El Rusito – Capítulo IV
IV – Starting Over
De alguna manera, Victoria estaba más tranquila que cuando él se fue. Vladimir se imaginaba que en su ausencia su esposa habría vuelto a meterse en política, pero la mano (como se decía ahora) venía cada vez más pesada, y Victoria no era tonta. Pese a todo lo que podría haber pensado, su esposa lo recibió con los brazos abiertos, hasta contenta de volver a verlo. Vladimir era conciente de la cornamenta que portaba sobre su cabeza, pero como ella llevaba una similar consideró que no había motivos para reproche alguno. Durante algún tiempo convivieron casi como extraños en la misma casa, pero de a poco se fueron descubriendo nuevamente como cuando eran adolescentes. Vladimir se fue consolidando en su nuevo trabajo, y al año lo nombraban encargado de maestranza del edificio de Tucumán y Cerrito. Después de tantos años, la relación con su esposa pasaba por su mejor momento, y volvían a dedicarse a ellos, a la buena vida, cine, boliches, restaurantes y fiestas. Durante todo este tiempo Vladimir no tuvo noticias de Mónica, ni ella trató de ponerse en contacto con él. Pero Nicolás era su debilidad. Aunque no podía hacerse cargo de él como padre, como padrino lo malcriaba hasta la exasperación de su hermano y su cuñada, quienes sabían que no tenían derecho a quejarse de nada. Por un tiempo, las cosas parecían estar en orden.
Vladimir sintió que ese orden tambaleaba cuando, en marzo del ’72, el ERP secuestró y asesinó al director general de Fiat Concord, y en represalia la empresa empezó a rajar gente a lo loco. La posibilidad de volver a quedarse sin trabajo lo aterraba, y cada día rogaba a Dios por mantener su puesto en la compañía. Victoria era curiosamente solidaria con él en este momento, y los dos estaban atacados por un creciente nerviosismo. Si bien Vladimir conservó su empleo, la política argentina se iba endureciendo como nunca antes, y comenzó a preguntarse si su esposa estaría nerviosa por su trabajo o por alguna otra cosa que él desconocía. A fines de agosto del ’72, después de la masacre de Trelew (casualidad), el nerviosismo de Victoria cesó de repente y de a poco se fue recomponiendo su vida tal como la venía llevando.
El que Victoria se hubiese retirado de la política representó una tranquilidad para Vladimir. La violencia de a poco se había apoderado de las calles de Buenos Aires, recrudeció cuando volvió Perón y se hizo inaguantable cuando subió Isabel. Él mismo fue testigo de cómo mataban a un hombre en plena calle, dos semanas después de la muerte del Pocho, con tres tiros que salieron de un Falcon blanco sin patente. Él trató de ayudarlo, pero ya era tarde. El hombre murió en sus brazos. Antes de que la policía lo instara a circular, alcanzó a ver el rostro de una mujer llorando detrás de una puerta. Era Mónica.
Poco tiempo después Victoria le dio la noticia que durante tantos años había esperado: finalmente iba a ser padre. Pero en el rostro de su esposa había una expresión de amargura como nunca antes había visto. Vladimir no supo a qué atribuirlo (¿el embarazo como resignación de la libertad?), pero era evidente que su esposa ya no era la de antes. Ya no quería salir, ni festejar, ni divertirse. Jamás tuvo un antojo y de sexo ni hablar. La mujer alegre y vivaz que había conocido se había esfumado, dejando en su lugar tan sólo una sombra.
Gervasio nació el 24 de marzo del ’75 a las 13:30. Para ese entonces Nicolás tenía cuatro años y medio. Vladimir quiso que se criaran como primos hermanos, pero el destino, al que Vladimir había querido burlar, se empeñó en devolverle el golpe. Alejandro, que aún no cumplía los 40, tuvo una insuficiencia cardiaca y debió ser operado. Antes de comenzar la cirugía el anestesista hizo mal su trabajo y sumió al paciente en un sueño del cual nunca despertó. Después hubo juicios, defensas, apelaciones y condenas, pero la vida de Alejandro se había perdido y eso era irreparable. Durante todo el proceso judicial, que duró tres años, fue el socio de Alejandro el que más apoyo le dio a Irene para seguir adelante. Juntos sacaron adelante la tintorería que comandaban y antes del mundial ya eran pareja. César puso el grito en el cielo, y trató de puta a Irene por cambiar tan pronto a su hermano por otro. Vladimir dudó, pero César siempre había tenido una gran influencia sobre él, y finalmente se puso de su lado en contra de Irene. Irene en principio no supo qué hacer, era gracias a Vladimir que tenía a Nico, pero su novio, que sabía la verdad, la convenció de que tenía que hacer su vida sin importarle lo que pensaran los hermanos de su marido. Finalmente, Irene decidió que ya no tenía nada que ver con esa familia, y de esa manera Vladimir perdió el contacto con su ahijado, su hijo mayor.
En principio, el que capitalizó esta situación fue Gervasio, quien acaparó todo el amor que sus padres ya no tenían a quien más dar. Lo cierto es que después de su nacimiento la relación de Victoria y Vladimir fue en franco deterioro, y cualquiera hubiera dicho que seguían juntos sólo porque tenían un hijo. Durante sus primeros años mantuvieron aunque sea las formas. Hacían el amor cada tanto y de vez en cuando se daban algún beso. Pero de a poco se aburrieron de la farsa, y para cuando Gervasio terminó el preescolar ya ni siquiera dormían juntos.
En esos tiempos hubo un par de acontecimientos que resultaron clave para la familia: En primer lugar, luego de pasar un año con cuadruplejia, Pablo Quiroga murió en su cama dejando a su esposa Teresa totalmente desconsolada. Victoria, que siempre había sido su hija favorita, decidió mudarse más cerca de su madre (que desde hacía algún tiempo vivía en Parque Patricios), y cuando quedó un departamento libre en su mismo edificio no dudó en alquilarlo. Los ochenta encontraron a la familia Casanseu fuera del hogar de Congreso donde vivían y afincados en su nueva casa de la Quema. Por otro lado, una tarde de enero, mientras paseaban los tres por Lavalle, Vladimir vio a Mónica acercarse hacia ellos con dos chicos de la mano. Cuando ya había decidido hacerse el tonto y seguir de largo, la que lo sorprendió fue Victoria.
-¿Mónica? –exclamó- ¿Mónica Castro?
-¡Victoria Quiroga! –respondió Mónica a su vez- ¡Cuántos años que no nos vemos!
Vladimir no sabía donde meterse. Recordó cómo había conocido a Mónica, y trató con su mejor cara de póker de hacerle frente a la situación.
-¡Qué alegría verte, Vicky! –Victoria odiaba que le dijeran “Vicky”- ¿qué fue de tu vida todo este tiempo?
-Y, ya ves. Me casé, tuve un hijo. Él es mi marido, Vladimir –a Victoria le brillaban los ojos como no le habían brillado en años. Vladimir y Mónica se saludaron con un beso en la mejilla, y automáticamente desearon volver a besarse en los labios-. Y este caballerito es mi hijo, Gervasio.
-Ay, Gervasio, igual que los míos. Nada más que los míos se llaman Gervasio de apellido, claro. –a Victoria los ojos se le convirtieron en dos bolas de fuego. Mónica parecía disfrutar con lo que contaba- Sabías que me casé con Bruno, ¿no? Ellos son nuestros hijos, Mariano, de siete años, y Nicolás, de cinco años y un mes –“¿Cómo…?”, pensó Vladimir-. No sé si te enteraste que Bruno falleció…
-Sí –dijo Victoria, y su voz pareció quebrarse-. Una pena. Pero bueno, él siempre vivió al borde.
-Sí, así es –dijo Mónica, ella sí con la voz definitivamente quebrada.- Bueno, querida, no te quiero seguir molestando. Pero me encantaría que me llamaras. Tomá, acá te dejo mi teléfono. Llamame un día así nos encontramos para chusmear todo lo que pasó en estos años.
-Dale, te llamo. Esperame que en estos días sin falta te llamo.- se despidió Victoria. Luego de andar unos metros agregó por lo bajo:- Esperá sentada que ya te voy a llamar.
Vladimir entendió que el número de teléfono no era para que lo marcara su esposa, sino para que lo marcara él.
El reencuentro se produjo dos semanas después. Vladimir y Mónica estuvieron dándole vueltas al asunto varios días, a pesar de que él se comunicó esa misma noche. Sin entenderlo muy bien, los dos ponían peros, trabas y postergaciones. Lo cierto es que se morían de ganas de verse, pero algo les decía que estaba mal, que no debían. Arreglaron verse lejos de los lugares que acostumbraban, se suponía que no se conocían y debía seguir suponiéndose. La Giralda de Mataderos, en Avenida del Trabajo y Olivera, resultó un escenario propicio.
-¿Qué hacés, Ruso?- saludó Mónica, casi con timidez- ¿Cómo te trata la vida?
-No tenés que llamarme así –respondió él. A ella la madurez la trataba magníficamente, estaba espléndida, mucho mejor que diez años atrás, y él lo notó de inmediato. Pero también notó la sombra que cruzaba su mirada, las canas que se asomaban entre su roja cabellera y las líneas del tiempo que ya iban delimitando el verde de sus ojos. Ella estaba espléndida, pero el tiempo no para.- Sos casi la única persona que nunca lo hizo, no empieces ahora.
Ella no aguantó más y preguntó:
-¿Qué sabés de Nico?
Vladimir agachó la cabeza. Esa pregunta era tal vez el principal motivo por el que demoró su cita con Mónica. Él sabía que ella no tenía derecho a pedir explicaciones ahora, que él había hecho lo que pudo y que si habían perdido a Nico la culpa era de ambos, que lo habían entregado impunemente sólo para conservar las apariencias. Vladimir se puso a la defensiva, y le contó a Mónica lo ocurrido con la guardia en alto y listo para devolver los reproches que ella le iba a hacer. Mal padre sería lo mínimo. Hijo de puta, seguro. ¿Pero y ella, entonces, que lo tuvo adentro nueve meses y luego lo dejó ir y jamás se preocupó por su vida? ¿Ahora se venía a hacer la que le importaba? ¡Pero por favor! ¡Bien que se deshizo de él en cuanto pudo! No querida, ya es tarde para llorar. Lo diste, alpiste. No me vengas ahora con reclamos. Te hubieses calentado en su momento, cuando estábamos juntos y lo podríamos haber criado. Ahora jodete. A llorar a la iglesia.
-Ya sé lo que pensás, te lo leo en los ojos –le dijo Mónica clavándole los suyos, profundos y verdes, pero cargados de una angustia como jamás los había visto-. Y tenés razón. Nunca dejé de culparme por abandonar a mi hijo apenas nació. Sufrí terriblemente en cuanto te fuiste. Más de una vez estuve a punto de largar todo e ir a buscarlos, pero me di cuenta de que era tarde. Al poco tiempo apareció mi marido en Montevideo. Acá andaba con el ERP, allá hizo un par de negocios con los Tupamaros, y antes de que me diera cuenta quedarme era tan peligroso como volver. Me vine casi atrás tuyo. Te rastreé un poquito, tener conocidos en la inteligencia del partido tiene sus ventajas. Vi que estabas bien, que habías rehecho tu vida, y no quise joderte. Cuando te vi el otro día en el centro iba a seguir de largo, ya bastante mal te hice, pero Victoria me llamó y no pude evitar darle mi teléfono para que vos me puedas llamar. Pero entiendo si no querés saber nada conmigo. Soy consciente de que te cagué la vida. Perdoname, Vladi. Me odio por haber hecho las cosas tan mal, pero tenía miedo, no sabía que hacer, y lo que menos quería era joderte. Perdoname.
Mónica lloraba. Vladimir no sabía qué decirle. Los dos comprendieron lo pesada que se les hacía esa carga, lo difícil que les resultaba seguir viviendo con la culpa de perder a su hijo, y lo distinta que podría ser la vida si no lo hubieran hecho. No necesariamente mejor, pero sí distinta. Y cuando no se está conforme con lo que se tiene, cualquier situación desperdiciada que hubiese podido hacer la vida distinta se vuelve causa de reproches.
Y es que Vladimir no estaba conforme con su vida. Tenía un trabajo tranquilo pero rutinario, y la relación con su esposa era un desastre. Victoria le había empezado a tomar el gusto a la bebida (en realidad siempre le gustó, pero últimamente se emborrachaba cada vez más seguido), y ya no compartían casi nada. Ni siquiera la cama. Él salía a hacer horas extras de noche y apenas se cruzaban a la mañana. Por eso luego de la catarsis compartida en La Giralda, casi sin proponérselo, Mónica y Vladimir volvieron a encontrarse con frecuencia. Primero fueron (dos) encuentros llenos de aparente camaradería y deseo contenido. A partir del tercero se sinceraron y fueron a un hotel.
La vida de Mónica tampoco había sido fácil. Con pasado universitario (aunque incompleto), no había podido conseguir nada mejor que un puesto administrativo en una empresa de limpieza. Tocando algunos contactos, logró que Vladimir entrara como Supervisor Operativo. A partir de entonces se vieron casi todos los días, y Vladimir entró en una suerte de bigamia que lo acompañaría hasta su muerte.
En casa las cosas no estaban bien. En realidad, a Vladimir ya casi no le gustaba estar en casa. Lo único que rescataba de su vida familiar era a su hijo, y aún así se daba cuenta de que no le daba todo lo que debería. La casa donde alquilaban fue vendida y en su lugar pusieron un garaje, por lo que Victoria, Gervasio y él debieron conseguir otra de urgencia, rápido y barato. Consiguieron cerca, apenas a tres cuadras de donde estaban y no muy distinta, al menos en el sentido edilicio. Pero sí era distinto el estado de la construcción. Literalmente, se caía a pedazos. De hecho, era común que durante la cena cayeran trozos de revoque del techo sobre la mesa. A eso pronto se le sumó el abandono. Ninguno de los dos esposos se sentía a gusto en ese lugar, ni siquiera se sentían a gusto entre ellos, y así, lo que ya era bastante malo se volvió inhabitable. Mientras, Gervasio crecía y observaba todo lo que pasaba. Así fue tomando como normales y naturales ciertas situaciones y circunstancias que en otro contexto no lo serían.
A saber:
Nunca vio a sus padres expresarse amor
Nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de un hermano
Nunca se sintió a gusto dentro de las paredes de su casa
Rara vez sus padres salían juntos, y nunca sin él
De manera que Gervasio iba asimilando como propia esa soledad que Vladimir y Victoria le transmitían. A pesar de eso, Victoria no entendía por qué Gervasio se portaba tan mal en la escuela, nunca contaba nada de lo que le pasaba y estaba siempre solo y callado, viendo televisión o sumergido en la lectura de un libro. Vladimir, que no podía ya negar lo mal que estaba su familia (especialmente después de una discusión fuerte con Victoria en la que Gervasio metió la cuchara y la terminó ligando con paliza y todo), decidió tratar de mejorar las cosas. Habló con su mujer y con los pesos (ahora australes) que habían juntado en tantos años compraron un terrenito para construir en el oeste. Por un tiempo funcionó, todos estaban entusiasmados con el proyecto de hacer la casa nueva, pero el entusiasmo se diluyó pronto y al poco tiempo el terreno quedó abandonado, a disposición del que lo quisiera ocupar. Para Vladimir fue basta. Ya no estaba mucho tiempo en su casa, y permanecía allí sólo lo necesario. Comía, dormía (para mantener las formas) y sacaba a pasear a su hijo. Seguía siempre la misma rutina: del trabajo a casa de Mónica, de allí a su casa y de vuelta al trabajo. Mariano y Nicolás ya lo sentían como un padre postizo (le decían tío), y con ellos se sentía en el hogar que él no había podido construir. A menudo pensaba en Nicolás, su hijo mayor que ya no vería, y lamentaba que la vida lo hubiera tratado tan injustamente. Sabía que con Mónica habría formado una bella familia, pero ya era tarde para irse con ella. Estaba prisionero entre el fracaso que había construido (pero que le había dado a Gervasio, pobre inocente), y la felicidad que le había rozado los dedos y ahora se le mostraba, cercana e inalcanzable cual fruto prohibido.
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wowwww…..
cada vez me va gustando màs…
muy bien contada …..cuanto dolor y sufrimiento…
No puedo eviatar sentir pena por Gervasio…
siempre los màs perjudicados son los chicos en esta situaciones…
de verdad esta muy buena la historia…
espero el pròximo captulo…
besos….