Beatrice
Soy un convencido de que las fechas son lo de menos, que festejar los aniversarios, cumpleaños y demás es sólo una forma hipócrita de purgar la culpa de ignorar el resto del año eso mismo que hoy recordamos. Sin embargo esa noche salí a la calle a recorrer los mismos lugares por los que andábamos juntos, seguir los mismos pasos de aquellas caminatas que emprendíamos en otras épocas, quizás más jodidas que éstas, pero definitivamente más felices.
Mis pasos me llevaron hacia La Paz. El viejo bar de Corrientes y Montevideo ya no es lo que era, ahora está muy arreglado y modernito, si hasta parece del Primer Mundo. Entré y pedí un capuchino y un tostado de miga, lo de siempre. Tomé el primer sorbo, cerré los ojos saboreando la espuma que lentamente se deshacía dentro de mi boca, y entonces sentí su mano sobre mi hombro. No quería abrir los ojos. Sentía su perfume inconfundible, su suave tacto acariciando mi viejo y gastado perramus, su mirada que ya buscaba la mía, sentía todo, pero me negaba a abrir los ojos y descubrir mi error. Cuando al final lo hice, ella había tomado su lugar frente a mí en la mesa.
-Cómo te pegó el tiempo, querido. Me acuerdo de ese joven y aguerrido militante de izquierda de los setenta y no puedo creer que sea el mismo que estoy viendo… Esa melena negra y tupida que era la envidia de más de uno…
-Hoy son dos pelos locos y encima con canas. En realidad probé un par de cosas para tratar de conservar ese símbolo de virilidad que era mi pelo, pero al final terminé aceptando que una pelada bien llevada puede causar el mismo efecto en las mujeres. Claro, cambiando el target. Vos en cambio estás igual, tan linda como la última vez que nos vimos.
-Obvio, nene, ¿qué esperabas? ¿Qué envejeciera y me convirtiera en una vieja decrépita? No, gracias. Por suerte estoy más allá de eso.
-¿Eso quiere decir que yo sí soy un viejo decrépito?
-A buen entendedor…
Estar de nuevo con Beatriz después de veinticinco años era mágico. Ella también pidió un capuchino, pero después comprendimos que esta noche era especial y pedimos una botella de Legui toda para nosotros, que nos reencontramos a través de un cuarto de siglo, olvidándonos de lo que pasó en el medio, saltando un bache de milenio a milenio lleno de tantas cosas vividas y no.
-¿Y, me vas a contar algo?- le pregunté.- ¿Cómo es allá? ¿Saben algo de todo lo que pasa por acá o sencillamente no les importa?
-Todo se sabe, y cómo duele. A veces pienso en todo lo que queríamos hacer en aquellas épocas, y veo en lo que vino a parar, y siento que algo se me raja adentro. Tanta lucha, tantos muertos, y la Argentina se convirtió en ésto. Pero no quiero hablar más de eso. Sabés, irse es tan difícil. Acá dejás todo, los afectos, las costumbres, el mate. Allá es mejor, no hay dudas, pero nunca te olvidás de todo lo que quedó acá. Armando, esta noche es para vos. No hables más y vámonos. Sabés a donde quiero ir.
Llovía en Buenos Aires. Una fina y delicada llovizna que resaltaba las luces de los faroles y los teatros contra el asfalto mojado. Siempre habíamos dicho que cuando llueve la ciudad potencia su belleza. No llevábamos paraguas, ni lo necesitábamos. Apenas enfundados en nuestros pilotos demodée rumbeamos Corrientes abajo, para el lado del Obelisco. No dijimos una palabra durante todo el camino, sabíamos bien a dónde íbamos y cómo llegar. Después de cruzar la 9 de Julio seguimos por Diagonal hasta Maipú, y después Chacabuco. El hotel seguía donde siempre, Chacabuco entre Estados Unidos y Carlos Calvo. Había cambiado, como La Paz, pero seguía siendo el mismo hotel. Antes de entrar nos besamos largo rato bajo la lluvia.
Hicimos el amor tres veces, toda una hazaña después de los cincuenta. Casi no hablamos. Era, sencillamente, algo que nos debíamos y nos estábamos cobrando. Cuando la lujuria se apagaba, finalmente hablé.
-Te fuiste muy de golpe. Un día estabas, y al otro nadie sabía nada de vos. Para cuando llegaron las noticias ya estaba desesperado, y cuando me enteré fue peor. Ni siquiera pudimos despedirnos.
-Sabíamos en lo que nos metíamos, Armando. Conocíamos los riesgos, y los aceptamos. Lo mío fue una cagada, pero sabés que no fui la única. Miles se fueron conmigo. Y la mayoría no volvió más.
-Pero ahora estás acá, y quisiera que esta noche dure para siempre.
-Pero no va a ser así. No nos queda mucho de esta noche para disfrutar, así que mejor la aprovechamos al máximo. Abrazame, Armando. Te amo.
-Te amo. Nunca dejé de amarte, Bea.
Esa noche no dormimos. Era tan fuerte la sensación de volver a sentir su piel, su pelo, su voz, su aliento, que no quise que el sueño me la arrebatara. Recién al mediodía aceptamos que nuestra noche había acabado, y salimos del hotel. Sin soltarnos, nos preparamos para la despedida.
-Es duro dejarte ir otra vez. Fue mucho tiempo sin vos.
-También es duro para mí, pero así debe ser. No escribo las reglas. De todos modos, supongo que puedo esperar una visita tuya en estos días.
-¿Estás en el lugar de siempre?
-En el lugar de siempre.
-Contá con eso, entonces. ¿Querés que te acerque en un taxi?
-No, es mejor que vuelva sola. No es por vos, volví sólo para verte. Pero creo que para los dos es mejor que me vuelva sola.
-Nunca te olvidé –dije, y le paré un taxi.
-Ni yo.
Se fue.
Al día siguiente era domingo. Me levanté temprano, sabía que tenía que visitarla. Me vestí lo mejor que pude y caminé hasta Combate de los Pozos para tomar el 50. Me bajé en Avenida del Trabajo y Varela y empecé a desandar las cuadras que me llevaban hacia ella. Paré en una florería, compré flores, siempre le gustaron los jazmines. Entré y me pregunté si iba a recordar cómo se llegaba hasta ella. Entonces vi el panteón de la Marina Mercante y lo supe. Conté cinco filas y cuatro hileras y llegué a su tumba. Dejé los jazmines y me puse a llorar.
Elena Beatriz Damiani fue secuestrada en su casa por un grupo parapolicial el 23 de julio de 1977. Su cadáver fue encontrado tres semanas después en un descampado en Ingeniero Budge. Su pareja, Armando Forcino, fue el encargado de reconocer el cuerpo en la Morgue Judicial de Lomas de Zamora.
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Muy lindo relato, me gusto mucho.
saludos
paula