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¿DÓNDE TERMINA EL BLANCO Y COMIENZA EL NEGRO?

Si alguien le mostrara a una persona una tira de papel uno de cuyos extremos fuera blanco y en gradación progresiva fuera ennegreciéndose hasta culminar en el negro, nadie podría señalar una línea vertical que separara con precisión el lugar exacto en que lo blanco comienza a ser negro.

Esta misma incertidumbre se plantea en otros campos de la acción humana que implican una gradación progresiva. ¿en qué momento el amor comienza a ser odio? ¿en qué punto la verdad atenuada pasa a ser mentira? ¿en qué momento una figura hermosa comienza a ser fea?

Hay quienes afirman que desde el comienzo hasta el fin lo blanco está mezclado con el negro y todo depende de la proporción relativa de ambos colores, vale decir, que únicamente al comienzo todo es blanco y únicamente al final lo negro es negro. Pero en ese supuesto, solamente los puntos primero y último son blanco y negro puros, y todos los demás grises.

Pero el ser humano ni gana ni pierde mucho con no saber los límites entre los colores, y puede desentenderse del problema dejándoselo a los filósofos (que tampoco lo tienen resuelto y no pueden decirle en qué momento la sangre arterial roja pasa a ser venosa o azulada). Cuentan los glóbulos rojos y los glóbulos blancos bajo el microscopio y de acuerdo a un número convencional que la ciencia tiene establecido, le dicen a usted si está anémico o no. Se les puede creer sin mayor riesgo, porque con esa cifra aproximada alcanza para recetarle una transfusión.

Un razonamiento análogo puede hacerse acerca de lo bello y de lo feo, pero prefiero transferírselo a usted para que lo resuelva por su cuenta, aunque estoy seguro de que no lo logrará. ¿Podría decirme cuándo una poesía o una canción pasa de ser hermosa a ser fea?

Me limitaré únicamente al campo sentimental con el análisis siguiente. En un momento determinado usted se da cuenta de que la persona a quien amaba mucho ya no la ama como antes y pasa a odiarla. Esto suele ocurrir con un vecino, con un amigo y aun con una familiar o pariente. Pero no se inquiete, mi amigo, porque ni los sabios lo saben. La línea de corte o el número de partículas es un conocimiento imposible para el ser humano. ¿Qué hago entonces? Se preguntará angustiado usted.

Aunque yo no estoy habilitado para dármelas de sabio, podría no obstante decirle cómo me manejo yo en estos casos de duda, pero por favor le ruego que no lo tome como un consejo sino como la narración de un caso individual. Me atengo al sentido común, esto es, a lo que una gran parte de la humanidad hace: atenerme firmemente a lo que mi conciencia me dicta y eso es, repudiar la idea de todo mal y alejarme lo más posible.




REHACER LA CREACIÓN

Quiero excluir expresamente de este artículo a la Creación del universo total, pues es un tema diferente. La creación a que me referiré es a lo ya creado con que se encuentra el ser humano después de nacer, vale decir, al mundo en que vivimos.

La más simple indagación sobre el tema muestra que detrás del desconcierto, la perplejidad, la confusión y la fragmentación de opiniones, se oculta un disgusto, un rechazo, una disconformidad, una aversión al mundo creado tal como lo viven los hombres contemporáneos.

¿Y qué es lo que no les gusta y desean modificar? Muy sencillo, es todo lo que están tratando de cambiar en estos tiempos: el cuerpo propio, la naturaleza, las costumbres, las ideas y los valores.

El cuerpo propio es lo más inmediato y directo de notar: primero la cabellera, luego el contorno del cuerpo, después el volumen de algunos músculos, a continuación la piel y por último los movimientos. No tienen a quien echarle la culpa, pero se sienten víctimas de la estructura corporal que les ha tocado al nacer y desean ser vistos por los demás distintos, decorados, llamativos, mejorados, o más simplemente, estar de acuerdo con la moda. ¿Qué gana un joven o una joven con una cabellera más corta o más larga, unos volúmenes musculares siliconados, tatuajes cutáneos, piel bronceada por medio de lámparas radiantes, si no mejora su nivel intelectual, ni enriquece su personalidad? La mona, aunque se vista de seda, mona se queda, decían los ancestros españoles. Por más que me esfuerzo, no alcanzo a comprender qué buscan, ¿notoriedad, fama, provocación, revancha, desenfado, escándalo, liberación, antojo, moda, capricho, juego? Probablemente haya de todo un poco. No siempre pueden modificar lo que les vino con la naturaleza, pese a que los aprovechados comerciales les prometan “Entre como es y salga como quiere ser.”

Pero si es posible hasta cierto punto modificar la apariencia del cuerpo, la segunda pretensión de modificar la naturaleza circundante, es apenas posible en mínima escala mediante acondicionadores de aire, puentes, escolleras en las playas, murallones contra los aludes, y demás, pero no se pueden evitar las erupciones volcánicas, los huracanes, las inundaciones, el ataque de los animales depredadores, el calor y el frío extremos, la falta de agua de los desiertos. Ya se sabe desde la antigüedad que Dios perdona, pero la naturaleza, no.

El cambio en las costumbres ha de entenderse en el sentido de sustituir ciertos actos aceptados tradicionalmente por otros diferentes o contrarios. Desnudarse en público, sonarse las narices, eructar, comer la carne con las manos, sentarse con las piernas apoyadas en la mesa, abrazar y besar a cualquier desconocido, embriagarse y provocar escándalos, sentarse en el piso o uno encima de otro en los transportes, esputar delante de terceros, son casos de costumbres (mores) modernas.

Algunas costumbres son innocuas, como estrechar o no la mano a un tercero o ayudar a cruzar la calle a un ciego; otras son notoriamente mal vistas por groseras y transgresoras de las reglas sociales imperantes, como exhibir las partes pudendas del cuerpo o usar vestimentas irrespetuosas.

No hay manera de llevar este asunto a una conclusión unánime, pues ésta como tantas otras cuestiones concluyen en una oposición o antinomia insoluble. Para evitarle discusiones definitivas, imagínese si a un congreso de filósofos actuales se llevara a debate el tema ¿es moral o inmoral escupir en una alfombra? Ni Kant podría darle una respuesta demostrable.

El cuarto cambio es el de las ideas. En este terreno el caos es mayor todavía porque las ideas son raramente demostrables. Pero aun así, no es necesario haberse graduado en la Sorbona para reconocer que una turbonada de insensateces sopla por todas partes. Cito únicamente dos para no excederme: afirmar que las ideas antiguas ya no sirven (“Eso ya fue.”), como si la verdad fuera un asunto de tiempo y no de razón. O sostener que el uso de estupefacientes hace bien a la salud porque lo libera de la depresión.

Queda el quinto cambio, el del mundo de los valores, que es el más grave y preocupante de todos. Los estudiantes de filosofía saben que un valor es una estimación entre bueno y malo, entre bello y feo, entre justo e injusto, entre útil e inútil, entre santo y profano, que toda persona hace acerca de una cosa, y que dentro de los opuestos existen grados: matar a un hombre es malo, pero matar a mil es mucho más grave. No es igualmente malo matar a un niño inocente (infanticidio), que a un soldado en la guerra (defensa propia), a una madre (matricidio), a un padre (parricidio), un hermano (fratricidio), un hijo (filicidio), un rey u otro gobernante (magnicidio).

Con estas disquisiciones previas, piense el lector el caos o desorden en que pueden caer los hombres y las sociedades, cuando se mezclan los factores expresados. Un último ejemplo. Un señor A es calvo y barrigón; vive en el desierto sahárico entre tormentas de arena, falta de agua y temperaturas de cincuenta grados; es de religión islámica y por tanto admite sólo al Dios Alá y a Mahoma como su único profeta, admite que puede hacer la guerra en defensa de su religión y practicar el suicidio, y finalmente, admira al filósofo Avicena y descarta a Aristóteles y a Santo Tomás. Otro señor B, al contrario, es atlético, alto y rubio; vive en Miami Beach, en una suntuosa residencia, asistido por un secretario privado, un mucamo, un médico, una entrenador personal, un maestro de oratoria, un periodista escritor, peluquero propio, masajista, cocinero de alta escuela, y una cohorte de diez guardaespaldas, se dice librepensador, no cree en ningún dios y no acepta diferencias entre bueno y malo. Le pregunto: ¿tienen algo que rehacer ellos?

Yo, que tengo mi propio cuerpo, habito en Sudamérica, tengo experiencias con indígenas, estoy desocupado, me curo en una obra médica social cuando me toca el turno, y debo dinero a medio mundo, también participo como sufriente del caos reinante. ¿Tengo algo que rehacer ?

- Naturalmente que sí, hacer mejor lo que hacía mal. Pero tenga cuidado, no se lo comente a un escéptico francés, porque le responderá Plus l’on change, plus c’est la meme chose (Cuanto más se cambia, más es la misma cosa).

Para cambiar algo, lo primero que hay que hacer es cambiarse a uno mismo por dentro.

INSCRIBIRSE PARA MORIR

Nacer no es ningún problema porque no se necesita nuestro consentimiento para encontrarnos un día en este planeta. Morir por nuestra voluntad es otra cosa: los desahuciados de la medicina, los desengañados de este mundo y los curiosos de los misterios, deben expresar por escrito su voluntad de irse de este planeta. Aunque no se sepa adónde se va, hay que sacar turno para hacerlo. Por lo menos así lo establece la clínica suiza dedicada a esta faena. No me pidan que dé la dirección de tal establecimiento porque, en primer lugar, soy un declarado enemigo de meterme en problemas ajenos relacionados con el destino y la libertad personal, y en segundo lugar, porque no tengo ningún interés en ser cómplice de ninguna muerte.

Hasta ahora he sido fiel a este principio y pienso seguir siéndolo mientras mis fuerzas espirituales me alcancen. No tengo la soberbia de asegurar que de esa agua no beberé, pero en una eventual tentación de hacerlo, pediré a Dios su auxilio, antes que a la citada clínica. Trataré en cambio, de ayudar a mi prójimo (cualquier sufriente o necesitado que pase a mi lado), para no elegir el suicidio en Suiza.

Para ello lo invitaría a imaginarse conmigo el tan publicitado servicio. No seré muy detallista en el viaje para no ser tildado de macabro y por respeto a quienes se encuentren en tal dolorosa y desconcertante opción. Quitarse la vida por propia decisión puede ser el resultado de una perturbación psíquica incontrolable, debido a un insoportable dolor físico (cáncer), la certeza de la propia muerte (enfermedad o accidente con daño irreversible), la pérdida de un familiar o amigo sin cuya compañía la vida pierde sentido (cónyuge o hijo), el sentimiento de culpabilidad por un grave mal causado a una tercera persona o a un grupo o pueblo (homicidio o genocidio), el miedo ante una amenaza (prefiero matarme antes que me maten), la huida ante un castigo intolerable (prisión perpetua), vergüenza personal o familiar robo (malversación de dinero ajeno), la falta o insuficiencia de fe (acabemos de una vez, no soporto más el temor al castigo de Dios), el desencanto ante el espectáculo del mundo actual (este mundo no vale nada, y es preferible abandonarlo), y un incontable número de situaciones más.

Usted llega entonces a la clínica, lo entrevista el médico de turno, y le hace varias preguntas: ¿qué lo trae por aquí, señor?, ¿por qué desea morir?, ¿está seguro de su determinación?, ¿lo sabe su esposa o su hijo?, ¿tiene hecho testamento?, ¿sabe adónde irá después?, ¿tiene conocimiento de lo que dice su religión acerca de este hecho?, ¿qué desea que hagamos con sus restos?, ¿en cuánto tiempo desea morir?, ¿ha pensado que después de nuestro trabajo no hay arrepentimiento?, ¿desea conocer el día y la hora exacta del deceso o desea que ocurra súbitamente y de improviso?, ¿prefiere morir solo o que sus familiares esperen en otra sala ?, ¿se despedirá o no de esos familiares?, ¿tiene conocimiento de lo que es una “muerte digna” y en tal caso los derechos que lo asisten para tenerla?, ¿desea ver el equipo que emplearemos?, y por supuesto, ¿sabe que nuestro servicio se paga por adelantado y en efectivo? No aceptamos pagos por los herederos.

Sinceramente, le confieso que no desearía estar en ese pellejo. Hágase por escrito una lista de todas las preguntas que deberá responder, pida un plazo de tres días para tomar una decisión en firme y vuélvase a su casa. Después hablamos. Alguno habrá que no ponga el pie nunca más en esa clínica, por más suiza que sea.

Y como me sobra todavía un espacio en este artículo, lo aprovecharé con unas líneas acerca de lo que se considera una muerte digna.

Anteriormente se la llamaba “eutanasia” y ahora es “muerte digna”. Cualquiera sea el nombre que le pongan, el hecho es el mismo, dejar de estar en este mundo terrenal por voluntad humana. Usted no deja de ser usted por más que lo llamen Ignacio, Pedro o Juan. La Organización Mundial de la Salud ha escogido la expresión “cuidados paliativos”, según tengo leído, para designar a una muerte sin dolor del sufriente. Para ser tal, el médico sólo puede limitarse a atenuar el dolor del enfermo terminal y dejar que el destino siga su curso naturalmente. En ningún caso está autorizado a intervenir para anticipar la muerte, pues eso sería asesinato o complicidad en un suicidio. ¿Y si en ese caso el doliente muriera imprevistamente? Mientras no haya habido intención de que muera, no habría culpa alguna, y el caso se consideraría incluido entre los que Santo Tomás denomina un problema de “doble efecto.” ¿Y si el médico fuera consciente de que el retiro del medicamento o de la ayuda (alimentación o respiración asistida) provocará inexorablemente la muerte del enfermo? Habríamos llegado al caso extremo, pero ni aún en ese caso el médico podría decidir la muerte por el enfermo. ¿Y si el enfermo no estuviera en condiciones mentales de expresar su voluntad? Le quedaría el derecho de negarse a intervenir si sus principios éticos o religión se lo prohíben. La Iglesia católica y algunas iglesias protestantes comparten esta solución

Le aconsejo, señor, que no continúe con la lectura de este artículo si su sensibilidad

es delicada; demasiado tenemos ya con los casos expuestos por la prensa, la radio y la televisión. Se dice –y no me consta, aunque creo que puede haber sido veraz- la noticia de que Su Santidad Juan Pablo II pidió a sus médicos de cabecera que dejaran marchar naturalmente su enfermedad hasta el final, sin asistencia terapéutica.

Yo, por mi parte, tengo leídos algunos casos clarísimos, como el del campesino que se negó a ser internado en la ciudad donde podrían aplicarle recursos especiales en su enfermedad y decidió que lo dejaran morir en su pueblo natal. El facultativo acató su voluntad y el enfermo falleció. Hizo lo correcto, puesto que el papel del médico desde los tiempos de Hipócrates es curar y atenuar, no matar. Y esto no siquiera con personas descerebradas, monstruosas, destrozadas con pérdida de órganos por accidentes o guerra, ni siquiera a ruegos de ellos mismos o de sus familiares conmovidos por el dolor ajeno. Aceptar esta solución equivaldría a otorgar al médico una especie de soberanía sobre la vida y la muerte que nadie ni ninguna organización puede extenderle, pues sus miembros carecen también de autoridad para establecerla. ¿Un juez? Tampoco. ¿Una academia? Tampoco. ¿Un parlamento? Tampoco. ¿Un rey o presidente? Tampoco. ¿Entonces quién? Nadie, únicamente el propio paciente.

Concluyo con una cita para la reflexión. Un médico enfrentado con un enfermo

científicamente incurable paseaba por el jardín de su casa atormentado por ese caso, y su hijita de diez años, con la que nunca comentaba su profesión, se le acercó y le preguntó sobre la causa de su angustia. El padre se lo explicó y le preguntó que haría ella en tal situación. La niña le respondió: “Yo le daría un poquito de morfina (…) lo suficiente como para que no sufra demasiado , pero no tanto como para que se muera.”

La enferma, por cierto, no se curó, pero dos años después estaba todavía en este mundo, con la llaga cerrada (Igor Barrère y Étienne Lalou, Sobre la eutanasia, 1962).




EL GENOMA TIENE LA CULPA

El genoma, según los especialistas, es un conjunto de partículas sumamente pequeñas (genes) que se encuentran en cada individuo y que se heredan por los sucesores. Hasta este momento la ciencia tiene detectados entre 25.000 y 30.000 genes, correspondientes a características físicas y funcionales del cuerpo humano, y se encuentran en los núcleos de cada célula. Se ignora cuántos genes más pueden existir en las personas, y apenas se ha comenzado a estudiar si existen genes éticos y sociales. Se han detectado hasta la actualidad genes relacionados con ciertas enfermedades corporales (cáncer de mama, diabetes, artritis, cardiopatías, por ejemplo), pero no con la conducta de las personas (criminalidad, amor u odio). Las investigaciones y debates están restringidos hasta ahora al mundo científico, y vedados al conocimiento popular por su extrema especialización y reserva. Con mayor sencillez, y para uso entre nosotros los no científicos, bastaría con saber que por esos genes que están en las células de nuestros cuerpos heredamos de nuestros padres ciertos caracteres físicos y funciones. O sea, que si padecemos de diabetes, los culpables son nuestro padre y nuestra madre. En consecuencia, quien esté aquejado de una artritis en la nuca, tiene el derecho de responsabilizarlos por su dolor, reprocharles la herencia recibida y si le place, hacer añicos sus cuadros y tirarlos a la basura. Esto puede crearle algunos problemas, sobre todo si el padre y la madre discuten sobre de quién son los genes originarios.

Es de esperar que estos entredichos no se repetirán con el avance de las costumbres sociales, pues un novio podrá pedirle a su eventual pareja que le muestre el mapa de genes de su futuro suegro y suegra. No se tome en broma esta afirmación porque siendo yo niño, un compañero de aula me aconsejaba que le pidiera a mi novia una fotografía

de mi futura suegra para saber cuán gorda sería mi esposa en la edad madura. Tan simple consejo me salvó de tener hoy en día la esposa más gorda del pueblo.

Hoy, soltero y solitario, porque en mi pueblo natal no había fotógrafos todavía y el único disponible venía una vez por mes de una localidad vecina, puedo dedicar mis días a estudiar filosofía, sobre la cual me siento autorizado a reflexionar.

Bueno, vea lector, el asunto es sencillo. Si un cerdo flaco se casa con una cerda gorda, tres de los cochinillos serán gordos o flacos, y el tercero lo contrario. En el género humano sucede igual. Si yo soy flaco y mi novia gorda, tendré tres hijos de un volumen y un cuatro del otro.

Realmente, la filosofía me ha esclarecido más que la ciencia en este asunto, y me siento moralmente obligado a difundir mi razonamiento sobre esta materia.

Por de pronto, permítame decirle para que no lo engañen, que hasta el día en que escribo estas líneas, los científicos llevan descubiertos hasta 6.000.000.000 de genomas nucleares, y calculan que de estos conocidos se desconoce la función de por lo menos la mitad. ¡Vaya uno a pedirle a su novia que le muestre una fotocopia de su genoma particular!

Pero, en el hipotético caso de que esto fuera posible, le quedaría por saber qué indican los que aún no se sabe qué funciones representan. Ahí está la cuestión. Ahondando en la filosofía, me encuentro con que hace siglos los sabios habían analizado el tema, llegando a la siguiente conclusión: si los seres humanos heredan inexorablemente los caracteres de sus antepasados, entonces un asesino no es culpable de sus homicidios , ni un santo de su santidad. Nadie es culpable de nada, ni nadie tiene el mérito de nada.

Este absurdo es imposible. Usted y yo nos damos cuenta por sentido común y por propia experiencia (excluidos los enfermos mentales), que robamos o mentimos cuando queremos, sin saber si nos lo ordena algún genoma metido en los núcleos de nuestras células.

Pero el lector tiene la libertad de decidir. Yo, por mi parte, ya tengo tomada la decisión: me desentiendo de los genomas, y cuando siento la necesidad de ser bueno,

beso al niño que pasa a mi lado y le regalo un juguete.

HÉROES SIN FRONTERAS

¿Por qué no? Así como existen los médicos sin fronteras, los héroes sin frontera también tienen el derecho de existir. Los héroes auténticos provienen de la antigua mitología griega, en la que eran semidioses que realizaban hazañas que el común de los mortales no podía realizar. Famosísimo fue Heracles (Hércules entre los romanos), que ejecutó una docena de trabajos excepcionales, desde dar muerte y despellejar a un león con piel dura a prueba de hierro y bronce, fabricando una afilada navaja con las propias garras del animal, hasta traer del infierno al can Cerbero agarrándolo por el cuello de donde salían tres cabezas cada una de las cuales llevaba una melena de serpientes.

De entonces en adelante, los pueblos envidiosos se dedicaron a fabricar sus héroes nacionales para no ser menos. Inglaterra inventó a Robin Hood, que asaltaba y robaba a los nobles para repartir el botín entre los pobres. Los Estados Unidos transformaron a San Nicolás en Papá Noel, para hacerlo sajón, y lo instalaron en un trineo en el cual llevaba regalos para los niños, sin que se aclarara cómo hacía para meterlos a todos en espacio tan reducido ni de dónde obtenía el dinero necesario para comprarlos. En la Argentina tenían. a Santos vega, un guitarrista que se atrevió a payar con el Diablo, pero dejaron de usarlo cuando apareció Carlos Gardel, que cada vez canta mejor a pesar de haber muerto y de ser reclamado también como héroe nacional por Uruguay y Francia.

El caso es que como los pueblos o comunidades necesitan tener sus héroes locales los inventan aunque no los tengan, y si no hizo ninguna hazaña, se la inventan también. Nadie protestará por esto. Pueblo conozco donde a falta de héroe, consagraron como tal a un cirujano porque se le habían muerto pocos pacientes en las operaciones. La fama póstuma corrigió la tradición y dijo que ninguno, desoyendo a los deudos que declararon tener familiares muertos en el quirófano.

Las actuales tendencias en la materia demuestran que la teoría clásica del heroísmo fundamentada en la muerte de monstruos y enemigos de la sociedad no tiene ya validez, porque la ciencia ha comprobado que los cancerberos y harpías con cabelleras de serpientes se han extinguido y los sucesores de Darwin no dicen en qué otra persona ha evolucionado Hércules.

En forma inesperada, en una provincia argentina el gobernador ha tenido la idea de agrupar a los pocos inteligentes del lugar en una comisión rentada para producir héroes y exportarlos. Se la conoce bajo la denominación de Héroes sin Fronteras, y según se comenta, funciona productivamente. Intercambia héroes con África, Europa y la China, pero sobre todo con los Estados Unidos. Los extranjeros nos mandan un cantor roquero, seis veces divorciado, minado por las drogas, liberado de la cárcel por falta de pruebas, enronquecido por el abuso de alcohol y arrugado como papel arrojado al basurero, y nosotros los compensamos con un bailarín de tango, alimentado a pizza y vino tinto, que baila sobre un mostrador de café con frac inglés, sombrero de taita y pañuelo blanco de seda al cuello.

A este tráfico se lo reconoce como una forma de la globalización cultural. Los extranjeros cantan en inglés pero a los admiradores latinoamericanos no les importa si no saben lo que dicen, porque en realidad lo importado son los sonidos y ruidos, que son universales. A los nórdicos tampoco les importa si los tangueros bailaban originariamente en el piso de los burdeles, con tal de que hagan acrobacias y zapateen como pisadores de hormigas. Pagan sumas exorbitantes para verlos porque para algo son ricos, y hasta han creado un premio para esos héroes hispanos. Unos y otros viajan en aviones propios, con un enjambre de ayudantes y toneladas de equipos; se hospedan en hoteles de cinco estrellas, y ponen las más estrafalarias condiciones para intercambiarse. Una de ellas exige que se le construya un camarín especial empapelado de brocados marroquíes con aplicaciones de oro, aire aromatizado con perfumes de flores naturales, salida de emergencia secreta y custodia de seis guardias profesionales. Como retribución, esta heroína moderna reclama 500.000 dólares en efectivo, libres de impuestos locales, pagaderos por anticipado contra un recibo por 100.000, para ser presentado a la agencia impositiva de los Estados Unidos. Los empresarios argentinos integrantes de Héroes sin Fronteras, están en gestión para obtener esa cifra entre una empresa petrolera, otra de alimentos y una tercera de cosméticos. Todo para dar a los argentinos la impresión de que son universales y brindarles la oportunidad de gritar, patear y saltar.

¿Qué sería mejor, suprimir las fronteras o los héroes?

PANCHITO EL PALABRERO

Créalo o no la gente, a Panchito lo he creado yo después de descubrir que una cosa son las palabras y otras muy distintas las personas y los hechos. Me lo imagino vecino de Santiago de Cuba, aunque reconozco que puede encontrárselo en cualquier otro lugar de más de cincuenta mil almas, cantidad necesaria para que surja un ejemplar de sus características, a diferencia del tonto del pueblo para cuyo surgimiento bastan con diez mil. Por simple curiosidad se me ocurrió buscarle un antecesor entre los chinos, Confucio en particular, pero no lo encontré, no porque no hubiera mentirosos en ese imperio, sino porque el sabio oriental se especializó en filosofar únicamente acerca de los hombres buenos. Con esto, creo haberle dado a comprender al lector que el “palabrero” no es precisamente un ejemplar benéfico para la humanidad.

Para conocimiento de mi tipo social, describiré algunas de sus características. Lo llamo Panchito, en diminutivo, no porque deba ser necesariamente pequeño de cuerpo, sino porque cada vez que ofrece sus servicios se presenta tan cariñoso y afectuoso como un niño para cautivar a su cliente. Una vez que ha elegido a su presa como tigre depredador, espera pacientemente el momento oportuno para dar el salto mortal y atacar a su víctima.
Los varios Panchito he encontrado en mi experiencia coinciden en una cualidad, el hábil manejo de las palabras, pero difieren en las demás. Uno de ellos fabrica argumentos para los vendedores. Los vende a 5 dólares la palabra cuando el artículo se ofrece al consumidor hasta 50 dólares, y de allí para arriba, el argumento asciende hasta cien dólares. El gran éxito de este palabrero lo ha constituido el argumentario para vender un vibrador eléctrico que cura todas las dolencias, artritis, artrosis, reumatismos, gastralgias y gastritis, hepatitis, cervicalgias, lumbalgias, equimosis, isquemias cerebrales y cardíacas, trombosis coronarias, torceduras de muñecas y tobillos, digestiones lentas, ciática, psoriasis, en fin, un instrumento que sacude al paciente como una coctelera, le activa la circulación y lo devuelve sano a este mundo.
Hasta ahora la virtud prodigiosa del aparato parecería estar justificada como el agua de la Fuente de la Eterna Juventud de los antiguos. Pero nuestro palabrero ha inventado un agregado lingüístico que ha hecho subir el precio hasta las nubes. Se trata de un bono que viene incluido en el precio y lo habilita para obtener a la vista un préstamo del Luxemburg Bank de 20.000 dólares y una tasa del 8% anual, una tarjeta de crédito del South Africa Bank al 7 % anual para adquirir un automóvil deportivo Ferrari en Italia o un departamento en la Isla de la Palmera en Dubai con un descuento de 15 %. Dicho de otra manera, lo protege con un paraguas antiinflacionario por un lapso de cinco años. ¡El paraíso de los descuentos! Mi amigo el millonario Abu ben Abun ha adquirido el aparato vibrador. No sé si se ha curado de su ciática, pero en cambio, otro amigo mío, el soplador botellero, Lins do Buzios, se ha quedado con las ganas, porque para adquirir cualquiera de esas preciosuras globalizadas, tendría que soplar tanto aire como para mover todas las nubes de Sudamérica durante dos años.

Pero Panchito el Palabrero por algo es palabrero. Sus habilidades fueron apreciadas por varios gobiernos que reclamaron prontamente sus servicios. El de una provincia norteña le ofreció de inmediato un contrato secreto, a cualquier precio que fuera, por una serie de textos para los próximos comicios. Usó textos extraídos por Internet de numerosas fuentes, los cortó, copió y pegó, como lo indica la computadora, y se los entregó al mandante. Su principio básico para seleccionar el robo se basó en la frase “Decidnos cosas agradables y escucharemos”, atribuido a los israelitas por Pascal, y que Panchito modificó en “Diga a sus electores lo que ellos quieren escuchar”. Algunos ejemplos darán una idea del talento usurpador de nuestro héroe:

- “Si me conceden su voto, ustedes serán gobierno.”
- “Ni pobres ni ricos, todos iguales.”
- “Con la democracia se come, se duerme y se vive.”
- “¿Para qué queremos dólares? Nuestros dólares son el trigo y las vacas.”

Paso a paso, y sin buscarlo, nuestro Panchito se encontró en la cúspide del palabrerío, y como es natural, perdió el dominio de la situación, se desmandó y reflexionó que si él utilizaba su habilidad para encumbrar a los demás, bien podría utilizarla para encumbrarse a sí mismo. Comenzó por dar equivocados consejos a un gobernador para hacerlo caer hasta que una rebelión lo destituyó por desequilibrio mental. En su repertorio de frases le había hecho decir desatinos de todo tipo:

- “Cuando asumí el gobierno era de tarde y sin embargo llovía.”
- “Les digo a mis opositores que siempre que pasa igual, sucede lo mismo.”
- “Yo pienso en mi pueblo durante las 24 horas y toda la noche.”
- “Antes de hablar quisiera decir unas palabras.”
- “No niego ni apruebo, sino todo lo contrario.”
- “He viajado por todo el mundo y parte del extranjero.”

Y como el gobernador mismo lo había dicho, que siempre que pasa igual sucede lo mismo, el pueblo se amotinó, encarceló a su gobernante, lo encerró en un calabozo, le dio una pistola y cinco minutos de plazo para que cumpla la orden “Se suicida o lo matamos” y se retiraron detrás de la puerta para escuchar el resultado, que fue un estampido como era de suponer.
Probablemente alguien se pregunte para qué habré creado yo este tipo innecesario. Se lo diré. Para que mis semejantes lo guarden en sus memorias y cuando lo vean emerger en el podio político con la frase “Antes de hablar quisiera decirles unas palabras”, lo bajen a tomatazos del estrado.
Así sea.

DESCENDIENTE DE NADIE

Siempre había sabido que una vez concluido un juicio, no se podía según la ciencia del derecho volver al pasado y hacer otro juicio sobre el mismo caso. Pero según me informan si se trata de un hecho de lesa humanidad, ahora puede reabrirse cuantas veces convenga. Los delitos de esa naturaleza no prescriben y pueden reabrirse a perpetuidad. Y dado que los humanos nos hemos equivocado alguna vez o hemos actuado conforme a la ley vigente en ese momento, no sería de extrañar que como se la ha modificado en la actualidad volviera a modificarse nuevamente y nos viéramos el día menos pensado detrás de las rejas con un número colgado del pecho o una orden de captura de la Interpol.

Y si el personaje enjuiciado por segunda vez ha muerto, ¿tendrían que responder por sus delitos sus descendientes? En ese caso, el rey de España sería a partir de ahora el responsable de las matanzas indígenas imputadas a Isabel la Católica y a su cónyuge Fernando de Aragón, durante la Conquista de América. No he podido averiguar si esos juicios han sido iniciados ya, aunque dificulto que prosperen porque en esa eventualidad no va a quedar soberano en pie en Portugal, Inglaterra, Portugal y Holanda. ¿Se imagina el lector un rey o una reina actuales en una prisión como la de Guantánamo, de máxima seguridad, custodiados por soldados con ametralladoras y visores nocturnos, cercas metálicas coronadas de rollos de alambre de púas y minas explosivas enterradas, encadenados a argollas en el suelo, con los ojos vendados y una hora de aire libre cada veinticuatro? ¡Qué maravilla! Quinientos años de historia congregados en un pabellón, o quizás en dos para no mezclar los monarcas masculinos con los femeninos. Los chiquillos de las escuelas dejarían de torturarse con los nombres y fechas históricas y les bastaría con conocer las noticias de dichos personajes filtradas por Internet. .

¿Qué magistrado los enjuiciaría? ¿Un juez español, indígena o de qué nacionalidad? Menudo problema se armaría, no quiero ni pensarlo. Traigo a colación el marinero de la expedición de Pigafetta que recaló en un puerto de la Patagonia en 1520 y mató a dos indios. ¿A quién llamaría a juicio el juez? La Interpol no se animaría a encarcelar al rey de España, ni tampoco lo encontraría porque la policía tendría que pedir permiso al propio rey para entrar en su palacio.

Debo confesar que me pasé tres o cuatro meses meditando sobre el asunto. Si esta doctrina se aplica con estrictez, al actual rey de España podría iniciársele juicio además por la expulsión en masa de los árabes de su territorio en 1942, sin contar con las expediciones españolas en África. Con análogo criterio, debería incoársele juicio a la reina de Inglaterra por su política de anexión de la India y las matanzas de indios -de la India, no de los otros-, y remontándonos en la historia al actual presidente de Siria por la invasión de España encabezada por el árabe Tarik en 1711. El enjuiciamiento no terminaría ahí, pues la serie podría remontarse a Su Santidad el Papa por los delitos de los cruzados y de los templarios en la ruta de Jerusalén. En la línea de estos juicios deberán tener sumo cuidado los propios jueces, pues nadie está exento de contar con un antecesor criminal.

No sería de extrañar que un acusador de oficio esté buscando antecedentes de los presidentes de Latinoamérica para hacerlos responsables de alguna matanza. En Chile los araucanos podrían enjuiciar al gobierno de esa nación por el exterminio de sus antepasados. Guardamos la esperanza de que en la Argentina no se le ocurra a algún defensor de la lesa humanidad iniciar proceso contra nuestro Libertador general San Martín por las muertes ocurridas durante las guerras de la Independencia. En riesgo de ser enjuiciados por los ranqueles, los tehuelches y los puelches se encuentran los descendientes de Rosas, Alsina y Roca, por sus campañas en el desierto.

Aunque el argumento de los derechos humanos permita este absurdo, si ese descendiente acusado fuera legislador o gobernante en ejercicio del poder, su libertad podría estar garantizada por la teoría de que los actos políticos no son judiciables, ni los presentes ni los pasados. Quiere decir que si usted, por ejemplo, es senador nacional y ha ordenado mientras fue gobernador alguna atrocidad, está exento de responder por ella.

¿Cuál es entonces la solución? Muy sencillo, no ser descendiente de nadie. ¿Y cómo puede uno no ser descendiente de nadie? Más sencillo todavía. Su padre lo hará por usted. Al nacer, un amigo lo inscribe en el Registro de las Personas como N.N., persona sin padre ni madre, encontrado envuelto en pañales en el atrio de una iglesia.


DEMOCRACIA Y MONOCRACIA

El significado e interpretaciones de la palabra “democracia” han llegado a tal grado de promiscuidad, que en este tercer milenio se ha convertido en una palabra inservible para comunicarse. Apoyado en esta constatación, pienso que la confusión y proliferación de significados acumulados podría resolverse con mi nuevo vocablo, “monocracia.”, bastante más concordante con la realidad.

En su acepción más genérica y tradicional, “democracia” es la forma de gobierno en la que el pueblo (démos) es el titular del gobierno (krátos) a través de comicios electorales. Todo ciudadano elige periódicamente a sus gobernantes y puede a su vez ser elegido. Más específica es la fórmula de Abraham Lincoln, “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.”

No pretendo sugerir que los atenienses y Lincoln estuvieran errados en sus definiciones, pero la realidad demuestra que ha surgido en nuestros tiempos una nueva forma de democracia que no se ajusta al canon tradicional y que yo he denominado “monocracia” (mónos, uno, más krátos, gobierno”), que viene a ser una especie de engendro promiscuo de democracia y tiranía.

Ciertas personas poco advertidas, suelen creer que están en democracia porque cada cuatro o cinco años concurren a comicios electorales, en los que el candidato es siempre el mismo, su hermano, su esposa o un familiar, que una vez cumplido el mandato lo encumbra de nuevo a la presidencia. O sea que el pueblo vota pero no elige.

En una democracia la constitución es la ley suprema que no se modifica prácticamente en el transcurso del tiempo, pues por algo es la ley superior a la que deben ajustarse las demás leyes. En una monocracia la constitución no existe, porque se modifica a voluntad del presidente conforme sus conveniencias electorales para perpetuarse en el poder. Hay quien lleva diez años y quien llevó cincuenta en el poder. ¿Para qué haría falta un sucesor si él es mejor?

Del monócrata abajo, tampoco hay poderes. Ni parlamento ni justicia. El parlamento aprueba las leyes que el presidente manda ya redactadas, y el poder judicial se limita a cajonear las denuncias de inconstitucionalidad o de corrupción de los funcionarios. Por estos procedimientos, las leyes son órdenes superiores y los delitos improlijidades operativas. No existen estadistas sino políticos de profesión. No son legisladores, sino legalizadores. Y para asegurarse el cumplimiento de las órdenes oficiales, antes de asumir la función cada reclutado debe firmar sin fecha su propia renuncia.

Los tan mentados derechos humanos se cacarean pero no se cumplen, son mentiras convencionales que nadie se atreve a denunciar porque de pronto el inocente que lo intenta se queda sin ninguno de ellos detrás de una rejas, en el exilio o en una zanja mortuoria al costado del camino.

En cualquier democracia verdadera, la propiedad es un derecho humano inalienable, mientras que en una monocracia, los bienes de cada ciudadano puede poseer son los que el mandatario decide, una casa, mil pesos en las bancos, cien hectáreas de tierras productivas, o nada, porque todo es del Estado, excepto, claro está los bienes privados del monócrata y sus secuaces. Para su completa felicidad, existen los bancos suizos y los paraísos fiscales de las auténticas democracias, donde pueden esconderlos para sí y para sus sucesores, hasta el fin de los tiempos.

El siguiente derecho, el de libertad de pensamiento, es un cuento de hadas para las viejas que tejen en torno al fogón, y creen que todo lo escrito es verdad o todo lo declamado es cierto. No las daña mucho que digamos, porque no tienen ideas y viven esperando al príncipe azul que las transformará de cenicientas en princesas, sin contar que como tienen los pies muy achatados por los años, no les entraría ni una oreja de elefante. Los más desilusionados con la libertad de expresión son los escritores, pensadores y filósofos, quienes no pueden desmentir al Gran Monócrata que tiene el monopolio de la verdad y cuya palabra está santificada por los dictámenes de la suprema corte de justicia. Su criterio de dictaminar no es un código preexistente, sino una perinola que a la pregunta ¿tiene razón el presidente? se pone a girar y muestra la cara “sí”, repetida en las cinco restantes.

Bueno, si alguien se siente disconforme con estas libertades, podría quedarle disponible la de residencia, vivir donde le venga en ganas, circular por los países extranjeros, ir y venir de aquí para allá. En una democracia puede hacerlo, y en una monocracia también, si lo dejan. Para salir del país necesita un certificado de buena conducta otorgado por la policía, que demora seis años en extenderlo, si no está de licencia por enfermedad el jefe superior. Esto se hace en beneficio de los países extranjeros para no inundarlos de opositores inveterados que adonde van, provocan revueltas. Análogos beneficios para la humanidad rigen en lo que concierne a la inmigración. Sólo se permite la entrada a los monócratas confesos y declarados, previa una manifestación por escrito o entrevista radial o televisa elogiosa para el Gran Monócrata.

¿En qué radica entonces la diferencia entonces entre una democracia y una monocracia? En todo, para decirlo rápidamente. Una democracia es una democracia y una monocracia no es una democracia pero aparenta serlo.

Una sencilla comparación histórica facilitará la comprensión de la distinción. Históricamente los romanos de la época republicana en situaciones de crisis o peligro de la república, nombraban un magistrado extraordinario denominado dictador por un período máximo de seis meses con el mando absoluto del ejército y la autoridad total para resolver por su propia autoridad cualquier problema. Pero como tantos otros funcionarios, el dictador podía ser procesado al salir del cargo por varios motivos, entre ellos el de haber distraído fondos públicos en sus funciones.

No es aconsejable desesperar ante la alternativa entre democracia y monocracia. Una cosa me animo a declarar: un país puede ser una democracia o una monocracia, pero nunca ambas al mismo tiempo.

PRIMERA Y SEGUNDA VIDA

“No hay otra vida como la primera”, escribió en su melancólico diario un poeta de palidez mortecina, de esos atribulados que no terminan de arreglar las cuentas con su alma y buscan en el cielo una estrella para confiarle sus penas. ¿Cuál sería la segunda?, me pregunté con estremecida inquietud.

Si la segunda existencia ocurriera en este mismo mundo que habitamos, la afirmación es absurda y además imposible, porque no se conoce ningún individuo que haya vivido en este planeta una segunda vida sin haberse muerto antes.

Decididamente, el poeta no estaba en sus cabales o pretendía espantarnos con semejante insensatez escudándose en el pretexto de la poesía, que da para eso y mucho más, olvidándose de que los buenos lectores no confunden un estampido con un balazo. Cambiando los tiempos, podría haber dicho que la lluvia caída hoy es mejor que la que caerá mañana , sin resultado ninguno, puesto que los sensatos tampoco se inmutarían y no irían a comprarse paraguas. La discusión la dejamos para que los inventores de paradojas la indaguen, como aquellos filósofos medievales que sitiados por los soldados, polemizaban sobre el sexo de los ángeles en vez de aprestarse a la defensa.

Por vía de hipótesis, si este melancólico pensador de las dos vidas en este planeta estuviera ahora en una tercera más allá de las nubes, podríamos preguntarle si las dos primeras en este orbe fueron mejores que esa tercera en el transmundo.

Se dice que la famosa médium Eusapia Palladino invocó al poeta quien apareció flotando por los aires envuelto en una sábana blanca:

- Dime, poeta, ¿dónde estás?

- - No lo sé. Estoy perdido entre nubes y no veo nada.

- Bueno, pero por lo menos ¿estás mejor que antes aquí?

- Tampoco lo sé. Sólo escucho voces lejanas que musitan en una lengua que no comprendo. Desde que llegué nadie se ha interesado por mí. Seguiré esperando.

- ¿Esperando qué?

- Saber si por estos lados hay también dos vidas, la primera mejor que la segunda.

- Yo creo que sí, aunque el párroco dice que hay tres, una primera llamada Purgatorio, desde la cual se puede pasar a una segunda mejor llamada Paraíso. Y hay una tercera, la peor, el Infierno, adonde se entra directamente para no salir más.

- ¿Y qué debo hacer entonces?

- Quédate un poco más donde estás, yo te volveré a llamar. Hoy es sábado, y a media noche el Señor del Infierno hace una fiesta: aprovecharé la oportunidad para preguntárselo.

Lamentablemente Eusapia murió a las tres y cuarto de la tarde atropellada por un automóvil y la humanidad se quedó sin saber dónde está ahora el poeta.

EL ESCRITOR

Dice que quizás ha logrado escribir unas pocas páginas válidas, que ya no son de él sino del mundo del lenguaje. Sostiene que los dioses no le han conferido el beneficio de la expresión, permitiéndole en cambio alguna que otra vez la mera alusión. Protesta que no escribe para el público y que lo hace únicamente para sus amigos y para mitigar la angustia del tiempo, esa especie torturante de alucinación sin sentido dentro de la cual vivimos. Cree que el universo es un inextricable laberinto donde la vida se repite infinitamente, de modo que cada uno es él mismo en persona más que el otro universal que carga adentro.

Pese a los milenarios afanes de los filósofos por desentrañar la clave de la existencia, duda de que todo eso tenga un sentido comprensible, por lo menos por ahora. Se acusa de haber consagrado sus años más a leer y redactar que a vivir, quitándole vida a su vida. Declara que le gustan los relojes de arena, los primores tipográficos, los mapas antiguos, los tigres, las espadas y los juegos mentales con el tiempo y el infinito.

Desconoce el valor que tengan sus libros, pero se complace en que sus temas sean variados. Reclama el perdón de los colegas si la casualidad lo ha llevado a encontrar un verso feliz, usurpándoles descortésmente la primacía del hallazgo.

Tamaño ingenio que tenía resultar insoportable para la capacidad humana habitual de envidia. Era previsible entonces (no justo), que los mezquinos simularan desconfiar de esas desacostumbradas confesiones y las declararan falsedades.

Fue necesario que muriera para que llegara la compensación. Le negaron el premio en vida pero no pudieron hacerlo una vez muerto.

No le faltó vida a su vida, le sobró.

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