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EL PREDERECHO HUMANO

El derecho es la facultad que tiene el hombre para hacer legítimamente lo que necesita para vivir. Se llama entonces derecho humano al que tiene toda persona para vivir como persona., desenvolver su personalidad, disponer de los medios para conservarla y desarrollarla. Pero no existe derecho alguno sin su obligación correspondiente, es decir, sin limitaciones. Admitir un derecho sin su obligación correspondiente sería el caos o desorden de la humanidad. Cada sociedad humana ha establecido desde tiempos inmemoriales el conjunto de principios, preceptos y reglas a que están sometidas las personas que la constituyen, los cuales son diferentes entre sí, de tal manera, que no existe un derecho absoluto, único y definitivo válido para todo tiempo y lugar.

Pero además existen otros derechos particulares, como el derecho de las mujeres, el derecho de los niños, el de los grupos profesionales, que sin embargo no afectan a los derechos humanos en general. Un niño, por ejemplo, tiene además del derecho a vivir, los derechos a la manutención, a la educación, a la salud, a la libertad de elegir su futuro.

Dejo aparte de este artículo el irresuelto problema de a partir de cuando se es un ser humano. Las respuestas a esos temas se computan a partir de diversos momentos, según sea la escuela científica, biológica, filosófica o religiosa, pero lo cierto es que no hay una definición única sobre la cuestión, y no hay acuerdos sobre si se cuenta desde la fecundación, desde el embrión, desde que está formado el sistema nervioso, desde los cuatro meses o desde el nacimiento. Las respuestas a esos temas pertenecen más bien a la filosofía y la teología.

Un avance consistiría en establecer un “prederecho humano”, un protoderecho, esto es, el derecho a tener todos los derechos humanos, establecidos o por establecer, el derecho a ser una persona humana, antes de la misma fecundación, porque si uno tiene ese derecho, los demás derechos humanos no pueden ser negados ni amputados cualesquiera sean los derechos humanos generales o particulares que se reconocen hasta ahora. Todos los derechos, el humano, el político, el comercial, el laboral, el civil, el público, el privado, el internacional, etcétera, reconocidos o por reconocer, estarían comprendidos dentro de sus prescripciones.

Equivaldría a un “derecho a tener derechos”, un “derecho supremo”, un “derecho a ser”, en virtud del cual no podría existir la pena de muerte, la manipulación genética que ponga en riesgo la vida de un ser humano, la contaminación ambiental, las prácticas abortivas, la discusión entre muerte encefálica y muerte biológica, la eutanasia, la muerte asistida. Según este razonamiento, yo sería un sujeto con prederechos antes de llegar a ser una persona con derechos humanos o de cualquier otra clase.

Las distintas clases de derecho vigentes son sistemas jurídicos convencionales que se basan en acuerdos tomados por los hombres sobre algún aspecto de la vida, pero el “prederecho”, debería ser una afirmación anterior a todos ellos que garantizara la vida misma desde su origen primero hasta su extinción natural. Deberá ser un derecho ínsito a la condición humana, simplemente dado e insolayable, y no un derecho otorgado por una asamblea u organización, que no es la propietaria de ningún derecho. Por esta razón, ni siquiera la asamblea de las Naciones Unidas otorga derechos sino que su función se reduce a reconocerlos.

¿Y qué debiera decir este prederecho? Algo muy sencillo, como esto, por ejemplo: “Toda persona tiene el derecho supremo de nacer, y desarrollar libremente su propia personalidad hasta el momento mismo de su extinción natural.”

CIENCIAS FALTANTES

Hasta ahora los lingüistas reparten sus estudios en unas 50 ciencias particulares: neurolinguística, lingüística pragmática, etimología, filología, semiología, fonética, etcétera. La medicina se reparte en múltiples ciencias, cada una con su objetivo y métodos propios: anatomía, oftalmología, gastroenterología, neumología, ginecología, neonatología y así otras 50 o 100. La deducción es sencilla: cuanto más avanza el conocimiento humano, más ciencias se crean. No he de ser yo, pues, quien emprenda la necedad de contar todas las ciencias existentes en el orbe.

En mi provinciana opinión hay sin embargo hay algunas otras que deberían crearse con urgencia, para bien de la humanidad. Tengo pensadas unas 20 faltantes, pero para no inspirar la idea de que soy un pedante pernicioso, sólo explicitaré tres.

Empezaré por la que propondría llamar “discriminología”(del latín discrimen, distancia, separación, diferencia), ciencia que estudie el intrincado tema de la exclusión de una persona o cosa de algún ámbito. ¿No permitir a un inválido nadar en una piscina es discriminarlo? ¿No vender bebidas a un beodo es discriminarlo? Cuando estaba en mi condición de profesor en el comedor de una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme, entró un estudiante deforme, giré mi cabeza hacia otro lado para que no se sintiera observado, pero me preguntó ofendido “¿Por qué no me mira, porque soy deforme?” y me denunció al decano por discriminación. Esa misma semana, entró una muchacha bonitilla y coqueta. Todos los presentes giraron sus cabezas para admirarla, menos yo que estaba enfrascado en la lectura de un libro. Se me acercó entonces y casi enfurecida me recriminó: “¿Y usted, por qué no me mira? ¿Tal vez porque soy bonita? Yo tengo derecho a que me admiren. Lo denunciaré al decano por discriminación visual.” Y me denunció. Ahora trabajo en la biblioteca universitaria, donde por lo menos los libros son mudos y no cojean ni balancean sus cuerpos al caminar.

La segunda ciencia faltante sería la “plutología” (del griego plutos, riqueza y logos, discurso, ciencia). No sería lo mismo que la economía, sino un análisis de las técnicas y métodos de enriquecerse, sumamente necesarios para defenderse en estos tiempos en que la globalización tiene dominados los métodos para empobrecernos. Un vecino mío me decía a propósito de mi idea, que la forma más directa y sencilla de llegar a amasar una fortuna es acercarse a los millonarios y meterles la mano en los bolsillos cuando están dormidos. Un dirigente político expresó a sus amigos íntimos que el método más seguro es tocar la guitarra con la mano izquierda y gobernar con la derecha. ¿Quién me votaría si digo lo que pienso?

Yo no comparto esta forma de pensar porque tengo acostumbrado mi estómago a no dolerme cuando está vacío. Me preocupan, en cambio, los aspectos técnicos y especulativos de la riqueza. Por ejemplo, cuántos millones se deben tener para ingresar en el Million Club ruso, o cuántos millones se deben tener para estar satisfecho. Conforme tengo leído, los millonarios consultados afirmaron en su mayoría que con el doble de lo que tienen.

La tercera ciencia, y concluyo, sería la “grupología”( del español grupo y éste del italiano gruppo, pluralidad de seres o cosas que forman un conjunto). La Real Academia de la Lengua, tan minuciosa y precisa en su diccionario oficial, menciona únicamente algunas pocas clases de grupos, los grupos de presión, de trabajo, electrógenos y sanguíneos. Sin pretender enmendarle la plana, yo agregaría otros. Se hace necesario fijar un canon normativo que distinga y precise con propiedad los muchísimos vocablos que se usan equívocamente. Probablemente esta nueva ciencia tendría que estar integrada por politólogos, sociólogos, economistas, semantistas y algún especialista más. Su misión fundamental consistiría en establecer los límites entre grupo, grupúsculo, asamblea, conjunto, clase, masa, multitud, sindicato, federación, confederación, audiencia, concejo, mitin, compañía, banda, pandilla, piquete, representación. ¿Cuántas personas se necesitan para constituir un grupo? ¿Dos personas forman un grupo? ¿Un padre y un hijo, un esposo y una esposa, dos hermanos, son grupos? ¿Cuántas son necesarias para asumir una representatividad?

No puedo ocultar mi preocupación. Al paso que vamos, puede llegar el momento en que una sola persona constituya un grupo, lo que equivaldría a decir que el género humano está compuesto por 6.000.000.000 de grupos.

IGUALES Y MENOS IGUALES

Cuando se escriba una enciclopedia más completa de los falsos razonamientos en que ha incurrido el hombre a través de la historia, seguramente se tendrán que agregar a los clásicos algunos surgidos modernamente. Uno de los más curiosos es el referido a la igualdad. Vulgarmente se enuncia así: “Todos somos iguales.” Algunas personas lo toman como verdad absoluta y lo defienden a capa y espada, convencidos de que la declaración universal de los derechos humanos es una verdad tan absoluta que no admite discusión alguna, sin considerar que nada de lo que hace el hombre es absoluto.

Nadie en uso de sana razón lo negaría, aunque no sabemos qué pensaría el ginecólogo al encontrarse con un recién nacido rubio y otro de piel oscura, uno con tres kilos de peso y otro con dos. Lo más cierto que podría comprobar es que ninguno viene al mundo con una corona de oro en la cabeza y otro sin nada.

¿En qué es igual un perro a otro perro? Un filósofo francés del siglo XVIII se preguntaba en qué se parece un caballo a otro caballo. La respuesta en nuestro tiempo sería que somos iguales en el derecho natural a la vida, iguales en los derechos humanos a la libertad y al pensamiento, iguales en el derecho cívico de elegir y ser elegido. El problema se plantea cuando se debe establecer dónde comienza y dónde termina cada derecho. ¿Tiene igual derecho el maestro que el alumno, el director técnico que el deportista de un equipo?

Imaginemos un hipotético diálogo entre un sabio y un ignorante.

Ignorante: Los dos somos iguales.

Sabio: ¿En qué?

- En todo, los dos somos seres humanos.

- ¿Sabes entonces cómo sacar la raíz cuadrada de un número?

- No.

- Yo sí.

- ¿Sabes a cuánta distancia se encuentra del Sol el planeta Saturno?

- No.

- Yo sí, a 1.427.000 kilómetros.

- ¿Has leído el Quijote de Cervantes?

- No, ni me interesa leerlo.

- Yo llevo ocho años leyendo el libro y sus comentaristas.

- ¿Qué otra lengua hablas además del castellano?

- Ninguna.

- Yo en cambio leo y escribo el francés, el italiano y el inglés; leo el griego y el latín, y tengo nociones del alemán y del portugués.

- ¿Cuánto mides de estatura? Yo mido 1,67 m.

- Yo 1, 82 m.

- ¿Cuál oficio te gustaría tener?

- Jugador de fútbol o presidente de un país.

- Yo, en cambio, me conformo con lo que soy, es decir, un anónimo más, así no me envidian y no me molestan.

- ¿Te gusta insultar a la gente?

- Cuando se me adelantan en las carreteras los insulto a los gritos.

- ¿En qué lugar te gustaría vivir y por qué?

- En Miami, porque puedes fumar marihuana en tu casa.

- A mí me basta con mi pueblo de nacimiento, precisamente porque están prohibidos los estupefacientes.

- ¿Estás satisfecho con ser varón o preferirías haber nacido mujer?

- Realmente no lo sé. No me molesta ser lo que soy. Por favor, no más preguntas. Al fin de cuentas, ¿somos o no somos iguales?

- Sí, somos iguales en lo que no somos desiguales.


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