Él trabajaba en una librería del centro de la ciudad, de hecho la más grande de Mar del Plata. La conocía de arriba abajo, y si bien la librería no vendía solamente libros, los libros eran su especialidad. Era capaz de relacionar de memoria casi cualquier libro con su correspondiente autor, lo hubiese leído o no, y nadie mejor que él para decir en que sección debía ubicarse cada volumen.
Ella estaba en la sección de Literatura Argentina, particularmente interesada con los libros de Borges y Cortázar. “Oye, guapo, ¿puedes ayudarme?”, le dijo con un correcto acento madrileño. Él se acercó. Ella en realidad buscaba un acercamiento a la literatura del país, de la cual había oido hablar muy bien y apenas conocía. Él la fue guiando, le dijo que si bien Rayuela era la mejor novela escrita en lengua hispana no recomendaba para nada que empiece a leer Cortázar por ahí. Tal vez Historias de Cronopios y de Famas, Final del Juego o Todos los Fuegos el Fuego. También le recomendó que probara igualmente con Roberto Arlt, Osvaldo Soriano o Alejandro Dolina, que Argentina no se terminaba en Borges y Cortázar. De a poco, hablando de libros, iban pegando onda.
Digamos la verdad, la gallega estaba fascinada. Ese joven era capaz de transmitirle sus vastos conocimientos de manera clara y didáctica. Y por sobre todo, no hacía ninguna referencia a quién era “ella”. Por supuesto, él lo iba sospechando. El sombrero de ala, las enormes gafas negras y el chal engañaban, pero su voz era la misma que había oído tantas veces, y esa sonrisa no se podía disimular.
Diez días al año, mientras duraba el Festival Internacional de Cine, se hacía medianamente común que algún actor más o menos conocido apareciera por la librería. Por supuesto, nunca del prestigio de ella. La había visto trabajando con Banderas y Almodovar, supo de su salto a Hollywood y de su romance con Tom Cruise, y hasta se podría decir que en algún sentido le había seguido la carrera.
Pero la que estaba delante de él no era una estrella en toda su luminaria. Era una chica de su edad como cualquier otra que hubiera visto, con un encantador acento galaico y nada más, similar a la que entran todo el tiempo a la librería. Y lo que es más, parecía que le daba bola.
La chica le gustaba. Claro, ¿cómo no le iba a gustar si le gustaba a miles de millones de hombres alrededor del mundo? Sin embargo, el se dio cuenta de algo. Le gustaba esta chica, no la que había visto en tantas películas. La que se reia con ganas de las palabras que él le decía.
Finalmente ella eligió Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar, No habrá más Penas ni Olvido de Soriano, El mundo ha Vivido Equivocado de Fontanarrosa, las Crónicas del Ángel Gris de Dolina y El Anatomista de Federico Andahazi. Luego él la acompañó hasta la caja y ya estaba por dejarla en otras manos cuando sintió el rapto divino y la pregunta dentro de su cabeza. ¿Por qué no?
“Disculpame, si para vos no es demasiada molestia, me gustaría invitarte a cenar y seguir hablando de libros.”
Ella lo miró sorprendida. No era usual que sucediera eso. Lamentablemente, los hombres “comunes” rara vez se le acercaban, tan intimidante era su imagen pública. Por un momento sintió casi insultante la desfachatez del vendedor. Pero luego de un segundo, miró en él al joven atractivo e inteligente que en bolas no sería ni más ni menos que ella, y entonces sintió la pregunta dentro de su cabeza.
¿Por qué no?
Finalmente la cena la invitó ella, ya que estaba incluída dentro de los servicios del hotel. Estuvieron juntos, riendo y charlando hasta que todas las demás mesas estuvieron vacías, y entonces lo invitó a su suite. Allí, en bolas, ya no importaron los laureles ni las profesiones, no tenían sentido las cuentas bancarias ni las nominaciones al Oscar. Simplemente eran un chico y una chica gozando juntos de la maravilla de estar vivos.
Dos días después ella voló a Los Ángeles, donde tenía su próximo compromiso de trabajo. Él siguió con su puesto en la librería, donde era amo y señor de títulos y autores. Cada tanto hablan, con cierta frecuencia chatean, saben que su brevísimo romance estaba condenado de entrada, pero nunca olvidarán esa noche en que por un segundo pudieron vivir poe un momento la vida del otro.
El jamás contó a nadie que estuvo con ella, ¿quién iba a creerle?
Ella jamás contó a nadie que estuvo con él, ¿quién iba a entenderla?
Esa noche inolvidable perduraba sólo en sus recuerdos y en sus corazones.
Todos mis amigos me dicen que no se enteran cuando escribo algo nuevo. Y es verdad. Eso se sebe a un bug en Clarin Blogs que hace que si uno tiene dos blogs, se vean en Amigos sólo los posteos del que abrió primero.
Pero en mi caso, No Hemos Sido Presentados cumplió un ciclo. Ya no me queda nada o casi de aquella época que quiera publicar. De manera que traigo Life is a Piece of Sheet para esta casa, y allí donde estaba iré subiendo cosas de otros, que en un blog completamente mío no podría colgar.
Espero que no se mareen.
Nos estamos leyendo, como siempre.
A ver si mañana tengo algo lindo para contarles!
Para los que quieran buscar lo escrito hasta el momento, les dejo el link a todos los artículos publicados hasta ahora en Life is a Piece of Sheet.
El Cabo de Cuarto estaba haciendo su recorrida por los puestos de guardia como cada hora. Eran casi las dos de la mañana, faltaba un rato para que lo relevara el Sargento de Cuarto y él se pudiera ir a dormir. Después, dos horitas más entre las seis y las ocho, el relevo y la licencia de verano, un mes entero sin uniformes, sin armas, sin sargentos, tenientes ni capitanes, sin guardias, sin ordene mi, sin carrera mar, y por sobre todo sin nada que le recordara su puta decisión de hacerse voluntario del Ejército Argentino. OK, a fuerza de aguante, subordinación y valor, se había hecho un lugar bastante cómodo en la Compañía. Era el hombre de confianza del encargado, el capitán lo tenía en un concepto bastante alto, pasaba la mayor parte del día metido adentro del detall manejando listados de personal, órdenes del día del Regimiento, partes diarios de la Compañía, y así lograba evitar la parte más jodida de la vida de un soldado de Infantería, que eran el entrenamiento y el orden cerrado. Por supuesto que de lo peor no zafaba, había comido cardos en Campo de Mayo como el mejor, en Arana se había metido hasta el cuello en agua podrida una noche de dos grados centígrados y después se había bancado el uniforme mojado y mugriento hasta el día siguiente.
También estaba el otro extremo. Al ser Patricios un regimiento histórico, más de una vez se tenía que calzar el uniforme de Paquito y salir a desfilar así, conbotas y galera en días de calor insoportable, con el sudor inundándole el cuerpo y la cabeza estallándole dentro de ese pequeño horno que era la bendita galera. Y gracias que los cuadros no les pegaban esos bailes que habían hecho famosos a los Oficiales y Suboficiales de la fuerza, lo de Carrasco estaba fresco aún y ninguno quería arriesgarse a hacer algo que le jodiera la carrera. Carrasco. Pensar que era por él que el Cabo de Cuarto estaba ahí esa noche. Carrasco y él eran de la misma clase, la ’75, y fue porque Carrasco apareció muerto en un regimiento de Zapala que la ’75 fue la última que se bancó el Servicio Militar Obligatorio, legado mayor de Don Pablo Ricchieri. Y después, cuando se creó el Servicio Militar Voluntario y el laburo empezaba a escasear en la calle, quedarse pareció una buena opción. Tenía un sueldo, los cuadros no lo jodían demasiado porque ya lo conocían, tenía un lugar en el detall. Sin embargo, las cosas estaban empezando a cambiar. Por un lado, los voluntarios que él había recibido tenían casi un año de instrucción y ya no eran tan nuevos, lo que le hacía perder cierta ventaja estratégica. Por otro, los cuadros iban cambiando, y aunque él mantenía su lugar de privilegio, los nuevos oficiales y suboficiales lo trataban como a uno más del montón. Por último, pero en primer lugar, ya tenía las bolas llenas de jugar a los soldaditos.
Dos de la mañana. Hora del relevo de la guardia. Despertar a todos los que están durmiendo, mate cocido y afuera. Fusil en alto, quitar cargador, corredera hacia atrás, comprobar que no haya munición en la recámara, quitar seguro, soltar corredera, colocar seguro, colocar cargador, abajo fusil. Uno por uno fue llevando a los cuatro soldados por los distintos puestos de guardia y relevando a los que estaban apostados por los recién levantados. Yendo del Puesto Flores al Puesto Rondín se miró la ropa. Llevaba un uniforme verde oliva, borceguíes, un correaje para sostener dos portacargadores con dos cargadores de veinte proyectiles cada uno y boina. Se preguntó qué carajos tenía que ver esa ropa con él. Qué mierda hacía así vestido. Menos mal que a la mañana empezaba su licencia. Cuándo levantó al último soldado del Puesto Santa Fe volvió a la Guardia Central y se dispuso a hacer nuevamente la comprobación de armamento. Era algo que ya hacía de memoria, pura rutina. Fusil arriba, tirar la corredera hacia atrás, comprobar que no haya munición en la recámara, quitar seguro, soltar corredera…
Sonó un disparo.
Se había olvidado de sacar el cargador.
El disparo pegó contra la cornisa del primer piso y milagrosamente no rebotó ni lastimó a nadie. Él por supuesto debió comerse unos cuantos cagues a pedos (del Jefe de Guardia, del Oficial de Servicio, de su Capitán y hasta del Jefe de Regimiento) y dos semanas de arresto que fueron por supuesto dos semanas menos de vacaciones. Sin embargo, y a pesar de todo esto, él se sentía bien. Si de algo había servido su imperdonable error era que le había mostrado cuál era el camino a tomar. Al volver de la licencia el Cabo de Cuarto pidió la baja de las filas del Ejército.
La vida se trata de quemar etapas. Uno nace, usa pañales, aprende a caminar, aprende a hablar, va al jardín, va a la primaria, va a la secundaria,sale los fines de semana, conoce a su primer amor, conoce a su segundo amor, va a la facultad, consigue trabajo, se casa, tiene hijos, se jubila, tiene nietos y se muere. Con matices, casi todos recorremos el mismo camino. Pero uno no vuelve a la primaria cuando ya es perito mercantil, ni toma mamadera cuando ya se cocina solo.Cuando una etapa terminó, terminó. Next level y a otra cosa. Constantemente nos vamos graduando en alguna materia, y una vez que la tenemos bien sabida es al pedo volver a estudiarla. Aferrarse al pasado sólo impide nuestro crecimiento. Por supuesto que se siente mejor ser niño, irresponsable y dependiente, pero llega un momento en que tenemos que darnos cuenta de que el momento pasó, y es tiempo de pasar a la siguiente casilla. No hay mejor momento que el presente, aunque nos parezca hostil, será peor si uno trata de recuperar lo que ya no existe. Hay una diferencia entre nostalgia y terquedad. A veces, es peor malo conocido que bueno por conocer. Dicen que los fantasmas son almas en pena que no van al cielo porque han dejado asuntos pendientes en la tierra. Esa también es una manera de aferrarse al pasado. Después de todo, ¿qué es la muerte sino el pasaje al próximo nivel?
Suena el despertador a las seis de la mañana y te levantás dispuesto a encarar otro día agotador.Te bañás (el agua sale fría), desayunás a los pedos y salís corriendo para tratar de agarrar ese colectivo que se te escapa diez metros antes de que lo pares. Llegás al trabajo, marcás tarjeta (08:01) y encontrás a tu jefe que por primera vez llegó antes que vos. Empezása organizar la pila de papeles que te dio para terminar en la semana, te das cuenta que te va a llevar el resto del mes. Salís al almuerzo y lo único que podés comer es una hamburguesa minúscula quepara colmo está fría. Volvés al trabajo y ahí están esperándote todavía todos esos malditos papeles…
Llegás a tu casa, prendés la luz y lo primero que hacés es sacarte los zapatos. Después de desvestirte vas a la heladera y buscás algo fresco para tomar (una cerveza no estaría nada mal) y acercás una banqueta al sillón para apoyar los pies. Agarrás el control remoto del equipo y ponés algo de música (¿qué tal jazz?). Cerrás los ojos y te relajás.
Fernando aterrizó con cautela en una terraza del edificio Kavanagh. Los pisos altos de los rascacielos eran los lugares más seguros de la ciudad, ya que rara vez alguien se animaba a subir a pie por las escaleras, y los Uisal en general preferían alejarse de la antigua Capital de la República. “Así que esto era Buenos Aires” pensó. Había escuchado hablar mucho de ella, pero en sus treinta y cuatro años de vida era la primera vez que se decidía a entrar. Los demás hombres del grupo venían cada tanto, Axel, Gastón y Nicolás habían crecido acá, y Nacho iba donde iban ellos. Él era más huraño, y en realidad lo disfrutaba.
Su madre decía que se iba a quedar soltero (solterón era su palabra), pero él estaba bien así. Era el impar. Después de un par de años tratando de sacarse a Sofía de la cabeza, Axel había formado pareja con Cristina, quien también pudo dejar atrás su duelo por Armando. Nacho y Ceci tenían dos hijos, Butch, de diez años, y Darla, de siete. Gastón había encontrado su par en una chica de Villa General Belgrano. Nico y Sofi habían sido menos prolíficos, pero Ariel ya tenía catorce años, y hacía tiempo que era un miembro activo de la comunidad. De hecho, tenía la misma edad que su hermana cuando comenzó todo, pensó Fernando.
Durante algún tiempo anduvieron sin demasiado rumbo fijo, a través de las montañas y valles. No tardaron mucho en llegar a Córdoba, donde el clima era más benigno, y allí se quedaron un buen rato. A tres años del Apocalipsis encontraron una manada de pegasos asentada al pie de los cerros Las Gemelas, en Capilla del Monte, y apelando a sus viejas artes casi olvidadas lograron comunicarse y hacer amistad con ellos. A partir de entonces volaron juntos por toda América Latina, ganando amigos y enemigos. En las ciudades los recibían con hostilidad en la mayoría de los casos. Los urbanos sentían desconfianza hacia todo lo relacionado con la magia, que les había arrebatado su estándar de vida. Con la gente del campo solía haber mejor feeling.
Sombragrís y Fernando se convirtieron en compañeros inseparables. El animal nunca supo por qué había sido bautizado de esa manera, pero aceptó su amistad de manera incondicional. Ya habían pasado varios años desde entonces, y tanto uno como el otro comenzaban a sentir el rigor del tiempo. Sin hospitales, sin servicios, sin siquiera un almacén donde comprar el morfi la vida se hacía dura, y el cuerpo no llegaba a los treinta con la misma entereza que antaño. Fernando le dio una suave patada a Sombragrís y éste levantó vuelo. Pasaron por encima de ese montón de yuyos que era la Plaza San Martín y encararon con dirección al río.
A Fernando le gustaba sobrevolar el río. Nadie lo dijo de entrada, pero una vez liberados, el deseo de los siete antiguos Otaru fue el mismo: querían volver al prado, al río, a ese paraíso que habían conocido a través de una grieta hace tantas edades. Algunos sabían cómo encontrarlo, pero preferían no hacerlo. Lo habían visto un par de años atrás en un informe de CQC. Estaba a la altura de lo que fue Berazategui. En el lugar donde habían sido tan felices colocaron el desagüe maestro de las cloacas de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Recién ahora, diecisiete años después, empezaba a irse un poco el olor a mierda. Habían comprendido hacía rato que ninguno lo disfrutaría en vida, y la vida ya no tenía repuesto. Pero cada tanto a Fernando le gustaba mirarlo desde las alturas.
Una hora después Fernando y Sombragrís llegaron junto a los demás en la casa que habían levantado al pie de las sierras de Tandil. Fernando se apeó y se reunió con su hermana y su cuñado. Darla se acercó corriendo y dio un fuerte abrazo a su tío. Eran una familia. Tal vez no la que creyó que podría tener cuando era niño, pero no había dudas de que eran una familia. Tomó aire y suspiró.
La vida sigue.
Habrán de imaginar que escribir esta novela me insumió tiempo y esfuerzo. Bebo reconocer que fue un laburo intenso, pero divertido y estimulante. Escribo desde hace más de veinte años, desde los primeros borradores que improvisaba cuando aún estaba en la primaria. Con el tiempo y las influencias recibidas (malas influencias muchas veces) fui puliendo mi estilo. Hoy con orgullo puedo decir que creo tener un estilo propio, y eso me gusta. Punk fue escrita entre 2005 y 2006, en estricto presente. Hasta entonces, si bien tenía una cierta obra, que vino a conformar el proyecto No Hemos Sido Presentados, la verdad era esa, no me había presentado a mis lectores y en consecuencia no me leía ni el loro. Cuando me enteré de la existencia de esta comunidad abrí este blog, al que le dí el nombre de mi nave insignia y bauticé posteando mi carta de presentación, el texto homónimo. Poco después sentí la necesidad de volver a escribir, y para mi nueva producción, abrí un segundo blog, bajo el nombre Life is a Piece of Sheet, juego de palabras que nació como nick de mi msn.
Entonces aparecieron ustedes. No los voy a nombrar, saben quienes son. En pocas palabras, me han hecho feliz. Gracias a ustedes empecé a sentir que mi creatividad tenía un receptáculo, y que lo que yo hacía servía para algo, o alguien. Ustedes me impulsaron a seguir escribiendo. Hasta hoy no más de cinco personas habían leído mi novela inédita. Espero no haberlos defraudado. Ustedes, por cierto, no me defraudaron a mí.
Millones de gracias. Por favor, háganle una última caricia a mi ego y dejen su comentario.
Al principio Gastón no entendió lo que veía. Todo parecía muy confuso. Entonces recordó aquel cuento de Borges que leyó cuando estaba en el secundario. Y comprendió qué era eso delante de él.
Estaba viendo el Aleph.
Los reflectores se habían apagado luego de la invocación de Nicolás, y el huevo de luz era lo único que iluminaba la escena. A través de él Gastón podía ver lo que pasaba en cada lugar en el mundo. No había electricidad en ninguna parte. Tanto las grandes ciudades como las zonas rurales de occidente estaban a oscuras. En Oriente, donde ya era de día, se podía ver con más claridad lo que pasaba, pero tampoco había energía eléctrica. Por todas partes comenzaron a abrirse algo que Gastón sólo podía definir como agujeros en la realidad. De ellos salieron, primero con cautela, luego con mayor fluidez, aquello que conocía como “seres maravillosos”. Con la boca abierta vio un unicornio surgir de la boca del subte A en Plaza de Mayo. Su piel era blanca y sedosa, y su cuerno emitía una potente luz que alumbraba la noche porteña mejor que lo hubieran hecho los faroles incandescentes. El espectáculo era un desafío a la cordura. Una familia de duendes cruzó un portal en Lima. Los hombres apenas llegaban a medir ochenta centímetros, mientras que las mujeres y los niños eran aún más pequeños. Todos llevaban largas barbas. En Madrid el museo del Prado se vio invadido por una bandada de pequeñas hadas. Su tamaño no era mayor al de una Barbie, tenían alas de libélula y una expresión perversa en sus rostros. En Frankfurt un grupo de hinchas que festejaban el empate entre Holanda y Argentina consideraron que se habían pasado de marihuana cuando una esfinge salió de la nada enfrente de ellos. Y en la Plaza Roja de Moscú una colonia de faunos atravesó un ojal hacia este lado, para estupor de los soldados. Cruzaban en grupos y con cautela, como un pueblo que hace largo tiempo fue desterrado y al volver a su país encuentra que ya no es el mismo.
Como no era lo mismo para los habitantes actuales de este mundo. En zonas rurales los campesinos quizá estaban mejor preparados para recibir a la magia, pero las ciudades eran caos. El corte masivo de luz paralizó todas las actividades habituales de la población. En las zonas más ricas la gente había quedado presa en cárceles de lujo cuando sus palacios de máxima seguridad con cerradura electrónica se convirtieron en jaulas herméticas de donde no podían salir. Lo mismo pasaba con los pisos más altos de los rascacielos. No funcionaban las computadoras, teléfonos, celulares ni autos, y mucho menos la radio o la televisión. La sociedad del siglo XXI descubrió la fragilidad de su bienestar. La anarquía reinaba: sin comunicación, los gobiernos no podían hacer nada por contener a las masas presas de la histeria, y las hasta entonces fuerzas del orden, justicia y seguridad, ahora eran un montón de individuos corriendo por las calles tratando de llegar a algún lado, viendo hasta dónde se extendía esta locura. Porque si tener la ciudad a oscuras ya era mucho, cruzarse con una manada de grifos en Cabildo y Juramento era demasiado.
Entonces Gastón reparó en una figura extraña sobre una imagen conocida. Las Torres Petronas de Kuala Lumpur. Él estuvo en la inauguración del ’98. Viajó a Malasia con Don Sergio, quien había tenido bastante que ver en su génesis. Ocho años después, una imagen amenazante se posó en la unión de los dos gigantes, a ciento cincuenta metros de altura, multiplicando el terror de quienes estaban adentro. Era de día, pero Gastón sólo se permitía ver una silueta negra semejante a un enorme murciélago, hasta que una lengua de fuego derrumbó su última defensa de sentido común. Era un dragón. De inmediato aparecieron otros, a lo largo de todo el mundo, siempre en lugares altos pero concurridos. La Torre Eiffel, el Empire State, la Torre Sears, pero más que nada las montañas. En las montañas los dragones se sentían a gusto y volaban en manadas, festejando el regreso a su viejo hogar. Por un momento Gastón volvió a la realidad y recordó que apenas unos kilómetros lo separaban de la Cordillera de Los Andes. Esto no duró mucho, ya que apenas unos minutos después, y a través del Aleph, vio caminar por la Quinta Avenida, en pleno centro de Manhattan, una figura luminosa que después de ver El Señor de los Anillos sólo podía identificar como un Balrog.
-¿Qué es esto? –reaccionó por fin-. ¿Qué hiciste, Nico? ¡Es el fin del mundo!
Hasta entonces los siete Otaru habían estado en trance, inmóviles y con los ojos abiertos fijos en el huevo de luz. Entonces Nico lanzó un grito desgarrador y de su cuerpo comenzó a desprenderse una figura de ectoplasma: una joven mujer negra de cabello largo, con la sabiduría dibujada en su rostro. Estaba desnuda, pero no era una belleza a los ojos del siglo XXI. Sus pechos estaban caídos, le faltaban dientes y exhibía por todas partes las huellas y cicatrices de una vida corta pero dura. Una vez que el fantasma terminó de salir, Nico dio un paso atrás, aturdido, y se desplomó en el suelo. Otras dos mujeres y cuatro hombres salieron del cuerpo de los demás. La joven que salió de Nico se volvió hacia Gastón.
-No es el fin del mundo –respondió Ocai-. Es una corrección, y las correcciones duelen. Hace mucho tiempo cometimos un error, y lo estamos reparando. Pero los errores son como las mentiras: si no las resolvés a tiempo crecen hasta que se escapan de tus manos. Cuando vimos a Abraxas matar a nuestro padre creímos que lo mejor sería alejar la Magia de su alcance. Por eso la Magia no se puede usar para el ataque: nosotros inhibimos esa posibilidad. Así como alejamos de este plano toda la Alta Magia y dejamos apenas los trucos más baratos para prestidigitadores.
-Pero subestimamos el potencial de Abraxas –intervino Origo, un joven musculoso con una gran cicatriz en su pecho-. Al quitar la Magia del medio, permitimos que él comenzara en su carrera por la tecnología. Al principio no nos dimos cuenta, y sólo quisimos separarnos y huir. Cuando comprendimos que todo se había salido de cauce era tarde. Habían pasado cuatrocientos ochenta siglos, y estábamos disgregados por el mundo.
-En aquellos tiempos los hombres éramos seres de la naturaleza –continuó Ocai-. Habíamos aprendido a manejar algunas cosas, teníamos un mínimo conocimiento de las posibilidades de la tecnología y de los misterios de la Magia, pero no éramos muy distintos a los gorilas, los mamuts o los delfines. Cazábamos unas especies para vivir, y otras nos cazaban a nosotros. Estábamos en armonía con el ecosistema.
-Éramos niños –intervino Odil, un muchacho fuerte y robusto, más pequeño que Origo pero con firme decisión en su rostro-. Niños egoístas que descubrieron un juguete maravilloso, y cuando lo vieron en peligro se lo llevaron para que nadie más lo usara. Nos equivocamos. La Magia moldeó al mundo con sabiduría durante millones de años, y no necesitaba de nuestra intervención para defenderse. Lo que logramos fue allanarle el camino a Abraxas para que él construyera su civilización. La única que planteó nuestro error fue Orana, y no le hicimos caso. Cuando los primeros imperios basados en el sometimiento de los débiles comenzaron a forjarse ya estábamos demasiado separados.
Gastón se quedó mudo por un momento. Trataba de situarse en contexto. Mientras miraba el fin de la civilización a través de un huevo de luz, siete figuras fantasmales contaban una versión que implicaría la revisión total de la historia conocida. Mientras tanto los cuerpos que los habían albergado permanecían en el suelo. No estaban inconscientes: estaban llorando. Luego de cincuenta mil años de acumular emociones habían terminado con su tarea, y ahora se descargaban llorando como chicos. Todos, incluso O’Malley, estaban tirados en el suelo, la mayoría en posición fetal, dejando escapar a moco tendido un llanto guardado por milenios.
-¿Pero qué es lo malo de la civilización? –preguntó Gastón- Nosotros también estamos en armonía.
-Sabés que no es así, Gastón –respondió Ocai-. Durante mucho tiempo el sometimiento de los humanos se limitó a los de su propia especie, salvo tal vez por las que usaban como ganado, pero en los últimos tiempos, a partir de la era industrial, los hombres comenzaron a afectar el planeta. Contaminación de ríos y mares, capa de ozono, efecto invernadero, extinción de animales y vegetales, no hace falta que siga enumerando. El hombre desbalanceó el equilibrio, se convirtió en una plaga peligrosa. Ahora tendrá que volver a la naturaleza o desaparecer.
-La clave está en la electricidad –dijo Odil-. Cuando empezaron a usar la electricidad como fuente de energía, comprendimos que era una forma menor y algo corrupta de magia. Lo confirmamos al comprobar que tenían que cortar la luz para que funcionen los detectores. Ahora, al liberar la Magia, absorbió toda forma de electricidad. Y no funcionan baterías, generadores ni grupos electrógenos. La civilización se volvió demasiado dependiente de los electrónicos, hasta un punto en que sin electricidad no se puede hacer nada. Los pocos artesanos que existen no alcanzan para reemplazar todo lo que los operadores, técnicos, ingenieros y científicos no saben hacer sin una miserable pila AA. Ahora los que quieran seguir viviendo van a tener que aprender a hacerlo de la manera difícil, como era antes. Creo que un pequeño porcentaje lo logrará. Y serán los que ya estén acostumbrados a la supervivencia, no los que viven en el lujo. ¿Vos dónde estás, Gastón?
-¿A qué te referís? –preguntó Gastón con desconfianza.
-Fuiste testigo privilegiado de un hecho único –contestó Ocai-. Hoy sos Abraxas, y nunca pensamos que un representante del enemigo iba a estar presente cuando esto sucediera.
-Tuviste la amistad de Nico y te ganaste el respeto de Axel –dijo Odil-. Es por eso que hoy ves esto con vida y en libertad. La pregunta es, ¿qué vas a hacer ahora? Todo lo que representaba tu standard de vida desapareció. De hecho, estás perdido en el medio de un bosque. ¿Qué vas a hacer?
-Nuestra tarea al fin terminó –dijo Origo-. Ahora vas a quedar solo con tus amigos y tus enemigos. Decidí vos quiénes son unos y quiénes los otros.
Luego de esto las figuras comenzaron a volverse más transparentes y el viento de invierno en aquel bosque de la Patagonia se los llevó como se hubiera llevado un buen puñado de cenizas. El huevo de luz se redujo hasta desaparecer y al final Gastón quedó a oscuras junto a los siete guerreros que ahora lloraban en el suelo. Enganchado en la presilla del cinturón de O’Malley colgaba un llavero. Gastón lo tomó y se dirigió al margen del claro donde estaban esposados sus hombres. Uno a uno los liberó y tiró las esposas.
-¿Qué pasó, jefe? ¿Ganamos?
En otra situación Gastón Rivera hubiese disfrutado cagar bien a pedos a esa manga de inútiles. Esta vez no.
-No, Beltrán, no ganamos. Cinco kilómetros para allá está Trevelin. Vayan con cuidado y no vuelvan más. El mundo ya no es el mismo.
Un rugido estremecedor llegó desde la montaña. La descomunal silueta de un dragón pasó por delante de la luna. Para evitar malentendidos, una lengua de fuego salió de su boca. Beltrán miró a Gastón con cara de no comprender. Gastón le respondió con cara de póker. El instinto de supervivencia fue más fuerte y Beltrán y los demás soldados huyeron en medio de la espesura.
Gastón volvió al círculo en el centro del claro. El llanto amainaba. Vio a Cecilia tendida en el piso, tomando sus rodillas con los brazos, y la quiso ayudar a levantarse. Sintió la fuerte mano de Ignacio que apretaba su bíceps. La cubrió con la suya, con intención tranquilizadora, y trató de que él también se pusiera de pie. Luego los acompañó al motorhome donde estaban las camas, y en silencio los ayudó a acostarse. Sería una noche muy larga. Volvió e hizo lo mismo con Cristina y Fernando. Para el tercer viaje lo esperaba Nicolás. Gastón se sentó a su lado y sacó una petaca del bolsillo de la parka. Tomó un trago y se la ofreció a Nico. Él empinó y suspiró.
-¡Rata inmunda, me diste querosene!
-Es Johny Walker. No le podés decir querosene al Johny Walker.
-Si por lo menos fuera un Caballito Blanco…
-No te puedo creer. Estamos solos en el medio de la nada y te me ponés exigente.
-Yo soy exigente, flaco, esté donde esté.
Nico se había puesto la parka a las apuradas cuando lo sacaron del motorhome, y todavía la tenía abierta. Buscó en el bolsillo interior y sacó un paquete de Camel. Dentro del paquete había un pequeño encendedor. Lo accionó y no pasó nada.
-Puta madre –dijo-. Es de chispa eléctrica. Lo único que falta es que me quede sin fumar.
Gastón sacó el suyo y le convidó fuego.
-Es un Zippo original. Mientras tenga bencina, tenemos fuego.
Nico lo miró y no aceptó. Llevó las manos al cigarrillo como para protegerlo del viento y entre sus dedos surgió una llama.
-Quedate tranquilo que fuego no va a faltar. ¿Un pucho?
De a poco Abraxas llegó a ser el miembro del Clan con mayor influencia sobre sus pares. Esta posición de poder a veces era amenazada por la presencia de Otaru, pero incluso esto no era algo que le quitara el sueño. Bien sabían todos que Otaru estaba loco, y prueba de ello eran sus largas ausencias, y las de sus hijos. Es cierto que al regreso de estas ausencias los Otaru solían traer víveres para todos que duraban varios días, pero eso no importaba demasiado. Abraxas era el mejor cazador del Clan, y él y sus hermanos abastecían no sólo a su familia, sino a todas, durante todo el año. Era indispensable, y eso le autorizaba a dar órdenes. Sin embargo Abraxas sabía qué buscaba Otaru en sus partidas, y tenía claro que debía conseguirlo primero.
Fuego.
El fuego era calor, vida y sustento. El fuego mejoraba el sabor de la carne y ahuyentaba el frío. Quien fuese capaz de obtener fuego por sus propios medios ya no tendría oposición, y gobernaría por derecho entre los demás. Desde que se enteró de la búsqueda de Otaru en pos del fuego él y sus hermanos iniciaron la suya propia. Siete inviernos intentaron sin resultados, hasta que el azar les dio la clave. Durante la cacería de un mamut la bestia empujó rocas sueltas que cayeron por un despeñadero. Con el rabillo del ojo Abraxas alcanzó a ver cómo al golpear la roca contra el paredón saltó una chispa, como esa chispa alcanzó una planta seca y cómo la planta se envolvió en llamas. A partir de entonces las cosas se desarrollaron con velocidad. En menos de una luna Abraxas había logrado producir fuego.
Entonces volvió Otaru.
Promediaba el otoño. Abraxas estaba en el centro del Clan, mostrando su hallazgo. Tenía dos piedras en las manos, y había juntado un montón de hojas secas en el suelo. Luego de varios minutos de expectativa en los que nada había pasado, una chispa brotó de las piedras y encendió las hojas. Tal vez lo hubiese conseguido antes, pero la presencia repentina de Otaru lo turbó y le hizo perder concentración. Luego de realizar la hoguera cada cabeza de familia del Clan lo felicitó con efusividad. Otaru fue uno de ellos.
-Sin embargo –dijo Otaru a Abraxas-, mis hijos y yo encontramos algo que lo podría hacer aún más fácil.
Los hijos de Otaru juntaron ramas secas y las amontonaron cerca de la hoguera de Abraxas. Otaru juntó las manos y despacio fue separando las palmas. En el hueco se formó una bola de fuego, y cuando por fin Otaru abrió las manos de golpe, la bola se dirigió hacia las ramas y creó una hogueramayor y más duradera. Algunos miembros del Clan lo felicitaron también, pero otros lo miraron con recelo y se colocaron junto a Abraxas.
A partir de entonces el rencor de Abraxas hacia Otaru no hizo más que crecer. Abraxas, que ya conocía la ambición, los celos y el ansia de poder, descubrió entonces el odio, y durante varias semanas lo alimentó con cuidado. El Clan se dividió en dos facciones, que apoyaban a uno o a otro. Abraxas aprovechó para preparar su complot.
El crimen se llevó a cabo el último día del otoño. Al comienzo de las actividades de la mañana, Abraxas y sus hermanos irrumpieron en medio de los demás con la cara untada en sangre de tigre, y la piel del tigre, aún caliente, adornando la espalda y la cabeza de su líder. Sin que medie palabra, se echaron sobre Otaru y lo sostuvieron entre cuatro. Él no llegó a replicar cuando Abraxas ya había cortado su garganta con el cuchillo de piedra. La sangre salpicó en todas direcciones, manchando al asesino y a sus cómplices. El cuerpo de Otaru cayó al piso. Abraxas lo pateó, se paró sobre él y dio comienzo a su discurso.
-¡Yo soy Abraxas! ¡Soy el fuego que ilumina y alimenta, pero también el que quema y mata! Durante generaciones mi familia procuró el sustento del Clan. Es mucho lo que nos deben, y el precio es la obediencia. Este hombre no aceptó el precio y pagó con su vida. La misma suerte correrá todo aquel que lo imite. ¡Yo soy Abraxas! ¡Esta es mi verdad, y este mi legado!
Abraxas saltó del cadáver de Otaru, se inclinó sobre él y se empapó la mano con la sangre de su enemigo. Entonces se acercó a una pared de roca y con su dedo dibujó un símbolo.
-¡Éste es Abraxas! –dijo mientras trazaba un círculo-. ¡Y éste es su brazo que todo lo abarca, todo lo posee y todo lo protege! Quien quiera salir del brazo de Abraxas, dese por muerto.
Desde una tercera fila, los hijos de Otaru comprendieron que tenían que hacer algo sin perder tiempo.
La Conferencia fue en un claro del bosque cercano. Se realizó después de la medianoche, y los siete concurrieron con sus familias. Tal vez no regresarían al Clan. Lo primero fue un homenaje al padre muerto. No hubo lágrimas: comprendían la muerte como parte del ciclo de la vida y la aceptaban sin egoísmo, si bien el homicidio los había tomado por sorpresa. Tampoco hubo deseo de venganza: devolver el golpe llevaría a una guerra, y no era lo que querían. Sólo pusieron siete piedras en el suelo, y prometieron andar por donde hubiese dejado su huella el padre.
Luego fue tiempo de tomar una decisión. Ocai, que ya era una hermosa mujer, esposa y madre, tomó la palabra.
-Abraxas tuvo celos del poder de nuestro padre y por eso acabó con su vida. Ahora querrá conocer la fuente del poder.
-Si lo consigue –dijo Origo, un fuerte y apuesto joven de veintidós inviernos- todo lo que vemos y utilizamos corre peligro. Si por la fuerza de su mano logró someter al Clan, con la fuerza de la Magia nadie sabe qué podría hacer.
-Por eso hay que quitar la Magia de su alcance. Hay que ocultarla, y alejarla de su influencia todo lo que podamos.
-¿Pero cómo? –preguntó Odil- ¿Por qué mejor no usarla en su contra?
-Porque nos volveríamos lo que él es –contestó Origo.
-Padre y yo estuvimos practicando algo para un caso como este –retomó Ocai-. Era casi un juego, nunca creí que fuese a hacer falta, pero ahora no veo alternativa.
Hubo un momento de silencio en que todos mantuvieron la mirada clavada en Ocai. Ella continuó.
-Hay una forma de esconder la Magia. Debemos concentrar toda la fuerza en el interior de nosotros mismos, y así crearemos un Ojal sin salida donde la magia quede escondida hasta su liberación. Ésta llegara cuando nosotros siete volvamos a estar juntos, aquí o en cualquier lugar, y nos reunamos en la misma posición para deshacer lo hecho. Mientras tanto estaremos separados, y la mayor parte de la Magia dormirá hasta que la llamemos.
La figura del Ser-Ocai resplandecía en el claro del bosque. Don Sergio llevaba por sobre su ropa el traje de ceremonia de la Orden. La túnica blanca de grueso algodón lo protegía del frío patagónico y brillaba al sol junto a su plateado cabello, mientras el medallón dorado destacaba su imagen en el centro del pecho. No llevaba la máscara: ya no volvería a hacerle falta. Los días del secreto de Abraxas habían terminado; los del gobierno de Abraxas estaban por comenzar. La Cosa Sin Nombre, buscada sin descanso a lo largo de los siglos, había llegado a sus manos. Al final, Gastón resultó útil.
-Gracias, Gastón, yo me hago cargo –dijo Don Sergio con autoridad en su tono.
-Pero, Don Sergio… -intentó hablar él- Usted había dicho que…
-Sé bien lo que dije y sé que tengo la potestad de cambiar de opinión o incluso mentir si quiero conseguir algo. Soy el Ser-Ocai y no tengo que dar explicaciones. Ahora quiero un informe de la situación. Te escucho.
Gastón estaba alterado y se le notaba. La gloria por el triunfo, suya sin discusión minutos atrás, estaba a punto de serle arrebatada. Todo el discurso paternal de Don Sergio en Buenos Aires era puro teatro, ahora estaba claro, y él se iba a joder por haber confiado. Con los músculos de la cara tensos y un leve temblequeo en la voz, Gastón comenzó a hablar.
-Tenemos los cuatro fragmentos de la Cosa Sin Nombre, a los portadores y a los guardianes. Tres de ellos cayeron anoche, en una emboscada que les tendimos en la ruta. Un portador murió, un guardián está herido y permanece inconsciente y el otro, el Ocai, salió ileso. Los demás cayeron hace un instante cuando vinieron a rescatarlos. En el camino provocaron varias bajas entre nuestros soldados, pero al entrar al perímetro del acantonamiento los sorprendimos con un contractor muscular. Igual que me sorprendió usted a mí, Don Sergio.
-¿Verdad que sí? Llevame con el herido.
Cuando Ariel abrió los ojos lo primero que vio fue un resplandor rojizo que lo encandilaba. Tardó unos segundos en comprender que era la cabeza de un pelirrojo contra la ventana. Por sobre la mata de pelo el sol le quemaba los ojos. Pero cuando trató de mover la mano derecha para cubrirse un dolor punzante lo inundó desde el codo hasta los riñones.
-Yo que vos no me movería mucho –dijo el pelirrojo-. Te fracturaste el hombro y unos cuantos huesos más. Dejé la ventana abierta a ver si el sol te hacía reaccionar, y por lo visto funcionó. Ahora corro la cortina.
La nieve caía sin pausa sobre el Valle. Siempre había sido así, y eran raros los días en que no nevaba. Debían moverse mucho para conseguir alimento, pero tenían la suerte de habitar una región rica en caza y pesca, donde podían dejar a las mujeres en lugar seguro mientras los hombres buscaban comida. Aunque claro, lo de lugar seguro era siempre más una expresión de deseo que otra cosa. La vida tenía sus reglas, a veces se era depredador y a veces presa.
Otaru descendió por la Cuesta del Alce de la misma manera en que lo había hecho siete noches atrás. Muchos en el Clan lo consideraban loco, pero incluso aquellos admitían que su locura era bastante útil. En la última tormenta había sido él y no otro quien se acercó al Viejo Sauce a riesgo de su vida para llevarle fuego a la comunidad. Un rayo lo había alcanzado y ahora el árbol que durante tantos inviernos había servido como punto de referencia se consumía entre las llamas. No era la primera vez que sucedía. Odera, su mujer, había muerto hacía dos años cuando un relámpago cayó sobre otro sauce, aquel donde se refugiaban ella y sus dos hijos menores, junto con otras mujeres y niños. Otaru comprendió que el incendio no era casual. Algo había desatado el fuego, algo que había decidido la suerte del Sauce, y ese algo estaba allí, al alcance de su propia mano. Con temeridad Otaru corrió hacia los restos y tomó una rama, que calentó y brindó protección a los suyos. Pero para Otaru ese no era el final del incidente. Convencido de la existencia de una fuerza extraordinaria que había establecido el comienzo y el final del Viejo Sauce, Otaru inició su peregrinaje. Cuarenta y tres noches pasó lejos de los suyos, y luego volvió, más delgado, pero sano, ileso y con buen color. Otaru nunca volvió a buscar mujer, pero sus siete hijos vivos eran grandes y fuertes, y decidió que lo acompañaran hacia el sitio del descubrimiento. Dos veces vieron nacer el sol mientras andaban, y dos veces la luna, hasta que la Cuesta del Alce se presentó ante ellos.
Ocai, la primogénita, caminaba al lado de su padre. Había vivido dieciséis inviernos, y aunque varios pretendientes deseaban poseerla, ella aún no se había entregado a ninguno. Tenía un carácter fuerte y aguerrido, y sabía defenderse. Esta vez vio la grieta incluso antes que Otaru. La fuerza que salía de allí era intensa y penetrante como una deliciosa ráfaga de aire caliente, algo que Ocai jamás había sentido. Apenas había lugar para que pasara uno a la vez y de perfil, pero lo que había adentro los estaba llamando, y ellos no se podían negar. Otaru, quien ya conocía el camino, pasó primero. Detrás fue Ocai, y a su turno entraron Origo, Odil, Orson, Orgal, Orsis y Orana. Por dentro era una cueva como cualquier otra, pero no: tenía algo más. Un levísimo resplandor iluminaba el interior de la caverna, y los guiaba por entre pasillos hacía la fuente de todo aquel poder. Ninguno de ellos veía nada, pero lo sentían, sí, lo sentían. Así anduvieron cuatrocientos pasos, hasta que llegaron a una pared en cuya base había un agujero de no más de dos brazos de alto por uno de ancho. Por detrás la oscuridad era absoluta, como si algo en su interior se tragara la luz, pero a la vez parecía ser la fuente del resplandor. Entraron.
Delante de ellos se abría un prado enorme. El agujero por el que pasaron se había convertido a sus espaldas en un monolito de ébano. El negro era absoluto sobre su superficie, ningún brillo lo iluminaba, pero sólo Orana, que lo atravesó último, pareció darse cuenta. Los otros quedaron embelesados con el espectáculo que se abría ante sus ojos. El cielo estaba despejado, y el pasto, verde intenso, crecía libre sobre la llanura. Por todos lados se veían extraños animales conviviendo en paz. Había grandes pájaros pardos de largo cuello y ridículas alitas, mamíferos parecidos a las cebras pero sin rayas y con un cuerno en medio de la frente, y otros inconcebibles, con un caparazón como las tortugas, pero gigantescos y llenos de pelo. El clima era cálido, agradable, las pieles que los cubrían pronto les comenzaron a pesar. A doscientos pasos se alzaba una arboleda, y desde allí se escuchaba el murmullo del agua. Caminaron, esperando encontrarse con un arroyo o un río. Los árboles eran frutales, y Orson se rezagó para tomar una fruta roja del suelo. Al probarla, sintió el sabor más delicioso que jamás había conocido. Pero la noticia del descubrimiento tuvo que esperar. Buscó a los demás y los encontró con la boca abierta. Delante de ellos se extendía el río, o quizás el lago, más grande e impresionante con el que se toparon en toda su vida. Las aguas de color marrón claro nacían en la orilla, por supuesto, pero no había otra orilla a la que cruzar. Hasta donde daba la vista había agua, y nada más. Agua clara, limpia, con olor a peces frescos, a salud y a riqueza. Otaru se adelantó, se inclinó y bebió del agua. En seguida se echó a reír, y alentó a sus hijos para que lo acompañaran. En minutos estaban todos jugando y bañándose en el río, el lago o lo que fuera el lugar donde estaban.
Nunca todos al mismo tiempo, nunca por más de un ciclo de la luna, y sin revelar a nadie del clan qué hacían o a dónde iban, durante siete inviernos los ocho Otaru volvieron una y otra vez a la grieta, al pasaje, al prado y al río. Volvían porque querían conocer los secretos de la Magia que allí vivía, y que con constancia y disciplina podían llegar a dominar. Volvían porque la comida solía faltar al clan, y en el prado y el río conseguían bastante como para alimentar a sus familias por varias semanas. Pero ante todo volvían por placer, porque les gustaba estar allí, quitarse las pieles, bañarse en el río, correr por la llanura. Y les gustaba trabajar. Cuando decidieron intentar el aprendizaje de la Magia temieron no saber por donde empezar. Sin embargo, tan fuerte era su presencia en el campo, que el aprendizaje se fue dando solo, con mucha dedicación pero casi sin esfuerzo. No tardaron en alcanzar algunos logros rudimentarios. Al poco tiempo ya eran capaces de hacer un pliegue en el espacio, y un ojal para atravesarlo. Días, lunas, inviernos después, controlaban la telekinesis, se comunicaban con los animales y por fin, luego de tantos intentos fallidos, consiguieron dominar el fuego.
Entonces decidieron dar a conocer a la tribu el resultado de su trabajo.
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