LA ESTATUA DE AZUCAR
Desde la antigüedad histórica más remota, se ha comparado a los gobiernos con una estatua. La más divulgada es tal vez la del profeta Daniel, en el Antiguo Testamento, que comparaba a los imperios con una estatua con cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y lomos de bronce, piernas de hierro, y pies de hierro y arcilla, es decir, con cuatro materiales durables y una quinta de sustancia débil, con lo que daba a entender que los imperios o gobiernos caen todos al suelo al primer golpe de una piedra. Para no cortar esta línea de pensamiento y actualizar esta imagen, he resuelto transformar esta metáfora bíblica en una estatua de azúcar, más acorde con los tiempos de democracia que corren en que casi no quedan monarquías. Lo hago no porque sean más dulces al sentido del gusto, sino por otras razones. En primer lugar, porque no creo que ningún poder actual tenga una cabeza de oro ni tampoco un torso de plata, valiosos en sí, y ni siquiera de bronce, metal de poco valor. Lo sumo que podría aceptarse es que tienen unos miembros inferiores de hierro, o como se dice vulgarmente, una capacidad de aguante ante los embates de la realidad.
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