ARGENTINA LA FELIZ

ARGENTINA    

 

 El americanista estadounidense Ronald Milton de la Universidad de Stanford, sostiene que la Argentina “debería ser el país  más feliz del mundo” y explica las razones: es la segunda nación en superficie en Latinoamérica después de Brasil pero su tierra es infinitamente mejor, el clima es bueno, no tiene conflictos raciales, posee reservas minerales en los Andes, hay recursos forestales en Misiones y en las laderas andinas de Neuquén, dispone de un buen potencial hidroeléctrico, produce azúcar y vino, el argentino come bien, demasiado bien se podría decir, casi no ha tenido guerras desde su independencia, la ocupa una población blanca y culta y debería ser un país democrático. La transformación que efectuó alrededor del 1900 es única en América, y tiene muchas semejanzas históricas con los Estados Unidos: la instrucción pública es probablemente la mejor de Latinoamérica en el nivel primario y secundario, las universidades son famosas aunque por ahora estén politizadas, sus artes plásticas son excelentes aunque no tengan artistas tan originales como México y Brasil, y finalmente, sus ciudades muestran un desarrollo bastante uniforme, sin contrastes como en otros países. A estas ventajas agrega una  hipotética: en caso de un conflicto militar, estaría alejada de los centros más peligrosos. “No hay disculpa que valga; no se puede culpar ni a las potencias extranjeras ni a los problemas materiales, la culpa es de los argentinos”, concluye.

        No estamos seguros de la validez de este elogio y de esta descalificación combinados, pero sí lo estamos de que esta incertidumbre y ambivalencia también nos envuelve a muchos argentinos desde hace tiempo. Nativos y extranjeros de los siglos XIX y XX, simples viajeros unos, analistas profundos otros, se han ocupado de “descubrirnos” cuando la Argentina comenzaba a asomar en el horizonte mundial y prometía convertirse en una nación de vanguardia.

     Entre las opiniones  de afuera podrían analizarse, en primer lugar y por sus agudas y polémicas observaciones, las de Ortega y Gasset, fruto de sus tres residencias en Buenos Aires, 1916, 1928 y 1939. Disponemos de una amplísima bibliografía sobre el tema, que describen el país, sus hombres y su cultura, a partir de los tiempos coloniales hasta nuestros días, desde diferentes puntos de vista, en tanto somos argentinos, sudamericanos y latinos al mismo tiempo, y fuimos aborígenes, hispánicos, criollos, europeos y occidentales. .

     Se pensaba por esos años que nuestro progreso era inevitable, casi automático, destino que nos complacía y alentaba nuestro orgullo de ser el país más blanco al sur del Canadá y más intelectualizado al sur de los Estados Unidos. Confiaban esos hombres en que disponíamos de suficientes reservas de voluntarismo nacional para edificar una nación poderosa e inteligente. Los años se encargarían de recortar esas aspiraciones y colocarnos frente a otra realidad. No bastaba con ser ricos, como lo éramos, si esas riquezas no se sustentaban en una compartida voluntad de todos los habitantes de realizar un trabajo sostenido y fecundo. Una minoría intelectual directora no tiene poder para construir una nación por sí misma, a menos que la acompañe el resto de la sociedad.

      La exaltación del optimismo satisfactorio alcanzó su auge en 1910, año del Centenario, y de allí en adelante el entusiasmo comenzó a decaer y las ilusiones a desmoronarse, por varios costados.

     Se terminó el pensamiento de que éramos una potencia en cierne por razones biológicas, el optimismo biologista, según el cual era una fortuna la condición de ser mayoritariamente un pueblo de blancos. Sarmiento ya había puesto en duda esta superstición racial “¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello.” Se terminaron de a poco otras fantasías de diferentes procedencias, la de que preferimos los valores espirituales antes que los materiales, la de que somos esperanzados insobornables, que nos distinguimos por la creatividad, que mantenemos el alma intacta, que no tenemos complejos de inferioridad, que somos triunfalistas, que somos diestros en las artes y los deportes,  y por lo menos una docena más  de adjetivaciones elogiosas. La comunicación moderna con otras sociedades está poniendo en duda si éramos tan buenos y brillantes como los visitantes obsequiosos afirmaban, o tan perezosos, utópicos, verbalistas, no confiables, insatisfechos, frustrados, amantes del lujo, autoritarios y susceptibles, como propagaban nuestros detractores foráneos y algunos de nuestros intelectuales pesimistas. Más razonable sería pensar no qué somos  sino cómo actuamos en cada circunstancia.

     Tenemos posibilidad de repensar la Argentina y esclarecer nuestra conducta hasta determinados límites, trasformando o modificando las realidades que la vida nos ofrece, y en esta posibilidad conviene radicar nuestras expectativas y esperanzas.

     La vida argentina está saturada de teorías interpretativas sobre el “ser nacional” e  “identidad nacional” un tema de larga historia que convendría precisar. Ser nacional significa en términos filosóficos ser algo, tener una existencia con características propias, esenciales y accidentales, y en tal sentido, no hay duda alguna de que tenemos un ser en cuanto existimos en la realidad y somos algo. Identidad nacional  es un concepto que nos remite a la etimología del vocablo. En griego ídios  significa lo propio, lo particular, lo distintivo, como puede apreciarse en la palabra idioma. En la realidad existencial no hay duda de que las naciones o pueblos tienen caracteres distintivos unos de otros.

     Al hombre argentino se le han atribuido varias peculiaridades que caracterizan su identidad.

   La vida gaucha de los siglos XVIII y XIX ha perdido parte de su  vigencia con la inserción de tecnologías modernas. El antiguo campesino rural trabaja la tierra montado sobre una cosechadora o sembradora, recibiendo instrucciones  de su patrón por teléfono celular, que observa por televisión la cotización de la soja, el trigo y el maíz en el mercado cerealero de Chicago. La internacionalización  se ha filtrado en su alma por imperio de una nueva necesidad y una nueva valoración. 

     Varios cuestionamientos se plantean a los argentinos con respecto a su carácter nacional. En materia artística se han producido desplazamientos e inserciones notorias. El autor depende cada vez más de los públicos extranjeros y ha internacionalizado sus temas y estilos. Su voluntad de lograr un arte original se conserva incólume, a pesar de la globalización, con resultados divergentes. Se habla por ejemplo de un rock nacional, lo mismo que de un tango de salón y de un tango espectáculo como formas  universalizadas aplaudidas por turistas y extranjeros, pero discutidas  por quienes entienden que lo vernáculo o característico es unas veces bello y otras desagradable. En economía ha aparecido la idea de un Mercosur o agrupación solidaria de países sudamericanos frente a los bloques económicos de otros continentes o subcontinentes. En política se ensayan nuevas modalidades de democracia más adaptadas a las nuevas contingencias mundiales. En sociología el sindicalismo tradicional que luchaba por pan y trabajo ha incorporado modalidades foráneas, y el despido de un obrero en un astillero de Polonia genera un paro solidario en la Argentina.

   A los argentinos se les ha atribuido algunos caracteres propios. Uno de ellos, el intelectualismo se mantiene vigente, aunque debilitado por la propensión a discutir más bien la teoría de los hechos que los hechos mismos, tomar el mapa por la geografía. Inteligentes pero ineficaces  a la hora de tomar decisiones. Un hispanista profesor de la Universidad de Columbia sostenía que cuando los latinoamericanos se reúnen en un congreso para resolver un problema, primero discuten el derecho a reunirse, y el tema central queda sin tratamiento. Vale decir, que el intelectualismo se degrada en verbalismo. 

      Otra nota observada es el patriotismo, no el patriotismo natural en todo pueblo, sino el calificado de insólito, frenético y exaltado. ¿Qué pueblo se conoce en el planeta que no sea patriótico? ¿Y por qué no habría de serlo? El patriotismo o amor al suelo natal viene incluido en el espíritu del ser humano, como el amor a los hijos. El individuo patriota se siente seguro y mejor acompañado por sus semejantes y se vuelve nostálgico cuando está alejado. Pero patriotismo no es lo mismo que nacionalismo o racismo. El patriotismo es un sentimiento, el nacionalismo una idea.

     Una tercera nota del argentino es el individualismo. Esta afirmación es más justificable porque nadie está obligado a despreciarse  a sí mismo ni a sacrificar su individualidad.

     La multiplicidad de descalificaciones que los argentinos hemos cargado sobre nuestras espaldas hasta la actualidad sobrepasa lo justo. En tiempos de la Colonia fuimos peruleros e indianos; en los años prósperos de la Organización Nacional nouveaux riches y rastacouères, y por estos años sudacas y argies.  Es propiamente difícil decir cómo somos, cuáles nuestras virtudes y cuáles nuestras debilidades, pero no debiéramos ver un motivo de vergüenza o aflicción en esto, porque ningún pueblo ha demostrado hasta ahora gozar del monopolio de las  excelencias. A quienes se pregunten si somos mejores o peores que los demás, podríamos responderles que la pregunta no tiene una respuesta general sino personal, porque nadie se dignifica con el mérito ajeno como tampoco nadie se menoscaba con el error del prójimo. Cada argentino, personalmente, es mejor o peor que los extranjeros.

    La historia mundial nos ha caído sin pedirnos permiso. Nadie renegará de los progresos de la medicina porque no es argentina en su totalidad, pero es posible que considere un despilfarro los viajes al espacio que duran diez años y cuestan millones de dólares.

     Es lógico que debamos depurarnos de nuestros errores si los tuvimos, sin escudarnos en pensamientos mágicos ni pedir fórmulas de salvación a los pensadores foráneos,  cuando debiéramos ser autónomos y conscientes de nuestra realidad.


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maelgi
Noviembre 15, 2010, 12:14 am, Reportar este Comentario maelgi dijo

aquí le dejo mi saludo y vuelvo a leer con tiempo,
veo que tendré que concentrarme..
seremos el país mas feliz.

maelgi

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