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LA MUERTE DE LA MUERTE

EUTANASIA 

          Hasta ahora, morir ha sido no moverse más, no tener latidos el corazón ni respiros los pulmones, tener las pupilas inmóviles, enfriarse el cuerpo y volverse rígidos los músculos. Nuestros abuelos comprobaban estas manifestaciones levantando del cuerpo un brazo que siempre caía, poniendo el oído sobre el corazón, acercando una vela a las narices que no se apagaba, elevando los párpados hasta encontrarse con unos ojos que no miraban. El frío y la rigidez  ratificaban estos datos poco después.    

      Hoy en día, en cambio, puede mantenerse la actividad cardíaca y ventilatoria mediante cuidados de aparatos apropiados, mientras otros órganos han dejado de funcionar. Aun cuando el moribundo conserve algunas funciones y se sepa que el proceso es irreversible, los especialistas en ciencias neurológicas consideran difunta a una persona cuando ha cesado la actividad cerebral. La muerte entonces sería un proceso progresivo y no necesariamente un evento instantáneo. Pero en todo caso, ésta sería  únicamente la muerte física, corporal, la muerte del cuerpo y no la muerte total.

     Los medios de difusión han dado cuenta en los últimos tiempos de varios casos de muerte encefálica (cerebral) asistidos con recursos técnicos en su actividad cardíaca, respiratoria y nutricional. En algunos de ellos los familiares han debido concurrir finalmente a la justicia para que autorice el retiro de esa asistencia médica. Una nueva disciplina llamada bioética tiene en discusión tan crucial tema, puesto que si el cuerpo sigue vivo con esos recursos no está aún muerto, y en consecuencia, la desconexión de los aparatos empleados puede ser considerada un homicidio, aunque algunos prefieran llamarla “eutanasia.” o “muerte digna”

     En algunas publicaciones se dice que el concepto de muerte digna es diferente en el mundo sajón y en el mundo hispanohablante. En líneas muy generales (en ambos ámbitos hay opiniones personales, filosóficas, religiosas distintas), en el mundo sajón dicha eutanasia puede cumplirse por acción (retirar la asistencia, por ejemplo), o por omisión  (no alimentar al agónico, digamos por caso). Esta simplificación es equivocada e injusta dado que si todos los seres humanos somos igualmente seres humanos en este planeta, no se ve razón alguna para que la muerte digna sea diferente entre un inglés y un chino. Si la hay, la hay para todos por igual.

     La Organización Mundial de la Salud y las iglesias católica y varias cristianas la  consideran contrarias a la ética y a sus credos respectivos. El núcleo de la cuestión estriba en que ningún mortal puede ser privado de su vida sin su consentimiento personal. Esta doctrina suscita  problemas anexos como sucede cuando el paciente no está en condiciones de pensar por sí mismo. ¿Quién decide entonces por el paciente? De seguro que el médico no puede atribuirse esa facultad.    .

     En el mundo católico el cardenal J.Ratzinger (en la actualidad el papa Benedicto XVI), en una carta al arzobispo de Washington D.C. clarificaba el tema: “…Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos  respecto de ir a la guerra o de   aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia.”

     Los argumentos presentados por los defensores de la muerte digna  es que se debe evitar el “encarnizamiento terapéutico o ensañamiento terapéutico”, y el de sus opositores es que nadie está facultado para anticipar la muerte, porque nadie es dueño de la vida ajena y nadie sabe lo que puede ocurrir en el camino.

     ¿Qué hacer entonces? Tampoco me lo pregunte porque no puedo razonar por usted, y cada persona tiene su propia conciencia. Lo que sí puedo afirmarle es que no desearía estar en el pellejo de ninguno de los actores ni de los familiares y siento compasión por todos ellos.

     Y aún más. Para completar mi fracaso en estas especulaciones, en los últimos tiempos me ha surgido otra incógnita. Suponiendo que el cuerpo humano no fuera mortal, ¿cómo viviríamos en este planeta la eternidad? ¿qué haríamos? Piénselo.

 

INSCRIBIRSE PARA MORIR

Nacer no es ningún problema porque no se necesita nuestro consentimiento para encontrarnos un día en este planeta. Morir por nuestra voluntad es otra cosa: los desahuciados de la medicina, los desengañados de este mundo y los curiosos de los misterios, deben expresar por escrito su voluntad de irse de este planeta. Aunque no se sepa adónde se va, hay que sacar turno para hacerlo. Por lo menos así lo establece la clínica suiza dedicada a esta faena. No me pidan que dé la dirección de tal establecimiento porque, en primer lugar, soy un declarado enemigo de meterme en problemas ajenos relacionados con el destino y la libertad personal, y en segundo lugar, porque no tengo ningún interés en ser cómplice de ninguna muerte.

Hasta ahora he sido fiel a este principio y pienso seguir siéndolo mientras mis fuerzas espirituales me alcancen. No tengo la soberbia de asegurar que de esa agua no beberé, pero en una eventual tentación de hacerlo, pediré a Dios su auxilio, antes que a la citada clínica. Trataré en cambio, de ayudar a mi prójimo (cualquier sufriente o necesitado que pase a mi lado), para no elegir el suicidio en Suiza.

Para ello lo invitaría a imaginarse conmigo el tan publicitado servicio. No seré muy detallista en el viaje para no ser tildado de macabro y por respeto a quienes se encuentren en tal dolorosa y desconcertante opción. Quitarse la vida por propia decisión puede ser el resultado de una perturbación psíquica incontrolable, debido a un insoportable dolor físico (cáncer), la certeza de la propia muerte (enfermedad o accidente con daño irreversible), la pérdida de un familiar o amigo sin cuya compañía la vida pierde sentido (cónyuge o hijo), el sentimiento de culpabilidad por un grave mal causado a una tercera persona o a un grupo o pueblo (homicidio o genocidio), el miedo ante una amenaza (prefiero matarme antes que me maten), la huida ante un castigo intolerable (prisión perpetua), vergüenza personal o familiar robo (malversación de dinero ajeno), la falta o insuficiencia de fe (acabemos de una vez, no soporto más el temor al castigo de Dios), el desencanto ante el espectáculo del mundo actual (este mundo no vale nada, y es preferible abandonarlo), y un incontable número de situaciones más.

Usted llega entonces a la clínica, lo entrevista el médico de turno, y le hace varias preguntas: ¿qué lo trae por aquí, señor?, ¿por qué desea morir?, ¿está seguro de su determinación?, ¿lo sabe su esposa o su hijo?, ¿tiene hecho testamento?, ¿sabe adónde irá después?, ¿tiene conocimiento de lo que dice su religión acerca de este hecho?, ¿qué desea que hagamos con sus restos?, ¿en cuánto tiempo desea morir?, ¿ha pensado que después de nuestro trabajo no hay arrepentimiento?, ¿desea conocer el día y la hora exacta del deceso o desea que ocurra súbitamente y de improviso?, ¿prefiere morir solo o que sus familiares esperen en otra sala ?, ¿se despedirá o no de esos familiares?, ¿tiene conocimiento de lo que es una “muerte digna” y en tal caso los derechos que lo asisten para tenerla?, ¿desea ver el equipo que emplearemos?, y por supuesto, ¿sabe que nuestro servicio se paga por adelantado y en efectivo? No aceptamos pagos por los herederos.

Sinceramente, le confieso que no desearía estar en ese pellejo. Hágase por escrito una lista de todas las preguntas que deberá responder, pida un plazo de tres días para tomar una decisión en firme y vuélvase a su casa. Después hablamos. Alguno habrá que no ponga el pie nunca más en esa clínica, por más suiza que sea.

Y como me sobra todavía un espacio en este artículo, lo aprovecharé con unas líneas acerca de lo que se considera una muerte digna.

Anteriormente se la llamaba “eutanasia” y ahora es “muerte digna”. Cualquiera sea el nombre que le pongan, el hecho es el mismo, dejar de estar en este mundo terrenal por voluntad humana. Usted no deja de ser usted por más que lo llamen Ignacio, Pedro o Juan. La Organización Mundial de la Salud ha escogido la expresión “cuidados paliativos”, según tengo leído, para designar a una muerte sin dolor del sufriente. Para ser tal, el médico sólo puede limitarse a atenuar el dolor del enfermo terminal y dejar que el destino siga su curso naturalmente. En ningún caso está autorizado a intervenir para anticipar la muerte, pues eso sería asesinato o complicidad en un suicidio. ¿Y si en ese caso el doliente muriera imprevistamente? Mientras no haya habido intención de que muera, no habría culpa alguna, y el caso se consideraría incluido entre los que Santo Tomás denomina un problema de “doble efecto.” ¿Y si el médico fuera consciente de que el retiro del medicamento o de la ayuda (alimentación o respiración asistida) provocará inexorablemente la muerte del enfermo? Habríamos llegado al caso extremo, pero ni aún en ese caso el médico podría decidir la muerte por el enfermo. ¿Y si el enfermo no estuviera en condiciones mentales de expresar su voluntad? Le quedaría el derecho de negarse a intervenir si sus principios éticos o religión se lo prohíben. La Iglesia católica y algunas iglesias protestantes comparten esta solución

Le aconsejo, señor, que no continúe con la lectura de este artículo si su sensibilidad

es delicada; demasiado tenemos ya con los casos expuestos por la prensa, la radio y la televisión. Se dice –y no me consta, aunque creo que puede haber sido veraz- la noticia de que Su Santidad Juan Pablo II pidió a sus médicos de cabecera que dejaran marchar naturalmente su enfermedad hasta el final, sin asistencia terapéutica.

Yo, por mi parte, tengo leídos algunos casos clarísimos, como el del campesino que se negó a ser internado en la ciudad donde podrían aplicarle recursos especiales en su enfermedad y decidió que lo dejaran morir en su pueblo natal. El facultativo acató su voluntad y el enfermo falleció. Hizo lo correcto, puesto que el papel del médico desde los tiempos de Hipócrates es curar y atenuar, no matar. Y esto no siquiera con personas descerebradas, monstruosas, destrozadas con pérdida de órganos por accidentes o guerra, ni siquiera a ruegos de ellos mismos o de sus familiares conmovidos por el dolor ajeno. Aceptar esta solución equivaldría a otorgar al médico una especie de soberanía sobre la vida y la muerte que nadie ni ninguna organización puede extenderle, pues sus miembros carecen también de autoridad para establecerla. ¿Un juez? Tampoco. ¿Una academia? Tampoco. ¿Un parlamento? Tampoco. ¿Un rey o presidente? Tampoco. ¿Entonces quién? Nadie, únicamente el propio paciente.

Concluyo con una cita para la reflexión. Un médico enfrentado con un enfermo

científicamente incurable paseaba por el jardín de su casa atormentado por ese caso, y su hijita de diez años, con la que nunca comentaba su profesión, se le acercó y le preguntó sobre la causa de su angustia. El padre se lo explicó y le preguntó que haría ella en tal situación. La niña le respondió: “Yo le daría un poquito de morfina (…) lo suficiente como para que no sufra demasiado , pero no tanto como para que se muera.”

La enferma, por cierto, no se curó, pero dos años después estaba todavía en este mundo, con la llaga cerrada (Igor Barrère y Étienne Lalou, Sobre la eutanasia, 1962).





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