Olvídalo, Cariño/3
La Casona de Guss está al lado del Correo Argentino, a veinte metros de la esquina de Caseros y Entre Ríos. Gustavo era el hermano de Analía. Analía era compañera de primaria tanto de mí como de Paula Lucena. Gustavo murió del corazón a una edad en que la gente no debería morirse. Entonces sus padres, que ya tenían un bar, abrieron Guss en su honor. Al principio Guss quiso ser una disco. Lo cierto es que no funcionó. Después mutó en pub. La suerte no fue la mejor. Finalmente, Guss se convirtió en La Casona de Guss y se vistió de parrilla. Cuando llego Paula ya estaba allí. Una parrilla no es uno de los lugares más comunes donde me he encontrado con alguien, pero en este caso era más que comprensible. Allí se siente protegida. Desde la puerta saludo a Analía. -¡Migue! -¡Analía! -¿Cómo andás? ¿Supiste algo de Paula Lucena? -Claro, está acá y me dijo que ibas a venir. No sé qué le pasa, pero está mal. -¿Mal cómo? -Nerviosa, alterada. Casi te diría paranóica. No me quiso decir nada, pero algo le pasó. -Llevame con ella, Ana, por favor. Ella me ayuda a entrar y me conduce hasta la mesa donde Paula me espera. Está sentada en una mesa sobre el fondo del local, acurrucada casi escondida. Se la nota ansiosa en exceso. Las ojeras me dicen que es muy probable que no haya dormido anoche. Está pálida y un poco chupada. Tiene puestos un jean y una remera, y no parece que hoy se haya arreglado mucho antes de salir. Por lo pronto es la misma Paula Lucena que hace once años cuando terminábamos la primaria era la más alta, la más linda y la más desarrollada de todas las mujeres. Pero a mí ya me gustaba desde antes de que se desarrollara. Aunque claro, nunca me dio bola. Después de eso la vi poco, pero supe que había tenido una vida difícil. Incluso se llegó a decir que hacía la calle en Constitución. Pero eso me parece improbable. Constitución es lugar de travestis, cada vez son menos las minas que yiran por ahí. Por otro lado no la veo a Paula haciendo eso. Me resisto. Me siento frente a ella, después de saludarla con un beso empiezan los formulismos de rigor (cómo estás, tanto tiempo, qué fue lo que te pasó), y después nos metemos en el tema. -¿Para qué me llamaste, Pau? ¿Qué fue de tu vida estos años? -Me hice puta. Anoche lo mataron a mi fiolo. Y tengo miedo que el chabón que lo mató me quiera matar a mí ahora. Bien, bajemos a la realidad. Era hermoso el recuerdo de la inocente Paula. Pero no puedo olvidar que ella fue al Tomás Guido, igual que yo, igual que el Negro Maidana, igual que Samberláin, igual que tantos delincuentes reconocidos. Imagino que el ambiente condiciona, porque de otro modo sería impensable pensar a esta mina, con el lomo que tiene, recorriendo Cochabamba de noche para levantar clientes. Yo le pongo un depto, una página de internet y empiezo a facturar sin moverme de casa. Claro que yo no tengo un depto para ponerle. Y lo que me viene a pedir es otra cosa. -¿Protección policial? ¿Eso es lo que me querés pedir? -No, no… el tipo que lo mató al Rafa es cana… protección policial no me sirve… Yo lo único que necesito es alguien que me cuide. Siento que no puedo volver a mi casa ni menos a laburar. Me siento vigilada, Miguel. -A ver, contame la historia. Paula me cuenta con detalles una historia bastante terrible que iba desde cuando el hijo de puta del fiolo la metió en el negocio hasta que le volaban los sesos a una cuadra de la autopista. El nombre del tal Méndez no me resulta desconocido. Con esa cara de gil maneja todas las actividades ilegales de Constitución. Y mirá que son muchas, eh. En fin, que este Rafa se tenía bien merecida la bala, parece, pero eso no quita que Paula haya quedado jodida. En fin, vamos a ver que clase de mano se le puede dar. Por lo pronto le pido a Analía que la deje a Paula quedarse a dormir en la trastienda de la parrilla por unos días, hasta que la mano se calme o hayamos resuelto algo. Le digo a Pau que se vaya a pegar una ducha así estaba más fresca, y me hace caso. Analía me acompaña hasta la puerta y me ayuda a salir. Después nos despedimos. Es increíble cómo me rompe las bolas esta silla de ruedas.
Capítulo III: Miguel
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uhhhhhh,noooo,pobre flaco,dale cain,me me mata el suspenso,jajajaj,saludos