¿TIENEN DERECHOS LOS ANIMALES?

 

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     Si el lector cree que sí, le anticipo que yo creo que no. Le explicaré mis razones.

Un derecho es la facultad que tiene un hombre de poseer su vida, conservarla y desarrollarla, como así también la de disponer de las criatura irracionales y de servirse de ellas para  sus fines.

     Según esta definición filosófica, el derecho existe entre seres humanos entre sí, y no entre los seres humanos y no humanos  (ius est ad alios). Por consiguiente, no existen derechos entre los hombres y los animales, ni entre los hombres y las cosas. No puede haber derechos entre un hombre y una gallina o entre un hombre y un huevo El hombre puede matar la gallina y freír el huevo para su nutrición.

     Sin remordimiento alguno mataría al mosquito que me pica sin descanso, a la mosca que excrementa en mi comida, al alacrán que si me aguijonea me mata, a la araña asquerosa y peluda, al cocodrilo que si me agarra me destroza, a la serpiente que me espera traidora debajo de una piedra, al tiburón que me ronda en la playa para quitarme una pierna.

     Tan razonable cuestión se complica moralmente cuando en vez de estos bichos pensamos en nuestro fiel perro, la mascota que nos hace compañía, nos protege de agresores, nos entretiene, nos ayuda en ciertas tareas y da la vida por nosotros. Hemos dicho que no tiene derechos, pero ¿usted lo mataría?  Yo, no, en lo que coincidiría con gran parte del género humano. 

     Hemos llegado con este razonamiento al grado suficiente para reconocer que el derecho no es la última etapa donde concluye la explicación de la vida. Algo debe de haber por encima de él, y efectivamente lo hay. Son, por ejemplo, los sentimientos, la intuición, la piedad, el amor, la conmiseración, el perdón, las creencias religiosas y otros estados espirituales, que escritos o no, orientan y dirigen nuestras decisiones. Podría comerme mi canario si quisiera, pero no lo hago porque me parece una crueldad innecesaria. En cambio me como una paloma, pero no una tarántula. Y paro de contar, porque en esto de engullir la historia muestra hasta casos de antropofagia.  

     En determinadas religiones existían prescripciones taxativas. En el hebraísmo primitivo no había prohibiciones particularizadas porque se las practicaba en los cultos, pero se prohibía ingerir carne con sangre. En el hinduismo y el budismo estaba vedado matar una vaca, y en el Islam era permisible hacerlo, aunque únicamente en caso de necesidad. Era  una especie de vegetarianismo religioso.

     En nuestro Occidente actual se registra una creciente tendencia a prohibir los espectáculos que culminan en la muerte (toreos, riñas de gallos y de perros), controlar la explotación comercial (carreras de caballos y perros), protegerlos de la crueldad y el abandono. Ningún animal puede reclamar el derecho a la domesticación, pero es conveniente y práctico cultivarlo. La vaca no tiene tampoco ese derecho, pero es útil y convenirte hacerlo.

     En cuanto a la teoría del derecho de los animales, en algunos países los juristas han discutido las implicancias de casos curiosos: en casos de divorcio o separación,  ¿a quién pertenecen los animales? ¿qué culpabilidad tiene una persona que hiere a una mascota casera? ¿puede una persona tener en su casa como mascota a un cocodrilo o a una pantera negra? ¿qué derecho tienen los científicos de experimentar cruentamente con ellos?

     Eximo al lector de otras minucias exquisitas acerca de las polémicas sobre los derechos animales, que puede consultar en enciclopedias o tratados específicos. Por contribuir con un ejemplo, le diré que Descartes sostenía que los animales no sienten dolor debido a que son como máquinas, autómatas sin alma, sin mente, sin razón. ¿Cómo puede saberlo?, objetan sus contradictores: los animales son capaces de sentir sufrimientos y agonía.

     La idea de salir en defensa de los animales se remonta a la época del industrialismo inglés, cunado la tracción a sangre en las minas exterminaba a caballos, asnos y mulas.

Esta idea ha prosperado desde entonces con la creación de sociedades protectoras de animales en varios países, en su mayoría instituciones no gubernamentales, como en la Argentina.

    El argumento más contundente en contra de la teoría de los derechos de los animales estriba en que no teniendo ellos razonamiento ni lenguaje humano, no están en capacidad ni de discutir, acordar ni tomar responsabilidad jurídica sobre sus actos. De ahí mi tesis inicial de que los animales no tienen derechos, y de que tampoco les hace falta tenerlos porque no podrían hacer uso de ellos. En conclusión, mate sin sentirse culpable al mosquito que lo pincha, pero no apalee a su fiel perro.

AUTOBIOGRAFÍA DEL NÚMERO PI

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     Soy una cifra numérica, nada más. Los  chicos de la escuela primaria dicen que valgo 3,14 y me llaman Pi, lo cual viene a ser  como mi apellido y mi nombre de pila al mismo tiempo. Me utilizan para calcular la longitud de la circunferencia multiplicándome por el valor de diámetro, que es como decir que si usted sabe que el radio de la circunferencia   es de 3 metros, un diámetro es el doble, y si a ese número lo multiplica por mí, obtiene como resultado que 18,84 metros es la longitud buscada de la circunferencia.

     Los del secundario son ya más respetuosos conmigo y saben que no soy un simple 3,14, así no más, sino que en realidad soy un 3,14159  y algo más que no importa para hacer cálculos, los que por otra parte serían muy largos y engorrosos. Hasta ahora los profesores se conforman con que yo sea 3,1416 y sanseabó. Total, para resolver problemas teóricos en el aula sin aplicaciones industriales, eso basta y sobra. En los colegios más exquisitos de las colectividades extranjeras, bilingües, se me tiene un poco más en consideración debido a que un hombre culto, redondeado como se dice, debe estar imbuido también de conocimientos humanísticos. Los estudiantes saben, por ejemplo, que mi nombre corresponde a la décimosexta del alfabeto griego y que soy de origen milenario. Los más inteligentes que se preparan para trabajar en Europa, están enterados por las dudas de que Arquímedes, matemático, científico e inventor  griego, 

nacido en la colonia griega de Siracusa, en Sicilia, Italia, hacia el año 287 antes de Cristo me prestó muchísima atención y anduvo medio obsesionado conmigo. Me empleó con harta frecuencia en sus operaciones numéricas de mecánica. De paso, y puesto que la sabiduría  está muy prestigiada, los más cultos saben además que este defensor mío murió apuñaleado mientras estaba dibujando figuras geométricas en la arena de la costa. El general romano que gobernaba por ese entonces en la isla había dado órdenes terminantes de respetar la vida del sabio, pero ya se sabe que los soldados son soldados y cuando nadie los mira se creen generales y deciden por su cuenta.

     Con los universitarios la cosa es ya más seria. Me tienen especial consideración pues además de lo anterior, conocen mi naturaleza más a fondo. Saben que soy aún más sutil y sofisticado que 3,14159, puesto que soy un número irracional con infinita cantidad de decimales, en otras palabras, que no termino nunca o sea que nadie puede conocerme del todo.  Para recordarlo cuando llega el momento recurren a una fórmula inventada  por un francés. Es un verso cada una de cuyas palabras indica ordenadamente los primeros números que me componen, contando las letras:

      Que j’ aime  à  faire  apprendre   un  nombre  utile  aux  sages

        3   1     4    1     5           9            2       6           5      3       5

     A los historiadores que han osado rastrear en mi árbol genealógico las cosas se les han presentado más complicadas. Las calculadoras no les sirven y tienen que rebuscar en tablillas de barro cocido, papiros, pergaminos e incunables. Han descubierto –y eso es cierto- que mi antecedente más remoto aparece relacionado con la rueda, la cual, como se sabe, es un hallazgo de los sabios caldeos. Para calcular la longitud de las llantas, multiplicaban el diámetro de la rueda por 3,14 , porque habían descubierto que una circunferencia cabe dentro de un cuadrado de igual medida que el diámetro y es por consiguiente más chica que él.  Pero a su vez, esa circunferencia puede contener dentro de ella  un cuadrado más pequeño cuyos vértices la toquen, o sea que yo vengo a ser más grande que 3, es decir, 3,14.

     Pero resulta que yo he vivido en varios países de la Antigüedad y en uno de esos viajes residí muchos años entre los matemáticos de Egipto. Esto lo descubrió casualmente un empecinado anticuario escocés, que de paseo en 1858 me encontró citado en un papiro y lo compró.

     No sé todavía qué divinidad habrá dispuesto que mi existencia estuviera siempre ligada a la de hombres famosos. Un individuo bastante metido en esto de saber y saber, fue un griego del siglo del siglo V antes de Cristo, muy estudioso  pero fantasioso y fabulador. Se llamaba Platón y enseñaba en los jardines de un tal Academus, un amigo suyo. En la puerta de su casa había grabado una inscripción que se ha hecho muy famosa: “No entre aquí el que ignore geometría.” Algunos afirman que fue el filósofo antiguo más eminente, y no lo discuto porque no conozco nada de esta ciencia. El caso es que este griego anduvo entrometido con casi toda la sabiduría, la creación del mundo, la naturaliza divina, la formación de las ideas, la condición del hombre en el universo y la virtud. Hasta llegó a imaginar una república ideal y perfecta. En lo que a mí concierne, me implicó en su teoría de que Dios formó el universo con su inteligencia infinita sobre la base de formas geométricas. En ese fascinante mundo de símbolos aparezco yo, en la relación de triángulos y círculos. Las verdades eternas, esos modelos primeros  son productos de la inteligencia de la inteligencia divina, por donde viene a resultar misteriosamente que yo, un modestísimo Pi, existo porque fui pensado por Dios. Realmente es un inmerecido honor para mí, sobre todo considerando que apenas soy una modesta cifra entre los modelos del sol y los astros.

     Pero no termina aquí mi trajinada historia. Un mozalbete indio del siglo V a.C., conocido por el nombre de Ariabhata, vino a desenmascararme probando que yo no era exactamente 3,14, sino en verdad  3,1416. Lo escribió en un libro poco conocido donde aparezco entremezclado entre asuntos de la astronomía, trigonometría plana y esférica, aritmética, algebra y otras ciencias más.

     Por supuesto que con el desarrollo de las ciencias el conocimiento de mi naturaleza ha progresado notablemente. Ya me tienen casi acorralado dos científicos japoneses, Tamura y Kanada que han logrado ampliar el esquema de mi intimidad hasta un grado extraordinario. Hasta ahora han llegado a saber  que yo soy 3,14159 y dieciséis millones de decimales más, con la promesa de que pronto llegarán a conocer 100.000.000 de decimales. Es muy probable que logren su promesa a medida que las computadoras se perfeccionen, pero les va a costar muchísimo dinero, por donde vengo a enterarme de que además de divino soy el número más caro de la historia. Pero bueno, las cosas son así y hay que aceptarlas.

     Lo que nunca supe ni imaginé es que yo tenía un pariente, una especie de primo hermano, un gigante numérico, digamos. Se llama Googol y es un número grande, muy grande, consistente en un 1 seguido de cien ceros. Ese número es tan enorme que  poquísimas cosas hay en la tierra que lleguen a estar compuestas con esa cantidad de partes. El número de gotas de agua caída con las lluvias en Nueva Y

ork durante un siglo es muchísimo inferir al Googol. El total de granos de arena de la playa Coney Island, en el estado de Nueva York, es apenas un 1 seguido de 20 ceros.

     A mí el nombre me lo pusieron en la Antigüedad y nadie conoce al ocurrente que me bautizó con una letra griega. Más suerte tuvo en cambio mi pariente numérico. El doctor Edgard Kasner, norteamericano y profesor de la Universidad de Columbia, preocupado por la idea del número 1 seguido de 100 ceros, le pidió a un sobrino de nueve años que inventara su nombre, y el chiquillo le propuso Googol, una palabra caprichosa sin significado alguno. Pero con el tal profesor Kasner no se conformaba con poco, pensó que todavía el Googol no era el número más grande que se podía imaginar dado que podrían seguir agregándosele más ceros todavía. ¿Pero cuántos ceros? Por más grande que llegara a ser la cifra, siempre habría una mayor. Inventó entonces el Googolplex, es decir, un número 1 seguido de tantos ceros como pudiera escribir una persona hasta agotarse físicamente  y no poder escribir más. Curiosa solución por supuesto y además humorística, porque en virtud de ella el campeón de boxeo Mohamed Alí resultaría más matemático que Albert Einstein, puesto que demoraría más tiempo en fatigarse escribiendo números que el matemático judío.

     El Googolplex es un número muchísimo más extenso que el Googol, porque es un  1 seguido de un Googol de ceros, y aun así, no sería el último número posible de imaginar y escribir. Si uno viajara por el espacio a la estrella más lejana, la circunvalara y regresara a la tierra poniendo ceros en el  camino, uno detrás de otros, todavía no alcanzaría el valor final.

     Hasta aquí mi biografía, mi vapuleada existencia por el mundo de la mente humana. Los matemáticos persisten en su obsesión de llegar algún día al final de mí, negándose a aceptar que cuando lleguen a descubrir cien millones de decimales más, les faltarán todavía cientos de millones más. En consecuencia, yo soy hasta ahora un número inalcanzable. Es absurdo cualquier intento de ir más lejos.

     Sin embargo, no es justo que yo especule tanto con mi secreto. Por eso quisiera terminar  esta biografía con mi propia opinión de mí. ¿Podrá conocerse alguna vez el número total de decimales de Pi? Los que han seguido mi historia  seguramente dirán que no.  Sin embargo no es ésa la respuesta correcta. La buena contestación dice: “Es posible que sí en el término de un Googolplex o varios más, el día en que los hombres sean como los dioses.” Mientras tanto, estimado lector, manténgase alejado del problema porque el proveedor de alimentos no le hará seguramente cuestión de precios si usted le paga  $3,1416 o $ 3,14159.   

PALABRAS SIN COSAS

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     Algunos filósofos han sostenido y sostienen que las cosas existen en este mundo a partir de que se les da un nombre. ¿Es realmente así? El más elemental sentido común nos indica que esta afirmación es falsa puesto que existen innumerables cosas cuyos nombres no conocemos y sin embargo están en algún lado. Yo no conozco la palabra con que los chinos designan a los ojos, pero estoy seguro de que los chinos los tienen. Existen millares y quizás millones de cosas cuyos nombres no conozco y sin embargo existen sin necesidad de que yo sepa con qué palabra se designan.

     Cuando no contamos con la palabra salvadora precisa, recurrimos al vocablo “cosa”.  Podemos imaginarnos a una persona diciéndole a otra “Alcánzame esa cosa que está al lado de aquella cosa  porque la necesito para una cosa”, en vez de decirle “Alcánzame ese huevo que está al lado de aquella fuente porque lo necesito para mi comida.” De lo dicho se deduce entonces que para existir una cosa no necesita que nosotros sepamos su nombre.

     Admitido que las palabras no son cosas, queda pendiente el problema del uso que se sigue haciendo de las palabras. Mis pretensiones son menos ambiciosas que las de los filósofos, y con tal advertencia me limitaré a mencionar algunos casos de abuso lexical.  El procedimiento para formar palabras nuevas sin sus correspondientes cosas es muy sencillo. Existen en nuestra lengua palabras simples, de significado conocido, por ejemplo, hora, agua, amigo, presidente, señor, etcétera, y otras palabras que no existen independientemente sino que se utilizan para agregarse adelante o detrás  de las anteriores (prefijos y sufijos) y formar así nuevas palabras. Entre las que van adelante algunos son pre, tele, hidro, geo, meta, ultra, bio, mono, post, mega, y entre las que van detrás se cuentan logía, metría, ismo, nomía  y varias otras. Se combinan entre sí estos componentes y asunto concluido. Se han formado palabras sin sus cosas correspondientes, suficientes para enloquecer a los mortales, como podrían ser prehora (¿quién conoce una hora que sea una prehora?), autoamigo (¿no hacen falta acaso al menos dos personas para que haya una amistad?), teleseñor (¿un señor que vive lejos o  un señor que aparece en la televisión?), megaagua (¿qué es una agua grande?), metapresidente (¿un presidente que está más allá de otro presidente? ), ultracónyuge (¿qué será algo más allá del marido o la mujer?).

     Con las que se colocan detrás sucede lo mismo. Pueden formarse amigometría, ojología, madremetría, vidanomía, hormigopsia, caballódromo, brutocracia, orejosis, lengüitis y cuanto sistema político se le ocurra al escribiente, transversalismo, uniformismo, facilismo, olvidismo,  vecinismo,  monocracia, enanocracia, parientismo .

     El colmo de la creación de palabras sin cosas ocurre cuando se mezclan las palabras simples con sufijos y prefijos. ¿Qué tal hablar de megaofertometría como de la ciencia encargada de medir las ofertas comerciales mayores?

     Como puede apreciarse palabras y cosas no coinciden, hay más palabras que cosas, aunque por excepción andan por ahí algunas cosas sueltas a las que todavía no se les ha adjudicado un vocablo preciso, como sería por ejemplo el dulce placer de no hacer nada en este mundo. En el idioma italiano ese vocablo podría ser el dolcefarnientesimo, pero en castellano carecemos todavía de un equivalente.

     Si el lector comparte mis afirmaciones, lo invito cordialmente a investigar si existen cosas equivalentes a las palabras  ultramegalismo, periasociación, ultrahombres, hidrosofía, preanteproyecto y muchas más. Por mi parte, acabo de descubrir que la palabra cal-emero-logía, o sea el arte de dar los buenos días, no tiene una correspondiente cosa en la realidad. ¿Cumplirá la Real Academia Española con su lema originario de “Limpia, fija y da esplendor”?     

EL DERECHO A MORIR

Derecho a Morir 

     Cada día que pasa me siento más desilusionado con los intelectuales “humanistas” del tercer milenio. Se avergüenzan de aparecer ante sus colegas y el público como irracionales y se apartan de los asuntos teológicos, metafísicos y filosóficos. Para ellos no hay más vida que la verificable entre el acto de nacer y el acto de morir; lo demás es asunto ajeno a su quehacer. Son humanistas porque se ocupan únicamente de los seres humanos, vale decir, de los seres en cuanto son una parte del humus o tierra de este mundo.

     Yo, por mi parte, reclamo que el hombre sea estudiado también antes y después de su paso por este mundo y proclamo que además de los derechos humanos, se investiguen sus derechos a nacer y a morir. Del derecho a nacer ya he tratado en otro artículo paralelo. Ahora le toca el turno al derecho a morir. Enunciado en una forma sencilla mi pregunta es: ¿quién decide en la punta final el momento y la forma de morir, el enfermo, el médico, un familiar allegado, un juez, la convención de Ginebra sobre la guerra, un tribunal de Nurenberg, los servicios de espionaje o contraespionaje, un gobernante autoritario?

     En mi opinión, ningún tercero, quienquiera que sea, solamente el paciente. El Sumo Pontífice Juan Pablo II ha dado un ejemplo categórico. Enterado el sufriente Karol Wojtyla de su próximo deceso, se rehusó a ser asistido por medios científicos a una  prolongación de su vida vegetativa y pidió en polaco, su idioma natal, “Déjenme ir a la casa del Padre.” (Acta Apostolicae Sedis , 2005). Por supuesto, ni los médicos de la clínica donde se atendía ni su equipo de acompañantes directos se interpusieron a su voluntad y el Papa murió deteriorado por el mal de Parkinson, una traqueotomía y una infección de las vías urinarias.

     Pero no todos los casos ocurren en las alturas pontificias. Tengo leído en un autor holandés un caso menos eminente. Un campesino aquejado de una enfermedad que requería el traslado inevitable del paciente a la ciudad por el riesgo de muerte, se negó a moverse de su morada rural. El médico le argumentó que su juramento hipocrático lo ponía en la obligación de recomendarle ese traslado de inmediato, a lo cual el enfermo respondió: “Arregle usted su problema profesional, que mi muerte la decido yo.”               

     Conforme a lo dicho hasta aquí, sería absurdo negarle al paciente el derecho a decidir  su destino. ¿Pero cuál sería la solución justa cuando el enfermo no está en grado de razonar: el padre, la madre, un hijo, un hermano, otro familiar allegado, el médico, un juez?  Hemos llegado al límite de la posibilidad humana.    

     Pienso que la mayoría decidiría probablemente con una visión sentimental y caritativa aliviar el dolor del paciente terminal y dar por concluido el dilema. ¿Se negaría usted a que el médico le hiciera una transfusión de sangre que le prologara la vida unos días y nada más, o que le aplicara morfina que le suprime el sufrimiento aun cuando le acorta la vida?

     Le doy otros casos extremos.  ¿Y si el agonizante, en estado consciente, tuviera un  oculto instinto suicida ; o fuera un cobarde con miedo a morir lúcido; o un neurótico desequilibrado psíquicamente; o un chantajista desilusionado de su familia;  o un suicida romántico confundido, o en último caso, un místico ansioso de pasar a la eternidad?  Mas aun así, subsiste una cuestión más sutil todavía: ¿no está usted  interponiéndose a la consumación de un  milagro?

     No tengo respuesta personal a esta duda, pero le daré algunas pistas extraídas de autoridades que pueden servirle: “Se vive solo, se muere solo; los demás nada pueden.” (Pascal, Pensamientos). Un psiquiatra contemporáneo convertido al catolicismo, ha escrito que “los hombres corrientes no estarán en condiciones de adquirir la experiencia de la muerte como no sea a través del deceso de sus allegados “( Ignace Lepp, Psicoanálisis de la muerte ).

     Siendo ésta una indiscutible realidad porque para tener esa experiencia se debe haber muerto con anterioridad, ante la inminente muerte del prójimo no queda otra salida que atenerse a los dictados de la propia fe religiosa, a la visión filosófica que se tenga de la vida y de la muerte, o al honesto criterio personal que nos inspire individualmente en cada caso particular.

     Hay que ir acostumbrándose a vivir con los misterios.

INGLÉS BÁSICO

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     Entre 1889  y 1957 existió en Inglaterra un señor de apellido Ogden, muy versado en lenguas antiguas y modernas, que tuvo la ocurrencia de simplificar el inconmensurable idioma inglés en 850 palabras y unas pocas reglas de combinación para manejarse con suficiencia en el mundo anglosajón. Su invento resultó tan llamativo que el entonces presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y el primer ministro inglés Winston Churchill, convocaron a una comisión de sabios para que estudiaran la extensión de su uso en las escuelas.

     El lingüista Charles K. Ogden era una persona seria, pero su invento resultó una broma. En las escuelas de Gran Bretaña cuando los niños iniciaban sus estudios gramaticales ya habían aprendido en sus casas más de las famosas 850 palabras (con sus 16 verbos incluidos), y consecuentemente el método fracasó. No servía , o en el mejor de los casos,  podría servir para extranjeros. ¿Por qué 850 palabras y no 1.000 o 1.500? El inventor respondía porque el idioma era eminentemente práctico y no podía haber nada que faltara ni nada que sobrara. Con las pocas semanas que requería su estudio no podía pretenderse más. Yo no podía comprender de qué manera el vocabulario inglés de unos 4.000 verbos regulares e irregulares podía reemplazarse por otro de 16, pero el autor insistía en su eficacia. Yo me puse a razonar en un  caso. En el sólo hecho de ir a la cama por la noche, dormir y levantarme, necesitaba varios verbos, tener sueño,  ir a dormir, desvestirme, acostarme, dormir, soñar, despertarme, bostezar, desperezarme,  levantarme, higienizarme, limpiarme los dientes y vestirme, justo 13 verbos. No me quedaba espacio para los restantes de los otros 4.000 existentes en la lengua. Si para una cosa tan sencilla como dormir necesitaba 13 verbos, ¿cuántos más necesitaría para designar los millones de cosas y acciones que componen la vida? Según tengo leído el idioma inglés tiene unas 85.000 palabras, y según este cálculo, el inglés básico tendría más o menos una por cada 100 palabras existentes. Llegué entonces a la conclusión de que dominando el inglés básico, el ser humano que lo poseyera hablaría como un piel roja norteamericano. Diría entonces “Yo tener enfermedad” (Yo estoy enfermo), “Usted dar agua para mí” (Déme agua),  y “Nosotros dos tienda juntos” (Somos marido y mujer), y otras lindezas por el estilo.    

     Realmente –pensé-, para hablar así es mejor quedarse en casa y no viajar. No obstante, decidí proseguir con mis investigaciones lingüísticas. Me concentré en las palabras referidas a la comida. Encontré entonces que las referidas al arte del nutrimiento eran exactamente  water (agua), bread (pan), milk (leche), eggs (huevos), sugar (azúcar), salt (sal), fish (pescado), rice (arroz), apple (manzana), cheese (queso),

ham (jamón), soup (sopa), sandwich (emparedado) y cake (pastel). Pobre infeliz con esta alimentación –me dije- , nada de carnes rojas, vino, empanadas, ravioles, ostras, ginebra, aceite de oliva, ostras, pimienta, bananas, frituras y tantas otras delicias de la comida latinoamericana, mediterránea y oriental. Con el reducido vocabulario disponible, el novato angloparlante estaba condenado a la muerte a corto plazo o en su defecto a la flacura y debilidad permanentes. No tengo dudas de que el propio Ogden, un encumbrado sir británico, no se sometería a este menú ni en defensa de su invento. ¿Se imagina el lector a este personaje pidiéndole a su doméstico pan con huevos, leche con manzana, pastel de jamón y azúcar? Yo, sinceramente, no. No sin razón el método fracasó en los colegios británicos, poblado de muchachitos capaces de comerse un búfalo a pedazos y beberse un litro de cerveza diaria.

     Luego me concentré en las palabras más abstractas, y me topé con términos como moneda, cheque, oficina de correo, minas de cobre, crédito, industria, gobierno, libre comercio, banco, gran nación, posición política, propiedad, intereses, unas 300 en total, seguramente seleccionadas por Ogden para aprendices financieros y comerciales. Hurgué entonces en las justificaciones dadas por un divulgador del inglés básico, quien sostenía que “si el lector habla como ellos, será comprendido en cualquier país de habla inglesa y aceptado como una persona de buena clase social.”   

     ¡Por fin! -me dije –.  Aquí está la clave del invento. Proseguí la lectura y me encontré con párrafos contundentes: “Hoy por hoy, el dominio del inglés se hace casi indispensable para el que pretenda alcanzar éxito comercial y social…Además de las razones de sentido económico, existen las no menos importantes de orden ideológico…”

     No cabía duda. A confesión del acusado, no hay necesidad de pruebas, dice desde antaño una premisa jurídica. Muy lejos de mi pensamiento está la idea de sugerir una descalificación del  famoso lingüista, persona honorabilísima y respetable por méritos propios. Únicamente no puedo imaginarme a mí mismo diciendo en Wall Street en inglés a un eventual oficial de cuentas:

     – Yo venir banco, poner dinero, cobrar intereses, año próximo. 

      Recordé entonces a un piel roja norteamericano que una vez dijo “Ojo de Águila matar general caballos”, sentí vergüenza y aquí estoy ahora, sin inglés y con mi español deteriorado.  

MATAR UNA PLANTA

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Si alguien corta o arranca la raíz de una planta antes de que asome a la superficie, no hay duda de que ha matado la planta futura. No diremos que el autor de este acto es un asesino de plantas, porque las plantas no se pueden asesinar. ¿Pero qué pasa si lo que se corta o se arranca  es un feto humano?

     Toda cosa cuyo crecimiento o desarrollo es interrumpido se denomina en español un“aborto” (ab- ortus, antes del nacimiento, de la natividad , del principio). Por eso se dice en español que una revolución, por ejemplo, ha abortado cuando no ha llegado a producirse. Cuando una persona ejecuta esta acción sobre un feto humano, comete en realidad un aborticidium (aborticidio), esto es, ha matado un aborto quitándole la oportunidad de nacer.

     Curiosamente la lengua latina es más precisa que la española en este caso. En latín una cosa es un “aborto” ( algo nacido antes de tiempo) y otra diferente un “aborticidio”, es decir, matar a ese aborto. Si alguien arranca el feto del vientre materno ha generado un aborto, pero si además mata a ese aborto, ha cometido un aborticidio.  

     Los facultativos de la medicina están divididos en abortistas y en antiabortistas. Los abortistas sostienen que provocar el aborto intencionadamente es permisible hasta los 14 días desde la fecundación, porque hasta entonces no está desarrollado el sistema nervioso en el embrión. Este argumento es como decir que si alguien arranca una raicita de menos de 14 días, no ha matado la planta porque hasta entonces es únicamente una raicita y no una planta desarrollada. O decir que si se aplasta un huevo de pájaro no se ha matado una paloma sino un huevo de paloma. Por supuesto, se ha destrozado un huevo, ¿pero se ha matado o no la paloma que venía adentro?

     En consecuencia, quien diga que un embrión no es una persona está afirmando algo contrario a la biología. ¿Si mata la raíz, no mata la planta?  ¿Si mata un embrión no mata una persona?

 

 

CONSEJO A UN LECTOR CONFUNDIDO

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 ¿Quién te ha dicho que el Quijote es aburrido? Si lo hubieras leído con paciencia y humildad respetaría tu dictamen, pero sé que no eres afecto a la lectura y te conformas con las solapas del libro o algunas páginas hojeadas.

          Nadie te obliga a leer si las bellas letras no te conmueven. No cometas la imprudencia de perturbar tu juicio posando tu mirada sobre signos que te son extraños. Una página necia no se convierte en literaria por estar impresa, como un guijarro del desierto no se transforma en esmeralda porque lo pinten con esmalte.

          Los saltimbanquis se ganan la vida haciendo bailar un oso al son de la pandereta y algunos inexpertos lo hacen escribiendo necedades.  Un oso no es un cisne ni un guijarro una gema preciosa.  El arte es arte y no otra cosa. Así ha sido desde milenios y continuará siéndolo hasta el fin de los tiempos.

          Por favor, no digas que Góngora es un ángel de las tinieblas porque desconoces la naturaleza de la metáfora, ni inculpes a Borges de incomprensible porque tú no lo entiendes. Nada perderás con ser humilde y reconocer que tú eres quien no puede acceder a su mentalidad por tus deficiencias propias. ¿Desafiarías a Newton afirmando que sus descubrimientos cósmicos sobre la gravedad del sistema solar son erróneas?

          Pero si no puedes reprimir tu arrogancia o si tu rebeldía intelectual trastorna tu lucidez, espera como el ave Fénix a que en el  futuro renacimiento de tus cenizas los dioses sean generosos contigo y te prodiguen más humildad espiritual

 

 

BREVIARIO DE SENTIDO COMÚN

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Los hombres de ciencia no se han puesto de acuerdo sobre si el sentido común es una facultad del hombre como la inteligencia, los sentimientos o la memoria, o si consiste sencillamente en un conjunto de ideas que la mayor parte de las personas acepta para vivir. 

       Cualquiera sea su naturaleza, el caso es que el sentido común se manifiesta en el género humano sin necesidad de saber en qué consiste. Si alguien preguntara a cualquier madre del mundo si es hermoso matar a un hijo, seguramente respondería que no, aquí, en la China, en Egipto o la India,  antes, ahora y en el futuro, excepto si es una  defectuosa mental privada de su razón. Dígale a un analfabeto que cuanto más tiempo permanece bajo la lluvia menos se moja, y dirá que usted está loco. Bueno, eso es sentido común, el “buen juicio” de la gente mentalmente sana, madura y razonable.

     El sentido común no tiene ninguna garantía de que sea verdad y sirve para explicarse fenómenos físicos, situaciones de vida sucesos cotidianos, etcétera. Si alguien dijera que los gallos cacarean en el idioma de la torre de Babel, el hombre sensato se burlaría de él por poco que supiera del lenguaje animal. No hace falta ser fisico para darse cuenta de que la lluvia no sube de abajo hacia arriba ni de que un león no puede contraer nupcias  con una gallina.

     En lo que a mí atañe, he pensado algunas reflexiones sobre el sentido común, que obsequio al lector:

     1. El sentido común es una especie de instinto intelectual que existe en todo el linaje humano y que lo impulsa a creer en ciertas verdades. Nadie creerá que disparando al aire con los ojos tapados derribará al ave que desea, ni que metiendo la mano con los ojos cerrados en una bolsa sacará siempre la bolilla negra de entre ciento, ni que arrojando al suelo miles de letras formarán al caer una poesía. ¿Qué explicación podría dar a esta afirmación? Ninguna, o diciendo simplemente “porque no.” Sin embargo, son verdades.   

     2. El sentido común reconoce que hay certezas que el hombre no puede tener, por ejemplo, saber si la cifra de la totalidad de las estrellas es un número par o impar. Los pensamientos absurdos y los imposibles son rechazados por el sentido común. Son las imposibilidades en las que el sentido común no puede caer. Por él sabemos que no puede haber radios desiguales en una misma circunferencia y que jamás una parte puede ser mayor que el todo. Nunca dos más tres formarán siete, y siempre que hay dos es porque antes existió el uno. En casos como éstos, la imposibilidad de sentido común es un criterio seguro de que el hecho no se ha verificado ni verificará. Por ejemplo, encender una fogata de leña en el suelo y que la columna de humo escriba en la atmósfera  el Quijote entero.

     3.  La ciencia ni la tecnología pueden anular ciertas verdades del sentido común. El hombre de sentido común no debe dejarse atribular por cualquier científico que se le cruce en su camino y le reproche su opinión. La ciencia también tiene sus limitaciones y por mucho que haya progresado, el camino que le falta recorrer es inmensurable. El científico no tiene de ninguna manera el monopolio de la verdad. En caso de duda, esperar y no atropellarse, de algún lado o en algún momento emergerá la verdad,  y si no emerge, es necesario conformarse porque de lo contrario la vida en este mundo resultaría atormentada.

     5. No mezclar la teoría con la realidad, que son dos cosas diferentes. A una persona le consta que le duele un hombro, aunque los sabios discutan sobre si existe o no el dolor; a otra su abogado le asegura que ganará el juicio en su favor, pero su instinto intelectual le dice íntimamente que lo perderá. Aunque muestre cien títulos universitarios, es más sensato equivocarse con el juicio propio que con el ajeno. Los propios astrónomos se refugiarían en una cueva si llovieran meteoritos en vez de pensar en sus concepciones científicas.  

      6. No creer con ingenuidad en todo cuanto se escribe o se dice. El sentido común indicará  que no se puede colonizar un astro desértico adonde es necesario llevar desde la tierra el oxígeno para respirar, el agua para beber, los alimentos para comer y los remedios para curase. Además, ¿qué justificativo tiene esta pretensión? Pregúntele a su sentido común y le contestará que ninguno. Ir a Saturno o Neptuno le demandaría centenares de años y moriría en el camino. Pero aun en la hipótesis absurda de que llegara con vida, sano y bien alimentado, ¿qué haría allí?

     7. Cuidado con las falsas promesas. ¿Usted cree que las burbujas de una bebida gaseosa aumentan el coeficiente intelectual? ¿Usted cree que algún día los seres humanos no morirán? ¿Usted cree que comprando un relicario con unos granos de tierra de Jerusalén en el otro mundo San Pedro le tendrá reservado un lugarcito?

     8. Los pronósticos del sentido común sobre el futuro de las acciones humanas es impredecible, los de la ciencia también, porque el hombre es libre. Suponer que se puede conocer por anticipado lo que hará en determinadas circunstancias una persona, equivale a decir que los individuos tienen ya marcado su porvenir, lo cual es falso. Un mentiroso no miente siempre, ni un borracho, por borracho que sea, está todos los momentos de su vida embriagado; cualquier circunstancia imprevista puede hacerlo cambiar.

     9. El sentido común nos enseña que debemos guardarnos de creer que los demás piensan como nosotros. La inclinación a creer que los otros harán lo que nosotros haríamos, es un error pernicioso. Si yo soy veraz cuando hablo, es erróneo creer que los otros también lo serán. Ciertos asuntos secretos de Estado, las intimidades picantes de algún conocido, las noticias que ponen en peligro la vida ajena y algunos asuntos más no pueden revelarse.

    10.  Una última constatación: el sentido común no lo resuelve todo, pero es necesario para vivir.  Reúne todos los caracteres para considerarlo suficiente en ciertos casos y necesidades. Algunos temas de la filosofía y de la teología no pueden vulgarizarse y convertirse en una cosa popular, y en tales circunstancias, el sentido común es el mejor sustituto disponible.

LA MIRADA Y LA PALABRA

 

mirada 

     Los ojos son la única parte del cuerpo humano que no miente. Están directamente conectados con el espíritu interior y lo reflejan sin engaño. Basta que un enamorado mire a los ojos de quien tiene delante para saber si ella le corresponde, sin necesidad de ir a preguntárselo a nadie. A ella le sucede lo mismo: cuando mira a su interlocutor, sabe de inmediato si él está enamorado o no de ella. El beso se convierte entonces en un pacto silencioso, sin permiso previo, porque el acuerdo ha sido establecido a través de las pupilas. No hay riesgo de la bofetada clásica. Y esto sucede porque los músculos  que gobiernan a las pupilas, son ajenos a nuestra voluntad. Dos personas en estas condiciones, podrían unirse en matrimonio si haber intercambiado palabra alguna. ¿Para qué entonces la palabra si todo está dicho ya?”

          La sonrisa es la segunda forma de penetrar en el alma ajena, pero con una diferencia: no se puede fingir, pero se puede congelar. Los anatomistas han descubierto que en la sonrisa intervienen veintiún músculos en total sobre los cuales el ser humano no tiene dominio. Únicamente puede inmovilizarlos. A tales individuos nuestras abuelas los denominaban “caras de piedras” o “caras duras”. Sin tener que recurrir a ningún experto cada persona distingue al

     Alguien ha dejado dicho por ahí que cuando escucha a un orador no sabe si le miente, pero cuando lo mira sí. En efecto, la mirada ajena nos descubre de la misma manera que nosotros descubrimos a nuestro interlocutor. La clave está en las pupilas, que se agrandan sin nuestro consentimiento cuando algo nos agrada o nos sorprende, y se achican cuando nos desagrada o nos mienten. Mirar a nuestro personaje con atención

nos brinda la posibilidad de saber dónde está nuestra felicidad y dónde no.

      La mirada establece una relación de verdad que viene directamente desde adentro del hombre, y que una vez establecida no tiene marcha atrás. Él está seguro de que ella lo quiere y ella también. Ambos perciben el mensaje implícito en sus miradas. Podrán acatarlos o no, pero ya lo han expresado.

     Una mirada no es una ojeada. Ojear es un nada más que un movimiento físico de los ojos, un pasar la vista por encima de los objetos y las personas. A veces puede ser una  advertencia a alguien para anticiparle que deseamos mirarlo o morirla y la respuesta en las mujeres puede ser una caída de los párpados, un bajar la vista, una sonrisa u otro gesto galante. La técnica del galanteo se ha conformado sobre la base de estas observaciones.  

     La mirada revela mejor que las palabras nuestra intimidad y no se estudia ni aprende.

Si alguien desea conocer a otro o enviarle un mensaje de amor, no vaya en procura de ayuda a ninguna parte,  Mírelo a las pupilas. 

 

 

 

UNA GUERRA JUSTA

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  La guerra ha sido uno de los más grandes enigmas de todos los tiempos. La gran pregunta se enuncia así: ¿Es justa una lucha armada donde mueren tantos seres humanos? Usted deberá tomar en conciencia su propia decisión. Yo lo ayudaré con un ejemplo histórico. Puede encontrarlo, si lo prefiere, en el libro Relecciones sobre los indios del Padre Francisco de Vitoria, teólogo dominico y jurista español (1486-1586), catedrático de la Universidad de Salamanca. Su fundamento central era el de la evangelización. Es accesible actualmente en las librerías y se lo considera un clásico en derecho internacional.

      La mayor parte de los lectores ilustrados sabe que los españoles invadieron los territorios de los indios aborígenes americanos cometiendo una gran matanza de gente inocente. La discusión sobre los títulos que alegaban los españoles, la evangelización,  fue cuestionada por el Padre Vitoria, quien expresó en sus clases que el Emperador no era el señor del mundo y que el Papa no tenía potestad civil o temporal sobre todo el orbe, y que en todo caso, no podía transmitirla. Por consiguiente, los príncipes cristianos no podían castigar a los bárbaros ni constreñirlos por sus pecados contra naturaleza (sodomía), pues el Papa no tiene jurisdicción sobre los infieles. Los bárbaros no están obligados a creer al primer anuncio que se les haga de la fe y no puede hacérseles la guerra con este argumento. En consecuencia, los bárbaros tienen igualdad jurídica con todos los pueblos.

     El Padre Vitoria reconoció 8 títulos justos para justificar esa guerra: 3 son teológicos (religiosos), y 5 civiles que no se fundan en la evangelización.

Títulos religiosos:

1. El único título de los españoles es el de la evangelización. Los cristianos tienen derecho sin autorización papal a evangelizar a los bárbaros, y si los bárbaros no lo permiten, pueden deponer a sus señores pero en sentido estricto (“No dudo que fueran necesarias la fuerza y las armas…pero temo que las cosas hayan ido más allá de lo justo y necesario.”).

2. Pueden recurrir a la fuerza si los príncipes bárbaros fuerzan a los convertidos a retornar a la idolatría.

3. El Papa puede dar a los convertidos un señor cristiano y deponer a los infieles.

Títulos civiles:

4. Título del comercio: Los cristianos tienen el derecho de peregrinar y permanecer en territorio conquistado (sin delito o fraude).    

5. Los cristianos pueden entrar en territorio bárbaro en caso de incapacidad gubernamental de los indios.

6. Los cristianos pueden ocupar ciudades si su seguridad está en peligro.

7. Los cristianos pueden entrar para evitar la tiranía de los bárbaros.

8. Los cristianos pueden entrar para apoyar a sus socios y amigos.  

     Cito este caso en particular porque lo conozco más fondo, pero presumo que pueden  existir otros más o menos semejantes. De todos modos, no es en modo alguno una apología de las masacres ni una justificación de la guerra, abominable de por sí. Prescindo en este artículo de la famosa polémica que se desató en su tiempo sobre el tema para no abrumar al lector, aunque le advierto que las opiniones vertidas en el siglo XVI son abrumadoras.

     En general se registraron objeciones a las tesis del Padre Vitoria con los razonamientos de que los indios también habían cometido estragos entre otros habitantes indígenas anteriores para ocupar sus territorios;  que en  esas tareas de extermino varios pueblos indígenas y mestizos habían colaborado con los españoles; que el robo de  la tierra ha sido un fenómeno constante en la historia de la humanidad (¿quién fue el primer propietario de las tierras?);  que los ingleses, franceses, alemanes y holandeses también conquistaron por la fuerza pueblos, sin contar con las numerosas incursiones de los chinos y otros orientales; que los propios caciques negros africanos cazaban negros para venderlos a los occidentales negreros.

     Ésta es en forma sumarísima una visión de los hechos que deseaba hacer conocer a mis lectores. No es válido hablar de “genocidios” en aquellos años, porque éste es un vocablo que alude específicamente a fenómenos posteriores.

     Yo prefiero arriesgar la opinión de que los hombres matan y han matado siempre por imperio psicológico conforme a estos motivos: 1) te mato porque te odio; 2) te mato porque tengo miedo de que me mates; 3) te mato porque quiero apoderarme de tus bienes; 4) te mato porque quiero tener poder; 5) te mato para defenderme; 6) te mato para vengarme; 7) te  mato porque piensas diferente de mí.

     Hasta aquí llega mi conocimiento. Pero si me preguntas porqué el hombre es así,  busca por otro lado respuesta. Yo tengo la mía propia y tú debes elaborar la tuya.  


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