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PALABRAS POR AQUÍ, PALABRAS POR ALLÁ

Los ilusionistas de teatro han descubierto hace mucho tiempo innumerables trucos para engañar al público, amparados en principios sensoriales inobjetables, por ejemplo que la vista no percibe con la misma rapidez aquello que las manos ejecutan. Así hacen desaparecer una moneda de la palma de la mano, cuando en realidad la han deslizado velozmente al dorso y viceversa. Nada por aquí, nada por allá, dicen, y con tan sencilla fórmula se ganan la vida. Otro principio de la física óptica ha constatado que negro sobre negro no se ve, y de esta manera, si todo el escenario está recubierto con paños negros y algunos objetos dispersos a propósito en el piso también, es suficiente que un niño totalmente envuelto en un traje negro descubra los objetos arrastrándose por el piso, para que el ilusionista se adjudique la aparición y el público le adjudique el calificativo de mago. No pretende por supuesto hacer creer a nadie que es un brujo, sino instalar entre los espectadores el asombro y el enigma sobre la técnica de su truco.

Robert Tocquet sabe mucho de esto y en su libro Revelación del ocultismo se puede encontrar un extenso repertorio de los trucos de los ilusionistas teatrales así como las biografías de los más famosos mediums, prestidigitadores e investigadores de la metapsíquica. En dicho volumen se develan los secretos de Houdini que se desataba de todo encadenamiento, de los falsos faquires que se hacen atravesar el vientre o lengua con cuchillos y espadas, se suspenden horizontales sin apoyo en el espacio o se hacen serruchar por la mitad en cajones.

Sin embargo no trae ninguna mención de los ilusionistas contemporáneos que dicen “palabras por aquí, palabras por allí”, y no aparecen por ningún lado. Por lo común, son palabras negras sobre telones negros, o para expresarlo con más contundencia, son mentiras sobre mentiras. Pero son tantos los ilusionistas verbales en nuestros años, son tantos sus vocablos embusteros, que terminan por no decir nada. ¿Quién se animaría a sostener que ha entendido lo que significan las palabras “democracia” y “república”, cuando hay más de cincuenta definiciones de ellas? Podrían agregarse decenas y decenas de términos pendientes de esclarecimiento. No los menciono debido a que no tengo vocación de diccionarista, aunque estoy seguro de que cada lector tiene al menos su propia decena de incertidumbres. Como prueba de mi afirmación remito al lector a hurgar el significado de “cosa”en el Diccionario de la Lengua Española publicado por la Real Academia y se encontrará con 7, sin contar las expresiones formadas con esa palabra que son unas 30 más o menos.

Y no me inmiscuyo en el laberinto maestro de la prestidigitación verbal, la mentira, para no provocar el paroxismo mental en quienes ni sospechan que hasta las mentiras están codificadas. Hay mentiras de varias clases, la mentira lisa y llana, la mentira piadosa, la humorística, la gratuita, la maligna, la complaciente, la útil, la inútil, la didáctica, la terapéutica, la profesional, la mentirita y paro de contar. En el mundo cristiano sólo hay dos, la que es pecado venial y la que es pecado mortal.

Lo paradójico del mentiroso es que nunca puede mentir. Si dice “yo miento” como es mentiroso en la realidad, no está mintiendo y por consiguiente está diciendo la verdad; si dice “yo no miento”, como realmente es mentiroso, está mintiendo que no miente, está diciendo también la verdad.

Concluyo con el consejo de un difunto canciller alemán, mentiroso matriculado, “Miente, miente, que siempre algo quedará.”

Lo desgraciado del caso es que cuando decía eso, decía la verdad.


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