Para todo el territorio de la República Argentina.
Desde que tengo memoria cada gobierno acusa al anterior de haberle dejado una “pesada herencia”.
Acaso la más pesada de todas sea precisamente la que nos ha quedado por ser hijos de españoles. Precisamente, la que más nos pesa es el peso.
¿A quién se le ocurre denominar “peso” a su moneda? ¿Acaso no resulta evidente que batallar permanentemente en pos del peso es lo que ha encorvado nuestras espaldas?
Entonces, dado que por él hay que sostener la sartén, y que incansablemente buscamos ese que nos haga morfar, propongo modestamente desde esta humilde tribuna que el peso sea derrocado por el omnipresente mango.
Porque seamos sinceros, cuando uno consigue manejar unos cuantos mangos se siente mucho más aliviado que si se llena de pesos.
Pero no pasa sólo por nuestra moneda por donde pasa el cambio. Se hace preciso un cambio de sistema, no solo de modelo. Es por eso que eliminaremos el sistema decimal de la economía argentina. Basta de centavos. A partir de ahora la centésima parte de un mango se llamará “guita”. Nunca más cinco para el peso. Ahora gastaremos en un paquete de puchos cuatro mangos con treinta guitas, como siempre debería haber sido.
Y del mismo modo hacia arriba. Diez mangos seguirán siendo diez mangos, pero la centena cobrará denominación propia, y así nos encontraremos ante el nacimiento de la Gamba. Cien mangos serán una Gamba, del mismo modo que mil mangos serán una Luca y un millón de mangos se convertirán en un Palo.
De esa manera, mezclando el lenguaje coloquial con el formal, de una vez por todas lograremos tomarnos nuestra economía en serio.
Ya dejaremos de utilizar cifras exorbitantes de las que se pierde la real dimensión. Cuando nos pregunten cuanto nos costó el auto, ya no diremos que lo pagamos treinta y cinco mil quinientos pesos. En cambio podremos decir que han sido treinta y cinco lucas con cinco gambas y ahí diremos “carajo que salió carito” o “carajo que lo pagaste barato”, dependiendo de que el auto en cuestión sea un 306 modelo ’99 o un C3 2007.
Anexo quiero proponer el diseño de billete para cada valor.
Para un mango: Billete verde con detalle sobre el asa de un jarro de aluminio.
Para una gamba: Billete rojo con detalle sobre una de las piernas de una vedette de moda (verbigracia, Evangelina Anderson).
Billete de dos gambas: Color Rosa. Plano sobre las piernas de la estrella del momento (verbigracia, Florencia de la V)
Billete de una luca: Color gris. Retrato del líder de Sumo en primer plano con la bocha afeitada y anteojos negros.
Billete de un palo: En el potencial caso de ser necesaria una divisa de tan alta denominación propongo que el color preponderante sea el violeta, y que la figura que lo ilustre sea el viejo y querido Ancho de Bastos.
Desde ya espero que mi propuesta sea aceptada y puesta en práctica a la brevedad.
Yo a éste lo conozco. Lo bueno de ser clochard es que nadie te da pelota. Te ignoran olímpicamente. Así que si sos bicho te podés volver invisible. Es lo que me pasa a mí ahora.
Se llama Zachari. Yo lo conozco desde que andaba de uniforme, pero hace rato que lo tienen de civil para hacer el trabajo sucio. No sé como carajo apareció acá, pero nos está siguiendo. Ahora tenemos que zafar.
-Javi, ¿dónde está exactamente el departamento?
-Estrada y Debenedetti, Maestro. ¿Por?
-Porque traemos cola. Tenemos que ver cómo zafamos.
-¿Y si nos separamos? –pregunta la Karen.
-Te va a seguir a vos, nena. Tenemos que sacarlo de encima de alguna manera.
-¿Alguna idea? –pregunta Javier.
-Por supuesto. Entremos a ese bar a tomar algo.
Entramos y se nos acerca el mozo. Le pido una Quilmes bien fría para los tres.
-Tío, ¿no preferís una Stella?
-Oíme, hace años que no tomo una Quilmes. No me importa si salió algo mejor, ahora quiero una Quilmes.
Javier se ríe y saca la notebook de la mochila.
-¿Y cuál es el plan, Maestro? –quiere saber Karen.
-Por ahora, tomar esa cervecita y dejarlo a Javi que se comunique con la caballería. Después es mi turno.
El mozo nos trajo una Cristal de tres cuartos que honestamente estaba espectacular. Tomamos un chopp cada uno. El que menos la pudo disfrutar fue Javier que estaba meta darle a la tecla. A los diez minutos cerró la notebook y la empezó a guardar de nuevo en la mochila. Entonces me paré y fui a buscarlo a Zachari que estaba sentado al lado de una ventana.
-Yo a vos te conozco. Vos andás siempre por Constitución. ¿Qué hacés por acá?
-No tengo idea de quién sos ni de lo que me hablás. –Zachari no sacaba los ojos de la mesa donde estaban Karen y Javier- Tomatelás.
-Dale, Zachari, que te conozco bien. A vos te llaman para trabajos de limpieza. Si cuando pusieron la foto de Jorge Julio López en los patrulleros vos te cagabas de la risa.
Ahora sí me miró. Y si no estábamos en un lugar lleno de gente estoy seguro de que meboleteaba ahí mismo.
-Escuchame, viejo de mierda, vos no sabés con quién te estás metiendo. Más te vale que te vayas de acá si no querés quedar prendido. No te lo recomiendo.
-Claro que sé con quién me meto, Zachari, ¿cómo no te voy a conocer? Vos sos el que lo bajó a Ulises afuera de la cancha de los cuervos, ¿te pensás que no sé? Menos mal que en el barrio nadie dice nada, porque si se enteran te linchan, ¡jajajaja!
Antes me pareció que no le caía bien. Ahora sí me mira con odio.
-¿Quién carajo sos?
-Jamás te interesó quién soy y no vale la pena que te enterés ahora. Pero yo a vos sí te tengo bien junado.
-Viejo y la puta que te parió. No tengo idea de quién sos pero me voy a encargar personalmente de meterte una bala en la cabeza.
-Mirá, a lo mejor te des el gusto, pero al menos en lo que respecta a Karen, ya la perdiste.
Zachari mira a la mesa donde ya no están Javier y Karen.
Voz 1 (Masculina, clara, aguda, entre 20 y 30 años, leve estiramiento de las vocales, a la manera de los cordobeses): ¿Qué pasa Zachari?
Voz 2 (Masculina, rasposa, aguda, cerca de 40 años, se escucha ruido de calle de fondo): Jefe, andaba de infiltrado en la marcha de los maestros, y ¿a que no sabe con lo que me encontré?
V1: No me vengas con adivinanzas, Zachari que no estoy al pedo.
V2: Está bien, la vi a la Karen, la putita del Rafa.
V1: ¿Estás seguro de que era ella? Se supone que está guardada en una parrilla.
V2: Mire, yo le digo lo que veo. A la Karen la conozco bien, alguna vez hasta me la cogí incluso. Es ella, le garanto. Está vestida bien, como si fuera una señora, y va con dos tipos. Me pareció que le iba a interesar más esto que lo de los maestritos.
V1: Entonces me vas a decir que la estás siguiendo, me imagino.
V2: Claro, Jefe, más vale. Van caminando por Maipú para el lado de Martínez. Yo los sigo a media cuadra.
V1: ¿Ella no te vio, verdad? ¿No te reconoció?
V2: No, Jefe, la Karen no me conoce. Yo la tengo junada porque es la única minita que vale la pena en Consti.
V1: Ok. Escuchame bien lo que vas a hacer. Seguilos como hasta ahora. Si ves que se suben a un bondi o lo que se le parezca no sé como hacés pero no se te ocurra perderlos, ¿está claro?
V2: Claro, Jefe, más vale.
V1: Si ves que entran a algún lugar me informás y te quedás haciendo guardia. Que por ningún motivo se te vayan a escapar, ¿me entendiste?
V2: Sí, Jefe, lo entendí.
V1: Yo también ando por la zona, así que si me avisás estoy por ahí al toque. Y ojo que no voy solo eh.
V2: Muy bien Jefe, ¿algo más?
V1: Sí. Te estoy mandando a Albornoz y Romero. No te mandés cagadas, Zachari.
Apenas bajamos del bondi vi como se la llevaban a Analía de testigo. Le avisé Javier y me dijo que Martín y yo nos quedáramos con ella, que nos encontrábamos allá. Así que ahí quedamos, atravesando la manifestación en el colectivo solas con el chofer y otra pasajera y haciendo las ocho cuadras por Maipú hasta la Comisaría 1º de Vicente López.
-¿Vos escuchaste cómo me dijo? –me dice Analía, que está casi casi sacada- ¡Me dijo gordita!
-Bueno, decí que por lo menos nos alcanza, peor hubiese sido viajar en patrullero.
-¡Sí, pero me dijo gordita! ¿Vos me ves gordita?
-Y, qué se yo… La cadera…
-Bueno, pero es la cadera nomás.
-Y además tenés mucho busto. Eso confunde también.
-Ah, ¿entonces por tener culo y tetas soy gordita?
-Bueno, y un poco de pancita tenés, también, no se puede negar eso.
-¿Vos decís que estoy gordita?
-No sé si gordita, pero un poquito pasada. No te vendría mal sacarte un par de kilitos de acá y de acá.
-¿Y vos cómo hacés para estar tan flaca?
-Pilates.
-Ufa. Ahora cuando salimos de la comisaría me contás bien donde hacés, total somos vecinas. Espero que consigamos una remisería cerca.
-No, remis no podemos tomar. Imaginate que sería decirle a alguien adonde estamos yendo. Colectivo o pie.
-Tenés razón, no lo había pensado.
-Vos quedate tranquila y dejame que si hay que pensar, pienso yo.
-Bruja.
La estaba por putear pero me di cuenta de que se reía. Finalmente llegamos. El trámite no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para resultar embolante. A la media hora Martín ya estaba insoportable y no quería saber nada más con los autitos. Finalmente le tomaron declaración a Analía y podíamos continuar con nuestro camino en paz.
De manera que teníamos que decidir si caminábamos o tomábamos un bondi. El depto de La Lucila no quedaba tan lejos, pero con el bondi ganábamos tiempo. De todos modos no tuvimos mucha oportunidad para seguir debatiendo. Cuando salíamos de la comisaría vimos a un tipo de unos 25 años en silla de ruedas que prácticamente gritaba:
Al fin viernes, cinco de la tarde. Terrible esta semana. Menos mal que ya se terminó. Toda la semana entró y salió mercadería. Por un lado es bueno, terrible recesión que hay y nuestro negocio que se sigue moviendo. Pero yo estoy muerta. Está bien que los medicamentos se mueven siempre, nadie va a dejar de tomar sus remedios porque prefiere comprarse ropa. Bien inelástico, me dijeron en Economía que se llamaba eso. En fin, que por hoy terminé y hasta el lunes no me ven la cara.
Abro la puerta de calle y veo cinco policías del Grupo GEO apuntándome con una Itaka.
-Tenemos orden del juez. Nos tiene que dejar pasar.
Quedate tranquilo que te iba a dejar igual, eh.
Los canas entran y empiezan a revolver todo. A Polo y a mí nos dejan en el playón de carga y descarga. Yo lo miro y me lo quiero comer.
-¿Polo qué mierda pasa? ¿En qué andás metido?
-Te juro que no sé, Sofi. Los papeles están en orden, no tenemos nada raro, está todo legal…
-¿Y entonces por qué se nos meten estos tipos, Polo?
-No sé, Sofi…
-Jefe –escucho que dice uno de los canas-, encontré esto en el buzón de la puerta.
El policía le da a otro un sobre de papel madera, y ese saca de adentro un pedacito de plástico amarillo. Esta mañana cuando revisé el buzón ese sobre no estaba.
-¿Y eso que es, Polo?
-¡No sé! ¡No tengo idea Sofi! ¡Si vos sabés que éste es un negocio legal! ¡Hace quince años que trabajás conmigo!
-Seguro que me decís la verdá, ¿nocierto Polo?
-¡Seguro, Sofi, seguro!
-Bueno, te voy a creer Polo. Pero más vale que no te encuentren nada.
-Señor –dijo otro cana-, venga a ver esto.
El que parecía el jefe se fue con el otro hacia el fondo.
-¿Y ahora que pasa Polo? ¿Qué es lo que encontraron?
-No sé, Sofi, yo no sé nada…
No se, pero a mi me parece que el Polo está transpirando.
Ahí veo volver al jefe. Está hablando por handy. Cuando pasa por al lado nuestro lo puedo escuchar.
-…hasta ahora apareció el pendrive y seis cajas llenas de efedrina. Seguimos revisando…
Ante todo, Gracias Santiago!
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Capítulo XIV: Analía en bondi
De una de las piezas vuelven Lucía y el Maestro. El Maestro es otra persona. Con el pelo corto y afeitado, no queda nada del linyera que conocí hace tres horas. A Javier se lo ve alterado. No sé que le dijeron, pero no le gustó un carajo.
-¿Cómo que nos rastrean? –pregunta el Maestro.
-Sí, yo tengo las IP trianguladas, es imposible que me encuentren de esa manera, pero dentro del pendrive hay un rastreador físico. Es una trampa. Así que ahora nos las tenemos que tomar ya mismo.
Javier volvió al estudio y volvió con una mochila en una mano y un sobre de papel madera en la otra. Lucía controló que estuvieran apagadas las luces y la llave de gas, le dijo a Martín que se lave las manos y a los cinco minutos estábamos todos en la calle caminando rumbo a Alcorta. Al pasar delante de un depósito Javier dejó el sobre en el buzón de la puerta. En Alcorta nos pusimos a esperar el 59, que nos deja derecho en La Lucila. Por suerte vino rápido.
-Uy, que lindo número de interno –me dice Paula despacio. Era el interno 69.
-No seas zarpada que hay un nene –le contesto, en el mismo tono.
-Está bien, pero si no te la chuparan hace tanto como a mí dirías lo mismo.
-¿Y vos qué sabés hace cuánto que no me la chupan? A vos por lo menos te la ponen…
-¡Bueno, eh! ¡Que una cosa es el trabajo y otra muy distinta el placer!
Nos subimos al bondi. Está casi vacío, pero si nos queremos sentar juntos tenemos que copar las tres primeras filas dobles. Yo voy delante de todo con Paula, atrás siguen Lucía y el nene que trajo unos autitos para jugar, y en la tercera Javier y el Maestro. No hablamos mucho durante el viaje, de todos modos, o hablamos boludeces nomás. Atravesamos sin problemas el centro, Recoleta, Palermo, Belgrano. Parecía que llegábamos a La Lucila sin inconvenientes. Hasta que nos cruzamos con esa manifestación de docentes yendo por Maipú a la altura de la residencia de Olivos.
-¡Pero será posible, que leche que tengo! Maestros y la puta que los parió – murmura el chofer.
-Señor, ¿no puede cambiar de ruta? –le dice una mujer que está en el segundo asiento individual.
-¿Qué dice señora?.. No la sentí -contesta.
-Que si no puede cambiar de camino.
-¿Y usté no puede cerrar el pico? Vieja del orrr… – susurra el chofer mirándola por el espejo con odio.
-¡Cuidado! – le grito yo cuando me doy cuenta de lo que estaba por pasar.
En ese momento siento un golpe y el colectivo clava los frenos. Un viejo con un cartel que apoyaba el paro docente estaba caminando de espaldas a la avenida y dio un paso desafortunado justo en el momento en que el micro avanzaba a paso de caracol. El bondi se lo llevó puesto.
El chofer bajó a ver qué pasaba y los manifestantes casi más lo linchan. Entonces vinieron corriendo dos policías a tratar de poner un poco de orden.
-Mejor nos vamos de acá –dice Javier-. En cualquier momento van a pedir testigos y lo mejor va a ser que nos mantengamos alejados de la yuta. Bajemos por adelante.
Nos paramos todos. Cuando empiezan a bajarse los demás veo que a Martín se le cae un autito y yo le ayudo a encontrarlo. Al final termino bajando última. Apenas pongo un pie en la calle siento la mano en el hombro y la voz que me dice:
-Señorita, necesito por favor que salga de testigo del accidente.
Esta mañana ni sabía que tenía esa cagada en la cabeza.
Ni siquiera entiendo demasiado bien qué carajo es eso. El tal Javier y la otra Lucía están con la boca abierta como si hubiesen encontrado oro. El Maestro mira interesado. Analía está callada. El pendejo fue a buscar más cuernitos. Yo no como más, ya estoy llena. Todos me miran. Javier me vuelve a preguntar.
-¿Pero no sabés en que andaba que pudo llegar esto a sus manos? A lo mejor no entiendas del todo la gravedad de lo que hay acá, pero este chip es una bomba.
-¡Ojo que no soy tan bruta, eh! ¡A ver si bajamos un cambio! -mentira, no entiendo un carajo, pero me hago respetar- Qué se yo, el Rafa tenía sus negocios pero a mí no me decía nada. Sé que manejaba otras chicas. Cada tanto se venía o le traían alguna caja, la guardaba quién sabe donde y a los días se la llevaban. Yo no le preguntaba nada. Si le preguntaba algo capaz que me cagaba a palos.
-Estamos en bolas entonces.
-De todos modos –dijo el Maestro- no hay que confundir las cosas. Acá no hay nada que nos diga que a Karen la están siguiendo. Por ahora todos nuestros movimientos son preventivos.
-Sí, Maestro –le contestó Javier-, pero el dueño de esto no lo va a dejar así. Si al Rafa lo mataron por esto y Karen vivía con él, es cuestión de tiempo nomás que la busque. Es más, hay que ver si no la están siguiendo, incluso. Éste no es un buen lugar para vos, lamentablemente –me dijo a mí-. Yo tengo de todos modos un lugar adonde llevarte. Es un departamentito en La Lucila. Digamos que no le digo a nadie que lo tengo, pero lo tengo. Ahí vas a poder estar guardada un tiempito hasta que se calmen las aguas.
-Bueno –intervino el Maestro-. Yo me quedo con vos entonces. Lucía, ¿todavía tenés la máquina de cortar el pelo?
-¿Te pensás cambiar el look, tío?
-Y, si vamos a vivir como gente integrada a la sociedad también hay que parecerlo, me parece.
-Dale, venite conmigo que te corto.
Analía y yo nos fuimos para el patio. Javier se quedó en la computadora. Puta que te parió, Rafa, en el quilombo que me metiste.
-¿Vos sos amiga de mis papás? –me pregunta el nene.
-Amiga de un amigo, parece.
-No le digas a nadie, pero mi papá es hacker.
-¿Ah sí?
-Sí, él se puede meter en cualquier computadora de cualquier lugar del mundo apretando dos botones.
-Mirá vos. Cuando ande necesitando alguien que se meta en una computadora lo llamo.
-Dale. Pero no le digas a nadie eh. Es un secreto –me dice y se va a la cocina.
-Qué divino el nene –me comenta Ana.
En eso sale Javier del estudio con cara de preocupación.
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