MASONERÍA

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Para todos mis QQ:.HH:. Para mi H:. Rafael Morante y para todos los hombres de buena voluntad que lo lean con la conciencia y la mente tolerante.

Gracias a todos.

Pedro Negrín

G:.M:.Prv:.

La Luz vino al mundo y los hombres han preferido las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

en efecto, el que hace mal detesta la luz y no quiere la luz por miedo a que

se desvelen sus obras”.

(Evangelio según San Juan I 19/20)

-“Cuando recibisteis la Luz, ¿qué apareció ante vuestros ojos?

- Una Biblia, una Escuadra y un Compás.

- ¿Qué se os dijo que significaban?

-  Las Tres Grandes Luces de la masonería.

(Ritual Masónico de Iniciación del siglo XV)

Nos preguntamos si las condiciones en que se encuentra hoy la humanidad requieren el nacimiento de una utopía. ¿Es verdad que la decadencia moral, política y social de nuestro tiempo ha llegado a límites intolerables que obligan al hombre a vivir en la angustia y la incertidumbre de su futuro?. ¿Podemos pensar que los males que afligen hoy a la humanidad son igual de graves que los que, en el pasado, favorecieron el nacimiento de las utopías?. Considero al respecto que no deberían quedar dudas. Es más, la situación actual es infinitamente más grave que la que caracterizaba a la sociedad inglesa de Moro y Bacon, al Estado griego de Platón y a la Calabria de Campanella. Mientras los males entonces estaban limitados a ciertas regiones, hoy tienen un alcance global, mundial. Los afligidos y los que corren el riesgo de la destrucción no sólo son grupos de hombres, sino la humanidad entera. Por esta razón, hoy más que ayer, existe la necesidad de concebir utopías, de imaginar mundos posibles en los que el hombre pueda vivir en el bienestar y en la felicidad. Por lo tanto, es tiempo de utopía.

Antes de especificar el significado que atribuyo al término utopía son necesarias algunas reflexiones generales.

A menudo se piensa que el “estado de crisis” de una sociedad es algo excepcional, que se verifica cuando degenera en una condición de equilibrio instaurada entre diferentes componentes sociales. Sin embargo, tras un análisis más de cerca, resulta que la verdad es lo contrario; es decir, que el estado de crisis representa la regla, mientras que la condición de equilibrio es la excepción. Para demostrarlo basta con comparar las representaciones que eminentes personajes dan a su tiempo. Independientemente de las condiciones históricas, geográficas, de raza o religión, hablan de la sociedad a la que pertenecen usando más o menos los mismos conceptos: corrupción, arrogancia del poder, violencia (material y moral), crueldad, coerción, cohechos, prevaricación, explotación de los débiles y demás. Obviamente el lenguaje utilizado refleja las características típicas de aquella sociedad en aquel determinado momento, pero el sentido sustancial es el mismo. Así, desde las sociedades arcaicas y simples a las modernas y complejas, los hombres parecen guiados por el egoísmo y por la voluntad de imponer sus proyectos a los demás. Las críticas que hoy se dirigen a nuestra sociedad vuelven a proponer más o menos las mismas críticas que otros hombres en el pasado dirigieron a su sociedad. Esto hace pensar en la posibilidad de que en el fondo de la conciencia humana existen convicciones comunes a todos los hombres según las cuales, pese a las diferencias subjetivas de todo tipo, actúan por sí mismas una especie de sustrato perenne que se manifiesta de vez en cuando, según las condiciones históricas concretas. Como consecuencia, el tiempo de equilibrio (no crisis) es una excepción que se verifica entre una crisis y otra, en la que los hombres, ejerciendo la sabiduría, crean las condiciones para un vivir feliz. Tal estado de felicidad luego degenera e inicia una nueva crisis que presenta sustancialmente las mismas características que crisis precedentes.

De la descripción del estado de crisis y de la impotencia del hombre para encontrar soluciones para salir de ella nace la utopía. Cuando lo real no encuentra soluciones dentro, se abandona y vuelve hacia el ideal. El imaginario utópico es, por lo tanto, un “deber ser” donde se habla de hombres no como son sino como deberían ser. Este es el significado que adquieren las utopías de Platón, Moro, Bacon y Campanella, en las que se quieren dar al hombre la felicidad; la felicidad que, en realidad, se ha sustituido por la angustia. Pero para poder dar al hombre la felicidad, entendida como causa primera y fin último del pensamiento utópico, es necesario quitar todos los obstáculos que se le presentan. Puesto que vienen de la subjetividad, es necesario eliminarlos y sustituirlos por un fundamento común a todos los hombres. Así, la sociedad de utopía está gobernada por la razón, por la religión natural y por el derecho natural, es decir, por aquello con lo que se identifican todos. Allí no hay lugar para la intuición, para las grandes religiones (monoteístas o no), para el derecho positivo, ya que dividen a los hombres y los clasifican según doctrinas y principios particulares que, según su especificidad, pueden enfrentarles.

De esta manera, no hay lugar ni para la familia ni para la propiedad privada y se da la forma más radical de “comunismo”. Los creadores de estas utopías creen que la única manera posible de dar a los hombres la felicidad es la de hacerles iguales, eliminando las diferencias que ha establecido las civilizaciones milenarias. Si el hombre quiere escapar de la angustia sólo existe esta posibilidad.

Todas las utopías antes examinadas presenta la característica de un deber ser no realizable, lo que significa que representan un ideal que no tendrá realización en ninguna sociedad, pasada, presente y futura. Su utilidad está en el hecho de que, hablando de una sociedad ideal contrapuesta a la real, puede despertar en los intelectuales más iluminados la fuerza para superar el estado de crisis. En cualquier caso representan una línea de pensamiento, la del imaginario social, que tienen una validez intrínseca, pero aparte de estos resultan inadecuados para afrontar la crisis actual de alcance mundial. Así, es necesario, sin renunciar al pensamiento utópico, conferirle un nuevo significado.

Se podría imaginar que el hombre, del que se habla en la utopía, es nuevo, sin raíces, sin tradición. Si queremos un mundo nuevo necesitamos un hombre nuevo. El hombre viejo, que hunde sus propias raíces en las tradiciones milenarias, es un hombre que ha constituido innumerables “modelos” de sí mismo, que casi siempre son estados en conflictos. La defensa de la especificidad del modelo ha sido fuente de sangrientas guerras que han afligido a la humanidad. Es un hombre que, pese a su buena voluntad de respetar al prójimo, es destructor y asesino, arrogante, impositor de su propia fe y de sus creencias. Un hombre constituido así por una cultura milenaria no puede ser el hombre de este Milenio.

Una hipótesis de este tipo, basada en el hombre sin raíces, no lleva a ninguna parte. En primer lugar el hombre nuevo hay que inventarlo. ¿Cómo queremos construirlo?.¿Quién tiene la autoridad para construirlo?. Puesto que no existe una única autoridad mundial (pero en este caso también habría que especificar el tipo de autoridad, si religiosa, laica, etc.) , habría que proponer alternativas. ¿Cuál elegir entre ellas? ¿Quién haría la elección?.

Es evidente que siguiendo este camino tiraríamos por la ventana al hombre viejo con todos sus problemas, a los que se añadirían también los actuales. Por lo tanto la propuesta de construir una utopía en el hombre sin raíces está abocada al fracaso.

Descartada esta hipótesis, podríamos formular otra basada en el pensamiento ateo. Los que apoyan esta hipótesis parten del presupuesto de que las religiones, naturales o de fe, han traído al hombre guerras crueles y devastadoras y representan para los pueblos una especie de opio que obstaculiza la libertad de las conciencias. Por esto, el hombre de ese Milenio podría manifestar sus mejores cualidades rechazando todo tipo de religión. Para apoyar este aserto recurren a la “Fábula de los Tres Impostores”, que es la versión en negativo de la “Fábula de los Tres anillos”. Los tres impostores serían los fundadores de las tres grandes religiones proféticas monoteístas: Moisés, Jesús y Mahoma, las cuales, proponiendo al hombre la Revelación divina y las doctrinas teológicas de las que proceden, le han engañado manteniéndole en un estado de ignorancia. En el plano del pensamiento y de la acción política, la tesis que se desprende de la “Fábula de los Tres Impostores” ha encontrado destacables representantes, entre otros en Marx, Freud y Nietzche.

¿Quién garantiza que, siguiendo el camino del materialismo ateo, el hombre pueda realmente alcanzar la felicidad?. Si nos basamos en algunas de sus realizaciones históricas concretas (como la Revolución rusa), debemos concluir que queda muy lejos de proponerse como concepción alternativa válida a la ofrecida por las religiones. Además no ha sabido evitar guerras (es más, muchas veces las ha buscado) y no ha ofrecido al hombre la posibilidad de disfrutar de una vida mejor. Pero aunque lograra liberar al hombre del opio de la religión, ¿cómo podremos tener certeza de que no seguiría otras drogas como, por ejemplo, el mito de la raza o el hedonismo del consumo?. Por lo tanto también la propuesta de basar la utopía en el pensamiento ateo y materialista está destinada a fracasar.

Las consideraciones sobre los límites y  sobre el alcance del pensamiento utópico tal y como se ha desarrollado en el pasado  y en el análisis de las dos propuestas anteriores dicen lo que la nueva utopía no debe ser. Una vez delimitado el campo de estudio, veamos las principales características positivas.

El término utopía puede entenderse según dos acepciones: 1) separación de la realidad histórica (camino desde lo real hacia lo ideal); 2) vuelta a la realidad histórica para conferirle nuevos significados (camino desde lo ideal hacia lo real). En el primer caso, utopía significa aspiración hacia un proyecto que no podrá verse realizado, mientras que en el segundo adquiere el significado de fuerza crítica capaz de orientar la renovación de la sociedad en crisis. Generalmente los dos significados se mantienen distinguidos, por lo que utopía se identifica con uno o con otro. Yo, en cambio, estoy convencido de que los dos significados van en conjunto ya que ambos contribuyen a formar el significado de utopía.

Así, por utopía se entiende un deber ser realizable de un ser en crisis. Al contrario que las anteriores formas de utopía, considerada otras fantasías no realizables, la que proponemos es realizable. De esta manera la utopía mantiene los requisitos de la idealidad pero también reúne las condiciones que puede hacerla más realizable. Por lo tanto, es necesario construir un deber ser utópico que satisfaga las dos acepciones de utopía , es decir, la de la separación de la realidad histórica y la de la vuelta a ésta.

Se trata, en primer lugar, de especificar  los contenidos de la realidad histórica de la que se aleja para alcanzar el ideal . La descripción del estado de crisis en el mundo en que vivimos  (entendido en su totalidad global) constituye un estudio que trasciende el objetivo de este trabajo. Por el momento nos basta con tomar conciencia de este estado de crisis, dejando a otros estudiosos más competentes y expertos la labor de explicitar sus diversas manifestaciones.

En cualquier caso, se trata de una crisis caracterizada por focos de guerra que existen en numerosas regiones de la tierra, por la división entre ricos y marginados que cada vez  se agranda más, por la gran burbuja financiera que ha generado la actual crisis económica, por las “limpiezas” étnicas y similares genocidios, por la ausencia de líder carismático, por destacar algunos ejemplos.

Tal separación de las sociedades en la historia debe llevar a un ideal realizable. Para determinar tal ideal son posibles respuestas alternativas, cada una de las cuales tiene su propia validez. La que presentaré revela, por lo tanto, mi personal punto de vista sobre el pensamiento utópico.

En la historia milenaria del hombre ¿existe algún caso que pueda considerarse como contenido del deber ser utópico según las líneas esbozadas?. Pienso que dicho caso existe y está representado  por el estado místico. Por lo tanto creo que la utopía de este Milenio tiene que centrarse sobre el misticismo. Al contrario que las utopías anteriores, la que propongo no debilita las religiones reduciéndolas a religiones naturales, sino que las potencia sobre la base del misticismo que estas mismas han producido.

El significado general de misticismo es el de la doctrina filosófica o religiosa que afirma la posibilidad por parte del hombre de alcanzar realmente lo Absoluto, independientemente del procedimiento basado en la razón o en los datos de la experiencia sensible, refiriéndose a capacidades secretas y sobrenaturales de las que el hombre parece misteriosamente.

La orientación mística que caracteriza al mundo helénico encuentra su más completa expresión en Platón. En efecto, según Platón, la liberación de los males del mundo terrenal no es alcanzable mediante ritos o cultos sagrados o prácticas expiativas, sino más bien mediante la contemplación.

El representante más destacado del desarrollo místico de esta  filosofía es Plotino, que sostiene que el ansia por lo divino puede satisfacerse participando en su modo de ser y por lo tanto en su beatitud. La única finalidad digna de un hombre es su comunicación con el Uno. El alma del hombre alcanza la más alta perfección cuando se une al Uno y vive en él su vida inmortal. En sus Enneadas, Plotino expone el método de la contemplación, considerado como el único medio para alcanzar el Absoluto e identificarse con él. El hombre debe liberarse de la materia mediante la ascesis y perfeccionar su espíritu con la filosofía  como predisposición para la contemplación del Uno. El éxtasis consiste en la experiencia, temporal pero infinitamente llena de gozo, de su adhesión al Absoluto. La inmersión en el Uno vacía el alma de todo vínculo y de todo recuerdo, incluso del recuerdo de sí mismo, para hacer posible una experiencia nueva e inefable que es la experiencia mística. Esta unión del hombre con la divinidad no es un acto de la razón discursiva: el hombre no conoce al Uno pero llega a él con un salto que es un ver sin ver, un entender sin entender, es éxtasis.

El misticismo escapa del ámbito filosófico para penetrar profundamente en las grandes religiones monoteístas y proféticas (hebraísmo, cristianismo e islamismo) donde lo Absoluto se convierte en Dios y la vía mística es la trazada dentro de las religiones.

Dejando de lado las diferencias que subsisten entre las diferentes expresiones del misticismo, éste representa en el monoteísmo judaico-cristiano-islámico algunas características comunes. La primera es la pasividad del hombre respecto a la divinidad y a la particular relación que el hombre mantiene con esta. En efecto, en las tres religiones se dan ejercicios preparatorios para el ascesis que consisten en el silencio, en la oración, en  el recogimiento y en la concentración. A tal propedéutica le sigue el itinerario que el hombre debe seguir para alcanzar la plenitud de la unión con la divinidad.

Tal recorrido se describe como purificación, liberación, aniquilamiento, progresiva expoliación y muerte; la relación con la divinidad, expresado en términos de unión, fusión, divinización, y  salida de sí mismo que Plotino definía como éxtasis y que representa la separación del alma y la inmersión en la divinidad.

El éxtasis va seguido de la ralentización de la actividad corporal (anestesia, trance) y, a veces, de fenómenos como la levitación, los estigmas y similares.

La experiencia mística es por naturaleza inefable e incomunicable, con lo que nos encontramos con esta paradoja : el misticismo es negación de la historia dentro de la historia misma. Mientras por una parte intenta trascender la historia, por otra la historia saca su lenguaje para definirse incluso respecto a la religión de la que es parte integrante. Por lo tanto, junto a la pretensión de inefabilidad e incomunicabilidad, el místico a menudo elabora y manifiesta complejas interpretaciones de su experiencia, dando vida a la llamada teología mística.

Esta contradicción se vuelve aún más fuerte si examinamos el misticismo dentro de las grandes religiones monoteístas, donde se encuentra un límite difícilmente superable en algunos principios esenciales, como la fe en el único Dios creador, la revelación de las Sagradas Escrituras, la escatología. Esta última precisamente se entiende como perspectiva final de la historia, que manifiesta más que las otras un límite infranqueable: el intento de apartarse de la historia, anticipando sus conclusiones, se considera un acto de presunción ya que sólo a Dios ( y no al misticismo) le pertenece la tarea de poner un término al recorrido histórico de la humanidad. Solo Dios decide cuándo permitir al hombre y volver a unirse a él al final de los tiempos, por lo que el místico, que anticipa la unión con Dios, rompe su voluntad. Aquí vuelve a aparecer la paradoja del misticismo: si pensamos en Pablo, que se ve en la tesitura de si liberarse del cuerpo para estar con Cristo o permanecer en la carne para realizar un servicio apostólico.

La experiencia mística es un fenómeno bastante complejo que en el plano histórico encuentra numerosas y múltiples manifestaciones. No nos incube seguir su desarrollo sino más bien evidenciar sus características comunes en el plano teórico.

La primera concierne la fe como la posibilidad de un camino hacia la divinidad basado en la intuición o en la revelación, en contraposición a los sentidos y a la razón. Esta fe parte de la convicción de que existe una realidad (Dios) que está detrás del mundo de las apariencias que se descubre con un acto intuitivo y no discursivo.

La segunda característica concierne a la creencia en la unidad de todas las cosas. La realidad de Dios, que está detrás del mundo de las apariencias, es única.

La tercera característica es la negación de la realidad del tiempo: la distinción entre pasado y futuro es ilusoria. Es una consecuencia de la característica anterior, según la cual todo es uno y lo uno es inmutable. Si se admitiese la realidad del tiempo, entonces se negarían la unidad y la inmutabilidad de las cosas. Por lo tanto, si el hombre quiere alcanzar a Dios tiene que aprender a salir de la historia.

La cuarta característica concierne la negación de la distinción entre el bien y el mal, lo cual no significa que el mal se convierta en bien sino que el mal no existe, ya que pertenece al mundo de los sentidos, del que debemos liberarle si queremos acceder a Dios.

La quinta característica del misticismo es la inefabilidad y la incomunicabilidad, que es el origen de la paradoja de la que ya hemos hablado.

El misticismo o mística (los dos términos tienen aquí el mismo significado) puede explicarse más si examinamos las condiciones que permiten su nacimiento. A este respecto, estas palabras de Gershom Scholem son hartas ilustrativas: “La mística se manifiesta solo en un determinado momento de la historia religiosa y está en conexión con un estadio muy definitivo de la conciencia religiosa. Esta no es posible en dos periodos .

Primer periodo: hasta que el mundo mismo es divino, poblado de dioses, que se encuentran por todas partes y de las cuales se pueden obtener los favores, el contacto con ellos se realiza sin necesidad del éxtasis… Pero este es el mundo del mito, la juventud de los pueblos. La conciencia inmediata de la conexión de todo, de una conexión que está incluso antes de la separación y que fundamentalmente desconoce la separación, el auténtico cosmos monista, se opone a la mística…

Segundo periodo, que conoce la mística, es la época creativa en la cual germina la religión. El efecto principal de la religión es que arranca al hombre de la etapa del sueño de esa unidad de hombre, mundo y Dios. La religión, en sus  formas clásicas, abre violentamente ese absoluto e inmenso abismo en el que Dios – la persona infinita y el ser trascendente -, se contrapone a la criatura finita y a la persona finita. El nacimiento de la religión positiva, la etapa clásica de la historia de la religión, está en cierto modo extremadamente lejos de la posibilidad de existencia de la mística. El hombre se ve arrastrado a la conciencia de la dualidad, a la conciencia de un abismo sobre el cual apremia solo la Voz: la voz de Dios, que da sus órdenes y sus leyes en la revelación y la voz del hombre, en la oración. Las grandes religiones monoteístas viven en la conciencia de esta polaridad y de este abismo insuperable… Solo en este momento, cuando la religión ha recibido en la historia su expresión clásica, en la vida de un determinado credo y de una determinada comunidad, se hace posible la mística…Esta precisamente vislumbra el gran abismo y, siendo plenamente consciente, busca un secreto y una vía que lo supere e intenta restablecer sobre una nueva base la unidad destruida de la religión,

la unidad en la que el mundo del mito y de la revelación se encuentran en el alma humana…

En cierta medida la mística es por tanto una continuación de experiencias místicas, una confirmación a propósito de la cual solo puede ser ignorado el hecho de que existe una gran diferencia entre una unidad que precede a cualquier fractura y una unidad que se reconstruye en un nuevo salto de la conciencia.”

De este fragmento se desprende que el misticismo nace solo en determinadas condiciones históricos-doctrinales (la separación de Dios del hombre) y que esto ocurre siempre dentro de las religiones.

Otro factor que contribuye al nacimiento del misticismo viene de la capacidad creativa de la conciencia religiosa que renueva continuamente los valores religiosos tradicionales. El deseo de vivir nuevas experiencias religiosas dentro de las religiones ya constituidas es la fuente de la que mana el misticismo. El místico no renuncia a los valores religiosos compartidos sino que propone una nueva interpretación de estas. Así, por ejemplo, sigue hablando de creación, revelación y redención pero ya no les confiere el significado originario que se da en las religiones, sino más bien nuevos contenidos que proceden de la visión mística. En particular, la revelación ya no es un hecho histórico, único e irrepetible, sino que se convierte en una verdad religiosa que se repite continuamente. En general, el místico interpreta los acontecimientos históricos que se dan de manera singular en determinadas condiciones de tiempo y de lugar, como procesos eternos que se repiten en la conciencia del hombre. Así, la expulsión de los judíos de España en 1492 no es solo un acontecimiento único e irrepetible que marca un momento clave en la historia del pueblo hebreo, sino que se sigue renovando en la conciencia de los judíos  cada vez que sufren una persecución. El acontecimiento histórico, singular y único, el místico lo transforma en universal, fuera del tiempo y del espacio, y enraizado en la conciencia del hombre con el valor de una verdad religiosa. El místico no rechaza la historia sino que la universaliza.

De estas consideraciones se deduce que no existe un misticismo en sí, independiente de las formas de misticismo de la historia. Indudablemente existen aspectos en común entre ellas, pero no es suficiente para constituir el misticismo como tal. Es verdad que no han faltado propuestas para crear un misticismo universal . Sin embargo, a pesar de la fascinación que esa idea ha provocado, nunca ha llegado a la conciencia ni ha orientado la conducta práctica del hombre. Al menos por esta razón , si lo queremos entender correctamente, debemos referir el misticismo a cada una de sus manifestaciones: el misticismo hebreo, el misticismo cristiano, el misticismo islámico, etc…, sólo después de examinar algunos de sus aspectos comunes.

Todas las formas particulares de misticismo son idóneas para representar el deber ser utópico. Una de ellas, sin embargo, por las razones que se explicarán más adelante, se presta mejor a tal fin: se trata del misticismo hebreo denominado “Cábala”, que significa literalmente “tradición”. Aquí aparece una paradoja en el término “misticismo”: mientras, por una parte, designa un camino que va desde lo real hasta lo ideal saliendo de la historia, por otra significa justamente lo contrario, es decir, una tradición enraizada en la historia que hay que transmitir de generación en generación.

El misticismo hebreo, a diferencia del cristianismo e islamismo, ha influenciado profundamente el destino del pueblo hebreo. Esto se debe también al papel bastante limitado desempeñado por la filosofía nacional hebrea. Sobre este argumento destacan especialmente las palabras de Scholem: “El secreto del éxito de la Cábala está en que su relación con la herencia espiritual del hebraísmo rabínico es muy diferente de la filosofía…

En efecto, ambos, cabalistas y filósofos, transforman profundamente el viejo hebraísmo. Quiero decir que tanto unos como otros, en su relación con el hebraísmo, han perdido la ingenuidad: la ingenuidad de los textos clásicos de la literatura rabínica, en los cuales el hebraísmo clásico manifiesta su verdad sin reflexionar en ella. En la Cábala y en la filosofía el hebraísmo ha supuesto un problema: ambas ya no se expresan con inmediatez, sino que se disponen a deducir de algo una ideología que se propone salvar el viejo patrimonio real transfigurándolo con su interpretación. La filosofía y la mística hebraicas no han salido la una después de la otra, y la Cábala no es en absoluto una reacción a una manera creciente de racionalismo iluminista, más bien ambas, por decirlo así, se compenetran  y se condicionan recíprocamente… Poco a poco los cabalistas por primera vez han tomado conciencia de un conflicto existente entre una concepción puramente racional del mundo, obra de la razón, y un conocimiento del mundo conquistada –aparte de los medios racionales- siguiendo el camino de la contemplación y de la iluminación.”

La siguiente afirmación es característica del estado de ánimo de muchos místicos hebreos: “Debéis saber que los filósofos que exaltáis acaban justamente allí donde comenzamos nosotros.. Esta proposición tiene un doble significado: por un lado afirma que los cabalistas en su mayor parte indagan en un campo de la realidad religiosa que decididamente queda fuera del interés de los filósofos hebreos; por otro lado afirma que los cabalistas a menudo se apoyan en las espaldas de los filósofos y por lo tanto logran con mayor facilidad ver más lejos que ellos.”

En estas afirmaciones de Scholem encontramos una de las características típicas del misticismo, ya esbozada en la parte general del discurso: la intuición más allá de la razón. De aquí se deriva que el misticismo (basado en la intuición) y la filosofía (basada en la razón) presentan dos interpretaciones diversas de la misma religión hebrea. Por lo tanto, para comprender sus diferencias hay que comparar las interpretaciones.

La interpretación filosófica tiende a desvelar las verdades de la metafísica de Aristóteles, de Al-Farabi o de Avicena contenidas en el Hebraísmo mediante un proceso de generalización en el cual los acontecimientos destacables descritos en la religión adquieren categorías universales.

En cambio, la interpretación mística se centra en la compresión simbólica del hebraísmo. Mediante los símbolos se hace visible algo que está más allá de los significados que adquieren los hechos históricos. El símbolo no comunica ningún significado sino que desvela algo que está más allá de lo que de otra forma quedaría escondido   y secreto. El símbolo es el medio para desvelar los misterios de la divinidad. El mundo de la Cábala es un mundo de símbolos.

Las diferencias entre las dos interpretaciones se hacen más explícitas si se llevan al análisis de un caso particular: la Halakah ( la ley), que representa una de las fuerzas más vigorosas de la vida espiritual hebrea.

El filósofo hebreo siempre ha considerado la Halakah como parte esencial del patrimonio religioso del hebraísmo, al que se ha sometido, pero también lo ha considerado ajeno al interés filosófico: la filosofía no tenía nada que decir sobre la Halakah, obstucalizando así la posibilidad de incidir sobre uno de los aspectos más importantes de la vida religiosa hebrea. La postura de los cabalistas es diferente con respecto a la Halakah. No solo se han apropiado de ella lentamente, sino que la han reinterpretado confiriéndole nuevos significados. Por lo tanto, puede incidir profundamente en la conciencia del pueblo hebreo, que ve en la Cábala horizontes más amplios en una perspectiva de misterios y de símbolos. Estos misterios, difícilmente definibles pero dotados de extraordinaria fuerza emotiva socorren y dan fe a los hebreos cuando se les persigue. La filosofía en estos casos ha demostrado su incapacidad aristocrática para influir en los acontecimientos históricos. La Cábala, a diferencia de la filosofía, ha sabido interpretar la angustia de la vida cotidiana, guiando y reforzando la fe popular.

Concluyo estas breves reflexiones sobre el misticismo hebreo citando las siguientes palabras de Scholem:

“Las formas especiales del pensamiento simbólico, en las cuales la Cábala encontró expresión, pueden significar para nosotros poco o nada, aunque todavía hoy a veces no podemos evitar su potente reclamo; pero el intento por descubrir la vida escondida detrás de cada verdad y de hacer evidente el abismo en que se revela la naturaleza simbólica de los seres, este intento para nosotros que vivimos hoy es tan importante como la fe para los antiguos místicos. Porque hasta que se conciban la naturaleza y la humanidad como su creación… La búsqueda de la vida de la trascendencia oculta en esa creación seguirá siendo uno de los problemas más importantes del pensamiento humano”.

Tras haber definido los orígenes y la naturaleza del misticismo, con especial referencia al misticismo hebreo, retomemos el discurso sobre la utopía.

Los que justifica al misticismo hebreo como deber ser utópico actuable es su naturaleza paradójica, que se manifiesta también a propósito del nombre “Cábala”, según el cual está fuera y dentro de la historia. Por una parte, mientras el misticismo intenta trascender la historia, por otra , de la historia extrae su lenguaje para hablar de sus experiencias. El estar fuera de la historia lo sitúa como deber ser, mientras el estar en la historia lo hace emerger al principio que guía y orienta los acontecimientos humanos. El misticismo, entendido como deber ser utópico actuable , contiene en sí los principios generales del misticismo o las condiciones relevantes de su actuabilidad . Cuando se verifican estas últimas en presencia de las  primeras el hombre puede actuar según lo previsto por el deber ser utópico, mientras que el deber ser utópico justifica su acción.

Ese deber ser utópico se expresa mediante símbolos que representan las verdades que están más allá de los significados de los hechos históricos. La interpretación del deber ser utópico corresponde a la comprensión de las verdades ocultas por los símbolos.

Cabe preguntar si la utopía de este Milenio, basada en el misticismo, puede configurarse como vuelta al mundo del mito. Hemos visto que el misticismo se manifiesta solo cuando la religión destruye en el hombre el sueño de la unidad con Dios y le muestra el inmenso abismo en el que Dios, trascendental e infinito, se contrapone a él, criatura finita. Entonces, y solo entonces, muestra al hombre el camino para reconstruir la unidad mítica destruida por la religión.

Sin embargo, volver al mundo del mito significa superar todo lo que ha nacido de él, es decir, las grandes religiones, monoteístas o no, y sus doctrinas teológicas. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso la teoría de la vuelta al mito tiene un fundamento de validez? Si lo tiene se deduce que en el futuro de la humanidad podrían verificarse acontecimientos que llevarían al fin de las grandes religiones. ¿De qué acontecimientos se trata? ¿Cómo se justifican?.

Una característica específica de nuestro tiempo imposible de encontrar en el pasado es la ósmosis de las razas. El progreso científico y tecnológico está dotando a la humanidad de instrumentos y de posibilidad hasta ahora inimaginables: pensemos, por ejemplo, en el sector de los transportes, que permite transferencias en tiempo breve desde un lugar a su antípoda; en el desequilibrio siempre creciente entre pueblos ricos y pueblos pobres que obliga a estos a emigrar hacia las regiones más opulentas del planeta; en los ordenamientos jurídicos inspirados en el respeto de los derechos humanos en países más desarrollados, que favorecen la integración de los diferentes pueblos; en las barreras seculares de defensa de la raza que se van resquebrajando progresivamente; en las distinciones tradicionales, como por ejemplo la de “Oriente” y “Occidente”, que están eliminando sus diferencias y tienden a desaparecer. En general, estamos asistiendo a una mezcla de razas, que pierden lenta pero inexorablemente los rasgos específicos que les han distinguido desde tiempos inmemoriables.  Parece que la humanidad se está encaminando hacia la creación de la raza única e indistinta, por lo que si, supongamos, tuviera que aparecer en el escenario mundial un nuevo Hitler que propusiera la defensa de la raza pura  (cualquiera), perseguiría un fin inalcanzable ya que las razas ya no existirían y cualquier intento de hacerlas renacer estaría abocado al fracaso.

El hombre del futuro podría ser el resultado de un sincretismo de razas avalado genéticamente, un hombre sin raza, indistinto e indiferenciado, un hombre monótono.

La vuelta al mundo del mito no consiste en un simple retorno a ese mundo particular del pasado y caracterizado por la juventud de los pueblos. Ese mundo definitivamente ha muerto y está sepultado, no pudiendo regresar jamás. Cuando se habla del mundo del mito proyectado en el futuro se entiende un mundo nuevo y diferente, caracterizado por el hombre monótono y por todo lo que ello implica.

Una vez que la humanidad haya entrado definitivamente en este nuevo mundo del mito, el misticismo que lo había creado habrá cumplido su función y, así, podrá  disolverse. El misticismo, nacido después de que las grandes religiones hubieran superado el mito, se convierte en la fuerza unificante que reconstituye al mito. Si en el futuro la humanidad siguiera este recorrido, el misticismo sería el principio-guía.

Acercándonos a la conclusión de este trabajo, retomemos la distinción entre plano de ser y plano del deber ser para explicitarla más.

Con respecto al tiempo en que vivimos, la crisis del ser es mundial y comprende todas las manifestaciones de la vida humana y social. No faltan propuestas para escapar de ese estado sin recurrir a la utopía. De especial importancia es la decisión adoptada por el Parlamento de las Religiones Mundiales, de constituir una ética global de las religiones con el fin de establecer un diálogo entre los representantes de todas las religiones. Similar contribución ofrece la ética universal de la Masonería. Aunque las dos éticas fijan el objetivo de mejorar al hombre y de crear armonía en las relaciones sociales, su alcance es limitado. En efecto, la ética global de las religiones, aunque muy enraizada en la conciencia y en la buena voluntad de los proponentes, existe solo en cuanto proyecto. Se espera que pueda encontrar realización entre los hombres que comparten religiones diversas pero, según están las cosas, no va más lejos de la fascinación de la esperanza que causa.

¿Cuál es el papel de la Masonería en este proyecto? En el plano del ser la Masonería es una sociedad de hombres conducida e inspirada por principios éticos. En el plano del deber ser es una concepción del hombre inspirada religiosamente y velada por símbolos, y es precisamente su naturaleza simbólica la que la aproxima al misticismo. Por lo tanto el masón está predispuesto a utilizar el lenguaje simbólico para hablar de sus verdades. Así, está potencialmente orientado a conferir a los símbolos significados que van más allá de los hechos históricos a los que está ligada en cuanto sociedad de hombres.

Precisamente aquí ocurre la integración de la Masonería en el misticismo. El misticismo proporciona a la Masonería el fundamento intuitivo que es condición esencial de los rituales masónicos.

Como conclusión de este ensayo, tengo la esperanza de que las dos éticas antes examinadas, compartidas por muchos hombres y apoyadas en la utopía, pueden conducir a la humanidad hacia un futuro en el que la dignidad y el amor fraternal sean los principios en los que inspirarse siempre

BIBLIOGRAFÍA:

-Platón, “La República”.

- Plotino, “Las Enneadas”.

-Bacon, “La Nueva Atlántida”

-Campanella, “La Ciudad del Sol”

-Küng, “Por una Etica Glogal”.

-T. Moro, “Utopía”.

-Spinoza, “Tratado Teológico Político”.

-1ªEpístola de San Juan, 19-22.

-Henri Tart-Nouguès, “La Idea Masónica”.

-Gershom Scholem, “Las Grandes Corrientes de la Mística Hebrea).

Patrick Négrier, “El Templo y su Simbolismo”.

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REFORMA CONSTITUCIONAL

constitucionLa Constitución no puede ser reformada sin consenso. Varios dirigentes del PP aducen este argumento, desde hace ya meses, cuando se les sugiere que tal vez una reforma constitucional podría ser una salida, interesante para todas las partes implicadas, a la actual crisis territorial. Así lo dijo el propio Rajoy en el debate del pasado 8 de abril en el Congreso y Cospedal lo viene diciendo desde hace ya meses. Es cierto que parece aventurado —en realidad es formalmente imposible— intentar una reforma de la parte dura de la Constitución sin un amplio consenso, pero al decir esto el PP no aporta nada que no sepamos ni que no esté ya escrito en la Constitución, es decir, el procedimiento de reforma es muy exigente en lo que se refiere a las mayorías requeridas. Desde este punto de vista, las declaraciones de los dirigentes del PP son triviales y poco informativas: nos basta con leer la Constitución para saber que así están las cosas.

Pero en realidad este tipo de declaraciones no son tan banales como aparentan. Cuando Rajoy o Cospedal dicen que “no hay consenso” para la reforma de la Constitución quieren dar a entender que se trata de un hecho que poco o nada tiene que ver con ellos. Su objetivo es simplemente describir una realidad que —parecen sostener— les es ajena: no existe el grado suficiente de acuerdo para iniciar un proceso de reforma, “la voluntad de los españoles” no pasa por una reforma constitucional. Intentan decir algo así como “mirad, en realidad éste no es necesariamente nuestro sentir; nosotros nos limitamos a transmitir la voluntad del pueblo español”. De esta forma, renuncian a responsabilizarse por el momento de la parálisis que se vive y hacen como si la falta de consenso fuera algo que ocurriera en un universo paralelo en el que ellos no viven.

constituSin embargo, esto es meridianamente falso. Cuando una de las partes necesarias para la reforma, como lo es el PP, dice que no hay consenso está llevando a cabo un acto constitutivo: no existe consenso precisamente porque ellos afirman que no hay consenso. Es como si alguien en el altar, cuando le preguntan si quiere casarse, respondiera “no” e intentara hacer creer que es el público asistente el que no quiere que tenga lugar el matrimonio. No hay matrimonio porque esa persona dice que no quiere casarse, y por ninguna otra razón; y no hay reforma de la Constitución porque el PP dice que no hay reforma de la Constitución.No son novedad las trampas argumentativas en el discurso de algunos políticos, así como tampoco es noticia el cinismo con el que tratan a la ciudadanía. Pongo un ejemplo reciente de ello que, según algunos, se encuentra en la génesis de la actual crisis territorial. El PP impulsó por toda España una campaña de recogida de firmas contra la reforma del Estatut de 2006. Al parecer, era el pueblo español el que pedía a gritos una campaña de este tipo. El PP se limitó a poner los medios para que el pueblo español pudiera expresar su malestar. Aun admitiendo que parte de la ciudadanía española estuviera molesta por ese proceso, no cabe duda de que al poner en marcha esa campaña de recogida de firmas ese malestar se multiplicó, y no sólo eso, sino que, al intervenir el PP, ese discurso se legitimó institucionalmente. No estoy criticando exactamente la campaña del PP, que formaba parte de sus opciones —aunque en mi opinión fue totalmente irresponsable al atizar el fuego del sentimiento identitario y, de esta manera, la confrontación entre territorios—, sólo quiero hacer notar que eso que el PP llama “la voluntad de los españoles” está moldeada por sus intervenciones en la arena pública. “La voluntad de los españoles” es la que es en buena medida porque el PP proporciona ideas concretas y mensajes determinados a la ciudadanía. Por otra parte, esto no es exclusivo del PP. Todos los partidos influyen, o al menos lo intentan, en el ideario político de la ciudadanía. Lo peculiar del PP, al menos en el asunto de reforma de la Constitución, es que hagan pasar su posición por algo que les es ajeno. La postura del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en cualquier caso, es encontrar un terreno de diálogo con Pedro Sánchez para llegar a acuerdos sobre la defensa del modelo de Estado, sobre política europea y defensa y sobre regeneración democrática.

Así lo había trasladado el propio jefe del Ejecutivo en una reunión con la plana mayor del PP, y lo anunció en rueda de prensa la secretaria general del partido mayoritario, María Dolores de Cospedal, al término del Comité Ejecutivo Nacional. “Escucharé y espero que salga bien”, dijo Rajoy a los suyos. El presidente escuchó y finalmente mostró a Sánchez “su interés y su disposición a mantener un contacto fluido y permanente sobre los distintos asuntos de interés para España”.

Sería oportuno que Rajoy o Cospedal, cuando abordan esta cuestión, entonaran de manera diáfana su posición: “No va a haber reforma de la Constitución porque nosotros no queremos que la haya; ésta, y no otra, es la razón por la que no hay consenso”. No se ve por qué no deberían hacerlo, ya que ésta es una posición tan legítima como cualquier otra. En mi opinión, se trata de una posición suicida, pero como tal políticamente legítima. El problema, en todo caso, es que el nefasto inmovilismo de Rajoy, además de suicida para sus propios intereses, puede arrastrarnos a todos hacia un lugar del que sea difícil salir sin rasguños.

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Rajoy y la defensa de Montoro.


Para mi gran amiga Carmen Guisado, seguidora de mis post y ejemplo de tolerancia


El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no ha podido eludir esta mañana una pregunta sobre su actual ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, al que no ha dudado en apoyar. “Montoro es un magnífico ministro de Hacienda en un momento en el que es muy difícil serlo”, ha dicho el jefe del Ejecutivo al ser preguntado por una de las polémicas abiertas por el responsable de Hacienda respecto a la reducción de sueldos.

Montoro afirmó el miércoles que los salarios no están bajando en España“, sino que están “creciendo moderadamente en nuestro país”. Un día después, el presidente de la CEOE, Juan Rosell, corrigió al ministro y ayer mismo lo hizo la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, al reconocer el “esfuerzo” salarial de todos los españoles y pese a no querer evaluar las afirmaciones del ministro de Hacienda.

Si tuviera que quedarme con uno de los cómicos de este país, sin duda, ese sería Miguel Gila. Su humor ha soportado el paso del tiempo sin perder fuelle y sus monólogos siguen vigentes - algunos de ellos, para desgracia nuestra-. Lo confieso, sigo muriéndome de risa al volver a escuchar el relato de su vida, cuando contaba que en casa no lo esperaban y nació solo porque su madre había ido a pedir perejil a una vecina, o aquella llamada al colegio de su hijo para preguntar por la factura exagerada que había recibido: “Aquí dice: externado 14.000. ¿externado qué es, que va el niño al colegio y no entra?” y la guerra, claro: “Yo no sé si habrá balas para tantos, bueno, nosotros las disparamos y ustedes se las reparten”.

Últimamente, escuchando a Montoro, he vuelto a acordarme del surrealismo de don Miguel. Contaba Gila que él había llevado a la cárcel al mismísimo Jack el Destripador y como no era partidario de la violencia, detuvo al asesino con indirectas. Cada vez que se lo cruzaba por el pasillo le decía: “Alguien ha matado a alguien” “Alguien es un asesino…” hasta que Jack no pudo más y se entregó.

Gila ha debido de inspirar a Montoro que, últimamente, cada vez que se cruza por el pasillo con alguien que critica la política social del gobierno o le hace una pregunta incómoda, saca a relucir sus indirectas fiscales: “Alguien ha cometido fraude con alguien” “Alguien es un defraudador…” . Suele hacerlo, sobre todo, cuando le preguntan por Bárcenas y se jacta, valiente él, de nombrarlo- con su apellido y todo-, no como casi todos sus compañeros de partido, para los que el innombrable es como aquel señor de marrón que estaba siempre en el pasillo de la casa de Gila y no lo conocía nadie.

Cristóbal Montoro ha debido de pensar que la mejor defensa es un buen ataque y se levanta por la mañana dispuesto a callar la boca del primero que ose contrariarlo. Ya me lo imagino en el ascensor de alguno de los tres pisos que tiene en Madrid- aunque cobre 1.823 euros al mes en dietas de alojamiento, que lo uno no quita lo otro-, cuando coincida con el del tercero: “Oiga, don Cristóbal, mire, que si puede poner más baja la tele, es que la abuela tiene el sueño ligero y…” y Montoro interrumpiendo tajante: “¿La abuela? Mire, Pelaez, alguien debe recibos de la comunidad a alguien…” Fin de la conversación.

Debe de dar mucho gustirrinín sentirse poderoso para callar la boca a los demás en cualquier momento, sin tener que argumentar para llevar la razón, valiéndose del presunto conocimiento de los datos de la agencia Tributaria- a los que uno tiene fácil acceso por su condición de ministro-, para utilizarlo en la batalla política. Cuenta además con la ventaja de que no puede mencionar ningún nombre y claro, en el terreno de la insinuación se puede decir todo sin decir nada, otra cosa es que esto sea legítimo cuando quien habla es un miembro del gobierno.

Pensando en la altivez que luce orgulloso Montoro el Insinuador, vuelve a mí Gila, de nuevo, y el momento en el que Sherlock Holmes al ver el cadáver afirmaba: “Ha sido Jack el Destripador” y a la pregunta de: “¿Por qué lo sabe?” respondía: “Porque soy Sherlock Holmes y a callar todo el mundo”.

Por todo ello, me he hecho muy fan de Cristóbal Montoro, ganas me dan de forrarme la carpeta- en la que guardo mis facturas de autónoma- con la foto del ministro y un bocadillo a lo Forges que rece: “Te vigilo. Proclamo”. Por cierto, colectivos todos, primero fueron los actores, luego los diputados de la oposición y más tarde los tertulianos. Prepárense sexadores de pollos, funambulistas y patinadores artísticos, cualquier día recibirán la llamada de Montoro: “¿Es el enemigo? que se ponga”.

NOTA: El gran Gila, además de sus monólogos, hizo serias reflexiones. Ésta es una de mis favoritas: “El humor es el espejo donde se refleja lo estúpido del ser humano”.

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¿Para cuándo la regeneración democrática?

No se puede negar la profunda involución que estamos sufriendo en España en todos los órdenes, derivada de las políticas llevadas a cabo por el Gobierno del PP, que ha significado una profunda regresión democrática como consecuencia de una lectura limitativa de los propios principios de la Constitución.

La política del PP ha utilizado la crisis para hacer una política conservadora en su globalidad que ha afectado casi todos los ámbitos de la vida ciudadana, comportando una verdadera contrarreforma en cuanto a la limitación de los derechos sociales económicos y laborales de la ciudadanía que nos ha hecho retroceder casi hasta los momentos predemocráticos.

Nada se ha escapado de la política de contrarreformas del PP, desde los derechos globales hasta los derechos individuales de las personas, todo hecho además mediante una actuación legislativa carente de debate democrático y fundamentada en el uso abusivo del Decreto Ley y el desprecio al resto de las fuerzas políticas.

Para afrontar esta situación y para dar esperanza a la ciudadanía se debería dar un fuerte compromiso de Regeneración Democrática, avalado por parte de todas las fuerzas políticas y sociales de progreso, firmado y ratificado, a fin de revocar toda la legislación antisocial y reaccionaría del PP, como base para impulsar un paso adelante y unas políticas antitéticas a las de la derecha reaccionaria que nos ha gobernado.

Se trataría pues, ni más ni menos, del compromiso de todas las organizaciones de izquierda y progresistas para derogar lo antes posible, es decir cuando el PP y la derecha pierda su mayoría absoluta, de forma urgente y sin excusas toda la involución legislativa efectuada en esta última legislatura.

A este fin se debería elaborar una propuesta de ley “ómnibus”, similar a la que utilizó en Cataluña el Gobierno de Artur Mas, con la colaboración del PP, y que eliminó todos los aspectos de progreso introducidos por los gobiernos tripartitos. En este caso sería al revés, se trataría de eliminar de una vez toda la legislación involutiva del PP y la derecha.

En cuanto a la reforma legislativa, el acuerdo de las fuerzas políticas y sociales de progreso debería incluir a modo de ejemplo:

• Revocación de la última Reforma Laboral

• Revocación de la Reforma de las Pensiones

• Revocación de la LOMCE • Revocación de la Ley de Costas

• Revocación de la ley de composición de los órganos del Poder Judicial.

• Revocación de la Ley de la Justicia

• Revocación de la Ley de Estabilidad presupuestaria

• Etc.

Asimismo deberían establecerse compromisos destinados a combatir los efectos de las políticas antisociales de los populares en campos como los de la educación, la sanidad, los servicios sociales, etc., potenciando sus partidas presupuestarias.

También se deberían de establecer compromisos en temas como inversión en Investigación y Desarrollo, en potenciar las energías alternativas y el desarrollo de infraestructuras e industrias innovadoras.

El compromiso también debería abarcar a las posibles agresiones que pueda efectuar el PP en el ámbito de las libertades individuales, sea en temas como el aborto o con respecto a los derechos de las nuevas formas de vida familiar.

Otro aspecto fundamental del compromiso deberían establecerse en torno a una profunda reforma fiscal, que permita de una vez por todas a que paguen los que se han beneficiado de la crisis, las grandes fortunas, los especuladores, los defraudadores y evasores, la economía sumergida, la iglesia etc. Asimismo sería necesario que la gran banca hiciera la oportuna devolución a la sociedad de la inmensa inversión efectuada por la sociedad en su saneamiento y no correspondida por el incumplimiento de su función de intermediario financiero que deberían haber hecho llegar la financiación a la sociedad.

También habría que establecer un acuerdo para eliminar los efectos centralizadores de las políticas del PP y establecer el respeto y la potenciación del carácter plurilingüe y plurinacional del Estado.

Este Compromiso, no pretendería ser ni un Programa de Gobierno, ni una plataforma de unidad electoral, sino simplemente un compromiso político de las fuerzas firmantes para garantizar políticamente y parlamentaria la regeneración democrática que el país necesita, al margen de la fórmula de gobierno.

Es evidente que si la correlación parlamentaria lo permite podría conllevar a abrir la puerta a una Reforma Constitucional que garantizara de forma más profunda y duradera los compromisos establecidos. Pero no debería ser el objetivo básico para un gran acuerdo unitario.

Es evidente que la presentación de un compromiso de este tipo que podría ser presentado por las fuerzas sociales, los propios sindicatos confederales o la Cumbre Social a las diversas fuerzas políticas también serviría para que estas tuvieran que retratarse ante la ciudadanía con unos inequívocos compromisos electorales. La propuesta debería estar abierta a la firma de todas las fuerzas políticas que se reclaman de izquierdas o progresistas que lo deseen. La no firma también sería demostrativa de sus voluntades.

Un Compromiso para la Regeneración Democrática sería hoy en día un elemento que podría permitir elevar la moral de la sociedad, ilusionarla y avanzar en una propuesta que tenga como objetivo conseguir una hegemonía del pensamiento de progreso frente a la actual hegemonía de la derecha.

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El informático.

Para mi amiga querida Begoña, con una recomendación: Léelo y pon nombre y apellidos.

El lenguaje permite que nos expresemos sin echar la culpa a nadie, y mucho menos a nosotros mismos. Por ejemplo, decimos “la acera se agrietó”, oración en la cual el agente y el paciente son la misma cosa: la acera. Y de ese modo reflejamos sucesos en los que parece que no hay nada que hacer.

Así ocurre también con verbos como “llueve” o “nieva”, de forma que la lluvia llueve y la nieve nieva, ya que la nieve hace nevar y la lluvia hace llover, o la lluvia se llueve y la nieve se nieva, sin intervención del ser humano. Sucede igual con la expresión “hace frío”, en la que el frío se construye a sí mismo. Se trata de oraciones redondas, por tanto; oraciones sin culpa.

Y realmente poco podemos hacer para que la acera no se agriete por efecto del sol o del agua y el hielo (salvo repararla, claro; pero una vez que ya se agrietó). Y tampoco parece fácil evitar que llueva, nieve o ventee. En ese sentido, la lengua responde a una ética: no hay sujeto gramatical porque no hay nadie a quien podamos responsabilizar.

El lenguaje pone a nuestro servicio un mecanismo muy preciso, formado por tuercas, tornillos, correas, engranajes (verbos, artículos, adjetivos, conjunciones…), que funcionan y encajan a la perfección a fin de expresar ideas claras. Esa maquinaria se inventó para la mutua comprensión de las personas, y sin embargo la retorcemos de tanto en vez por razones menos claras. La elusión de responsabilidades suele figurar entre ellas.

Así, entre unos y otros vamos creando frases hechas que circulan a sus anchas y a sus largas por los textos informativos, conformando la idea de un mundo en el que ciertas cosas ocurren por algún designio incontrolable. Un avión se retrasa “por razones operativas” o “por razones técnicas”; los precios “han tenido un comportamiento al alza”, y los datos equivocados sobre el patrimonio de la infanta Cristina entregado por Hacienda al juez fueron consecuencia de “un fallo informático”; expresiones todas ellas en las que el verdadero desencadenante de la acción se camufla: los aviones no parecen tener operadores ni técnicos, los precios se comportan solos sin que nadie los suba o los baje, y los programas del ordenador han adquirido vida propia.

En el caso de las famosas fincas cuya venta atribuyó Hacienda a la Infanta, del fallo informático pasamos a una equivocación “en la carga de datos”, y luego resultó que todo se debía a “errores atribuibles al procedimiento”, según la respuesta del ministro Cristóbal Montoro. Los errores solo tienen autores gramaticales. ¿De quién es la culpa? Del procedimiento. Y ahí nos quedamos. ¿Y cómo se erró en el procedimiento? Pues con la carga de datos. ¿Y por qué se hizo mal la carga de datos? Por un error informático.

Oímos con frecuencia esta última respuesta en la vida cotidiana. ¿Quién causó que los ordenadores de nuestra oficina se vinieran abajo? El fallo informático. Es decir: ¿Quién tiene la culpa del error? El error mismo. Igual que la acera que se agrieta y la lluvia llueve y el frío se hace solo.

Si sabemos que una persona murió de dos disparos y preguntáramos ¿por qué murió Fulano?, esta extendida técnica de omisión nos daría la siguiente respuesta: murió porque recibió dos disparos. Y si insistiéramos: ¿pero quién hizo los disparos?, nos responderían: los hizo una pistola.

La adición de un adjetivo a las palabras “error”, “fallo” o “equivocación”, y la omisión correspondiente de un sustantivo semejante al calificativo mencionado salva siempre al responsable de la pifia: “el error administrativo”, “el fallo técnico”, “la equivocación judicial”… Nunca “el error de un administrativo”, “el fallo de un técnico”, “la equivocación del juez”. Estas últimas expresiones, si se pronunciaran con todos los elementos gramaticales disponibles, nos inducirían a reclamar responsabilidades a las personas concernidas, pues representaríamos en nuestra mente que la acción fue causada por seres humanos y no por ideas abstractas o fenómenos de la naturaleza.

Un viejo aforismo jurídico dice que “la causa de la causa es causa del mal causado”, pero las explicaciones que el poder suele brindar ante sus errores intentan a menudo quedarse en la causa inmediata, para camuflar la idea de que existe una causa remota que a su vez es causa de la causa.

El truco consiste, pues, en alejar gramaticalmente a las personas de los fenómenos que ellas mismas provocan. Así, no aumentan los delincuentes, sino la tasa de delincuencia (o el índice de criminalidad); o cae el empleo, o la economía se enfría, o el crédito se desploma; evidencias físicas que se nos presentan con la misma distancia con la que hablamos de la mayonesa que se corta o de la planta que se seca.

Claro está que sufrimos fenómenos que no podemos controlar. Nadie ha inventado aún la forma de evitar que se haga de noche o de que el invierno llegue después del otoño. Pero si la leche hirviendo se sale del recipiente y las begonias se nos amustian, la culpa no será del exceso de calor ni de la falta de agua, sino del informático que programó el ordenador central de la casa.

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Las tres monedas en el 2025

Quienes acostumbren a husmear en las páginas de opinión y en las secciones de finanzas y moneda de la prensa más autorizada al respecto –por ejemplo, The Wal Strett Journal, Finantial Times, o The Economist- habrán detectado, en las semanas precedentes, la aparición de un interesante debate: concretamente el suscitado entre banqueros y economistas, a propósito de cómo sería nuestro mundo si el dólar estadounidense perdiera su peculiar estatus de única moneda de reserva mundial y pasara a ser, simplemente, una de las tres monedas de este tipo junto al euro y el yuan. El debate se suscitó después de un informe del 7 de junio del Banco Mundial sobre los principales cambios en las economías mundiales en el que se señalaba que media docena de países (Brasil, China, India, Indonesia, Corea del Sur y Rusia), al convertirse en los principales protagonistas del crecimiento económico mundial, estos países están perdiendo su dependencia del dólar como moneda de referencia en sus intercambios financieros y se desplazan hacia un régimen con al menos tres monedas de reserva. Como sugirió Finantial Times, la era de la primacía del dólar está llegando a su fin.

El debate sin duda habrá obtenido un estímulo adicional en una edición especial de The Wal Street Journal de Agosto (¡10 artículos nada menos!) sobre el creciente vigor financiero chino, donde se sugería que, dada la firma apreciación de su valor y los enormes excedentes de capital de China, el yuan podría conseguir el estatus de divisa reserva más pronto que tarde. Y ciertamente atraerá aún más atención después de que la Agencia Moody´s haya advertido que pronto podría rebajar la calificación crediticia del Gobierno de Estados Unidos, más aún de la última calificación y del caos formado por el ataque de los republicanos a la Administración de Obama y las acusaciones de los demócratas de que el mayor déficit lo habían causado las deficientes políticas fiscales de los Gobiernos republicanos.

Este debate es inmaduro, ya que no aborda los puntos principales: el crédito de Estados Unidos está en cuestión, una calificación más baja (como se puede esperar) significaría tipos más altos de interés ( en tiempos nada propicios) y el país podría perder su excepcionalidad y verse sometido cada vez más a las severas evaluaciones crediticias bajo las que se desenvuelven todas las demás monedas y naciones. No es un panorama alentador, la verdad.

Hagamos, por un momento, el esfuerzo de conceder verosimilitud a la materialización real de ese mundo, en torno al año 2025, con esas tres divisas como monedas de reserva igualmente poderosas. Y es que llega a dar dolor de cabeza leer la abundancia de opiniones de estridentes expertos que “demuestran” que el billete verde mantendrá una condición inexpugnable, debido a la especial posición de hard power de Estados Unidos en el mundo, debido al papel que desempeña el dólar como puerto seguro en las tempestades globales, debido al prestigio sin igual de la Reserva Federal, y demás argumentos adjuntos del mismo género; y debido –lo que resulta muy difícil de digerir- a que los actuales déficits, pausada pero firmemente, desaparecerán.

Dejemos también a un lado nuestra consideración acerca de la situación, realmente mala y estúpida, en la que se encuentra la Unión Europea a causa de sus incoherentes políticas sobre las asombrosas deficiencias fiscales de algunos de sus más irresponsables Estaos miembros. Tal vez, como piensa el Banco Mundial, resurja con más fuerza en el futuro, debido a su peso total en el sistema comercial e industrial global. Y tratemos de olvidar también los problemas (muchos de ellos hábilmente manejados por Pekín) a los que se enfrentan las posibilidades de que el yuan sea una moneda de reserva plenamente comerciable a escala mundial.

Asumamos, a favor del argumento, que en 2025, Gobiernos, bancos nacionales, bancos privados, operadores de divisas, corporaciones multinacionales, compañías petroleras e individuos particulares habiten un mundo con más de una moneda de reserva en la que depositar las propias reservas de dinero.

Entonces ¿qué? Lo que sigue no puede ser sino tentativo y teórico, pero tiene el legítimo propósito de pedir a los lectores de este artículo que imaginen cómo sería un mundo de triple moneda de reserva. Seguramente la transición no estaría exenta de turbulencias fiscales, pues la historia no registra ningún caso en el que el sistema internacional se mueva de una estructura a otra mediante el suave método de pasarse el bastón de mando, sin ganadores ni perdedores. Incluso los presuntos ganadores – el euro y el yuan, en su realzado nuevo estatus- podrían resultar perdedores en algunos aspectos, si van a tener que lidiar con las indudables responsabilidades internacionales con las que cargó el Banco de Inglaterra durante un siglo y el Tesoro y la Reserva Federal norteamericanos durante cerca de 70 años.

Los grandes ganadores serían en ese escenario los comerciantes, esos operadores hábiles e insensibles en el mundo sin fronteras de hoy que no tienen lealtades nacionales sino que emplean cada segundo del día buscando ventajas marginales. No han hecho sino destruir toda racionalidad en los mercados de materias primas (donde, por ejemplo, en realidad no compran futuros de cobre porque produzcan cable de cobre; lo compran para venderlo al día siguiente con un 15% de beneficio), pueden comerciar contra una moneda nacional hasta dimensiones perjudiciales y pueden hacer subir y bajar los precios del transporte global hasta grados alarmantes. Podrán hacer su agosto cuando haya tres monedas globales de reserva con las que jugar.

Por otra parte, ¿no querrán ser menos dependientes de una sola moneda los sensibles gestores del fondo soberano de inversión de Dubai? ¿No querrá serlo el fondo de pensiones de los empleados estatales de Noruega? ¿No querrá serlo un nuevo multimillonario ruso? ¿Por qué no extender las apuestas y repartir los huevos en más de una cesta? Después de todo, en 2025 las tres mayores economías del mundo serán, con diferencia, Estados Unidos, la Unión Europea y China- casi iguales, según diversas estimaciones- así que ¿por qué debería una de ellas cargar con el peso de tener la única moneda de reserva? Ya ahora, solamente cerca de un 61% de las reservas extranjeras está denominado en dólares, y la cifra cae cada año. Como dice los expertos, en el futuro, su suerte está echada.

Si todo eso sucede en 2025 o sucede 10 años más tarde, las consecuencias para Estados Unidos serán colosales. Quizá sea un alivio no cargar con el peso de la moneda reserva, tambaleándose al modo de un titán fatigado. Pero la transición tendrá un costo. Se habrán acabado los días en que el país podía encontrar vía de escape a sus descomunales deudas simplemente imprimiendo más dólares, mientras ningún otro país podía hacerlo. El resto del mundo dispondrá para entonces de nuevas opciones, y Moody´s y sus agencias de calificación hermanas podrían seguir bajando de categoría a Estados Unidos, haciendo de él un país normal que bien podría –horror- tener que adoptar las mismas buenas reglas de administración doméstica respecto a impuestos, gastos déficits que Alemania o Suiza.

No lo van a tener fácil. Y la patente incapacidad de los políticos norteamericanos para pensar en términos estratégicos bien podría precipitar eses nuevo, inestable y quizá hostil orden mundial. Los mas bien oscuros y técnicos artículos de la prensa financiera podrían traer aparejado un significado mucho mayor para el futuro de nuestro planeta que toda la fanfarria publicitaria a propósito del último iPod. Pues este último es sencillamente una herramienta que nos facilita las cosas. Pro las monedas son las que hace que el mundo gire.

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Me asquea.

Podría ser la lealtad, la decepción o el cinismo, pero no es ninguno de estos apasionantes asuntos. En el fondo, la gran cuestión es el autoengaño de algunos de los que se dedican a la política. He vuelto a ver la última película dirigida e interpretada por George Clooney, Los idus de marzo, toca algunos de los fenómenos clásicos que rodean el oficio de gobernar o intentarlo, como los que mencionaba antes, pero lo que la convierte en una obra atractiva es, justamente, el hecho de poner el dedo en la llaga del autoengaño que determinados profesionales del poder practican con más o menos habilidad. Los personajes principales de esta historia no serían nada sin la habilidad para autoengañarse y conseguir, de esta manera, completar su misión en este incesante comercio de los hombres, para decirlo a la manera de Montaigne.

Se ha escrito y se ha hablado mucho de cómo los políticos -ciertos políticos, para ser justos- engañan a la ciudadanía. El político como farsante o mentiroso es uno de los grandes arquetipos, presente en todas las sociedades y todas las épocas. La mentira política es un género que, desgraciadamente, no ha perdido vigencia, aunque disponemos de más herramientas que nunca para detectarla y denunciarla. Su trascendencia ha dejado en segundo término el autoengaño que se hace el político a sí mismo, un comportamiento que no es exclusivo de personas estúpidas o con poca formación. ¿Por qué un cargo destacado de un u otro partido tendría que autoengañarse sobre los límites y naturaleza de su función? La pregunta exigiría un seminario para sacar algo en claro, pero apunto tres hipótesis.

En primer lugar, el autoengaño puede servir para desplazar la responsabilidad sobre lo que se hace, sobre lo que no se hace y sobre lo que se hace de manera incorrecta; la conciencia necesita un mínimo de confort en un entorno donde la toma constante de decisiones puede emborrachar. En segundo lugar, el autoengaño es imprescindible para justificar todo lo que no es justificable a primer vistazo, para construir un relato que fundamente la generalización y la normalización social de determinadas actitudes irregulares o claramente poco o nada ejemplares. Y, en tercer lugar, el autoengaño es una forma de supervivencia que elude la autocrítica y la necesaria confrontación entre acciones y principios, hechos y discursos.

Clooney decía, en una entrevista que le hizo Gabriel Lerman, algo que todo el mundo ha pensado alguna vez al observar ciertos comportamientos de algunos de nuestros representantes democráticos: “Siempre me sorprende cuán tonta puede ser la gente en política y las cosas que cree que puede hacer con total impunidad. Suele ser el resultado de haber estado mucho tiempo en el poder y de que no haya nadie que te diga que no. Como nadie te ha atrapado, sigues igual, pensando que vas a seguir impune. Hasta que pisas un barranco y caes”. Clooney no habla de nuestro país, pero podría hacerlo. Estos días, estamos viendo cosas preocupantes. Se puede hacer carrera política, y a la vez, ser propietario de o tener intereses importantes en empresas que reciben encargos directos de las mismas instituciones donde uno ejerce responsabilidades relevantes. Se puede salir de un cargo de gobierno e ir a trabajar, sin tiempo de barbecho, como directivo a una empresa estrechamente vinculada al área de tu gestión anterior. Estos son ejemplos reales de aquí y de ahora mismo, protagonizados por políticos diversos de partidos bien diferentes.

Mientras el engaño del político es un corrosivo de la confianza del ciudadano en las instituciones, el autoengaño -una vez descubierto- pone en evidencia un juego embrollado de razones oscuras que sustentan la temeridad convertida en hecho cotidiano. En el fondo, ahí late el derecho al reparto del botín del que habla Canetti como la ley primera del clan. Como compensación por las muchas horas dedicadas sin descanso, abnegadamente, a la causa. Quien se autoengaña, cuando es descubierto pisando la raya, invoca las otras vidas que hubiera tenido si no hubiera dedicado los mejores años de su vida al partido, al proyecto. Entonces, la impunidad se disfraza de sacrificio y todas las faltas o irregularidades pueden ser explicadas como efectos colaterales, casi inevitables, de una opción de vida que el hombre de la calle nunca comprenderá, porque no ha tenido acceso a la trastienda extenuante de esta alquimia singular.

Para que el autoengaño prospere, el cinismo debe disolverse. Parece una paradoja pero no lo es. El cinismo mataría a la estrella de la función. El cínico nunca pierde de vista la distancia entre lo que es y lo que tendría que ser, tiene esa lucidez tan higiénica pero al mismo tiempo tan molesta para transmitir autenticidad, que es el metal precioso de la política. En cambio, el político que se autoengaña puede resultar convincente y auténtico porque consigue tragarse su fábula como si fuera la verdad, y prefiere correr el riesgo de parecer un tonto ingenuo absorbido por las obligaciones y el trabajo que cualquier otra cosa. En Los idus de marzo, los personajes acaban aprendiendo algunas cosas importantes sobre ellos mismos. Me temo que, en nuestra película real, sería una exageración esperar tanto de los que forman el elenco habitual. Mismamente es lo que está ocurriendo hoy en este país, y en otros de nuestro entorno. Si pueden y no la han visto, véanla; si la han visto, vuelvan a verla. Aconsejo.

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Más culpables…


tren2

Si el tren que descarriló en Angrois hace unas semanas no llevara maquinista las culpas discurrirían mejor repartidas, serían más frías, más, todavía si cabe administrativas y además de sembrar las inquietudes sobre el progreso y la tecnología que presuntamente nos hace la vida más fácil, nos hundiría en una espesura incomprensible, llena de sistemas de frenado, seguridad AFSA, versiones ERTMS, trenes híbridos, balizas, geometrías de curvas difíciles, sofisticados sistemas de aviso, el pedal deadman, sistemas, ingeniería, fomento, toda esa materia de la aparente vanguardia que al final nos ha venido a certificar que todo depende de un solo operario. De una llamada telefónica inoportuna, en el momento más inadecuado y en el peor de los tramos. Un despiste fatal. Un error que multiplicado por 79 muertos han dado como resultado 79 dramas y uno más: el del operario imprudente, que hacía el trayecto varias veces por semana, experimentado profesional, un culpable propiciatorio, la víctima de la cara B, desvelado de por vida, otro shock postraumático en estos días donde la atmósfera se llena de densa culpa otorgada a dedo y facilitada por la confesión en el ingrato camino de la cadena de grados.


El Alvia Madrid-Ferrol llevaba maquinista a los mandos de un tren desarrollado para la alta velocidad con tramos de riesgo altos que descarriló en una curva que no dispone de ancho de vía AVE y donde el sistema de señalización aplicado en este tipo de vías no estaba instalado por fallos de transición que, según ha explicado el presidente de Renfe, significa que el sistema paraba cuando no tenía que parar y en eso, en perfeccionar el sistema, estaban los fabricantes.

Pero más allá de la investigación y encajar las piezas del puzzle, la pregunta que nos asalta es cómo es posible que en las más de cinco horas de viaje Madrid-Ourense haya espacios en manos de un solo hombre del que todo depende sin un sistema de correcta señalización. El maquinista de la curva de A Grandeira establece el error humano de la tragedia, pero en la unidad de destino de las culpas y la responsabilidad no debiera perderse de vista el factor técnico de la previsión y el control de riesgos. El azar y la mala suerte han juntado en la tragedia a los pasajeros de un tren descarrilado a 4 km. de Santiago en la víspera de su patrón y en la órbita a un presidente gallego. Esto sólo son casualidades en las que se puede creer pero no puede ser casual la existencia de un único error por la falta de dominio de la alerta de un solo hombre al que le sonó el teléfono en un minuto vital para la seguridad y después, cuando ya era tarde, no supo ni donde estaba.

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Más alimentos, menos desperdicio.


Es urgente constatar una paradoja alarmante. Por un lado, la FAO (Agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura) dice que la producción mundial de alimentos deberá aumentar en un 70% para abastecer a los 9.000 millones de personas que poblarán el planeta en el año 2050. Pero, al mismo tiempo, reconoce que hoy por hoy alrededor de un tercio de la producción de comida termina en la basura. La Comisión Europea estima que cada año desperdiciamos 89 toneladas de alimentos, lo que equivale a 170 kilogramos de desperdicio por cada ciudadano europeo. España es el sexto Estado de la UE que más comida echa a perder: casi 8 toneladas cada año. Según el informe Save Food, elaborado en 2011, Euskadi es la cuarta comunidad autónoma (tras Andalucía, Madrid y Galicia) con mayor tasa de desechos alimentarios evitables debido a la mala planificación o al mal almacenamiento: el 7,7% de los alimentos desperdiciados podrían ser evitados si tomáramos las medidas necesarias.

Los datos son alarmantes en sí mismos, pero lo son aún más en estos tiempos de crisis e imposición de austeridad. Según datos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, uno de cada cuatro menores sufre malnutrición en España. Este es uno de los datos que más preocupó al comisario europeo de Derechos Humanos, Nils Muižnieks, en su visita a España a principios de junio. El 19 de enero de 2012, el Parlamento Europeo adoptó la resolución sobre cómo evitar el desperdicio de alimentos: estrategias para mejorar la eficiencia de la cadena alimentaria en la UE (2011/2175 (INI)). El Parlamento Europeo hacía así un llamamiento para que todos los actores de la cadena alimentaria se implicaran decididamente con el fin de limitar al máximo los residuos alimentarios. Pedía también a la Comisión Europea que concediera “prioridad en la adjudicación de contratos a las empresas que garanticen una redistribución gratuita entre las categorías de personas sin poder adquisitivo” e instaba a la Comisión a que proclamara 2014 como Año Europeo contra el Desperdicio de Alimentos.

España es el sexto Estado de la UE que más comida echa a perder: casi 8 toneladas cada año. Euskadi es la cuarta comunidad autónoma con mayor tasa de desechos alimentarios evitables

Los poderes públicos deben tomar medidas que aseguren la

En este contexto, el Parlamento navarro dictó hace unos meses la Ley Foral 7/2013 sobre utilización de residuos alimenticios en la que, haciéndose eco de la citada resolución del Parlamento Europeo, reclama la elaboración de un código de buenas prácticas de distribución sobre los excedentes alimentarios con el objetivo de “mejorar la eficiencia de los procesos para reducir los excedentes de alimentos aptos para el consumo”, “establecer mecanismos para que los excedentes de estos productos sean entregados a organizaciones sociales y distribuidos entre las personas con más necesidades” y “contribuir a concienciar a toda la cadena alimentaria, desde productores a consumidores, de la necesidad de realizar un consumo responsable y de reducir el derroche de alimentos”. Este mismo año, el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente ha presentado la estrategia Más alimento, menos desperdicio con la que aspira a reducir a la mitad antes de 2020 la cantidad de comida que termina en la basura por falta de previsión o planificación.

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En los últimos años han surgido movimientos ciudadanos de solidaridad que han llevado a cabo sugerentes iniciativas con un gran impacto, tales como la recogida y posterior distribución de comida que había sido apartada en restaurantes y supermercados, o la eficaz intermediación entre organizaciones sociales, bancos de alimentos, productores y agricultores. Es de justicia reconocer la importante labor desarrollada por estas redes ciudadanas, así como las campañas de concienciación y denuncia protagonizadas por padres y madres que tratan de buscar una solución a la gestión de los residuos alimenticios en comedores escolares.

Siguiendo el alentador ejemplo de estos movimientos ciudadanos, los poderes públicos deben tomar las medidas necesarias para asegurar la gestión responsable de los residuos alimentarios. Una sociedad cohesionada sencillamente no puede permitir que algunos de sus miembros pasen hambre cuando hay comida suficiente para todos. Los poderes públicos deben “adoptar medidas (…) hasta el máximo de los recursos disponibles, para lograr progresivamente, por todos los medios apropiados (…) la plena efectividad” de los derechos sociales (artículo 2.1 del Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales). Especialmente en estos tiempos de crisis, evitar que un recurso tan básico como la comida termine innecesariamente en la basura debe ser un objetivo prioritario para los poderes públicos. En la gestión de los alimentos, la austeridad sí que tiene sentido.

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UNAMUNO.


Bien es cierto que Unamuno, ante todo un gran intelectual, no ayuda mucho a una comprensión inteligible sobre sus ideas. Hay que vivir con razón, sin razón o contra ella, decía. Y es que tuvo muchas ideas, en todas las facetas posibles (políticas, religiosas, sociales…), muy variadas, muy cambiantes y hasta a veces contradictorias. Una personalidad, por tanto, compleja, apasionada, con carácter, inquieta, rebelde, contestataria, en crisis continua, con sentimiento trágico de la vida, versátil, se definía como “orejano”, que es la res que va sin marca ni señal y como “hombre entero” a diferencia del “hombre partido” o de filiación política concreta. Machado dijo de él cuando murió que quizás estaba en guerra contra sí mismo.

Él mismo reconoció su vocación filosófica cuando, de niño, al ser requerido a que dijera algo, decía “algo”. O la literaria cuando hacía de cuentacuentos de sus compañeros de colegio. Dicen, por otra parte, que dando una conferencia y al referirse al insigne Shakespeare lo pronunció castellanizándolo por Chaquespeare, lo que originó que parte del público le increpara y él sin inmutarse continuase dando la conferencia en inglés, idioma que dominaba junto al castellano, euskera, griego, latín, francés, catalán, portugués, alemán, italiano, danés, sueco…

Para empezar, hagámoslo cronológicamente con las ideas de un joven Unamuno. Sobre el idioma castellano: “El castellano no ha sido lengua indígena en mi tierra y aun los que lo hemos hablado desde la cuna hémoslo hablado siempre como lengua pegadiza”. Sobre el pueblo vasco: ” El pueblo vasco ha sido un pueblo mudo; ha sabido hacer grandes cosas, pero no contarlas”. Y argumenta que su historia ha sido callada, hacia dentro, fuera del tablado de los pueblos teatrales y bullangueros. En julio de 1876, con Cánovas presidiendo el Gobierno español, se dictó la ley abolitoria de los fueros. Unamuno “llora la decadencia de la raza vasca, invoca al árbol santo de Gernika, y maldice la corrupción de allende el Ebro”. Incluso escribió una amenazadora carta anónima al rey Alfonso XII. Y más adelante llegaría a manifestar que Sabino Arana (al que llamó hombre singular y todo poeta), criado en la misma época y ambiente, le debía a él su bagaje intelectual.

Ahora bien, fue sobre todo su posicionamiento sobre el euskera lo que le ha granjeado la enemistad en su tierra. En su tesis doctoral, sobre el origen de la raza vasca, dejo entrever sus dudas sobre la capacidad del euskera para adaptarse a los tiempos modernos. No obstante, intentaría infructuosamente, ya que estaba predestinada para Azkue, conseguir la cátedra de euskera convocada por la Diputación de Bizkaia. Más tarde, en los Juegos Florales de 1901, daría la puntilla al asunto diciendo que el vascuence era una reliquia del pasado y que se encaminaba hacia su extinción. Pero la verdad es que entre este afán provocador típico de Unamuno, las labores calladas de lingüistas como Azkue, el proyecto político de Arana (que opinaba también, en su caso buscando revitalizarla, que el euskera tal y como estaba era casi una molestia que solo servía para hablar de las labores del campo) y un pueblo cada vez más concienciado, consiguieron mantener viva la llama del idioma.

Otra de sus frases celebres, también imputada a Baroja, es la que dice que el nacionalismo se cura viajando, cita que enmarcada en su defensa de la República iba dirigida a los falangistas. Y el final de su último e improvisado discurso, en 1936, en el inicio de la guerra “incivil” (término suyo), dirigido en público al general legionario golpista Millán-Astray, es apoteósico y premonitorio: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Sería conveniente que en cada generación hubiese al menos una persona con el talante intelectual de Unamuno, discípulo ensayístico de otro Miguel y vasco, Montaigne y maestro del excelso Borges. No importa no coincidir con él en sus ideas y planteamientos, ya que hasta él mismo se contradice. Sin embargo, su aportación y actitud sirven de guía para mantener la mente despierta, para cuestionarlo todo, para tener un espíritu crítico y no ser domesticable y, en el fondo, para poder dar un cierto sentido a la propia existencia.

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