“…con los ojos no te veo…”
- No, no, …Suárez va con acento en la “a”- dijo ella sonriendo.
- Ay, doctora, es sólo para la ficha de la biblioteca de la facultad. ¿Qué importancia puede tener un acento en la ficha de la biblioteca de la facultad? – rió el empleado.
Para una persona obsesiva un simple acento tiene mucha importancia, pero Laura no sintió la necesidad de explicárselo al joven.Tomó los libros y buscó un asiento apartado. Tenía que concentrarse en la ponencia que ofrecería en el Congreso de Psiquiatría el mes entrante.
Últimamente – tenía que admitirlo – le costaba mucho concentrarse, sus obsesiones la estaban atormentando. Y últimamente sus obsesiones tenían nombre y apellido: Jorge Delgado. Hacía tres semanas que él no concurría a sesión y si bien no era la primera vez que eso sucedía, la Dra. Suárez empezaba a sentir esa ausencia. Ella esperaba un llamado suyo, deseaba saber cómo estaba y – sobre todo – anhelaba escucharlo. Imaginaba una escena muy precisa donde él se comunicaba para decirle que estaba decido a dejar la terapia. Entonces, ella no iba a insistirle para que siguiera ni tampoco iba a derivarlo. Iba a dejarlo ir. ¡Al fin y al cabo, Delgado representaba para el psicoanálisis uno de esos casos destinados al fracaso!. Se trataba de un paciente que no colaboraba, no se entregaba al trabajo analítico sino más bien ofrecía toda la resistencia posible. En los cuatro meses que llevaba tratándose (por llamarlo de una manera), sólo una vez había contado un sueño que permitió introducir una pregunta, perforar su discurso prearmado e indagar algo más en profundidad. En ese sueño había “ángeles y gaviotas que sobrevolaban una playa, y había un hombre arrodillado en la orilla fundiendo sus lágrimas con las olas del mar” – había referido Delgado; sin embargo, cuando la Dra. Suárez le pidió que dijera con qué asociaba ese sueño, él se negó.
- Es sólo un sueño estúpido, aunque, por cierto, hasta en mis sueños más estúpidos hay un toque poético, ¿no cree, Doc.? – dijo. Lástima que no soñé con alguna nena en bikini …o desnuda – remató y largó una sonora y ronca carcajada, como para finalizar con ese relato que de alguna manera lo había dejado expuesto. Y él lo supo tardíamente.
Como era previsible, después de relatar esa fantasía onírica, Delgado no apareció por el consultorio durante dos semanas. Tampoco se tomó la molestia de avisar que no concurriría, y cuando regresó y se le preguntó por qué se había ausentado, él sin inmutarse respondió que había tenido que viajar a su pueblo.
- Pero ya estoy de vuelta y soy todo suyo, Doc. – bromeó.
Durante las sesiones que siguieron resultó una tarea imposible para la Dra. Suárez lograr avanzar en alguna dirección. Delgado se limitaba a comentar situaciones superficiales, generalmente referidas a su trabajo, donde él siempre era la persona dominante y segura. Y cuando ella trataba de sondear en alguna cuestión vital, él argumentaba que ya estaba grande para revisar el pasado. Sin embargo, un día llegó distinto y ella lo notó inmediatamente.
- Hoy no tengo un sueño para contarle – dijo apenas se desplomó en el diván – pero …¿está mal si le digo que pensé en usted?. Sí, pensé en usted; hasta se podría decir que casi la he extrañado doctora, y eso viniendo de mí es un gran halago, se lo puedo asegurar. Yo soy un hombre solitario, usted sabe, no me gusta andar mirando para atrás. Tanto es así que me he preguntado varias veces qué carajo he venido haciendo acá los últimos meses, acostado en este diván solo, y sólo mirando un cuadro de mierda del viejo Freud…
Era la primera vez que él hablaba con tanta crudeza.
- ¿Y qué se contestó, Delgado?
- Me contesté que lo único que me atrae de esta situación es usted, incluso sabiendo amargamente que nunca será mía.
Delgado estaba siendo honesto, no con ella, sino consigo mismo. Ella lo dejó hablar.
- Me da cierto pudor decirselo, pero yo… han pasado muchas mujeres por mi vida. Importantes y no , amores y amoríos, ellas siempre se han ido. Yo nunca las he sabido retener…
- ¿Se van como las gaviotas?. ¿No puede retenerlas como a los ángeles?. Tal vez sea éso lo que le atrae verdaderamente, justamente la imposibilidad. La imposibilidad de que un vínculo se pueda llegar a concretar, a convertir en algo sólido o duradero. O no. Tal vez no haya querido realmente retenerlas y averigüarlo.
Delgado no respondió. La Dra. continuó:
- Si algo fuera verdaderamente posible tal vez dejaría de ser atractivo para usted, perdería su encanto, se caería la ilusión de lo perfecto… Entonces, ¿qué pasaría?, ¿se iría usted antes de sentirse amenazado de que puedieran dejarlo?. Es decir, siempre alguien se tiene que ir para que otro quede…digamos, ¿solo y llorando?…
Delgado rió nervioso.
- Nunca voy a poder con vos, Laura…Intelectualmente, digo. Bueno, ahora que lo pienso, nunca voy a poder en todo sentido. No, en serio, ahora que lo mencionás, digamos que sí, las gaviotas son como mis fantasmas, al igual que los ángeles que no son reales, o que la soledad aunque yo mismo la elija… “Mis fantasmas”, suena bien. ¿Le gustó esa frase, doc.?
Ahí estaba Delgado, frente a frente con sus obsesiones y su deseo.
Esa fue la última vez que él fue a su consultorio. La última vez que ella lo “vio” con los ojos porque después no dejó de verlo. Lo vio cada vez que marcaba su número de teléfono y cortaba antes de que empezara a sonar. También lo vio en los diarios, en la sección de “Política”, lo vio cuando puso su nombre en el buscador de Google y aparecieron un par de imágenes suyas en alguna conferencia, vio algunos de sus discursos en su blog, lo vio imaginariamente en el trabajo, cenando mientras escuchaba algún blues, lo vio tomando su copa diaria de vino tinto, lo vio recorriendo la playa protegiéndose de las gaviotas, lo vio en la calle, en el subte y hasta en la cama haciendo el amor… No pudo dejar de verlo ni un segundo: él se había convertido en su propio fantasma.
“Dios mío” , pensó y escondió la cabeza entre la pila de libros desparramados sobre el escritorio.
Ahí estaba la Dra. Suárez, con acento en la “a”, frente a frente con sus propias obsesiones. Fue ahí cuando se dio cuenta de que nunca en su vida habia estado más concentrada que últimamente. Al menos, concentrada en seguir una pista, la más importante y desconocida: la de su propio deseo.
Ahí estaba ella – la de la vida aparentemente perfecta y ordenada – comprendiendo finalmente que a veces para quedarse, es necesario irse.
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(*) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).

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