Perdido, o la negación de la aventura
A Arthur McCallister se lo conocía como “el cajero”. Su trabajo era sencillo pero vital. El hombre conocía de memoria los números de cinco cuentas bancarias numeradas radicadas en Suiza. A través de esas cuentas se cerraban los negocios más grandes del mundo. A Arthur le quedaba una comisión interesante cada vez que ponía esos números junto con su huella dactilar y un escaneo de su globo ocular. Para septiembre de 2004 Arthur estaba al borde del retiro. Había concluido en Australia el mayor negocio de su vida y se disponía a irse a su mansión de Los Ángeles a gozar de su jubilación de millones de dólares.
En el aeropuerto de Sidney Arthur vio un iraquí. Él se había reunido con Saddam Hussein varias veces para arreglar la venta de armamentos, conocía de sobra el acento de un iraquí al hablar. Y este lo era. Para su alarma, el iraquí respondió a la misma llamada que él: la que llevaba al vuelo 815 de Oceanic Airlines. Con cierta cautela subió al avión y aguardó el despegue. Hasta ahí todo fue normal. Él estaba cómodo, casual, con bermuda y guayabera. El despegue fue normal. El avión partió como de costumbre a atravesar el Pacífico con su cargamento humano, e incluso con un golden retriever que viajaba con el equipaje. Todo estuvo bien hasta que sobre algún lugar del océano el avión empezó a sufrir turbulencias. Éstas fueron cada vez más violentas y Arthur se comenzó a asustar. Cayeron las mascarillas de oxígeno y en un momento Arthur se dio cuenta de que la mitad del avión que debería a estar a su espalda ya no estaba. El avión caía sin control al medio del Pacífico. Pronto hubo un nuevo quiebre y la cabina del avión salió disparada hacia la nada. Entonces, apenas segundos después, Arthur sintió cómo el fuselaje golpeaba con tierra. Su asiento salió disparado por el golpe y Arthur se encontró en la arena de una playa. Vivo. Ileso. Y lo que es más, al menos otras cuarenta personas habían tenido la misma fortuna de sobrevivir a la caída del avión. Allí se podía ver una mujer embarazada, allí un hombre extremadamente obeso, una silla de ruedas tirada en el piso, una pareja de coreanos (Arthur sabía reconocer perfectamente un coreano de un chino o un japonés), allí un hombre de traje tratando de organizar el caos.
Arthur no sabía qué hacer, e iba de un lado para otro. Entonces en un momento sintió un fuerte ruido y una tracción que lo empujaba para atrás. Una de las turbinas del avión se encendió a su espalda y lo succionó. Arthur ni siquiera se dio cuenta de cómo su cuerpo se convertía en una masa sanguinolenta, ni mucho menos llegó a sentir la explosión de la turbina.
La historia de los sobrevivientes del vuelo 815 de Oceanic Airlines es fascinante. Es una pena que Arthur McCallister no llegara a formar parte de ella.
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