La Posada de Rochelle


El año del Señor 1234 corría agitado. La persecución de los albigenses dio como resultado secundario la creación de la Santa Inquisición, y los caminos de Francia estaban atestados de viajeros que iba de aquí para allá, muchas veces huyendo del fuego sagrado, y a veces incluso persiguiendo en su nombre. A mitad de jornada entre Guines y Poitiers estaba la Posada de Rochelle. Hubo épocas en que el negocio no anduvo bien, pero desde hacía varios años que por las noches siempre estaba llena. Los clientes solían ser lugareños (que muchas veces comerciaban con Rochelle y allí mismo gastaban sus ganancias), prostitutas, y nunca menos de una decena de forasteros que recalaba en la posada en busca de comida, alcohol, una cama mullida y una mujer que lo acompañe en ella. Estos forasteros eran de la más variada índole. Había fugitivos, campesinos, caballeros, soldados, eclesiásticos e incluso cada tanto algún que otro noble.

Y sobre todos ellos, la siempre presente figura de Rochelle.

Digamos la verdad, Rochelle era una mujer hermosa. Su piel era blanca, sus ojos verdes tenían la profundidad del bosque, sus pechos, grandes y generosos, amenazaban desbocarse por los escotes que Rochelle usaba y apenas los contenían, su boca de labios gruesos y tentadores, sus caderas macizas, su culo parado, su cabellera café llena de rulos, eran un imán para los hombres ávidos de carne que noche a noche querían poseerla.

Y cada noche Rochelle elegía a uno.

Ella también estaba ávida de carne.

Nunca lugareños, nunca conocidos, cada noche Rochelle escogía un caminante, siempre el más apuesto, el más varonil, el más apetitoso y se lo llevaba a sus aposentos. A veces el caminante le decía que no tenía dinero. “A Rochelle no le importa tu dinero” era la respuesta invariable. Rochelle disfrutaba del sexo de manera irrefrenable, y cada hombre que había conocido su cuerpo se sorprendía de la manera en que ella sabía manejarlo. Sus presas entendían que no iban a tener oportunidad de repetir semejante pasión.

Rochelle había aprendido a lo largo de los años a gozar de su cuerpo y hacer gozar a su ocasional compañero. Conocía a la perfección el arte de complacer. Sus gruesos labios parecían diseñados para rodear, besar y saborear cada centímetro del cuerpo de su amante, incluso esos centímetros que luego con fruición se hundiría en su cuerpo, una y otra vez, por cada uno de sus huecos. Le encantaba dar suaves mordiscos al miembro viril de sus hombres, a ellos los volvía locos y ella probaba de esa manera su sabor. La mejor de las rameras que frecuentaban la posada era una aficionada en comparación con Rochelle. Porque Rochelle lo disfrutaba, sentía el placer estremecer su piel y sus órganos, y gemía, y acababa una y otra vez y lo disfrutaba, y necesitaba más y más. Pero no solo sexo era lo que tomaba de sus amantes.

De madrugada, cuando los hombres que habían tomado su cuerpo sucumbían al influjo del sueño y de la cerveza, Rochelle tomaba de bajo su cama el cuchillo que su padre utilizaba para sacrificar cerdos, y se lo clavaba a su amante a la altura del corazón, rápido y sin dolor ni escándalos. Luego drenaba la sangre hacia un cubo y una vez seco con oficio de carnicero procedía a carnear el cuerpo y separar sus partes aprovechables. Cada tanto probaba la carne cruda, pero sabía que cocida el sabor resaltaba mucho más. Los guisos de carne de Rochelle eran famosos en la región, y ella estaba orgullosa. Procuraba utilizar toda la carne en el día, de manera de no necesitar salarla ni arriesgarse a que se eche a perder. Seguía los pasos de su abuela, reconocida cocinera famosa en todo el sur de Francia. Rochelle conocía el punto exacto de cocción y los condimentos que realzaban el sabor de cada músculo, de cada víscera, de cada miembro. El pene y los testículos se los reservaba para ella en la soledad del almuerzo, junto con los ojos (que aún conservaban su imagen) y el corazón (que había galopado por ella su última carrera). Pero el resto solía compartirlo generosamente con el resto de los pasajeros, que ni se imaginaban que su bocado de hoy era su compañero de juerga de anoche. Luego ella tiraba todo aquello que no se podía comer al pozo que tenía bajo el sótano y listo. Todo excepto la cabeza. Preparaba en un frasco una mezcla de salmuera y vinagre y allí conservaba cada cabeza, en un armario destinado a tal efecto. Así había hecho con su padre, ese hijo de puta de Jean-Luc, borracho perdido que se cansó de violarla durante más de veinte años, hasta que ella presa del odio arrancó de un mordisco su pene y luego, ya cebada, lo invitó a formar parte de su primer guiso. Así con sus tres pequeños hijos recién nacidos, que ni siquiera nombre habían llegado a tener. Así con todos los hombres que habían osado conocer el interior de su cuerpo.

Ah Rochelle, cuánto más hubieses seguido con tu cruzada culinaria de no haber hallado el manjar erróneo. Por supuesto, él debería haberte dicho que era el nuevo obispo de Poitiers. Y a los soldados no les gustó encontrar su cabeza entre otras 390 mientras hurgaban en tu sótano.

Pobre Rochelle. Tuvo tiempo de pensar en qué sabor tomaría su carne asada mientras el verdugo encendía la pira de la Inquisición.

Realicé este cuento a pedido (o más bien desafío) del Rufián Melancólico, quien me invitó a hacerlo y él escribir otro por su lado compartiendo una misma consigna: la historia de una ninfómana caníbal. Rochelle es mi manera de resolverlo. Hoy viernes 31 de octubre de 24:00 a 02:00 el Rufián y yo tendremos oportunidad de presentar nuestras criaturas en Algo se nos va a ocurrir, programa que junto con Silvia y Gustavo el Rufián conduce por www.AGRadio.com.ar, y donde todos están invitados a escucharnos haciendo click AQUÍ.

Juego de Seducción

La verdad que no lo puedo creer. Yo le presto mi buen nombre para comprarse una heladera y me llaman por gestión judicial. Es para matarlo. Encima tener que venirme en horario de oficina a este estudio de abogados del orto. Bueno, al menos la recepcionista está linda. Sí sí, bastante linda diría yo. Y simpática, no tiene la proverbial cara de orto que suelen tener en estos lugares. Es más, hasta diría que me sonrió. Le sonrío yo también entonces. Hay para un rato, me dice. Encima tengo que esperar, me cagüenlamadre. Bueno. Aprovechemos para hablar con ella ya que quedó sola.

-Me imagino que estarás acostumbrada a que estén con cara de traste todos por acá ¿no?

-Y, la verdad que sí, pero una no tiene la culpa…

-Y, no por supuesto. A veces incluso no la tiene nadie. –Mejor me cubro, a ver si se piensa que soy un tirado- Yo, de hecho, tuve la buena voluntad de sacar un crédito para mi cuñado, y mirá lo que me vino a pasar…

-¿Pero no te avisó que había dejado de pagar?

-No, él vive en Mendoza y creí que lo seguía haciendo… le habrá dado vergüenza, qué se yo…

Listo, primer contacto establecido, roto el hielo, ya tengo su nombre, edad, estado civil, situación familiar y una primera aproximación a sus gustos e intereses para cuando me llaman de la oficina. Luego del momento incómodo, el compromiso de pago y la puta bienvenida al Veraz finalmente quedo en libertad de partir. Pero no sin antes cruzar unas últimas palabras con la recepcionista.

-Bueno, entonces cualquier duda o inquietud llamo acá, ¿no?

-Sí, por supuesto.

-¿Llamo al número de línea o me das tu celular?

Ella sonríe, divertida.

-Al número de línea va a estar bien. –Hace una pausa- Total siempre lo atiendo yo.

Han cantado Bingo.

La llamé 48 horas después. Ni tan pronto como para parecer desesperado, ni tan tarde como para que me olvide. Le pregunté alguna boludez sobre lugares de pago y esas cosas y traté de asegurarme de que efectivamente me recordara. Una vez que estuve seguro la invité a tomar un café después de la oficina.

-Epa, ¿no estarás yendo muy rápido? –me dijo.

-Claro que no. Rápido sería pedirte matrimonio y hablarte de hijos. Y por ahora, sólo pretendo un café.

-¡Jajaja! Está bien, no creo que sea demasiado.

-Perfecto. Para encontrarnos en el café supongo que sí me vas a dar tu celular, ¿no?

Nos encontramos a las seis y cuarto en el bar de la esquina de Florida y Bartolomé Mitre. El ventanal de la planta alta tiene una vista fantástica de Diagonal Norte hasta Plaza de Mayo, y es perfecto para un encuentro de este tipo. Llegué seis y diez, ella llegó puntual. No es difícil ser puntual a la salida del trabajo cuando se labura en el centro. El ritual del café es decididamente argentino, una vez un productor colombiano de café me decía que le parecía increíble lo arraigada que estaba entre nosotros la costumbre del café. Lo cierto es que a veces el café es meramente simbólico, y aprovechando el calorcito de octubre nos pedimos un Gancia para cada uno y una picada para los dos.

Bien, ya estábamos en el lugar. Había que romper el hielo nuevamente. Este momento es fundamental, porque depende de lo que uno diga o haga que se genere la confianza suficiente como para llegar a la intimidad. Y llegar a la intimidad es fundamental en cualquier caso, porque habiendo citado a una desconocida no alcanzarla es sinónimo de dar por terminado cualquier intento de nada. De manera que hay que ser cuidadoso para estas cosas. Empezamos hablando de manera casual del día de trabajo. Cansado, jueves, falta un día, rutina, quilombo, etc. De ahí uno se las arregla para enganchar la charla con temas más personales. Familia, vida cotidiana, costumbres. Hilando se llega al tema de relaciones sentimentales. Siempre hubo alguna experiencia ingrata que será la primera en surgir. Uno en estos momentos debe ser comprensivo. No “hacerse”, serlo. De otra manera no es posible alcanzar a la otra persona en su totalidad. Es un buen momento también para establecer contacto físico. Tomarle la mano. Las defensas emocionales están bajas, y será entendido como un gesto de acercamiento, que de hecho es. Empezamos por la mano, tímidas caricias con el dedo que de a poco se van soltando. Mientras escucho atentamente lo que tiene para decirme, le cuento de lo mío, le sonrío, todo sin dejar de mirar a sus ojos, bellos ojos por cierto. La charla se anima, hablamos de nuestros gustos, nuestros viajes, nuestras aventuras, y gesticulo al hablar, todo eso sin soltar su mano. Vuelve el tono intimista a la conversación y aprovecho para acariciar su rostro. Terso, cálido, hermoso.

Salimos del bar, ya está cayendo la noche, y nos vamos caminando para el lado de Puerto Madero. Mi mano sigue aferrada a la de ella. Sabemos que tal vez deberíamos separarnos, pero no queremos hacerlo. Nos apoyamos sobre la baranda y nos quedamos abrazados contemplando las mansas aguas del Dique 2. La llegada de los besos se da como algo natural. El viento que llega del río nos envuelve. Nosotros nos damos calor, pero sabemos que no alcanza.

Entonces decidimos ir a un lugar más abrigado, donde podamos desabrigarnos sin culpas.

Llego a casa de madrugada. Voy a dormir muy poco esta noche, pero siento que valió la pena. Antes de acostarme suena un mensaje en mi celular.

“La pasamos bárbaro esta noche… juntos. Espero que se repita pronto.”

Cierro los ojos. Una sonrisa ilumina mi rostro.

Otra cara del asunto en Muñeca Brava, blog de Betina Pascar

Número desconocido

Se me cagó el celular. Definitivamente. Quién sabe cuántos números habré perdido.

Mensaje.

“Hola, Mauri! Como estás? Todo bien?”

Sí, todo bien, pero ¿quién carajo sos?

A ver la característica… 3023… es una línea relativamente nueva… ese teléfono fue comprado a principios de este año o fines del año pasado.

¿Quién será?

Muy poca gente me llama Mauri, sólo los íntimos.

Ma sí, yo llamo.

-Hola, ¿quién habla?

Voz de hombre. Se acota bastante el rango. A ver si me reconoce…

-Mauricio habla, ¿como estás, che?

-Ahhh, hola, Mauri, ¿como andás? Justo me acordaba de vos.

Ok, ¿cómo mierda sigo?

-Yo acá, sin mayores novedades, che…

-¿Se encontraron al final?

Bien, esto es un dato importante. ¿Será alguien del Blog? Quienes tienen mi celu? TipoCualquiera, El Magnifico, El Rufián Melancólico, Fuser, José Luis, SebasJefe, Koshen… pero no parece ser ninguno de ellos…a ver, me hago el boludo…

-¿Si nos encontramos cuándo, decís?

-La otra vez que iban a juntarse. Yo no pude ir porque mi señora tuvo una nena. Sabías que estábamos esperando, ¿no?

Mierda. No es ninguno de los que pienso. ¿Quién carajo es? El Dr. Fernet tuvo una nena hace poco pero jamás le di mi número. Ahora sí que me quedé sin sospechosos.

-¡Ché, pero felicitaciones! ¿Cómo no me avisaste? ¡Pero qué alegría! Y contame, ¿salió todo bien?

-Sí, todo bárbaro, pero imaginate que no podía ir al fulbito. De boludo no le avisé a nadie. ¿Fueron muchos de los pibes che? Puso el depto para el asado Pedro?

Depto, asado, fulbito y esa voz… ¡Ponchito! Claro, ENET Segba, promoción 1993, amigazo del alma, cómo no me avisaste, boludo? Al final no se hizo nada, ya sabés, son una manga de putos, agitan agitan y al final tres días antes se borran todos y queda todo en la nada, tenemos que juntarnos boludo, no puede ser que vivas a tres cuadras de casa y no nos veamos nunca, sos más colgado que yo y eso no es fácil eh… Dale un beso de mi parte a tu señora y a la nena… Ponchito papá, carajo, quién hubiese dicho… Te mando un abrazo enorme y nos hablamos, hermanito.

Puffffffffff!!!!!!!!

Códigos

-¿Vas a ir el domingo a lo de Luciana?

Rodrigo no contestó en seguida. Se lo veía muy concentrado cebando el mate. La yerba no tenía la espumita que supo tener, pero seguía humeante y caliente.

-Mmm no creo. No tengo muchas ganas.

-Venite, bolas. Se va a poner bueno. Luciana me pidió que haga el asado. Y yo necesito a mi compañero de parrilla.

-Tu compañero de parrilla va a tener que ser otro me parece. No ando con ganas de ir, Juan.

-¿Es por Natalia?

Rodrigo derramó un poco de agua por el borde del mate, y largó una ligera puteada. Después soltó, lapidario:

-Natalia no tiene por qué importarme.

-Pero te importa, no me jodas.

-Tu hermana sale con Gastón.

-Yo preferiría que saliera con vos…

-Sí, pero ella no. Yo tuve mi oportunidad y no hubo caso.

-Che, pedazo de boludo, ¿a esto lo llamás mate?

-¿Y cómo querés que lo llame?

-Pileta de natación. Mirá como flotan los paraguayos… Dejate de joder y arreglalo, querés.

-¿Vos sabés por qué le dicen “paraguayos”?

-Sí, denso, me lo contaste mil veces. Yo no sé cómo defendés al chabón que te garcó la mina.

-Es que vos nunca te lo tragaste a Gastón. Pero él no me garcó nada. No se acercó a Natalia hasta que yo me abrí e incluso entonces antes de hacer ningún movimiento me pidió permiso.

-OK, pero no querés ir al cumpleaños de Luciana para no ver como se la transa…

-Y qué, ¿me tendría que gustar? No confundamos las cosas…

-Insisto en que te hubiese preferido de cuñado a vos. A mí ya me hizo lo mismo una vez.

-No, pero tampoco fue lo mismo. Ustedes dos nunca se llevaron bien. Y en ese momento estaban los dos cabeza a cabeza viendo quien se ganaba a Luciana. Y Luciana lo eligió a él, no fue mas que eso. Además, no sé de que te quejás si a los dos meses ya estaba saliendo con vos… Puta madre, ya está fría esta cagada… ¿Por qué no te comprás un termo?

-¿Qué me viste, cara de uruguayo? ¡Loco, esta pava tiene más años que yo!

-Entonces podrías lavarla hijo de puta. La pava también es vajilla, ¿sabías?

-Está bien, pero ¿me decís que si mi hermana se te ofrece no le das?

-Y, la verdad, con todo el dolor del mundo te diría que no. Después voy y cruzo la autopista en rollers para que me estrolen como Dios manda, pero hoy por hoy Natalia no solo es hermana de un amigo sino que es novia de otro, aunque ustedes no se puedan ver. Aunque me de por las pelotas, Natalia no tiene sexo para mí.

-En fin, que el domingo a lo de Luciana no venís…

-El domingo a lo de Luciana no voy.

-¿Fernet con coca mientras se hacen los sochoris?

-Dale, boludo, te digo en serio. Y esta vuelta cebá vos.

-¿Amargo o dulce?

-Amargo. Para dulce está la vida.

Boomp3.com

(A Lils. Vos sabés por qué. Y eso también son códigos)

La jodita salió cara

No tenemos mucho tiempo. El almuerzo es de 13 a 15, si le restamos el tiempo de llegar al auto y volver ya perdemos media hora. Ella tiene el mismo horario que yo. Trabaja en la inmobiliaria de la otra cuadra. Tomamos contacto muy estrecho cuando la empresa alquiló el local de Martínez, y la atracción fue mutua e instantánea. Ella es casada, también, y tiene dos hijos que van a la escuela. El único momento que tenemos para vernos es al almuerzo. Nos escapamos los dos de nuestras cadenas y nos vamos al hotel, ese que tan bien conocemos.

Supongo que el conserje también nos conoce. Por supuesto, lo suyo es cara de póker y discreción total. Pase por la cochera 12, señor, muchas gracias y allí vamos. Reconozco que voy un poco rápido por el estacionamiento, seguramente la ansiedad por estar con ella. Pero eso no le da derecho al de la cochera 9 para salir marcha atrás a todo lo que da…

-¿Pero qué hacés, infeliz, no te enseñaron a mirar por el espejo cuando haces marcha atrás?

-¿Y a vos no te enseñaron que en un estacionamiento tenés que andar DESPACIO?

-Mirá, no quiero ponerme a pelear y menos en este momento. ¡Uhhhh, mirá cómo me dejaste la trompa!

-Y vos mirá cómo me dejaste el baúl. En fin, ¿tenés seguro?

Silencio.

Pausa.

-Como tener, tengo…

-Bueno, pasame los papeles así los mandamos a las compañías y vemos qué deciden.

-Mmmm sí… a eso apuntaba. ¿Qué le vamos a decir a la compañía?

El tipo me miró.

-Claro, no podemos decirles que estábamos acá, ¿no?

-Y… yo por lo menos voy en cana de una manera espantosa.

-Sí, yo también.

-¿Entonces? ¿Cómo hacemos?

-No sé…

-Dejame proponerte algo. Vos te hacés cargo de tu reparación y yo de la mía. Y jamás nos cruzamos.

-No me gusta un carajo la idea, pero me parece que es la única posible.

-Y sí.

-OK. Nos vemos entonces. Que disfrutes tu polvo, varón.

El tipo se fue.

Entre mecánico, chapista y el telo la joda me salió dos lucas.

Estuvimos apenas 45 minutos en la habitación, con los nervios de punta.

Y ni siquiera se me paró.

Cómo se llama la obra (Tercer Acto)

Tercer Acto:

El resto de la fiesta no tuvo ningún episodio más digno de mencionar. Me despedí de Jorgito, nos seguiremos hablando, me alegré mucho de verlo, pero la verdad que si no era por Carlos la fiesta hubiera sido un verdadero embole.

Llegué a casa a las cuatro y pico de la mañana. Sacarme los tacos resultó de un placer casi orgásmico. Hice pis, me cepillé los dientes, me cambié y me fui a acostar. Dormí hasta el mediodía y entonces me llamó Melina. Estuvimos hablando un buen rato, le conté de la fiesta, de Jorgito, del embole y por supuesto de Carlos. Me escuchó atentamente y me invitó a tomar mates a la casa. Quedé en que a las tres de la tarde andaba por allá.

No iba a tardar mucho en salir. Solamente tenía que bañarme, secarme el pelo, vestirme, peinarme, perfumarme, pintarme, hacer la cama, darle de comer al gato y asegurarme de tener todo encima. El problema es que Melina vive en San Miguel y yo en Villa del Parque. Y es un buen rato de viaje a bordo del Bendito Ferrocarril General San Martín. Qué lindo es aplastar el culo contra sus asientos de chapa. Qué feliz que te hace ver los carteles que dicen “No se suicide, provocará demoras en el servicio”. Realmente a veces pienso que soy muy amiga de Melina.

Pasa junto a mí la enorme locomotora diesel y me subo. Aprovecho para marcar el número de Carlos, pero está apagado, dormirá aún. No hay demasiados pasajeros a bordo, no es mucha gente la que viaja un domingo a la siesta. Enseguida empiezo a ver el desfile de vendedores ambulantes. El primero trae alfajores, bastante berretas, tres por dos pesos. La verdad una vergüenza lo que cuestan ahora, no hace tanto te vendían tres por un peso. El segundo trae cd’s. Dios mío, que cantidad de cosas que tiene ese hombre. Mp3 de lo que se te ocurra. ¿Frank Zappa dijo? ¿Jethro Tull? Hasta dan ganas de chusmearlo. Pero la verdad que hoy no tengo ganas. El tercero es de los que más odio. Un ciego que viene a pedir guita por el solo hecho de ser ciego. Ok, es una cagada lo que te pasó, pero tratá de hacer algo al menos. Los otros eran molestos, pero al menos te ofrecían algo a cambio. Éste viene a vender lástima. Encima de ciego dejado. Mirá el asco que es ese pelo. Debe estar lleno de piojos. Obviamente no se afeitó. La ropa no sé si estará sucia pero por lo menos está hecha mierda, yo ni en pedo saldría así a la calle. Encima esa pose, esa actitud lastimosa, ese ponerse en papel de víctima de la sociedad cuando él tampoco hace nada para ayudarse a sí mismo. Y hay que ver si es ciego. Los ciegos de verdad casi nunca usan lentes negros.

Además…

Yo a este lo vi antes.

El ciego llega hasta donde estoy yo, se me pone al lado y en un veloz pero sutil movimiento se levanta los lentes y me deja ver los verdes ojos de Carlos que me hacen un guiño.

Ahora entiendo la verdadera naturaleza de su personaje.

Ahora sé como se llama la obra.

(Dedicado a mi amigo Martín, en cuya casa fue desarrollado este cuento)

Cómo se llama la obra (Segundo Acto)



Segundo Acto:

El morocho se me acerca con dos tragos. Lo ví prepararlos. Algo liviano, Gancia con soda, limón y jugo de naranja. Bastante ubicado el tipo. Llega y me ofrece uno.
-¿Te dejaron sola? ¿Te puedo acompañar?
El gesto me encanta. Nos ponemos a hablar. Correcto, respetuoso, hablamos de todo tipo de temas de manera suelta y alegre. No me hace ninguna de las preguntas de cuestionario, recién a mitad de la charla me pregunta mi nombre y me dice que se llama Carlos. Conozco pocos Carlos, parecería un nombre súper común pero para mi generación ya estaba pasado de moda, así que son muy pocos los tipos de mas o menos mi edad que haya tratado que se llamaran Carlos. Hola, Carlos. Carlos es un poco más grande que yo, pero no demasiado. Se mantiene muy bien. Es morocho, ojos verdes, barbita de dos días, lindo y simpático, no vino a encararme para el levante sino que simplemente nos pusimos a charlar, empezamos hablando del tema de Soda que sonaba y de alguna manera ahora me cuenta que el Malbec y el Torrontés son los varietales emblemáticos de la vitivinicultura argentina, y con eso me mata. En algún momento surge la pregunta obvia. ¿A qué te dedicás?
-Soy actor –me dice-. En este momento represento una obra en el San Martín.
-¿Ah si? ¡Qué bueno! –le digo- ¿Y cómo es tu personaje?
-Represento a un mendigo ciego. Tuve que estudiar movimientos y comportamiento, era muy importante para mí que mi personaje fuera verdaderamente creíble. Y creo que lo logré.
-¡Wow, genial! ¿Y podés vivir de eso? ¿Te deja más o menos plata?
-Te aseguro que te deja mejor plata de lo que te podés imaginar.
En ese momento sonó un mensaje en su celular.
-Estaría bárbaro ir a verte actuar –propuse.
-Me encantaría, verdaderamente. Ahora me avisaron de algo medianamente urgente y me tengo que ir. Pero te dejo mi celu y si querés arreglamos, dale?
-Dale. Te llamo, eh.
Se fue. Una lástima.
No le pregunté cómo se llama la obra.
(Continúa)

Cómo se llama la obra (Primer Acto)

Primer Acto:

A Jorgito no lo veía hace años. Nos encontramos por pura casualidad en Facebook. Por suerte no me dio tiempo a hacerme ningún tipo de ilusiones, ya que no tardó más de quince minutos en confirmarme que era gay, pero seguía tan divino como siempre lo fue. En la secundaria siempre había sido el mejor amigo de todas las chicas, imagino que esto simplemente se veía venir. Pero bueno, estamos en el siglo XXI y toda mujer de mundo debe tener su amigo gay. Sea bienvenida entonces la aparición de Jorgito. Pero de ahí a ir a su cumpleaños, que se yo… No conozco a nadie. Esta bien que desde que corté con Sebas tengo menos vida social que una ostra, mal no me vendría salir un poco, cambiar de ambiente, a ver si conozco a alguien. No me vendría mal hacerme un nuevo grupo de amigos. Jorgito me dijo que no me va a dejar sola, que me va a acompañar en su cumple para que no me sienta aislada, pero no sé… no dudo de sus intenciones, pero cuando uno es el anfitrión tiene que andar de acá para allá, no puede estar toda la noche pendiente de una sola persona. Má sí, yo me tiro a la pileta, qué puede ser lo peor que me pase.

Que me quede sola en un rincón sin que nadie me de pelota, por supuesto. Jorgito cada tanto viene, me presenta gente, pero no hay caso, nadie me da bola más de dos minutos, este lugar está lleno de freaks. Yo soy el bicho raro acá. Mujer, argentina, 30 años, universitaria, empleada, soltera, vivo con mis padres. No, definitivamente esta gente no es capaz de comprenderme. Encima esta casa es tan grande… Dentro de todo le fue bien a Jorgito, parece. No tanto con el diseño de indumentaria sino con el chongo que se consiguió. Qué pedazo de casa, yo pensaba que de esto en Buenos Aires no había, solamente en Beverly Hills. En fin, ¿me parece a mí o el morocho que está al lado del bar me mira?

(Continua)

60 minutos

Ya nos habíamos visto un par de veces. Ella era linda, simpática e inteligente, pero se hacía desear, y yo sabía que la cama no era alternativa válida para la primera cita. De manera que mis ganas fueron creciendo, y para el tercer encuentro decidí tirar con toda mi artillería.

Era sábado a la noche. La pasé a buscar 20.30 horas por su casa y la llevé al mejor restaurante de Las Cañitas. A esta altura, por supuesto, tenía claro que la batalla estaba prácticamente ganada, pero no quería perder de vista esos detalles que harían que la noche simplemente fuese ideal. A eso se debieron, por supuesto, la docena de rosas y la caja de bombones con forma de corazón. A eso se debió la elección del lugar, plenamente romántico, con luces bajas, velas, cocina internacional y una pequeña banda de piano, batería y contrabajo tocando jazz para los comensales.

Efectivamente, ella se derritió. Besos, mimos y arrumacos se sucedieron durante casi toda la noche, solo interrumpidos por una pausa para comer el exquisito salmón rosado con salsa thai y papas noisette (cortadas a mano) que era la especialidad de la casa. Un rico sauvignon-blanc acompañó el menú, coronado por un volcán de chocolate con frutos del bosque que terminó de despertar en nosotros el deseo por el cuerpo del otro.

Debo confesar a esta altura que la jodita me salió bastante cara. Entre taxis, entrada (una exquisita copa de camarones) plato principal, postre, cubierto y propina me había gastado casi toda mi guita y apenas me quedaba para un turno en el hotel más cercano. A él nos dirigimos, y todavía no era la medianoche cuando entramos a una de sus más lujosas habitaciones, dispuestos a pasar uno de los mejores momentos de nuestras vidas. Entramos, no nos apuramos para nada, nos sentamos en la cama y comenzamos a saborear esos deliciosos bombones, siempre entre besos y caricias. Lentamente comenzamos a quitarnos la ropa el uno al otro, y mis dedos estaban buscando los ganchos que soltarían su bretel.

Sonó el teléfono.

-Señor, le informo que en diez minutos finaliza su turno.

-¿Cómo que se termina el turno si acabamos de entrar?

-Señor, los sábados en este horario el turno es de una hora y treinta minutos. Su horario de entrada fue a las 23:45, y ya es la 1:05.

-¡Oiga, recién son las 00:05!

-Señor, por decreto número 1693 del Poder Ejecutivo Nacional a las doce de la noche se adelantó una hora en la mayor parte de las provincias del país, por lo tanto en este momento es la 1:07. En 8 minutos finaliza su turno, que tenga buenas noches.

Puteando volví a abrocharle el corpiño.

El asunto no es que te afanen una hora, el asunto es que siempre lo hacen un sábado a la noche y lo que te afanan es una hora de joda, no sólo de vida.

¿Por qué para el año que viene mejor no cambian la hora un viernes a las cinco de la tarde, eh?


Trilogía de Bloggers

Esto de tener un blog tiene sus pro y sus contras. Una de las cosas que más satisfacciones me ha dado ha sido la gente. He conocido muy buena gente en este lugar. Y gente de todo tipo.

Ella era de un tipo muy particular. Su llegada tardía no fue menos impactante. Decía ser una mujer de edad mediana inmersa en la movida swinger, y eso alborotó de inmediato los ratones de la comunidad blogger. Algunos textos míos con cierto matiz erótico llamaron su atención y no tardó en tomar contacto conmigo. De inmediato su intención fue tentarme, lo sé. Muy poco hubo de ese coqueteo previo lleno de preguntas de cuestionario y evasivas discretas. Su naturaleza era plenamente sexual y no lo ocultaba. Las charlas tranquilas de los dos primeros días fueron subiendo de temperatura y no tardamos en hablar de sexo en forma directa, e incluso masturbarnos uno a cada lado de la fibra óptica, y luego del celular. El encuentro fue propuesto por ella, pero a esa altura yo ya lo deseaba. Lo necesitaba.

Nos vimos en un parque, como aquella vez del encuentro de bloggers. Pero esta vez sólo éramos dos. Ella me había anticipado lo que iba a encontrar: una mujer en sus cuarentas, ni demasiado delgada ni demasiado hermosa, pero que si quería sabía hacerse desear. Era cierto. Posiblemente no me hubiera fijado en ella de haberla cruzado por la calle, pero en cuanto se me acercó sentí el poderoso influjo de sus feromonas actuando sobre mi sistema. Luego de hablar un rato de asuntos tal vez intrascendentes pero a una distancia de intenciones inocultables, ella me convidó un caramelo. Yo lo acepté y ella me lo dio en la boca. Empujándolo con su lengua.

No tardamos mucho en ir a parar a su departamento. Apenas minutos. Una vez allí ella no apuró las cosas. Dejó crecer el deseo, sirvió vino, comenzamos a hablar de otras cosas. En ningún momento ocultó su gusto por la pluralidad. En ningún momento negó la posibilidad del número dos, pero su preferencia por el más. Yo me preguntaba qué se traía entre manos. Empezó a hablarme de las demás bloggers, de cuales me atraían y cuales la atraían a ella. Se habló de aquella que no posteaba seguido pero hacía perfectas transcripciones de sus charlas por msn altamente encendidas. O de la otra que había borrado su blog pero había alcanzado temperaturas ardientes con sus relatos de conquistas y seducciones de oficina. O de aquella otra, la reina del cachondeo, la dueña de los ratones de la comunidad (nunca me gustó la palabra blogósfera). Su nombre de inmediato traía el deseo a la mente de cualquiera que la pensara. El dulce de su nombre era dulce de lujuria, no de contención. Hablando de ella recordé aquel post sobre placer oral que me inspiró para contarle como y de qué manera me comería el de ella, sin pensarlo, entregándome al deseo. La dama parecía gozar con eso, y me pregunta si me gustaría hacer un trío con ella y la Sweet. Yo sonrío, no contesto, pero tampoco niego. Ella me dice que la conoce, que son amigas, que quien sabe. Mis ratones vuelan. Comenzamos con un franeleo lento y desesperado. Ella contesta un mensaje inoportuno y luego continúa con sus manos el recorrido por mi cuerpo. Refriega su cuerpo contra el mío, siente la dureza de mi deseo, lo hace crecer. Nos entregamos a la danza frenética de los cuerpos y ella comienza a quitarme la ropa. Yo amago con quitar la de ella, pero me esquiva, se hace rogar, ni siquiera me deja besarla. Pronto estoy casi desnudo, y entonces me permite dejarla con su ropa interior al descubierto. Con suavidad me lleva hasta la pieza donde en una bandeja encuentro una botella de vino y tres copas.

Entonces fue cuando entró ella.

“Caín, te presento a Ale Sweet”, me dijo la Dama.

A partir de allí dominó el imperio de los sentidos. Entre la Dama y yo comenzamos a desvestir a la recién llegada. Ella lejos de su imagen de femme fatale parecía una jovencita virgen pero calentona y deseosa prestándose al juego entre nosotros. Mi virilidad ya estaba al palo, y pronto las dos se arrodillaron delante de mí y comenzaron a besarla, chuparla y lamerla con la maestría de dos expertas en el asunto. La imagen de las dos mujeres recorriéndome con sus lenguas era casi tan excitante como la sensación de su húmeda textura sobre mi pija. Entonces, casi tímidamente, la fui retirando y dejé a sus lenguas jugando la una con la otra, en una danza maravillosa que exacerbaba mi calentura hasta insospechados límites. Mientras ellas seguían yo me acomodé frente al sexo de Sweet y empecé a comerlo con la dedicación que había soñado, jugando con su clítoris, pasando la lengua por sus labios, hundiendo mi dedo en su ano con suavidad. Ellas seguían besándose, hasta que la Dama me comenzó a recorrer el pecho, morder suavemente mis tetillas, volverme loco mientras mi boca devoraba la intimidad de Sweet casi literalmente. Entonces con la boca me colocó un preservativo y la invitó a ella a cabalgarme. Sweet se acomodó sobre mi verga y pude deleitarme con el espectáculo de su placer sobre mí. Eso hasta que la Dama se acomodó sobre mi cara para que le diera placer a ella. Fue entonces cuando la vista le dejó lugar a los demás sentidos. Sentía profusamente la humedad del interior de Sweet moviéndose al vaivén, atrapando mi rigidez como carcelera, haciéndome delirar con su roce contra mi cuerpo. Escuchaba los gemidos de placer de las dos, su éxtasis, su placer de descubrimiento o docencia, y mi calentura crecía. Penetré con mis dedos el sexo y el ano de la Dama, ya a esa altura nada importaba. Probamos todo tipo de posiciones y combinaciones, y finalmente pude sentir las piernas de la Dama tensarse, el cuerpo de Sweet curvarse, y entonces sin culpas me permití expulsar mi placer en medio de un grito ensordecedor que pudo oír todo el edificio.

Fueron tres o cuatro horas sin pausa, en que nos dimos el gusto de explorar en profundidad el cuerpo de cada uno de ellas. Tuve momentos a solas con Ale y con la Dama, y ellas lo tuvieron para ellas, pero fue cuando actuábamos los tres juntos cuando el placer era más grande. Finalmente, con los cuerpos agotados, quedamos los tres en la cama mirándonos unos a otros.

Entonces comencé a tocarme.

Ale gozaba con el espectáculo, y sus dedos fueron a buscar su vagina aún jugosa. La Dama no tardó en acompañarnos. Los tres gozamos de nuestras respectivas pajas mirando a los otros, y pronto las ganas de jugar aparecieron de nuevo. Entonces luego de un buen rato de estimulación sentí que el clímax se acercaba de nuevo y se los hice saber. Ellas se me acercaron y me ofrecieron sus pechos y sus bocas y lenguas anhelantes de recibir lo que yo tenía para darles. Entonces las rocié con mi blanca palidez y los tres gozamos de un momento sublime, y un digno broche de oro para una tarde de domingo tan especial.

No fue éste un domingo cualquiera.

Prometimos jamás hablar con nadie de esto.

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