unas cuantas horas antes de tener la oportunidad de hacerlo. En algún momento iba a necesitar de todas las fuerzas que pudiera reunir. Mientras tanto, sólo quedaba hacer lo que le decían.
La noche estaba por caer.
- 27 Comentarios
- Sin votos
- Reportar este Posteo


Caín:
será que el cariño de Gastón por Nicolás podrá más que sus ambiciones??? Se dicen muchas cosas sin decírselas del todo….
Me gusta muchoooooo como viene esto!!!
Besotes!!!!
Pau