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EL MOTÍN

Cuando los subordinados gritan insolencias y levantan los puños, el motín está próximo. Los rebeldes piensan que tienen razón, pierden el miedo y estalla la rebelión. Los insurrectos toman el poder y la venganza remplaza a la sumisión.

A partir de ese momento el superior está acorralado. Si no los castigo –pienso-, perderé el poder y abriré las puertas a la anarquía y con ella el peligro de mi propia vida. Si los reprimo –continúa su reflexión-, excitaré la furia de los ciudadanos y provocaré una catástrofe en la que caerán justos y pecadores. Cualquiera de las dos alternativas es desastrosa. ¿Huir y esconderme? Podría hacerlo porque desde un principio tengo preparado el refugio con la complicidad de mis más leales servidores. Nunca falta un gobierno cómplice con el que se ha convenido la reciprocidad para el ocultamiento en caso de emergencia. Este acuerdo es la mínima precaución de un gobernante al comienzo de su gestión. El reducto secreto podría estar también en el propio país, en la selva, la montaña o una guarida subterránea, pero en ambos casos lo conocerían los secuaces íntimos que me transportaran al lugar.

La determinación última sería quitarme la vida antes que caer en manos del enemigo, pero al dejar de existir evitaría el dolor de cualquier represalia, pero me anticiparía sin saber si alguna eventualidad imprevisible no podría haberme salvado. Podría ocurrir que la tortura fuera menos terrible que lo imaginado, que algún grupo partidario me rescate, que el tribunal no se anime a condenarme en el juicio, o que a los insubordinados les convenga al final dejarme fugar. De todos modos, tengo miedo y me aterra el peligro de que un traidor me denuncie. Nadie estaría dispuesto a dejarse torturar por mí. En la cumbre del poder nunca lo había pensado, pero ahora he descubierto que en el peligro extremo, todos somos cobardes. ¿Por qué me habré involucrado en esta catástrofe?

Puedo decírtelo: porque la ambición no me permitió pensarlo antes y porque menospreciaba a los hombres y no los conocía. Juega a los naipes si te entusiasma el juego, pero no apuestes a tu omnipotencia.

LA ESTATUA DE AZUCAR

Desde la antigüedad histórica más remota, se ha comparado a los gobiernos con una estatua. La más divulgada es tal vez la del profeta Daniel, en el Antiguo Testamento, que comparaba a los imperios con una estatua con cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y lomos de bronce, piernas de hierro, y pies de hierro y arcilla, es decir, con cuatro materiales durables y una quinta de sustancia débil, con lo que daba a entender que los imperios o gobiernos caen todos al suelo al primer golpe de una piedra.

Para no cortar esta línea de pensamiento y actualizar esta imagen, he resuelto transformar esta metáfora bíblica en una estatua de azúcar, más acorde con los tiempos de democracia que corren en que casi no quedan monarquías. Lo hago no porque sean más dulces al sentido del gusto, sino por otras razones.

En primer lugar, porque no creo que ningún poder actual tenga una cabeza de oro ni tampoco un torso de plata, valiosos en sí, y ni siquiera de bronce, metal de poco valor. Lo sumo que podría aceptarse es que tienen unos miembros inferiores de hierro, o como se dice vulgarmente, una capacidad de aguante ante los embates de la realidad.

Tampoco me convence la imagen clásica de que esas estatuas caen cuando se desintegran sus pies de hierro y arcilla, porque para que esto suceda es necesaria la presencia de un factor externo, y la experiencia demuestra que para que un imperio o gobierno caiga por el suelo, no hace falta que lo apedreen los adversarios. Caen solos, sin que nadie los agreda, como una estatua de azúcar, que se disuelve por sí misma con la primera llovizna.


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