El Rusito – Capítulo III
III – Otros Aires
Para 1968 el matrimonio se caía a pedazos. Victoria estaba cada vez más distante, Vladimir se quedó sin trabajo y por primera vez la plata empezaba a no alcanzar. Al poco tiempo Victoria quedó embarazada, y esta situación sirvió como detonante para un montón de reproches contenidos. Era evidente que en esas condiciones no estaban preparados para ser padres, pero cuando Victoria planteó la posibilidad de un aborto, Vladimir puso el grito en el cielo. Victoria argumentó que no iba a tener un hijo si su esposo no tenía trabajo, y acompañada de su hermana menor Amelia, y ante la desaprobación de su marido, Victoria abortó.
El matrimonio de Vladimir y Victoria quedó malherido. Al poco tiempo a Vladimir le surgió una oferta para trabajar como repostero en un hotel en Montevideo. Dolido por la situación que acababan de vivir, Vladimir no dudó en aceptar el empleo. Como imaginó, Victoria decidió no acompañarlo, y así se separó de la mujer que tanto le había costado conquistar.
Montevideo es como Buenos Aires, pero frente al Mar. Está claro que lo que llaman mar no es otra cosa que el mismo Río de la Plata que baña las espaldas de B.A., pero allá se hace sentir mucho más. No era un buen momento el que le había tocado en suerte al Rusito para recaer en esa ciudad. Los Tupamaros habían comenzado con su accionar guerrillero, y el clima estaba más caldeado aún que del otro lado del charco. El presidente Pacheco había instaurado sus “medidas prontas de seguridad”, y como no dieron resultado terminó decretando el estado de sitio en todo el territorio de la República. En ese contexto, Vladimir había conseguido un puesto que le proporcionaba un buen pasar económico, una habitación donde vivir y la paz espiritual necesaria para decidir cómo seguiría su vida. Todos los dispositivos de seguridad le parecían exagerados, pero aún así no estaba en contra de ellos. Él también pensaba que lo mejor que se podía hacer con los guerrilleros marxistas era darles una buena patada en el culo. Siempre pensó que si nunca hubiesen existido los marxistas, él sería Capitán de la Guardia Imperial del Zar, o al menos lo sería su hermano.
Si bien hablaba cada dos semanas con su esposa, estaba claro que en ese momento el matrimonio era sólo una cuestión nominal. No le preguntaba a Victoria qué hacía en Buenos Aires, y ella tampoco le preguntaba nada, de modo que era apenas un diálogo de dos conocidos viviendo en distintas orillas del Plata.
-Hola, ¿Victoria?
-Hola, mi amor, ¿Cómo te trata Uruguay?
-Nada del otro mundo, es como Buenos Aires pero con mar.
-¿Cómo con mar? ¡Si allá también es río!
-Sí, es el río, pero los uruguayos están convencidos de que es el mar y no voy a ser yo el que les pinche el globo. ¿Vos cómo estás?
-Bien. Mucho laburo, como siempre.
-Bueno, te tengo que dejar. Cuidate.
-Cuidate vos también.
Los dos se daban cuenta de que en los hechos ya se habían dejado. Pero igualmente mantenían las formas.
Al principio Vladimir no tuvo mucha vida social en Montevideo. Pasaba sus días trabajando, y en sus ratos libres salía a caminar por la 18 de Julio, el cerro o el Mercado del Puerto. Allí fue donde a poco de comenzar la primavera se tropezó con una cara familiarmente conocida que le dijo:
-Yo te conozco. No sé de donde pero te conozco.
La dueña de la cara era una chica de su edad, pelirroja, de ojos profundamente verdes y una sonrisa que pronto le hizo olvidarse de su esposa. Al rato estaban sentados en un bar para averiguar de dónde era posible que se conocieran.
-A ver, empecemos por lo primero -dijo Vladimir, en plan seductor-. ¿Cómo te llamás?
-Mi nombre es Mónica Castro, tengo 27 años y estoy en Montevideo hace un año. Hasta entonces viví en Buenos Aires, pero ahora me estoy acostumbrando a esto de vivir acá –resumió ella, como si estuviera en una entrevista.
-¿Por qué te fuiste? –a Vladimir le salía el curioso en seguida, aunque a veces (como esta) pasara por indiscreto.
-Por ahora me lo reservo. Una dama tiene que guardar sus secretos. Ahora hablame de vos.
-Bueno, me llamo Vladimir Casanseu, pero me dicen Ruso. En realidad mi apellido es ruso, pero en Migraciones anotaron lo que quisieron. También soy porteño, así que es posible que me conozcas de algún lado.
-Y un nombre y unos ojos así son imposibles de olvidar –atacó Mónica, inconfundible-. Nos conocimos hace unos años en Ciencias Económicas. Yo estudiaba allá y vos fuiste a buscar a Victoria Quiroga. ¿La encontraste?
Vladimir se sonrojó.
-No, no la encontré, pero al final me casé con ella -confesó-. De todos modos, eso ya es pasado. Yo me vine a trabajar acá y ella se quedó allá, y no sé si algún día nos volvamos a juntar.
-Sí, te entiendo. En realidad a mí me pasó algo parecido. También me casé joven, y me vine acá arrastrada por mi marido –de repente su expresión se deslució, como si estuviese hablando de algo que le dolía y a lo que no quería referirse, pero igualmente lo hacía a modo de exorcismo-. Ahora él se fue, y yo quedé sola acá, con un trabajito en una tienda de zapatos. Él es un idealista. Se casó conmigo no sé por qué, pero nunca le importé demasiado. En realidad estoy hablando mucho, no conviene que hable de él porque ahora ninguna de las dos orillas es segura.
-No hables, entonces –propuso Vladimir.- Podemos hacer como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en París, en Casablanca. “No questions”.
-Claro, y siempre tendremos Montevideo. No es mala idea, en realidad.
Durante varios meses Vladimir y Mónica supieron realmente de qué se trataba eso de “estar de novios”. Él había salido con alguna que otra chica antes de casarse, pero la imagen de Victoria siempre fue tan fuerte que nunca se dio permiso para disfrutarlo. En cuanto a Mónica, el noviazgo con su marido había sido un recorrido de mitin político en mitin político, y nunca quedaba lugar para el romanticismo. De modo que allí, lejos de todo lo que los ataba, Mónica y Vladimir se dieron el lujo de ser felices e irresponsables. Vivían separados, casi nunca dormían juntos, se veían sólo cuando tenían ganas de hacerlo y disfrutaban todo el tiempo que compartían. Vladimir seguía comunicándose semana de por medio con Victoria, pero se preguntaba hasta cuando iba a mantener esa hipocresía.
Promediaba 1969 cuando las cosas cambiaron dramáticamente. Un atraso en el organismo de Mónica, habitualmente puntual como un suizo, dio vuelta todo el panorama de la feliz pareja. Al poco tiempo el embarazo se confirmó, y si bien Vladimir estaba dispuesto a hacerse cargo de la criatura, para Mónica las cosas eran bien distintas.
-Yo sé que siempre dijimos “no questions”, pero es hora de que sepas algunas cosas –comenzó ella-. Aunque con mi marido estamos separados, nunca dimos por finalizado nuestro matrimonio. Él está metido en cosas pesadas allá, y me dejó acá para que no me pase nada. Me daba gracia lo de Casablanca, porque en realidad es más o menos así. Yo te amo, pero lo cierto es que a mi esposo lo sigo queriendo, hablamos todas las semanas y espero el momento en que me llame para volver con él. Y no puedo volver con un hijo. Lo lamento en el alma, Vladi, pero tengo que abortar.
A Vladimir esto le cayó como una piedra en el estómago. Realmente odiaba esa palabra. Toda su vida había soñado con el día de convertirse en padre, y se lo había negado primero su esposa y ahora su amante. No. No se lo permitiría.
-¿Podés quedarte ocho meses más en Montevideo?
-Supongo que sí –contestó ella, que no entendía muy bien.
-Entonces dejame pedirte algo. No abortes. Yo me voy a hacer cargo de lo que necesites, y me voy a hacer cargo de nuestro hijo. Después si querés no nos volvés a ver a ninguno de los dos, pero no abortes. Todavía no sé muy bien cómo me las voy a arreglar, pero por favor te lo pido: no abortes.
Mónica le hizo caso, y no abortó. Durante el embarazo Vladimir le dio todos los cuidados necesarios, la acompañó al médico, le resolvió los antojos y la llenó de amor. Pero la fecha de parto se acercaba y aún no sabía cómo iba a hacer para conservar el bebé. Entonces tuvo una idea desesperada. Alejandro, el mayor de sus hermanos, había tenido un accidente de joven y sabía bien que no podía tener hijos. Irene, su mujer, era algunos años menor, y había sido compañera de secundario de Vladimir. Los dos querían tener hijos, y sabían que el destino no se los quería dar. Vladimir decidió hacerle trampa al destino, y una noche, cuando Mónica entraba en el octavo mes, marcó el número de su hermano.
Vladimir sabía que después de lo que iba a hacer ya no podría quedarse en Montevideo, así que movió contactos entre los huéspedes del hotel y a la distancia consiguió un trabajo como maestranza en el edificio FIAT. Él era repostero, ese trabajo no tenía nada que ver con el suyo, pero igualmente lo aceptó considerando que era la única posibilidad que tenía. Dos semanas antes de la fecha de parto viajaron a Buenos Aires en secreto y se hospedaron en el Hotel Cosmos de Constitución. El 13 de julio del ’70 a mediodía Mónica dio a luz un varón en la clínica donde César Casanseu era camillero. Al tercer día Vladimir se lo llevó a Alejandro, quien se apuró a anotarlo como propio en el Registro Civil de Sarandí y San Juan. Ese mismo día Mónica volvió a Uruguay y Vladimir se reencontró con Victoria, con quien intentaría una vez más llevar a buen puerto su matrimonio.
Alejandro e Irene bautizaron al bebé con el nombre de Nicolás Casanseu. El primer nieto de Nicolás debía llevar su mismo nombre. Vladimir fue su padrino.
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huu excelente!!!!!
me lo lei de un tiron..
muy buena la hisotria y muy bien relatada–ealmente muy buena…
me gusta eso de seguir la tradicion….
besos y espero saber más….. no me dejes con la itnriga…