Juego de Seducción

La verdad que no lo puedo creer. Yo le presto mi buen nombre para comprarse una heladera y me llaman por gestión judicial. Es para matarlo. Encima tener que venirme en horario de oficina a este estudio de abogados del orto. Bueno, al menos la recepcionista está linda. Sí sí, bastante linda diría yo. Y simpática, no tiene la proverbial cara de orto que suelen tener en estos lugares. Es más, hasta diría que me sonrió. Le sonrío yo también entonces. Hay para un rato, me dice. Encima tengo que esperar, me cagüenlamadre. Bueno. Aprovechemos para hablar con ella ya que quedó sola.

-Me imagino que estarás acostumbrada a que estén con cara de traste todos por acá ¿no?

-Y, la verdad que sí, pero una no tiene la culpa…

-Y, no por supuesto. A veces incluso no la tiene nadie. –Mejor me cubro, a ver si se piensa que soy un tirado- Yo, de hecho, tuve la buena voluntad de sacar un crédito para mi cuñado, y mirá lo que me vino a pasar…

-¿Pero no te avisó que había dejado de pagar?

-No, él vive en Mendoza y creí que lo seguía haciendo… le habrá dado vergüenza, qué se yo…

Listo, primer contacto establecido, roto el hielo, ya tengo su nombre, edad, estado civil, situación familiar y una primera aproximación a sus gustos e intereses para cuando me llaman de la oficina. Luego del momento incómodo, el compromiso de pago y la puta bienvenida al Veraz finalmente quedo en libertad de partir. Pero no sin antes cruzar unas últimas palabras con la recepcionista.

-Bueno, entonces cualquier duda o inquietud llamo acá, ¿no?

-Sí, por supuesto.

-¿Llamo al número de línea o me das tu celular?

Ella sonríe, divertida.

-Al número de línea va a estar bien. –Hace una pausa- Total siempre lo atiendo yo.

Han cantado Bingo.

La llamé 48 horas después. Ni tan pronto como para parecer desesperado, ni tan tarde como para que me olvide. Le pregunté alguna boludez sobre lugares de pago y esas cosas y traté de asegurarme de que efectivamente me recordara. Una vez que estuve seguro la invité a tomar un café después de la oficina.

-Epa, ¿no estarás yendo muy rápido? –me dijo.

-Claro que no. Rápido sería pedirte matrimonio y hablarte de hijos. Y por ahora, sólo pretendo un café.

-¡Jajaja! Está bien, no creo que sea demasiado.

-Perfecto. Para encontrarnos en el café supongo que sí me vas a dar tu celular, ¿no?

Nos encontramos a las seis y cuarto en el bar de la esquina de Florida y Bartolomé Mitre. El ventanal de la planta alta tiene una vista fantástica de Diagonal Norte hasta Plaza de Mayo, y es perfecto para un encuentro de este tipo. Llegué seis y diez, ella llegó puntual. No es difícil ser puntual a la salida del trabajo cuando se labura en el centro. El ritual del café es decididamente argentino, una vez un productor colombiano de café me decía que le parecía increíble lo arraigada que estaba entre nosotros la costumbre del café. Lo cierto es que a veces el café es meramente simbólico, y aprovechando el calorcito de octubre nos pedimos un Gancia para cada uno y una picada para los dos.

Bien, ya estábamos en el lugar. Había que romper el hielo nuevamente. Este momento es fundamental, porque depende de lo que uno diga o haga que se genere la confianza suficiente como para llegar a la intimidad. Y llegar a la intimidad es fundamental en cualquier caso, porque habiendo citado a una desconocida no alcanzarla es sinónimo de dar por terminado cualquier intento de nada. De manera que hay que ser cuidadoso para estas cosas. Empezamos hablando de manera casual del día de trabajo. Cansado, jueves, falta un día, rutina, quilombo, etc. De ahí uno se las arregla para enganchar la charla con temas más personales. Familia, vida cotidiana, costumbres. Hilando se llega al tema de relaciones sentimentales. Siempre hubo alguna experiencia ingrata que será la primera en surgir. Uno en estos momentos debe ser comprensivo. No “hacerse”, serlo. De otra manera no es posible alcanzar a la otra persona en su totalidad. Es un buen momento también para establecer contacto físico. Tomarle la mano. Las defensas emocionales están bajas, y será entendido como un gesto de acercamiento, que de hecho es. Empezamos por la mano, tímidas caricias con el dedo que de a poco se van soltando. Mientras escucho atentamente lo que tiene para decirme, le cuento de lo mío, le sonrío, todo sin dejar de mirar a sus ojos, bellos ojos por cierto. La charla se anima, hablamos de nuestros gustos, nuestros viajes, nuestras aventuras, y gesticulo al hablar, todo eso sin soltar su mano. Vuelve el tono intimista a la conversación y aprovecho para acariciar su rostro. Terso, cálido, hermoso.

Salimos del bar, ya está cayendo la noche, y nos vamos caminando para el lado de Puerto Madero. Mi mano sigue aferrada a la de ella. Sabemos que tal vez deberíamos separarnos, pero no queremos hacerlo. Nos apoyamos sobre la baranda y nos quedamos abrazados contemplando las mansas aguas del Dique 2. La llegada de los besos se da como algo natural. El viento que llega del río nos envuelve. Nosotros nos damos calor, pero sabemos que no alcanza.

Entonces decidimos ir a un lugar más abrigado, donde podamos desabrigarnos sin culpas.

Llego a casa de madrugada. Voy a dormir muy poco esta noche, pero siento que valió la pena. Antes de acostarme suena un mensaje en mi celular.

“La pasamos bárbaro esta noche… juntos. Espero que se repita pronto.”

Cierro los ojos. Una sonrisa ilumina mi rostro.

Otra cara del asunto en Muñeca Brava, blog de Betina Pascar


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog