Punk (Capítulo VIII, segunda parte)
Doscientos kilómetros más adelante Ariel se despertaba en el asiento delantero del Clío. Dormir le había costado horrores, y entre la incomodidad y las pesadillas que habían acudido a su mente no se animaba a decir que hubiese descansado. Como consuelo, al menos, estaba claro que a Nico no se lo veía mejor. Aferrado al volante, con los ojos puestos en el horizonte, aún no se había dado cuenta de que él estaba despierto. Detrás de sus lentes se estiraban unas profundas ojeras hasta entrados los pómulos, estaba despeinado, el faldón derecho de su camisa había escapado de su pantalón y su barba, casi siempre bien recortada, acusaba recibo de los tres días sin afeitarse, dándole un aspecto general de suciedad y abandono. Luego de pensarlo un minuto Ariel desistió de mirarse al espejo: no creyó que fuese a estar en mejores condiciones. Se durmió como a las dos de la mañana, después de un día por lo menos movido. Salieron de Buenos Aires con lo puesto y a las apuradas. Hicieron una escala en un cajero automático y sacaron todo el efectivo que reunían entre los tres, no convenía que volvieran a sus casas ni que usaran tarjetas de crédito. Los hombres de Abraxas los estarían buscando, así que no había tiempo para perder. Para cuando dejaron la ciudad ya anochecía. Más o menos a las once se dieron cuenta de que no habían comido desde la mañana y pararon en una parrilla al paso. Cenaron rápido y en silencio. Casi no abrieron la boca desde que salieron de
Ya eran las nueve de la mañana y una fina neblina daba al aire un tinte brumoso que acentuaba el componente onírico que su situación tenía. El aura azul que rodeaba el cuerpo de Nicolás era elocuente: todo estaba pasando, no había chiste en esta locura. Él mismo veía sus manos que resplandecían rojo, y amarillo en Sofía, dormida en el asiento de atrás. Ella era la que peor la tuvo que pasar. Por suerte lograron protegerla, cuando los de Abraxas los rodearon en el túnel fue claro que esta vez no zafaban. Aunque claro, ese no era un recuerdo suyo sino de Rogelio, pero poco importaba a esta altura. Él ya era en parte Rogelio, como era Butch Cassidy, Marco Polo, Hanna de Helsinski o Lucio Vespasiano. Era Odil, más una herencia que una dignidad. En su interior estaba toda la información recogida por miles de vidas anteriores a la suya, y si bien en esencia seguía siendo Ariel Martín López, no se imaginaba una mejor descripción de aquello que llamaban “alma”. Nico lo miró.
-Buenos días, ¿te despertaste, corazón? –le preguntó, risueño.
-No rompás las bolas, pelotudo.
-Veo que amaneciste con todas las pilas. La verdad, no sé cómo pudiste dormir.
-No daba más, ese es todo el secreto. ¿Querés que maneje un rato?
-Por favor. Tengo las manos y las piernas agarrotadas.
Nico paró en la banquina, bajó e hizo sonar cada hueso de su cuerpo. Ariel lo imitó. Dieron la vuelta por delante del auto y volvieron a subir. Nico bostezó y tuvo un escalofrío.
-Mierda que está fresco. Apenas lleguemos a Bariloche hay que comprar una campera para cada uno. Adentro del auto está calentito, pero afuera es una heladera.
Hizo una pausa, se restregó las manos y luego miró a Ariel.
-Estamos metidos en un rollo grande esta vuelta, Pelado. Creo que hasta ahora nunca te pedí disculpas.
-¿De qué hablás? –preguntó Ariel intrigado.
-De la primera vez que charlamos de todo esto, en Los Pirineos, hace más de diez años. Entonces no te di bola, y al final mirá en lo que estamos metidos.
-Es duro, eh. Anoche me pasé todo el tiempo tratando de ordenar lo que tengo en la cabeza. No se puede. Lo único que sé es que tengo una respuesta para casi cualquier pregunta. ¿Sabías que en otra vida fui Marco Polo?
-No es así como funciona. No es reencarnación.
-No, pero es lo más parecido que se me ocurre. Sé lo que supo, lo que vivió y lo que sintió cada Odil que hubo antes que yo. Y todavía no me entra en la cabeza que ahora soy Odil. Pero no hay caso, lo soy. Hace 24 horas apenas si sabía disparar, y ahora se de armas todo lo que sabía Butch Cassidy. ¡Butch Cassidy! Parece joda…
-Lo mío es un poco más…-Nico hizo una pausa- incómodo. Sé todo sobre Víctor, lo que nos decía, lo que no, lo que sentía por nosotros, incluso las mujeres con las que se acostó. Es como invadir su intimidad. Ahora él está muerto, y me dejó todo lo que era –sus ojos se empañaron-. Es un honor, claro, pero no resulta del todo lindo. No resulta lindo un carajo.
-Te entiendo. Yo no conocí a Rogelio, pero él sintió lo mismo por Esteban, que al fin y al cabo era su tío. Supongo que es parte de la iniciación de los Otaru. Un efecto no deseado, si se quiere. El problema es otro. Esta vez no hay tiempo de elaborar el duelo.
-¿A qué te referís?
-A que estamos sin red. Abraxas la hizo bien, mató a los tres Otaru ejecutivos antes de emprender la última búsqueda de
-Por eso es tan importante reunirnos los siete. Es hora de traer de vuelta
-Hay algo más –dijo una voz desde el asiento de atrás- ¿Saben a qué fecha estamos?
Sofía ya estaba sentada y se acomodaba el pelo. Lo primero que observaron Nico y Ariel fue su cara de dormida.
-Buen día, amor –dijo Ariel-. ¿Descansaste?
-Sí, para el orto pero algo descansé. Ustedes no se dan idea de lo maniática del control que puede llegar a ser Origo. No recuerdo si en algún momento les dijo, pero viene contando el tiempo día por día desde la división de
Nico y Ari se limitaron a mirarla a través del retrovisor sin abrir la boca. Sofía prosiguió.
-Para la cuenta de los años no nos sirve ningún calendario de los que conocemos, solo podemos contar las vueltas de
-O sea que mañana se cumplen cincuenta mil años desde que empezó todo esto, y es un momento perfecto para terminarlo –completó Ariel.
-Exacto.
-¿Pero a
-¿Cómo puedo saberlo? Por las dudas tenemos que organizarnos. Vamos a parar un momento y tratar de comunicarnos por telepatía con el resto de los Otaru. Es difícil, pero nunca hizo tanta falta. Los celulares no nos van a servir hasta que lleguemos, y de todos modos los pueden intervenir y usar para rastrearnos; a esta altura Brandán y Rivera deben saber hasta nuestro grupo sanguíneo. Los cuatro cuidadores están en el sur; Abraxas nos va a buscar en Lago Puelo, de modo que sería bueno movernos un poco, tal vez hacia Cholila o Trevelin, es preferible encontrarnos en un pueblo chico o en un descampado antes que en una ciudad. Por otro lado…
-Pará, Sofi. Pará –Nico detuvo con la mano a Sofía, que no paraba de hacer ademanes-. Recién te despertás, calmate un poquito. Me encanta que estés tan activa, pero nosotros tenemos que seguirte el ritmo.
Por el espejo Ariel miró a ambos.
Sofía se tocó las sienes y tomó aire. Luego lo soltó y relajó los hombros.
-Perdón, tenés razón. Es insoportable, no lo puedo evitar, quinientos siglos haciendo planes. Mejor pará en una estación de servicio y vamos a desayunar.
-¿Te parece prudente? –preguntó Nico.
-Me importa un carajo si es prudente o no, no doy más, estamos metidos desde las dos de la tarde en esta lata, quiero estirar un poco las piernas.
-Amor –preguntó Ari- ¿Origo siempre tuvo ese carácter de mierda?
Por un momento pareció que Sofía lo iba a putear, pero al final sonrió.
-Casi -fue todo lo que dijo.
Ya entraban en Bariloche.
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Tantas sensaciones ajenas, sentirlas propias de repente… muy loco!!!
Me encantoooooooooooooooo!!
Besis