Punk (Capítulo IX)
El librero
Juan Costantino había vivido su vida en paz. Nacido en
Las tres décadas desde entonces fueron tranquilas. Los asuntos políticos de
El martes 20 de junio de 2006 Juan atendía a un cliente en su negocio. El tipo era un holandés en viaje de negocios que había aprovechado el fin de semana largo y se había hecho una escapada a Bariloche, y ya que estaba a El Bolsón. El tema excluyente era, por supuesto, el partido Argentina-Holanda que se jugaba al día siguiente en Alemania por el Mundial de Fútbol. El holandés recordaba los tiempos de gloria de
Lo siguiente que hizo Juan fue sentar a la mesa a Ignacio, su único empleado, y ponerlo al tanto de la situación. Hacía más de diez años que trabajaban juntos, y ya lo había elegido como sucesor, pero hasta ahora no consideró necesario hablar del tema. Sólo esperaba que lo tomara en serio lo mínimo indispensable para que no se fuera todo a la mierda.
El Clío azul llegó a la puerta de la librería un rato después del mediodía. De su interior bajaron tres jóvenes envueltos en sendas parkas con aspecto de recién compradas. Estaban despeinados, ojerosos, barbudos los varones y tiritando los tres. Juan jamás los había visto, pero de inmediato reconoció las auras que los rodeaban. Se acercó y le dio un fuerte abrazo sin palabras a Ocai. El muchacho le respondió con timidez al principio, pero en seguida dejó crecer su confianza y lo estrecho como si se hubieran conocido desde siempre. Así era, en cierta forma. De la misma manera saludó a Origo y Odil, y luego los invitó a pasar.
La librería estaba bien puesta. En el centro del local una gran mesa de dos metros por uno y medio sostenía una maqueta de la zona con una pista de Scalectrix que la recorría. Juan se había preocupado con frecuencia por hacer las reformas necesarias para que los visitantes se sintieran cómodos. Esto corría también para la casa arriba del local, con paredes de colores cálidos y muebles estilo country. Juan había mantenido y renovado lo mejor que pudo (el buen gusto no se hereda) los detalles decorativos que Julia puso en su momento. Gracias a eso la vivienda era un lugar por cierto acogedor. Los cinco se acomodaron alrededor de la mesa de fresno y Juan sirvió el café que los esperaba desde hacía un rato.
-Bueno, ante todo permítanme presentarles a Ignacio –dijo Juan después del primer sorbo-. Él me ayuda en la librería hace años, y confío que en esto también me va a ayudar. El problema es que recién le acabó de contar cómo viene la mano. Al principio no me creía, pero abrí un ojal y empezó a darme un poco de crédito. Nunca falla.
Juan miró a Ignacio. Él intentó sonreír, pero en su rostro había un rictus de terror. Juan pensó que debió prepararlo antes para este momento, ahora no había tiempo para que entienda, y sin embargo no tenía alternativa. “Mala suerte” pensó. “Lo haré mejor en otra vida”.
-Y ahora me gustaría saber algo sobre ustedes. Qué pasó en Buenos Aires, a qué distancia viene Abraxas. Cómo se llaman, de paso.
Ocai se rió. Pronto todos lo acompañaron. Menos Ignacio, claro.
-Disculpanos la descortesía, Juan, es fácil olvidar que nunca nos viste las caras. Mi nombre es Nicolás Rey, y ellos son Ariel López y Sofía Albert. Somos periodistas. Trabajábamos con Víctor Van Hausser y él nos inició en
-¿Cuánto tiempo tenemos, Odil?
-Dos horas y media, tres como mucho. Los siento cerca, pero no nos pisan los talones. Quieren que primero reunamos a todos para poder agarrarnos juntos.
-Tenemos que hacer que crean que nos estamos reuniendo, entonces.
-Mi plan –dijo Origo- es seguir camino en el Clío hasta Lago Puelo, que es donde nos van a buscar. Entonces cambiamos de auto y seguimos viaje hacia Trevelin. Eso nos va a dar algún tiempo hasta que nos vuelvan a identificar.
-Bueno, entonces tenemos un rato para que coman, se bañen y se cambien. Sería buena una siesta también, pero eso ya es mucho pedir. Origo, esta vuelta te toca ser la dama, así que tenés el baño a tu disposición. Está al lado de la pieza, al final del pasillo. En el placard hay una bolsa con ropa de mujer, pero hace treinta años que no se usa, debe apestar a naftalina, si es que está en condiciones de ser usada. Ustedes dos pueden tirarse un rato en la cama mientras está la comida.
Nadie presentó oposición alguna a las sugerencias de Juan. Mientras él ponía el agua para cocinar unos fideos se le acercó Ignacio. Era un muchacho de veintisiete años, doce de los cuales los había pasado con él. No tenía demasiada relación con otras personas, los libros eran sus principales amigos. Tampoco familia. Sus padres habían muerto jóvenes, no tenía abuelos, sólo estaba Juan. Ya estaba claro que la librería no iba a volver a abrir sus puertas, y su vida estaba por convertirse en otra cosa. Lo que aún no le quedaba claro era cómo iba a resultar el plan del viejo.
-¿Estás seguro, Juan?
-Sí –contestó él con seguridad-. Al tomarte como empleado te condené. No es mi culpa, claro, como no fue de Julia por enamorarse de mí, ni de su viejo por tenerla. Ojo que yo sé lo que sentís, eh. Hasta esta tarde no había tomado demasiado en serio lo que me dejó mi mujer. Nunca hizo falta. Pero cuando recibí el mensaje entendí mi tarea. Yo soy apenas un agente de transición, Nacho. La acción nunca fue lo mío, apenas si tenía que mantener la antorcha prendida para pasarla llegado el momento. Mirá, lo que van a hacer es matarnos a nosotros y a todos los que puedan llegar a sucedernos. O sea que vos ya estás muerto, lo lamento pero es así. La única manera de que puedas salvarte es como te dije. Pasame una lata de salsa de la alacena. Tendría que haberme puesto a cocinar antes, carajo.
-Pero no va a ser fácil, Juan…
-¿Y te pensás que para mí sí? Ya sé que no va a ser fácil, Nachito. No estoy hablando de una salida fácil. Te estoy hablando de la única salida.
Ignacio le dio dos palmadas en la espalda a Juan, volvió hacia la alacena y se puso a rallar queso para los fideos. En su rostro se veían la confusión y el conflicto naturales en esta situación. Origo (Sofía) apareció detrás de él, con el pelo mojado y ropa de los ’70. Aunque muchos años mayor, Julia tenía sus mismas medidas, y el olor de la ropa no era nada que un poco de perfume no pudiera solucionar. Los jeans oxford estaban un poco pasados de moda (al menos con ese tamaño de botamangas), pero el pulóver de lana con motivos indígenas era eterno.
-¿Nervioso, Nacho? –preguntó.
-Mucho –se sinceró él.
-Mirá, yo soy Origo apenas desde hace veinticuatro horas. Cuando me enteré de todo este asunto de
No, Ignacio no se termina de convencer, eso es evidente. Dentro de un rato va a tener todo más claro.
Media hora después Nico y Ariel ya se habían bañado y vestían ropas de Juan. Les quedaban un tanto grandes, es cierto, Juan había subido de peso los últimos años, pero siempre sería mejor que la ropa transpirada que traían de Buenos Aires. Almorzaron con tranquilidad. Como de costumbre Origo prendió una luz mágica para detectar la proximidad de Abraxas, pero esta vez no hubo novedades. Después de comer llegó el momento de la partida. Prepararon unos cuantos víveres y abrigos para el viaje. Lago Puelo no estaba lejos, y allí el clima era mucho más agradable que en El Bolsón, pero no sabían cuánto tiempo podrían pasar en casa de Orson y Orana, y era muy posible que para entonces Abraxas les pisara los talones. Cuando se disponían a partir, Juan comenzó a despedirse.
-Bueno, amigos, fue un placer conocerlos pero hasta aquí he llegado. Nachito va con ustedes.
Ariel se adelantó y formuló la pregunta que al menos Nico también se estaba haciendo.
-¿Qué pasa, Juan? ¿Por qué no venís?
-Porque se siente viejo –contestó Sofía-. ¿No es así, Orsis?
-Siempre fuiste la más viva, Origo. No estoy para estos trotes. Renuncio a esta dignidad a favor de Ignacio. Él va a saber qué hacer cuando haya qué hacerlo.
-¿Y vos?
-Yo me voy a quedar acá, ganando tiempo para que cuando lleguen los Hermanos, tengan con qué entretenerse mientras ustedes se van.
Ocai sintió la seguridad en sus palabras, y comprendió que era una decisión tomada y no tenía sentido ponerse a discutir. Entonces volvió a estrechar al viejo entre sus brazos.
-No tuvimos mucho tiempo de conocernos, ¿verdad, Juan?
-Hace más de lo que me acuerdo que no tenemos tiempo para dedicarnos, Ocai. Pero lo llevás a Nacho, que es como llevarme a mí. Es lo bueno de ser lo que somos. En realidad nunca morimos.
-Buena suerte, Juan.
-Buena suerte, compañero. –Se volvió hacia los demás- Buena suerte a todos. Buena suerte, Nacho. Cumplan con lo que tienen que hacer.
Nacho se separó de los otros y fue a abrazarlo. Cuando se separó, Juan sacó del bolsillo de la parka un cubo de ébano tallado de seis centímetros de lado. Se lo dio a Nacho y cerró su mano sobre la de él.
-Cuidá bien esto, y que nadie te lo saque. En un rato vas a entender su importancia. Y cuidate vos, pibe. Te quiero mucho.
-Yo también te quiero, Juan. Gracias por todo.
Juan vio cómo se alejaba el Clío por la calle y volvió a entrar en la librería. Puso un auto de juguete en la pista de Scalectrix y tomó un pulsador. Entonces vio la luz mágica apagarse. Minutos después dos hombres armados de no más de veinticinco años entraban por la puerta de la librería.
-Está cerrado –les dijo Juan.
-Señor Costantino, temo que va a tener que acompañarnos.
-No. Temo que ustedes me van a acompañar a mí.
El último pensamiento de Juan estuvo dedicado a Julia. Ella justificó su vida, y ahora justificaba su muerte. Su dedo bajó sobre el pulsador del Scalectrix, pero no fue el auto lo que se movió. Nacho, Nico, Sofía y Ariel pudieron escuchar la explosión desde el Clío que se alejaba. Juan Costantino había vivido su vida en paz. La verdad, terminarla así era una cagada.
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Cain…Hay que seguir tus escritos…Atrapantes…Saludos Demian