DESPERTATE. Por favor.
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China Zorrilla: “Una reverenda porquería. El escritor, un hijo de puta. Es lamentable que en el espectro literario digital se le de cabida a una historia repleta de inconsecuencias argumentales, por no mencionar las cochinadas, las promiscuidades poéticas del autor, que aún no conocemos. Una mierda.
Mariano Grondona: “Son izquierdistas. Golpistas. Zurdos”.
Marcelo Tinelli: “Me aburrió desde la primera frase. No hay feelling. No hay feedback. No hay bloopers. Sólo gente ordinaria que tiene granos y se tira pedos.
Susana Gimenez: “No apoyan la pena de muerte. Yo los mataría a ellos. Sobre todo al graniento ese de Fernando Vidal”.
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Extraño mi Tierra. Extraño a mi Madre. Extraño mi mar y mis montañas, la alegría de mi gente, mis días de risa y gofio, nuestras folías, nuestras ganas de festejar a pesar de todo.
Acá todo es tan distinto. La gente parece estar siempre angustiada, luchando contra sí misma. Todo en su vida parece ser un tango eterno y de los tristes. Todo es tan gris.
No encuentro consuelo en mi esposo y mis tres hijas. Lucho por sentirlos mi familia, pero me son tan extraños, tan ajenos, tan lejanos.
Mientras escribo estas líneas para desahogarme un poco, la más pequeña de mis hijas me observa, me escruta, me reclama, me hiere, me duele, me comprende, me perdona. Yo la miro. Disimulo. Ahora acaba de encerrarse en el baño. Tarda. Tengo un mal presentimiento.
Abro la puerta del baño de un sopetón. Le quito el cordón que sostiene tenso alrededor de su cuello. Me desespero. -”Mocosa de miércoles” le grito y la mando a mi cuarto. Me hubiera gustado poder gritarle cuánto la amo, pero ignoro como hacerlo.
Fiebre reumática dijo el médico, después de leer los análisis. Mamá lo miró esperando una explicación. El, muy serio y distinguido, escribió unas palabras que no entendí en un recetario y dijo: “el primer mes una inyección por semana; el segundo, cada quince días. Después vuelvan y vemos. Las inyecciones duelen mucho, pero que no se las apliquen con la ampolla indolora por que la nena tiene un soplo cardíaco y puede afectarle el corazón”. Le dió la mano a Mamá y sin más, nos acompañó hasta la puerta del consultorio.
Benzetazil decía la receta. La enfermera me hizo parar arriba de una silla y acomodó a Mamá delante mío. Me advirtió “la indiozione no e´ una carizia”. Luego dijo “Abraze a sua mamma”. Lo que me inyectó en la nalga parecía vidrio molido. La aplicación duraba una eternidad ya que por lo espeso del líquido, que era casi sólido, había que colocarlo muy de a poco. A medida que el líquido ingresaba, podía sentir el recorrido que hacía entre la nalga y la pierna, como si fuera un hierro hirviendo penetrando en mi cuerpo. La renguera duraba como mínimo un día.
Pero Mamá estaba ahí, abrazándome, sosteniéndome, dándome valor. Fueron más de cuarenta aplicaciones. Y jamás lloré. Y Mamá estaba orgullosa de mí. Y yo también. Orgullosa de mí. Y de ella.
Sólo quiero que me quieras, que me cuides, que me mimes, que alguna vez me digas que soy linda, que te des cuenta cuando te levantás de la siesta que lavé los platos, que traje un boletín con todo sobresaliente, que corto el pasto y desmalezo los yuyos de los canteros, que te escribo poesías, que estoy pendiente de tu mirada, de tus gestos, de tu tristeza.
Que si no quiero comer no es para llevarte la contra, sino que tengo un nudo constante en el estómago que me impide hacerlo.
Que odio a la abuela y a las tías porque siempre decís que ellas son tu familia.
¿Y qué somos Isis, Vir, Papá y yo entonces?
Sólo quiero que estés orgullosa de mí, Mamá. Que te des cuenta cuánto te necesito.
Y que ya no me pegues.
Salí de la escuela muy contenta. Me habían entregado el boletín. Sobresaliente. En todo.
Caminé las nueve cuadras que me separaban de mi casa, de mi otra realidad. Era el mediodía de un calurosísimo día de diciembre. Cuando llegué a la vía, la chicharra anunciaba la llegada del tren. Tenía tiempo de pasar, pero me quedé esperando. Mientras el tren pasaba por delante mío, grité. Grité. Grité muy fuerte.
Al cruzar la vía, en la calle desierta, me rodeó una banda de perros callejeros. Hicieron un círculo en derredor mío y todos y cada uno de ellos, me gruñía mostrándome sus afilados colmillos.
Me paralizó el miedo. Y comencé a repetir como un mantra “San Roque San Roque, que este perro no me mire ni me toque”. Recordé las albóndigas y pensé en lo desagradecidos que eran esos animales. Entonces les tiré mi boletín.
Cuando los perros al fin se fueron se lo llevaron como trofeo. Corrí las cinco cuadras que me faltaban para llegar, necesita abrazar a Mamá. Para mi sorpresa no había nadie en casa.
Pero Mamá había tomado la precaución de dejarme mi banquito en el porche, con una notita que decía: No tengas miedo, no tardo.
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