Superstar
Él trabajaba en una librería del centro de la ciudad, de hecho la más grande de Mar del Plata. La conocía de arriba abajo, y si bien la librería no vendía solamente libros, los libros eran su especialidad. Era capaz de relacionar de memoria casi cualquier libro con su correspondiente autor, lo hubiese leído o no, y nadie mejor que él para decir en que sección debía ubicarse cada volumen.
Ella estaba en la sección de Literatura Argentina, particularmente interesada con los libros de Borges y Cortázar. “Oye, guapo, ¿puedes ayudarme?”, le dijo con un correcto acento madrileño. Él se acercó. Ella en realidad buscaba un acercamiento a la literatura del país, de la cual había oido hablar muy bien y apenas conocía. Él la fue guiando, le dijo que si bien Rayuela era la mejor novela escrita en lengua hispana no recomendaba para nada que empiece a leer Cortázar por ahí. Tal vez Historias de Cronopios y de Famas, Final del Juego o Todos los Fuegos el Fuego. También le recomendó que probara igualmente con Roberto Arlt, Osvaldo Soriano o Alejandro Dolina, que Argentina no se terminaba en Borges y Cortázar. De a poco, hablando de libros, iban pegando onda.
Digamos la verdad, la gallega estaba fascinada. Ese joven era capaz de transmitirle sus vastos conocimientos de manera clara y didáctica. Y por sobre todo, no hacía ninguna referencia a quién era “ella”. Por supuesto, él lo iba sospechando. El sombrero de ala, las enormes gafas negras y el chal engañaban, pero su voz era la misma que había oído tantas veces, y esa sonrisa no se podía disimular.
Diez días al año, mientras duraba el Festival Internacional de Cine, se hacía medianamente común que algún actor más o menos conocido apareciera por la librería. Por supuesto, nunca del prestigio de ella. La había visto trabajando con Banderas y Almodovar, supo de su salto a Hollywood y de su romance con Tom Cruise, y hasta se podría decir que en algún sentido le había seguido la carrera.
Pero la que estaba delante de él no era una estrella en toda su luminaria. Era una chica de su edad como cualquier otra que hubiera visto, con un encantador acento galaico y nada más, similar a la que entran todo el tiempo a la librería. Y lo que es más, parecía que le daba bola.
La chica le gustaba. Claro, ¿cómo no le iba a gustar si le gustaba a miles de millones de hombres alrededor del mundo? Sin embargo, el se dio cuenta de algo. Le gustaba esta chica, no la que había visto en tantas películas. La que se reia con ganas de las palabras que él le decía.
Finalmente ella eligió Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar, No habrá más Penas ni Olvido de Soriano, El mundo ha Vivido Equivocado de Fontanarrosa, las Crónicas del Ángel Gris de Dolina y El Anatomista de Federico Andahazi. Luego él la acompañó hasta la caja y ya estaba por dejarla en otras manos cuando sintió el rapto divino y la pregunta dentro de su cabeza. ¿Por qué no?
“Disculpame, si para vos no es demasiada molestia, me gustaría invitarte a cenar y seguir hablando de libros.”
Ella lo miró sorprendida. No era usual que sucediera eso. Lamentablemente, los hombres “comunes” rara vez se le acercaban, tan intimidante era su imagen pública. Por un momento sintió casi insultante la desfachatez del vendedor. Pero luego de un segundo, miró en él al joven atractivo e inteligente que en bolas no sería ni más ni menos que ella, y entonces sintió la pregunta dentro de su cabeza.
¿Por qué no?
Finalmente la cena la invitó ella, ya que estaba incluída dentro de los servicios del hotel. Estuvieron juntos, riendo y charlando hasta que todas las demás mesas estuvieron vacías, y entonces lo invitó a su suite. Allí, en bolas, ya no importaron los laureles ni las profesiones, no tenían sentido las cuentas bancarias ni las nominaciones al Oscar. Simplemente eran un chico y una chica gozando juntos de la maravilla de estar vivos.
Dos días después ella voló a Los Ángeles, donde tenía su próximo compromiso de trabajo. Él siguió con su puesto en la librería, donde era amo y señor de títulos y autores. Cada tanto hablan, con cierta frecuencia chatean, saben que su brevísimo romance estaba condenado de entrada, pero nunca olvidarán esa noche en que por un segundo pudieron vivir poe un momento la vida del otro.
El jamás contó a nadie que estuvo con ella, ¿quién iba a creerle?
Ella jamás contó a nadie que estuvo con él, ¿quién iba a entenderla?
Esa noche inolvidable perduraba sólo en sus recuerdos y en sus corazones.
Y así debía ser.
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