CARTA ABIERTA AL MUNDO

 

CARTA ABIERTA AL MUNDO

 

     No me recrimine por anticipado el lector suponiendo que trato de escribir una carta válida para los 6.000 millones de personas que componen este mundo. Semejante intención le haría pensar que estoy inmerso en un desequilibrio mental, cosa que es errónea. Ésta es una carta abierta para aquellos de los 6.000 millones que deseen leerla y nada más, como una carta abierta a los argentinos estaría disponible para aquellos de los 40 millones de argentinos existentes en la actualidad que desearan leerla.  

     Algunas personas habrán intentado saber en algún momento cuántas verdades científicas son necesarias para vivir. Espero no defraudarlas si les digo que ninguna, como ha sucedido ya con los hombres prehistóricos. Vivir se vive siempre después de nacido, con razones o sin ellas, hasta el instante de morirse. Y no solamente eso, sino que todavía en nuestros tiempos caminan por este planeta individuos que beben el agua en el cuenco de sus manos, no conocen la cuchara y queman alimentos en la tierra para que sus dioses no se mueran de hambre. En tales condiciones, no conocen la escritura y mucho meros los diccionarios.

    No ha pedido el Creador nuestro consentimiento para instalarnos en el planeta, o sea que estamos aquí por voluntad ajena. ¿Dónde estábamos, pues, antes? ¿Estábamos ya hechos a la espera del turno para venir o nos iban creando a medida que nos enviaban? ¿Por qué razón nacimos en un país y no en otro? Yo podría haber sido francés, indochino o de cualquier otra nacionalidad, pero resulta que soy de la que me eligieron.

     Una vez en este planeta comenzamos a llorar cuando necesitábamos alimentarnos o cuando nos dolía alguna parte de cuerpo, sin tener conciencia de nada de esto. Un día nos dimos cuenta de que éramos una cosa distinta de las demás personas y objetos, iniciando así nuestra vida independiente. En la edad adulta, cuando rememoramos esos días infantiles, nos llama la atención las cosas que hacía ese niño que éramos y hasta lo vemos como un extraño a nosotros. Pero ese niño que fuimos es el mismo adulto que hoy somos, y lo sabemos sin necesidad de consultarlo a un psicólogo.  Pensamos lo mal que estuvimos cuando le pegamos a nuestra compañerita o nos negamos a cantar en el aula de música. Hoy no lo haríamos. ¿Qué pasará entonces con esas travesuras que cometimos? ¿Tendremos que pagarlas alguna vez?  Y en esa alternativa, ¿cómo la pagaríamos? ¿Con fuego, con azufre, con pinchazos de  horquillas, en una olla de agua hirviente, enterrados con medio cuerpo como los árboles? Un religioso con olor a santidad sostiene que el Infierno existe y no está vacío.

     Pero también podría ser que fuéramos premiados. ¿Con qué o en qué? ¿Con un jardín de flores, con una resurrección en este mundo, con una disolución en el dios mismo o nirvana? Un católico confiaría en que sería con un mundo jamás visto por ojo humano alguno: “Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni se le antojó al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que le aman” (San Pablo, en 1 Corintios 2, 9). Esta promesa parece ser más razonable, puesto que la inteligencia del ser humano de ninguna manera puede ser comparable a la de Dios.

     A continuación viene el asunto del día y hora en que ocurrirá mi tránsito a ese mundo que no podemos imaginar. Tampoco puede saberlo ningún hombre, porque las predicciones, vaticinios y conjeturas no son creíbles. El futuro no puede conocerse precisamente porque no ha sucedido todavía. Y aun en el hipotético caso de que pudiera conocerse, ¿quiénes se animarían a querer conocerlo? ¿Cómo se podría vivir esperando ese momento? ¿Qué haríamos sabiendo que faltan dos días, o media hora o un segundo? Probablemente haríamos algo distinto de lo que estamos haciendo. ¿Cómo será nuestra muerte? ¿Me asesinarán, me caerá una teja en la cabeza, me envenenarán con una comida, me suicidaré de miedo?

     Entramos ahora en el más controvertido tema de nuestra existencia: qué hacer entre uno y otro extremo de la vida terrestre. Puede resumirse en una nueva pregunta de la filosofía: ¿qué hago mientras tanto en ese mundo? Las propuestas que nos llegan desde afuera de nosotros son múltiples, pero creo que la más repetida de las respuestas sería “quiero ser feliz”, vale decir, no tener dolores, no tener hambre ni sed, estar contento con lo que se tiene y con lo que se hace, ser libre para optar por lo que deseo, no soportar tiranía política, disponer a mi gusto de mi tiempo, estar alegre, no presenciar actos crueles u horrorosos y así un sinfín de apetencias.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

     Para los antiguos filósofos griegos la felicidad era el fin último y supremo bien del hombre, lo que constituía su verdadero sentido de la vida. Se la llamaba eudaimonía, es decir, la felicidad, la prosperidad, la riqueza, la abundancia de bienes. El daímon era para los griegos un especie de fantasma, espíritu o genio que acompañaba al hombre. Todos los hombres tienden a la felicidad, pero no todos están de acuerdo en cuanto a decir qué es ni cómo puede lograrse. No hay una felicidad única como tampoco hay un amor solamente. Cada cual debe forjar la clase de felicidad personal que desea.

     La felicidad puede consistir en el goce de un cuerpo sano, en la posesión de bienes materiales, en la acumulación de conocimientos, en extasiarse con experiencias religiosas, en llevar una vida virtuosa, en el ejercicio de la docencia, en poder dedicarse al arte o a una vocación y así en una inagotable serie de preferencias. Para el filósofo Kant la felicidad consiste en “estar contento con la propia existencia.” Hasta podría  suceder paradójicamente que un hombre se sienta feliz en poder hacer el mal, como sucede con el enemigo maligno.  

     Todo esto en el mundo natural, porque si se trasciende de este mundo histórico a otro mundo sobrenatural se da entrada a otro concepto de la felicidad, consistente en la visión beatífica de Dios.

     Todo, en definitiva, se reduce a llenar el tiempo que corre desde el nacimiento hasta la muerte. Es un derecho natural del ser humano decidir qué hacer en ese tiempo, vale decir, es un derecho suyo propio y no concedido como favor por otra persona. Puede hacer lo que le plazca, a condición de no dañar a nadie ni estorbarlo en el ejercicio de su derecho.  ¿Le gusta jugar al ajedrez? Juéguelo sin pedir autorización, pero no arroje las piezas a la cabeza de su adversario. ¿Prefiere dedicarse a la cría de leones? Dedíquese, pero cerciórese de que no muerdan a su vecino. 

CARLOS A. LOPRETE: falleció 04 de diciembre del 2010

TÉ CHINO

te-chino

 

     Hay muchas cosas que las personas no saben y debieran saberlas, como ser las ventajas que tiene el té chino sobre los demás del mundo. Al menos eso se dice aunque nadie haya podido demostrarlo, y mucho menos yo, que no acabo nunca de contar las cosas que no sé. Pero no me preocupa en lo más mínimo esta deficiencia porque otros más deficientes que yo –deficientes totales- viven cómodos en su ignorancia porque ni siquiera saben que son ignorantes.       

     A mí tampoco me importó nunca el tema del té, pero por hacerle un favor a un amigo consagré unos días de los pocos que tengo disponibles para vivir, a la investigación de esa planta y su correspondiente infusión. Lo escribí y se lo entregué, hasta que me vino en mente la idea de difundirlo para que se informen otras personas.

     Para principiar, debo decir que la historia del té comienza hace unos 2.500 años, sin lugar preciso de nacimiento, pues bien podría haber sido China continental, Taiwán, Nepal, Kenia o Japón. Lo cierto es que el té chino es el más famoso en nuestros tiempos, haya nacido o no en algunos de esos países. Con él ha sucedido algo similar a la piedra china, que la opinión pública cree que sirve para raspar los callos mejor que cualquier otra piedra del mundo. Se considera que el té es una bebida estimulante o alimentaria, preferida en Oriente al café, y en su historia ha pasado al Occidente. Pero esta peregrinación terráquea ha provocado interesantes fenómenos históricos. Me atrevería a afirmar que los dos sucesos más curiosos ocurrieron en Japón e Inglaterra.

     El té fue a lo largo de los siglos –y sigue siéndolo-, té blanco, té negro, té rojo, té verde, según sea el proceso de preparación. Explicaré a continuación dos de los fenómenos culturales más típicos de esta infusión, uno oriental y otro occidental, para no despertar sospechas sobre mi imparcialidad.

     El oriental es la ceremonia del té en Japón. Dicha ceremonia únicamente puede ser aprovechada si el concurrente tiene conocimientos previos de kimonos, caligrafía, arreglos florales, cerámica e incienso, porque de no ser así, no le aprovechará la concurrencia. Si no lo invitan particularmente los administradores de los locales, las bellas japonesitas que lo practican se limitarán a cumplir con las funciones asignadas. El ritual dura cuatro horas y en ella le sirven té verde en vasitos de porcelana. El concurrente debe saber apreciar la armonía de los kimonos, el diferente sabor de la infusión en un recipiente de porcelana, el aroma espiritualizador del incienso quemado, la belleza de los arreglos de la sala y el efecto estético de la caligrafía pintada en muros y demás sitios. Si no está capacitado para apreciar estos matices, el equipo de actuantes lo considerará un turista intruso, lo dejará sin su fajo de dólares y lo dejará librado a su ignorancia.

     La ceremonia más famosa del té en Occidente es la inglesa, conocida como five o’clock tea, que no se realiza a las cinco de la tarde sino a las cuatro, vaya uno a saber porqué. Las damas anfitrionas preparan té en hojas o hebras, arrojadas en agua al primer hervor y lo sirven en vasos de porcelana evitando todo contacto con metales para no contaminar la infusión. Una vez servido puede valerse el huésped de la cucharita, poniendo sumo cuidado en no chuparla, signo demostrativo de muy baja condición cultural penada con la expulsión de la comunidad culta. ¿Si imagina el lector viviendo en Inglaterra, Escocia o Irlanda con la fama de chupador de cucharitas? 

   El tránsito más conocido del té de Oriente a Occidente ocurrió en Boston, Estados Unidos. El suceso se conoce como “el motín del té”, en el cual los habitantes de la colonia inglesa arrojaron los fardos de esa planta, como rebelión ante los impuestos excesivos que la madre patria exigía de sus súbditos coloniales. En represalia por la extorsión de la madre patria, los estadounidenses adoptaron la desviación inventada  por  Thomas Lipton, consistente en el té en bolsitas. Para sacudir todo vestigio de imperalismo, los estadounidenses inventaron más tarde, los saborizantes (con gusto a la fruta apetecida), los gasificantes, los colorantes (todos los del arco iris), el té frío, con hielo o sin él, y el té con alcohol, vodka, ginebra, colas, hojas de coca, fernet, etcétera.

     En Europa occidental los italianos se definieron por el café,  caffé, en sus múltiples versiones y hasta ahora tiene sus propios enclaves de venta en todo el mundo.  

     En Latinoamérica el té no ha tenido gran suerte que digamos. No ha logrado desplazar al mate en bombilla, que continúa con su privilegio de bebida estimulante, y cuenta con el apoyo del termo, que permite transportarlo de un lugar a otro.                       

     La competencia entre el té, el café y el mate continúa en nuestros días. No se sabe cuál producto ganará la preferencia, aunque no es desorbitado pensar que pudiera ser una mezcla de los tres con algún otro agregado.  

LA MUERTE DE LA MUERTE

EUTANASIA 

          Hasta ahora, morir ha sido no moverse más, no tener latidos el corazón ni respiros los pulmones, tener las pupilas inmóviles, enfriarse el cuerpo y volverse rígidos los músculos. Nuestros abuelos comprobaban estas manifestaciones levantando del cuerpo un brazo que siempre caía, poniendo el oído sobre el corazón, acercando una vela a las narices que no se apagaba, elevando los párpados hasta encontrarse con unos ojos que no miraban. El frío y la rigidez  ratificaban estos datos poco después.    

      Hoy en día, en cambio, puede mantenerse la actividad cardíaca y ventilatoria mediante cuidados de aparatos apropiados, mientras otros órganos han dejado de funcionar. Aun cuando el moribundo conserve algunas funciones y se sepa que el proceso es irreversible, los especialistas en ciencias neurológicas consideran difunta a una persona cuando ha cesado la actividad cerebral. La muerte entonces sería un proceso progresivo y no necesariamente un evento instantáneo. Pero en todo caso, ésta sería  únicamente la muerte física, corporal, la muerte del cuerpo y no la muerte total.

     Los medios de difusión han dado cuenta en los últimos tiempos de varios casos de muerte encefálica (cerebral) asistidos con recursos técnicos en su actividad cardíaca, respiratoria y nutricional. En algunos de ellos los familiares han debido concurrir finalmente a la justicia para que autorice el retiro de esa asistencia médica. Una nueva disciplina llamada bioética tiene en discusión tan crucial tema, puesto que si el cuerpo sigue vivo con esos recursos no está aún muerto, y en consecuencia, la desconexión de los aparatos empleados puede ser considerada un homicidio, aunque algunos prefieran llamarla “eutanasia.” o “muerte digna”

     En algunas publicaciones se dice que el concepto de muerte digna es diferente en el mundo sajón y en el mundo hispanohablante. En líneas muy generales (en ambos ámbitos hay opiniones personales, filosóficas, religiosas distintas), en el mundo sajón dicha eutanasia puede cumplirse por acción (retirar la asistencia, por ejemplo), o por omisión  (no alimentar al agónico, digamos por caso). Esta simplificación es equivocada e injusta dado que si todos los seres humanos somos igualmente seres humanos en este planeta, no se ve razón alguna para que la muerte digna sea diferente entre un inglés y un chino. Si la hay, la hay para todos por igual.

     La Organización Mundial de la Salud y las iglesias católica y varias cristianas la  consideran contrarias a la ética y a sus credos respectivos. El núcleo de la cuestión estriba en que ningún mortal puede ser privado de su vida sin su consentimiento personal. Esta doctrina suscita  problemas anexos como sucede cuando el paciente no está en condiciones de pensar por sí mismo. ¿Quién decide entonces por el paciente? De seguro que el médico no puede atribuirse esa facultad.    .

     En el mundo católico el cardenal J.Ratzinger (en la actualidad el papa Benedicto XVI), en una carta al arzobispo de Washington D.C. clarificaba el tema: “…Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos  respecto de ir a la guerra o de   aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia.”

     Los argumentos presentados por los defensores de la muerte digna  es que se debe evitar el “encarnizamiento terapéutico o ensañamiento terapéutico”, y el de sus opositores es que nadie está facultado para anticipar la muerte, porque nadie es dueño de la vida ajena y nadie sabe lo que puede ocurrir en el camino.

     ¿Qué hacer entonces? Tampoco me lo pregunte porque no puedo razonar por usted, y cada persona tiene su propia conciencia. Lo que sí puedo afirmarle es que no desearía estar en el pellejo de ninguno de los actores ni de los familiares y siento compasión por todos ellos.

     Y aún más. Para completar mi fracaso en estas especulaciones, en los últimos tiempos me ha surgido otra incógnita. Suponiendo que el cuerpo humano no fuera mortal, ¿cómo viviríamos en este planeta la eternidad? ¿qué haríamos? Piénselo.

 

LAS ISLAS PERDIDAS

maremoto 

     Las islas de este planeta tienen la curiosa particularidad de aparecer y desaparecer, al punto de obligar a los cartógrafos a rehacer sin descanso sus mapas para tenerlos actualizados. Hasta donde alcanzan mis averiguaciones históricas, la cuestión parece haber comenzado con la Atlántida, (según Platón), que se hundió un día impensado bajo las aguas, sin que se sepa dónde había estado originariamente. Las diversas conjeturas sobre su ubicación las sitúan en el Mediterráneo, próxima a Grecia, en el océano Atlántico, en las proximidades de las culturas mayas y aztecas, en el norte cercano al polo, en el norte de España, en algún lugar vecino a Dinamarca y varios otros sitios, sin que falten los autores que creen que no fueron islas sino un territorio mítico. Es una pena que no contemos ya en este mundo con Platón para preguntárselo a él.

     Sea como fuere, ese reino o isla sería un mero antecedente histórico. A mí me interesan las islas que se hunden en nuestros tiempos. Si yo fuera un escritor buscador de fama a cualquier precio, escribiría un libro titulado En busca de las Islas Perdidas y lo presentaría en una feria adecuada, pero mi pudor intelectual me impide cometer semejante travesura. En estos momentos mi preocupación se reduce a saber qué  puede hacer un país como Grecia, valga el ejemplo, si una de sus islas se hunde en el mar por un movimiento submarino.

     En estos tiempos la prensa ha dado a conocer el lamentable estado deficitario de las deudas externas de dicho país, y la recomendación formulado por un economista de que venda algunas de sus centenares islas para pagar su deuda externa. La noticia me conmovió en grado sumo. Siempre había sabido que son susceptibles de ser vendidas ciertas cosas, pero una isla jamás. ¿Qué tal si los argentinos vendieran la Isla de los Estados para pagar su deuda externa? 

     Esta duda me ha conducido a formular algunos comentarios. Una isla es una porción de tierra rodeada de agua por todas partes. Pero además de isla existe el término isleo (isla pequeña situada al lado de otra mayor), isleta (isla pequeña), islote (isla pequeña y aislada), islario (mapa en que están representadas). No he encontrado referencias a las medidas de una isla para diferenciarla de un peñasco, que no es una isla sino una piedra grande en el mar. En una enciclopedia se dice que es más pequeña que un continente, con lo cual no se gana nada: ¿una isla es menor que toda África? Vaya ocurrencia, ni falta hacía que lo dijera.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

    A quien no lo sepa, quisiera decirle que hubo momentos en que los países se armaban  con conquistas o por compras. Los holandeses compraron a los indios la isla de Manhattan en la suma de 24 dólares; los norteamericanos a los rusos Alaska y las islas vecinas en 5.000.000 de dólares; a los franceses la Luisiana; a Gran Bretaña el estado de Oregón; a los españoles la Florida. Los españoles no pagaron nunca nada,  las ocupaban y a otra cosa. Los ingleses retribuyeron a los naturales honrándolos con ser súbditos de la reina inglesa. Los árabes modernos, en cambio, construyen islas como extensión de sus territorios continentales rellenando extensiones del mar adjunto.  

     Cierto señor compró últimamente una islita a dos kilómetros de la costa por la suma de 5.000 dólares, cifra insignificante considerando que un automóvil puede costar actualmente más o menos ese monto. Mientras construía su residencia, un maremoto hundió la isla en el fondo del océano, y el comprador se quedó sin su propiedad. Demandó al país por la calidad defectuosa del objeto adquirido y la justicia ordenó compensar al comprador con la devolución del importe pagado, más costas, daños morales, asistencia médica por el estrés consiguiente, seguros y demás minucias legales. Mas en forma inesperada otro maremoto devolvió la tierra sumergida en forma de isla, y en estos momentos el originario adquirente está en pleito con el país a fin de recuperar                      

la isla, isleta, islote, peñasco o lo que fuera. El comprador alega que la isla resurgida es suya, mientras que el gobierno replica afirmando que la emergente no es la misma isla hundida sino una nueva.

     Mi ignorancia jurídica me impide opinar sobre la propiedad legal de la isla, pero mi vocación filosófica me lleva a la conclusión que el Creador debió haber tenido más ingenio al diseñar el planeta y no agregar isla alguna a la tierra firme, sino ponerlas pegadas  al continente. El único temor que tengo es que ahora, dispuesto a corregir su plan, lo haga mediante maremotos.

ARGENTINA LA FELIZ

ARGENTINA    

 

 El americanista estadounidense Ronald Milton de la Universidad de Stanford, sostiene que la Argentina “debería ser el país  más feliz del mundo” y explica las razones: es la segunda nación en superficie en Latinoamérica después de Brasil pero su tierra es infinitamente mejor, el clima es bueno, no tiene conflictos raciales, posee reservas minerales en los Andes, hay recursos forestales en Misiones y en las laderas andinas de Neuquén, dispone de un buen potencial hidroeléctrico, produce azúcar y vino, el argentino come bien, demasiado bien se podría decir, casi no ha tenido guerras desde su independencia, la ocupa una población blanca y culta y debería ser un país democrático. La transformación que efectuó alrededor del 1900 es única en América, y tiene muchas semejanzas históricas con los Estados Unidos: la instrucción pública es probablemente la mejor de Latinoamérica en el nivel primario y secundario, las universidades son famosas aunque por ahora estén politizadas, sus artes plásticas son excelentes aunque no tengan artistas tan originales como México y Brasil, y finalmente, sus ciudades muestran un desarrollo bastante uniforme, sin contrastes como en otros países. A estas ventajas agrega una  hipotética: en caso de un conflicto militar, estaría alejada de los centros más peligrosos. “No hay disculpa que valga; no se puede culpar ni a las potencias extranjeras ni a los problemas materiales, la culpa es de los argentinos”, concluye.

        No estamos seguros de la validez de este elogio y de esta descalificación combinados, pero sí lo estamos de que esta incertidumbre y ambivalencia también nos envuelve a muchos argentinos desde hace tiempo. Nativos y extranjeros de los siglos XIX y XX, simples viajeros unos, analistas profundos otros, se han ocupado de “descubrirnos” cuando la Argentina comenzaba a asomar en el horizonte mundial y prometía convertirse en una nación de vanguardia.

     Entre las opiniones  de afuera podrían analizarse, en primer lugar y por sus agudas y polémicas observaciones, las de Ortega y Gasset, fruto de sus tres residencias en Buenos Aires, 1916, 1928 y 1939. Disponemos de una amplísima bibliografía sobre el tema, que describen el país, sus hombres y su cultura, a partir de los tiempos coloniales hasta nuestros días, desde diferentes puntos de vista, en tanto somos argentinos, sudamericanos y latinos al mismo tiempo, y fuimos aborígenes, hispánicos, criollos, europeos y occidentales. .

     Se pensaba por esos años que nuestro progreso era inevitable, casi automático, destino que nos complacía y alentaba nuestro orgullo de ser el país más blanco al sur del Canadá y más intelectualizado al sur de los Estados Unidos. Confiaban esos hombres en que disponíamos de suficientes reservas de voluntarismo nacional para edificar una nación poderosa e inteligente. Los años se encargarían de recortar esas aspiraciones y colocarnos frente a otra realidad. No bastaba con ser ricos, como lo éramos, si esas riquezas no se sustentaban en una compartida voluntad de todos los habitantes de realizar un trabajo sostenido y fecundo. Una minoría intelectual directora no tiene poder para construir una nación por sí misma, a menos que la acompañe el resto de la sociedad.

      La exaltación del optimismo satisfactorio alcanzó su auge en 1910, año del Centenario, y de allí en adelante el entusiasmo comenzó a decaer y las ilusiones a desmoronarse, por varios costados.

     Se terminó el pensamiento de que éramos una potencia en cierne por razones biológicas, el optimismo biologista, según el cual era una fortuna la condición de ser mayoritariamente un pueblo de blancos. Sarmiento ya había puesto en duda esta superstición racial “¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello.” Se terminaron de a poco otras fantasías de diferentes procedencias, la de que preferimos los valores espirituales antes que los materiales, la de que somos esperanzados insobornables, que nos distinguimos por la creatividad, que mantenemos el alma intacta, que no tenemos complejos de inferioridad, que somos triunfalistas, que somos diestros en las artes y los deportes,  y por lo menos una docena más  de adjetivaciones elogiosas. La comunicación moderna con otras sociedades está poniendo en duda si éramos tan buenos y brillantes como los visitantes obsequiosos afirmaban, o tan perezosos, utópicos, verbalistas, no confiables, insatisfechos, frustrados, amantes del lujo, autoritarios y susceptibles, como propagaban nuestros detractores foráneos y algunos de nuestros intelectuales pesimistas. Más razonable sería pensar no qué somos  sino cómo actuamos en cada circunstancia.

     Tenemos posibilidad de repensar la Argentina y esclarecer nuestra conducta hasta determinados límites, trasformando o modificando las realidades que la vida nos ofrece, y en esta posibilidad conviene radicar nuestras expectativas y esperanzas.

     La vida argentina está saturada de teorías interpretativas sobre el “ser nacional” e  “identidad nacional” un tema de larga historia que convendría precisar. Ser nacional significa en términos filosóficos ser algo, tener una existencia con características propias, esenciales y accidentales, y en tal sentido, no hay duda alguna de que tenemos un ser en cuanto existimos en la realidad y somos algo. Identidad nacional  es un concepto que nos remite a la etimología del vocablo. En griego ídios  significa lo propio, lo particular, lo distintivo, como puede apreciarse en la palabra idioma. En la realidad existencial no hay duda de que las naciones o pueblos tienen caracteres distintivos unos de otros.

     Al hombre argentino se le han atribuido varias peculiaridades que caracterizan su identidad.

   La vida gaucha de los siglos XVIII y XIX ha perdido parte de su  vigencia con la inserción de tecnologías modernas. El antiguo campesino rural trabaja la tierra montado sobre una cosechadora o sembradora, recibiendo instrucciones  de su patrón por teléfono celular, que observa por televisión la cotización de la soja, el trigo y el maíz en el mercado cerealero de Chicago. La internacionalización  se ha filtrado en su alma por imperio de una nueva necesidad y una nueva valoración. 

     Varios cuestionamientos se plantean a los argentinos con respecto a su carácter nacional. En materia artística se han producido desplazamientos e inserciones notorias. El autor depende cada vez más de los públicos extranjeros y ha internacionalizado sus temas y estilos. Su voluntad de lograr un arte original se conserva incólume, a pesar de la globalización, con resultados divergentes. Se habla por ejemplo de un rock nacional, lo mismo que de un tango de salón y de un tango espectáculo como formas  universalizadas aplaudidas por turistas y extranjeros, pero discutidas  por quienes entienden que lo vernáculo o característico es unas veces bello y otras desagradable. En economía ha aparecido la idea de un Mercosur o agrupación solidaria de países sudamericanos frente a los bloques económicos de otros continentes o subcontinentes. En política se ensayan nuevas modalidades de democracia más adaptadas a las nuevas contingencias mundiales. En sociología el sindicalismo tradicional que luchaba por pan y trabajo ha incorporado modalidades foráneas, y el despido de un obrero en un astillero de Polonia genera un paro solidario en la Argentina.

   A los argentinos se les ha atribuido algunos caracteres propios. Uno de ellos, el intelectualismo se mantiene vigente, aunque debilitado por la propensión a discutir más bien la teoría de los hechos que los hechos mismos, tomar el mapa por la geografía. Inteligentes pero ineficaces  a la hora de tomar decisiones. Un hispanista profesor de la Universidad de Columbia sostenía que cuando los latinoamericanos se reúnen en un congreso para resolver un problema, primero discuten el derecho a reunirse, y el tema central queda sin tratamiento. Vale decir, que el intelectualismo se degrada en verbalismo. 

      Otra nota observada es el patriotismo, no el patriotismo natural en todo pueblo, sino el calificado de insólito, frenético y exaltado. ¿Qué pueblo se conoce en el planeta que no sea patriótico? ¿Y por qué no habría de serlo? El patriotismo o amor al suelo natal viene incluido en el espíritu del ser humano, como el amor a los hijos. El individuo patriota se siente seguro y mejor acompañado por sus semejantes y se vuelve nostálgico cuando está alejado. Pero patriotismo no es lo mismo que nacionalismo o racismo. El patriotismo es un sentimiento, el nacionalismo una idea.

     Una tercera nota del argentino es el individualismo. Esta afirmación es más justificable porque nadie está obligado a despreciarse  a sí mismo ni a sacrificar su individualidad.

     La multiplicidad de descalificaciones que los argentinos hemos cargado sobre nuestras espaldas hasta la actualidad sobrepasa lo justo. En tiempos de la Colonia fuimos peruleros e indianos; en los años prósperos de la Organización Nacional nouveaux riches y rastacouères, y por estos años sudacas y argies.  Es propiamente difícil decir cómo somos, cuáles nuestras virtudes y cuáles nuestras debilidades, pero no debiéramos ver un motivo de vergüenza o aflicción en esto, porque ningún pueblo ha demostrado hasta ahora gozar del monopolio de las  excelencias. A quienes se pregunten si somos mejores o peores que los demás, podríamos responderles que la pregunta no tiene una respuesta general sino personal, porque nadie se dignifica con el mérito ajeno como tampoco nadie se menoscaba con el error del prójimo. Cada argentino, personalmente, es mejor o peor que los extranjeros.

    La historia mundial nos ha caído sin pedirnos permiso. Nadie renegará de los progresos de la medicina porque no es argentina en su totalidad, pero es posible que considere un despilfarro los viajes al espacio que duran diez años y cuestan millones de dólares.

     Es lógico que debamos depurarnos de nuestros errores si los tuvimos, sin escudarnos en pensamientos mágicos ni pedir fórmulas de salvación a los pensadores foráneos,  cuando debiéramos ser autónomos y conscientes de nuestra realidad.

EFECTO MÚLTIPLE

efecto múltiple

 

 Cuando de joven estudiaba lógica, el profesor me había enseñado que cada causa producía en efecto: por ejemplo, si daba veneno a una persona, la persona moría. Con tan simple demostración viví feliz durante muchos años, sin darme cuenta de que estaba equivocado. Y realmente lo estaba, porque con la misma poción de cianuro unos morían en cinco minutos y otros en más tiempo.

     Más adelante surgió la teoría de que una misma causa podía producir dos efectos, y se la llamó la teoría del doble efecto. Según esta interpretación, hay causas que pueden producir un doble efecto, como sucede cuando se administra morfina a un enfermo terminal: la medicina (causa) alivia el dolor del agónico, pero al mismo tiempo le acorta la vida. No quedaba otra alternativa que elegir entre ambas consecuencias.

     A fuerza de razonar el tema, he llegado a concebir mi propia teoría del múltiple efecto. Veamos un ejemplo. Una ley prohíbe el uso de jabones en la limpieza de los cuerpos humanos. ¿Qué efectos produce? De inmediato los fabricantes de jabón organizan huelgas por quedarse sin trabajo y tener que cerrar sus fábricas. Por tal razón, los obreros pierden sus empleos, los niños hedientos son rechazados por las maestras de escuela, aparecen los contrabandistas de jabones y los fabricantes clandestinos, los elaboradores de perfumes se enriquecen y toda la comunidad se convierte en un  repositorio de malos olores.

     Los países fronterizos bloquean los pasos y puentes, el pueblo se insubordina contra los gobernantes, y el país infectado se transforma en un país fantasma, que al final resulta señalado en los mapas como región “no incorporada a la civilización”.  No obstante estas reacciones, el hedor se expande por la atmósfera llevado por los vientos y en los países perjudicados los vecinos piden la eliminación inmediata del foco mediante un categórico ultimátum. Los gobiernos perjudicados invaden los aires con aviones rociadores de desodorantes y de esta manera termina el proceso.

     Este ejemplo demuestra que una misma causa produce múltiples efectos, y no uno ni dos.

REQUISITOS PARA LA ESTUPIDEZ

no creer 

     Aunque sea doloroso decirlo, no se puede dejar de reconocer que en este mundo existen los estúpidos. Se los puede llamar en general estúpidos, pero es una palabra tan 

grosera, que se prefiere recurrir a otros sinónimos, como tonto, bobo, lelo, torpe, rudo, estólido, necio, idiota, tardo, imbécil, estulto, retardado, sandio, sin contar los muchísimos vulgarismos que se les aplican en cada país. Excluyo de este artículo con premeditación a los enfermos mentales, porque en mis escritos no me permito ninguna  maldad ni impiedad.   

     El común de la gente reconoce en el estúpido los siguientes rasgos:

     l. Cree que está en este mundo simplemente porque está, sin tener que preocuparse por saber quién lo ha fabricado.

    2. Ya que está aquí, tiene que pasarlo lo mejor posible, gozar de buena salud, disfrutar las noches serenas, comer y beber los manjares y bebidas más exquisitos, dormir los sueños más felices, asociarse a una compañera bella, bondadosa y laboriosa,

tener hijos sanos, bonitos e inteligentes, disfrutar de una fortuna oculta, indemne a la voracidad impositiva de los gobernantes, y como no es inmortal, vivir la mayor cantidad de años posible.

   3. Acatar e imitar las modas del momento, saltar, cantar, gritar, disfrazarse de algo, realizar extravagancias, tratar de ser el primero en su actividad, mentir a los cuatro vientos para no que caer cautivo de sus rivales, tener su capital en monedas de oro enterradas, no regirse por ningún principio, en suma, hacer lo que quiera.

   4. Todo estúpido es diferente de uno. Estúpidos son los demás. Saben o no saben que son, pero lo son. Se los encuentra en la calle, en los congresos, en la política, en el arte, en todo lugar por donde transiten seres humanos. Alguien ha dicho que hasta los dioses luchan contra ellos, pero no han podido vencerlos. Otros han sostenido que la bondad de los dioses los ha hecho estúpidos en vez de hacerlos locos.    

     5. Hay diferentes grados de estupidez. Estúpido es tanto quien cree que los astrónomos mayas tienen razón cuando profetizan que el mundo se acabará en diciembre de 2012, como quien cree que los políticos se preocupan por la pobreza de los demás y descuidan la propia; estúpido es quien cree que la ciencia llegará a develar todos los misterios de la creación, como quien piensa que la industria inventa sus productos para favorecer a los indigentes. El estúpido mayor es el que cree que él no lo es. Seguramente yo debo de ser un estúpido más, -aunque permítaseme la inmodestia- no de los mayores. Lo sería, con seguridad, si creyera que este artículo que estoy escribiendo va a ser aplaudido y festejado por los demás.

DE LIBROS Y LECTORES

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     Un libro es un conjunto de hojas de papel, piel, pergamino, corteza u otro material capaz de retener una tinta, cosidas o encuadernadas juntas a lo largo de un borde, generalmente cubiertas de papel cartón, conformando un volumen. Naturalmente, cualquier número de páginas no constituyen un libro. En Europa se ha convenido que ese número no debe ser inferior a las 49  páginas, excluidas las cubiertas y que la publicación no sea periódica. Excluyo de este artículo a las inscripciones rupestres de las cavernas, las tablillas de barro mesopotámicas con incisiones, los rollos escritos o pictografiados de varias culturas anteriores, para quienes algunos reclaman también la condición de libros, y que en mi opinión, mezclan los conceptos de libros y escrituras. Mi tema son los libros actuales de papel encuadernados, y con más precisión todavía, los libros con mensajes intelectuales, no los libros de cuentas bancarias, los borradores, los talonarios, los inventarios, los de caja.

     Antiguamente quienes dirigían el género humano eran las personas que leían, y actualmente decir que no se lee es un suicido social.  Para eso están los escribas, llamados asesores. Leer lleva mucho tiempo: leer y aprender el latín o el griego insume 5.000 horas, y una lengua modera requiere 3.000, algo así como 5 y 3 años respectivamente. Se suele decir –sin pruebas-, que los hombres leen más que las mujeres, por aquello de que los varones van a la guerra y a la caza, y las mujeres a los hijos y la cocina. Se sabe, además, que los libros religiosos fueron perseguidos en todos los tiempos –incluidos el nuestro-. En Roma los funcionaros oficiales registraban las casas para apoderarse de los libros de los cristianos y quienes los entregaban eran llamados traditores, vale decir, transmisores, entregadores,  de donde proviene la palabra actual de “traidor”.

     Nos quejamos de que hay demasiados libros para leer –lo cual es cierto. Por tal razón se publican libros sonoros, resúmenes de libros audiovisuales para gerentes y políticos ocupados, críticas prefabricadas para repetir, libros de cómo hacer algo (cómo reducir de peso en cinco lecciones, por ejemplo, o cómo cocinar papas fritas sin quemarlas).  Nadie puede sentirse agraviado por esta categoría de libros, porque no está obligado a leerlos. Tampoco tiene razón el lector que protesta contra los libros que plagian o repiten a otros libros. Sobreabundan los libros de esta naturaleza. Diccionario sobre diccionario se hace, mapa geográfico sobre mapa anterior se hace. Un escritor del Plata  respaldado en estos ejemplos, confesaba su método personal: tomar una obra ajena, cambiarle el nombre de los personajes y lugares, y publicarlo como propio. Se ha llegado al extremo de que quienes no han escrito ni siquiera un telegrama tienen publicado su propio libro.

      Ni qué decir de los supuestos lectores que manifiestan haber leído las Vidas paralelas de Plutarco y el Quijote, cuando en realidad no tienen ni idea de si fueron deportistas, modistos o guitarristas. He escuchado a quien  se jactaba de haber leído los poemas de Vuiton y de Jamandreu y a quien lloraba por no poder conseguir una entrevista con Homero. Un cierto quídam reclamaba que se tradujera Borges al castellano porque en inglés gozaba de gran reputación. En esta línea de lectores, debe inscribirse el presentador de televisor  que criticaba a la Dama de las Camelias por haber escrito una obra de amor tuberculoso.

    Ante tal cúmulo de enredos, mi modesta recomendación a los desorientados es “ leer a los clásicos primero, a los best sellers, después o nunca .”

     ¿Y qué es un clásico? Pues es un libro 1) importante por sí mismo, sin auspicios ni protecciones críticas; 2) que incrementa lo escrito con anterioridad  dentro de su género; 3) comprensible de inmediato; 4) con varios niveles de interpretación; 5) que no ha agotado el interés del público a través del tiempo. Libro que no vale mucho, no vale la pena leerlo. No es un libro del momento, sino un libro para todo momento.

     ¿Y quién es un buen lector?  Para decirlo con sencillez, quien completa el pensamiento del escritor con el suyo propio, quien aprovecha la chispa del texto para encender la llama de su alma. Si esto no sucede, la lectura ha sido en vano.         

¿CUÁNTOS SABIOS HUBO EN LA HISTORIA?

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     Depende de lo que cada uno entienda por sabio. Si tomamos la palabra en el significado original de los griegos, ninguno, puesto que los hombres no pueden llegar a ser sabios, sino solamente “amantes de la sabiduría”. Con palabras de Sócrates (siglo V a.C.), sólo es sabio el que sabe que no sabe nada: “Sólo sé que no sé nada.”. Según Fray Luis de León, español del siglo XVI, ha habido pocos, conforme reza su conocido verso “los pocos sabios que en el mundo han sido” (Vida retirada, 5).

     Para los primitivos japoneses, muy anteriores, sabios eran los hombres que habían aprendido la enseñanza de los tres monos místicos, no ver, no oír, no escuchar. Viéndolos juntos, uno tapándose la vista, el segundo los oídos y el tercero la boca, se comprende de inmediato que ya en esos tiempos vetustos regía el principio escéptico de que la sabiduría era peligrosa y era más segura la ignorancia.

     Un cierto niño conocido mío, tampoco sabe cuántos sabios hay en el mundo, pero al menos de uno está seguro, de su padre. Lo expresa de esta manera: “Mi viejo sí que es sabio, vive borracho todo el día.y no se preocupa de nada.” Para Enrique Santos Discépolo, el filósofo de la tanguería argentina, es imposible saberlo, porque nada es mejor, todo es igual “lo mismo un burro / que un gran profesor “, y vivimos revolcados todos en el mismo lodo. (Cambalache). Un antiguo proverbio israelita afirma que sabio es quien escucha una palabra y entiende dos.  

     Hay miles de opiniones sobre los sabios en todas las culturas, pero de ninguna de ellas puede inferirse quiénes lo fueron o lo son ni cuántos hubo o hay en el mundo. Nadie se tomaría el trabajo de rastrearlos ni de verificarlos. Shakespeare dice que son unos cuantos más que los parásitos; Montaigne opina que  sabio es aquel hombre que ve más de lo que debería ver, pero menos de lo que puede; el francés Philippe Quinault sostiene con prudencia que sabio es quien no lo es más de lo necesario.   

     En esto de husmear por los libros a los auténticos sabios, es curiosa la insistente relación que los autores encuentran entre la sabiduría y la mujer. Son ostensiblemente misóginos, enemigos del género femenino. Hacen burla de las féminas y descargan sus fracasos amorosos: no hay sabio a quien no engañe una mujer; si una mujer es sabia, no la dejes entrar en tu casa; la mujer que sabe es tan estúpida como el hombre que se pinta el rostro; una mujer literata es un error de la naturaleza; el oro se prueba con el fuego, la mujer con su ignorancia. Hasta aquí nada hemos avanzado; no es posible saber cuántos sabios puede haber, pero mujer no puede ser.

    Entre los antiguos griegos circulaban en boca del pueblo los nombres de siete sabios,  cada uno asentado en una ciudad distinta, renombrados por haber creado una serie de aforismos o frases memorables que se consideraban una verdadera guía para vivir. De Solón se mencionaba Nada con exceso, todo con medida, y así de los restantes sus propios dichos. Analizadas sus biografías, seis de ellos fueron políticos, y sólo este Solón filósofo y matemático (Solón de Atenas). Hoy en día, en cambio, no se conoce ningún político sabio ni letrado. Dicen haber leído, pero no se les cree.

     Es curioso, pero la calificación de sabio no se aplica a  ningún poeta, músico, historiador, dramaturgo, teólogo, pero circulan rumores de que existe una tendencia favorable para aplicarlas a los jugadores de fútbol (sabios del pie) y a los corredores automovilísticos (sabios de la rueda).

     Si yo tuviera autoridad para hacerlo, propondría una nueva nominación, la de un tal Helbert Hubbard, por su frase Todo hombre está condenado a ser loco cinco minutos por día; la sabiduría consiste en no exceder ese límite.

     ¿Y por qué no mi propia candidatura, que he creado la frase: Sabio es el que se conforma con no serlo?

GAUDEAMUS IGITUR

-felicidad

Hay personas que tienen la perniciosa costumbre de creer que todo lo que está escrito en latín es verdad. Entre ellas se encuentran quienes repiten sin entender aquello de Gaudeamus igitur, como si fueran palabras bíblicas. La traducción castellana  más conocida es “Alegrémonos pues” y la inglesa “While we’re young, let’us  rejoice:” El argumento justificatorio es que lo hagamos ahora mientras somos jóvenes, porque después de la incómoda vejez que nos espera, nos cubrirá la tierra.

    Si hipotéticamente cada uno de los que cantara este himno se pusiera a analizarlo, es posible que pusiera punto en boca y se fuera a dormir a su casa. Mi función en esta sociedad no es entristecer a los alegres ni desanimar a los latinistas, pero adolezco de la dañina costumbre de entrometerme en el desbarajuste de las palabras para descubrir alguna novedad. No veo en esta manía nada objetable, como tampoco la veo en los que   coleccionan mariposas, recopilan sellos postales o se dedican a observar los pájaros.

     El caso es que es que los versos del Gaudeamus no sólo me confunden a mí, sino también a los estudiosos de la cultura. La interpretación de los versos es tan variada que  se termina por no saber si deben ser cantados en las fiestas universitarias solemnes o en las francachelas picarescas estudiantiles.

     Aclaremos un poco la cuestión. En primer lugar, esos versos en latín no provienen  de la antigüedad clásica de Horacio y Virgilio, sino del latín medieval de los goliardos o estudiantes desenfadados que aprovechaban las festividades para burlarse de la gente, decir groserías  e incitar a las borracheras y, en particular, a la promiscuidad sexual. Como no soy predicador del diablo, limitaré mi información a una sola estrofa:

 

                                            

                     Vivant omnes virgenes, faciles, formosae,

                      vivant et mulieres,

                      tenerae, amabiles,

                      bonae, laboriosae.

 

     Para quienes pertenecen al orbe lingüístico de la romanidad, no hace falta mucha traducción porque puede inferirse fácilmente: vivan todas las mujeres, las fáciles y hermosas, y vivan también  las tiernas, las amables, las buenas y las trabajadoras.                       

     Presumo que en cada universidad los estudiantes agregarían sus propias preferencias locales, puesto que en las varias versiones disponibles, se vivaban también otras alegrías más decorosas, la universidad, los profesores, los estudiantes, los antiguos compañeros, la sociedad, la república, al tiempo que se pedía la muerte para los que odian, para el diablo y su hueste de demonios, para la tristeza.

     La conclusión es muy sencilla, precaución en las tentaciones y sensatez en las decisiones: beber sin emborracharse; comer sin hartarse; buscar la compañera digna de uno, y si no se encuentra, quedarse soltero, que al fin de cuentas no es tan malo; la mujer, tener su hijo, y si no puede, adoptar un huérfano, un abandonado, un necesitado;  tomar del día de hoy la felicidad que nos ofrezca, porque de mañana no tenemos ninguna seguridad. Gozarla sin preocuparse y sin sentimiento de culpa.

     Ésta opción entre hoy y mañana, proviene de larga data, y probablemente siempre será así. En abono de mi tesis, me apoyo en el poeta Gonzalo de Berceo, del siglo XII-XIII: que esta prosa en el lenguaje que el pueblo habla con su vecino, bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.