Sanjosé
Ya era tarde y el vagón iba vacío, por un momento pensó que iba a encontrar cerradas las rejas de Medalla Milagrosa, pero al final consiguió tren. Le llamó la atención que no haya nadie en su camino pero también, a la hora que venía a tomar el subte a quién se iba a encontrar. Al bajar caminó hasta la punta del andén. Le gustaba el primer vagón, mirar el camino por el costado de la cabina del conductor, espiar los secretos del subte. La estación San José, por ejemplo, fue construida dos veces. La primera para cruzarse con
Estaba llegando a Entre Ríos cuando notó que le faltaba la billetera. No se preocupó demasiado, un robo era improbable, lo más seguro era que se la hubiese olvidado en el escritorio de la oficina. Mientras buscaba vio como el tren se acercaba a San José, y se dispuso para el amague con el que el tren se desviaría.
El tren no se desvió.
Lo primero fue desconcierto, tal vez no había tomado el último coche sino uno fuera de línea que se dirigía a los talleres. Pero ahí no había talleres. El tren se detuvo en un andén como todos, aunque callado, silencioso, como si Buenos Aires arriba se hubiese apagado por completo.
Golpeó la puerta del conductor. No hubo respuesta, de modo que se asomó por la cabina a ver qué pasaba. No había conductor. Aún así, las puertas del vagón se abrieron.
Trató de poner la cabeza fría, todo era un error, claro. Se asomó al andén para ver por donde andaba. Apenas despegó el segundo pie del vagón las puertas se cerraron y el tren reanudó su marcha rumbo (¿a dónde? ¿A Constitución?). Él trató de detenerlo (¡ja!) golpeando los costados mientras se iba, pero finalmente quedó de pie inmóvil en el andén abandonado. Tenía que pensar. Pedir ayuda. Agarró el celular, capaz que tenía señal, pero no tenía batería. Había olvidado cargarlo. Carajo, si por lo menos pudiera hablar con su secretaria, ella sabría qué hacer. No recordaba el nombre de su secretaria. Los nervios, por supuesto, qué querés en esta situación, el de su esposa no se lo iba a olvidar.
No recordaba el nombre de su esposa. No recordaba si tenía esposa, o hijos, o algún tipo de familia.
Lo único que faltaba, que encima le de un panic attack. Nunca había tenido claustrofobia, pero imaginó que debía ser algo muy parecido a lo que sentía ahora. Midió las posibilidades. Podía bajar a la vía y volver caminando hasta Entre Ríos, pero le pareció peligroso e innecesario. OK, le dio cagazo. La otra era salir por el arco que había a mitad del andén. Tenía dos molinetes de los viejos y del otro lado estaba completamente oscuro, pero era la única salida que se podía considerar como tal. Trató de imaginarse a dónde podría salir, pero no recordaba dónde estaba ubicada la estación.
Ya sin sorpresa, descubrió que no recordaba su nombre ni su pasado. Miró la negra oscuridad que había detrás de los molinetes y en un impulso de resignación decidió atravesarlos. Se lo tragó el olvido en el que hacía años dormía la vieja Estación San José.
- 30 Comentarios
- Sin votos
- Reportar este Posteo


No hemos sido presentados Caìn… Gracias por la visita a mi blog, copio acà mi respuesta por casualidad no regreses.
Hola Caìn, no hemos sido presentados. Yo tambièn te he leìdo e
C A Ì N: Gracias por tomarte el trabajo de leerme en silencio. La gracia cuando forma parte de la diversión y no ofende, no trasgrede, ni pierde el BUEN GUSTO es bienvenida en mí. No concibo mi vida sin humor (entre otras cosas)
Hay personalidades con apariencias que no las representan, sin embargo yo soy lo que leen, ni más ni menos.
Un gusto que pases x aquí. Saluditos
* TE FELICITO por la narraciòn, lo hacès muy bien, yo tambièn leì algunas cosas tuyas. Muy poca gente narra guardando las reglas de la gramàtica, por aquì es muy valorable.
Saludos nuevamente… Clau.-