Posts etiquetados como ‘soledad’

La venganza (¿perdonar es divino?)

Imagino que te sorprenderá recibir esta carta; nosotras no nos conocemos y sin embargo tenemos dos cosas en común: un hombre y un verbo. Un hombre que yo tuve, un hombre que vos tenés…por ahora, ya que pronto vas a darte cuenta de que él es pura ausencia.

Esa persona que te hace sentir tan enamorada no es más que un mal actor que hoy te dibuja al oído las palabras que vos necesitás escuchar; pero – tenés que saberlo – cada uno de esos mensajes dulzones ya los gastó conmigo. Y con otras, muchas, tantas… Sí, por su vida pasaron mujeres de todas las formas, tamaños y tinturas. Altas, bajas, bonitas o desgarbadas, agraciadas o sin gracia. Hay que reconocer que sus frases hechas y demás cursilerías siempre le resultaron muy efectivas, por cierto. Aunque a tu – nuestro – hombre le falte creatividad, es innegable que es un maestro en el arte de aparentar.

Quizá su talento resida en saber elegir a sus presas. El las huele, como si desde su interior ellas emanaran cierto aroma que las convierte en blanco fácil, cierto olor a necesidad de afecto. “Quereme”, parecieran gritar en el silencio más aterrador. Y él, hábil cazador, apunta con precisión al centro. Su arma es la seducción, no le cuesta nada transportarlas hacia lo más alto y una vez ahí dejarlas caer sin remordimiento. Así lo hará con vos, no tengas dudas.

Sucede que él es un verdadero impostor: exagerará sus debilidades para que lo veas desprotegido, mentirá sobre su vida, su trabajo, sus estudios y sus amantes con tal de ganarte el corazón y anularte la mente. Te irá manipulando hasta el límite, y de a poco, con cualquier motivo, con excusas (o sin ellas), se irá alejando sutilmente primero, tajantemente después. El sólo necesita controlar la situación y una vez que se reconoce dueño de su objeto pierde interés. Entonces desaparecerá, no volverá a atenderte el teléfono ni sentirá que te debe explicaciones. Se esfumará como una gaviota en el aire.

Y vos…vos vas a creer morir, vas a odiarlo, a desesperarte, a enloquecer, a ahogar tu llanto contra la almohada y, tal vez, hasta sientas deseos de vengarte con la misma intensidad con la que hoy deseás sus besos.

¿Te parezco cruel?,¿una mujer despechada?. Es posible que lo sea, pero no soy hipócrita.¿Por que debería callar?.Al fin y al cabo también yo soy una manipuladora y una perversa como él, pero nunca una impostora.

Tal vez por eso – porque nos une el espanto y no el amor – estoy dispuesta a todo para recuperar a mi ex marido.

Y te lo juro: vos no serás un obstáculo.

34660_440946275038_738265038_5702864_2100924_n

 


Safe Creative #0903300086012

Todos los derechos reservados

argentino.com.ar estamos en
Argentino.com.ar


ecoestadistica.com

¿Quién soy? : la Dra. Suárez (*)

“…con los ojos no te veo…”

 

- No, no, …Suárez va con acento en la “a”- dijo ella sonriendo.

- Ay, doctora, es sólo para la ficha de la biblioteca de la facultad. ¿Qué importancia puede tener un acento en la ficha de la biblioteca de la facultad? – rió  el empleado.

Para una persona obsesiva un simple acento tiene mucha importancia, pero Laura no sintió la necesidad de explicárselo al joven.Tomó los libros y buscó un asiento apartado. Tenía que concentrarse en la ponencia que ofrecería en el Congreso de Psiquiatría el mes entrante.

Últimamente – tenía que admitirlo – le costaba mucho concentrarse,  sus obsesiones la estaban atormentando. Y últimamente sus obsesiones tenían nombre y apellido: Jorge Delgado. Hacía tres semanas que él no concurría a sesión y si bien no era la primera vez que  eso sucedía, la Dra. Suárez empezaba a sentir esa ausencia.  Ella esperaba un llamado suyo, deseaba saber cómo estaba y – sobre todo – anhelaba escucharlo. Imaginaba una escena muy precisa donde él se comunicaba para decirle que estaba decido a dejar la terapia. Entonces, ella no iba a insistirle para que siguiera ni tampoco iba a derivarlo. Iba a dejarlo ir. ¡Al fin y al cabo, Delgado representaba para el psicoanálisis  uno de esos casos destinados al fracaso!. Se trataba de un paciente que no colaboraba, no se entregaba al trabajo analítico sino más bien ofrecía toda la resistencia posible. En los cuatro meses que  llevaba tratándose (por llamarlo de una manera), sólo una vez había contado un sueño que permitió introducir una pregunta, perforar su discurso prearmado e indagar algo más en profundidad.  En ese sueño  había “ángeles y gaviotas que sobrevolaban una playa, y había un hombre arrodillado en la orilla fundiendo sus lágrimas con las olas del mar” – había referido Delgado; sin embargo, cuando la Dra. Suárez le pidió que dijera con qué asociaba ese sueño, él se negó.

- Es sólo un sueño estúpido,  aunque, por cierto, hasta en mis sueños más estúpidos  hay un toque poético, ¿no cree, Doc.? – dijo. Lástima que no soñé con alguna nena en bikini …o desnuda – remató y largó una sonora y ronca carcajada, como para finalizar con ese relato que de alguna manera lo había dejado expuesto. Y él lo supo tardíamente.

Como era previsible, después de relatar esa fantasía onírica, Delgado no apareció por el consultorio durante dos semanas. Tampoco se tomó la molestia de avisar que no concurriría, y cuando regresó y se le preguntó por qué se había ausentado, él sin inmutarse respondió que había tenido que viajar a su pueblo.

- Pero ya estoy de vuelta y soy todo suyo, Doc. – bromeó.

Durante las sesiones que siguieron resultó una tarea imposible para la Dra. Suárez lograr avanzar en alguna dirección. Delgado se limitaba a comentar situaciones superficiales, generalmente referidas a su trabajo, donde él siempre era la persona dominante y segura. Y cuando ella trataba de sondear en alguna cuestión vital, él argumentaba que ya estaba grande para revisar el pasado. Sin embargo, un día llegó distinto y ella lo notó inmediatamente.

- Hoy no tengo un sueño para contarle – dijo apenas se desplomó en el diván – pero …¿está mal si le digo que pensé en usted?. Sí, pensé en usted; hasta se  podría decir que casi la he extrañado doctora, y eso viniendo de mí es un gran halago, se lo puedo asegurar. Yo soy un hombre solitario, usted sabe, no me gusta andar mirando para atrás. Tanto es así que me he preguntado varias veces qué carajo he venido haciendo acá los últimos meses, acostado en este diván solo, y sólo mirando un cuadro de mierda del viejo Freud…

Era la primera vez que él hablaba con tanta crudeza.

- ¿Y qué se contestó, Delgado?

- Me contesté que lo único que me atrae de esta situación es usted, incluso sabiendo amargamente que nunca será mía.

Delgado estaba siendo honesto, no con ella, sino consigo mismo. Ella lo dejó hablar.

- Me da cierto pudor decirselo, pero yo… han pasado muchas mujeres por mi vida. Importantes y no , amores y amoríos, ellas siempre se han ido. Yo nunca las he sabido retener…

- ¿Se van como las gaviotas?. ¿No puede retenerlas como a los ángeles?. Tal vez sea éso lo que le atrae verdaderamente, justamente la imposibilidad. La imposibilidad de que un vínculo se pueda llegar a concretar, a convertir en algo sólido o duradero. O no. Tal vez no haya querido realmente retenerlas y averigüarlo.

Delgado no respondió. La Dra. continuó:

- Si algo fuera verdaderamente posible tal vez dejaría de ser atractivo para usted, perdería su encanto, se caería la ilusión de lo perfecto… Entonces, ¿qué pasaría?, ¿se iría usted antes de sentirse amenazado de que puedieran dejarlo?. Es decir, siempre alguien se tiene que ir para que otro quede…digamos, ¿solo y llorando?…

Delgado rió nervioso.

- Nunca voy a poder con vos, Laura…Intelectualmente, digo. Bueno, ahora que lo pienso, nunca voy a poder en todo sentido. No, en serio,  ahora que lo mencionás, digamos que sí, las gaviotas son como mis fantasmas, al igual que los ángeles que no son reales, o que la soledad aunque yo mismo la elija… “Mis fantasmas”, suena bien.  ¿Le gustó esa frase, doc.?

Ahí estaba Delgado, frente a frente con sus obsesiones y su deseo.

Esa fue la última vez que él fue a su consultorio. La última vez que ella lo “vio” con los ojos porque después no dejó de verlo. Lo vio cada vez que marcaba su número de teléfono y cortaba antes de que empezara a sonar. También lo vio en los diarios, en la sección de “Política”, lo vio cuando puso su nombre en el buscador de Google y aparecieron un par de imágenes suyas en alguna conferencia, vio algunos de sus discursos en su blog, lo vio imaginariamente en el trabajo, cenando mientras escuchaba algún blues, lo vio tomando su copa diaria de vino tinto, lo vio recorriendo la playa protegiéndose de las gaviotas, lo vio en la calle, en el subte y hasta en la cama haciendo el amor… No pudo dejar de verlo ni un segundo: él se había convertido en su propio fantasma.

“Dios mío” , pensó y escondió la cabeza entre la pila de libros desparramados sobre el escritorio.

Ahí estaba la Dra. Suárez, con acento en la “a”, frente a frente con sus propias obsesiones. Fue ahí cuando se dio cuenta de que nunca en su vida habia estado más concentrada que últimamente. Al menos, concentrada en seguir una pista, la más importante y desconocida: la de su propio deseo.

Ahí estaba ella – la de la vida aparentemente perfecta y ordenada – comprendiendo finalmente que a veces para quedarse, es necesario irse.

  —————————————————–
(*) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).


Safe Creative #0903300086012

Todos los derechos reservados

argentino.com.ar estamos en
Argentino.com.ar


ecoestadistica.com

Otoño en mí

“ … ¿Quién se va?, ¿quién se queda?,¿a quién le duele más la soledad?. ¿A quién le duele más la soledad si todos los rincones de mi vida tienen algo tuyo?. ¿Cuál es tu camino?, ¿cuál es el mío?, ¿dónde se encontraron?,¿dónde se han ido?…”

Me gusta el otoño, Buenos Aires late distinta, muta, se transforma. El verano se va diluyendo con las primeras hojas que caen de los árboles y la cuadra de mi casa amanece en ocre. Cambiamos sandalias por botas, remeras por camisas , y de a poco la rutina le va ganando espacio al tiempo libre.    

Es increíble como el clima pareciera guiar nuestro ánimo…

Marzo en la ciudad viene cargado de melancolía. El calendario me recuerda todas aquellas cosas que fui postergando, los proyectos que dejé para después de las vacaciones, las obligaciones y todo lo que prometí hacer durante el año. Tal vez precisamente porque me conecta más con la realidad, en otoño las ausencias cobran peso y se sienten como agujeros en el cuerpo que no dan tregua.

- Martin…

- ¿Qué?

- Nada, quería nombrarte… Estás muy callado, ¿te sentís bien?

- No, hoy tuve un día difícil: falleció un compañero del laburo…

- Qué tristeza, por Dios. Y, sin embargo,  quizá debamos empezar a “acostumbrarnos” a éso… A las pérdidas, digo…

- Nunca. Bueno, no lo sé…

A veces duele respirar, amor. Demasiadas exigencias, demasiados   “debe ser” pesan. Como hoy. Yo también me siento desamparada y esa sensación  me conecta inevitablemente con todos los hombres que pasaron por mi vida y ya no están, pero aún así dejaron huella. Vivos o muertos, empiezo a extrañarlos de manera exagerada. ¿Por qué me cuesta tanto dejarlos ir?. De algunos conservo recuerdos felices, de otros no tanto; sin embargo, ninguno de ellos se va del todo.¿Será que amo de manera desmesurada?, ¿será que sobreestimo el sentimiento?, ¿lo confundo?, ¿que no concibo amor sin sufrimiento?,¿será capricho?, ¿fascinación?, ¿obsesión?…

En primer lugar, el primer hombre: mi papá. El duelo por su muerte no termina de terminar. Los años pasan y, sin embargo, no puedo acostumbrarme a darlo por perdido. Después vinieron a tapar el vacío – como si fuera posible – otros hombres. Hombres con el mismo nombre pero sin voz ni voto. Hombres de armaduras oxidadas, hombres que se muestran y se esconden, que están y desaparecen. Los hubo impresentables e incluso sin presencia. Soledades acompañadas, de todos ellos guardo algo. Son parte de este rompecabezas que es mi vida, piezas necesarias, únicas, irremplazables. Sé que por alguna “razón” los elegí y  por eso ahora los retengo, aunque sea en mi memoria. Los convoco y los evoco,cada uno de ellos en una marejada de sensaciones: cariño, nostalgia, ternura, respeto, enojo, desprecio…

- …Tal vez sí, cuore.

- ¿Qué cosa, amor?

- Que sí, éso… que empiezo a pensar que debemos incluir la vejez y la muerte como una posibilidad, como parte de la vida…

- ¿Se puede incluir a la muerte como parte de la vida?

- No lo sé, pero no se mueren viejos nada más.

¿Te das cuenta, Martín?. Hoy no es el mejor día para grandes definiciones. Me preguntás si estoy dispuesta a una nueva relación y no sé qué contestarte. Me siento vulnerable. Chiquita. Sí, tengo miedo. Sí, tal vez reacciono a la defensiva. Sí, yo también tengo mis inseguridades. Sí, sí, sí. Entonces, me oigo repitiendo las misma excusas que detesto oír: “Estamos en diferentes tiempos”, “Vos necesitás otra cosa”, “Me gustas, pero…”.

Y es que la nena que todavía habita en mí se apoderó de la mujer y me perdí. Tal vez mañana vuelva a encontrarla entre tus brazos. Tal vez por primera vez decida seguir tu juego, perder el control y dejar que me lleves . Soltar las riendas, relajarme, disfrutar. Y a lo mejor, esta vez resulte bien. ¿Quién sabe?.

Pero hoy no quiero pensar más. Es Marzo y faltan sólo horas para que  empiece un nuevo  otoño. ¿Ves?, afuera mi cuadra se está empezando a vestir de ocre y adentro mis fantasmas  andan acechando. Otra vez. 

- Cuore, me voy a casa. No te enojes, pero too much por hoy. Necesito descansar.

- Andá, andá… pero, por favor,  no te vayas.

- Eso nunca. Como dice la canción de Los Piojos: ” de lo que quede de mi, te dejo un poco”.

…Y con lo pequeño que es el tiempo – como dice la canción de Bebe -  yo  prometo intentar cambiar mis “no puedo” por “puedo”. Claro, el corazón tiene razones que la razón ignora, pero cuando la “razón” se hace evidente, ya no se puede mentir más. No a los otros – que poco importan – sino a uno mismo.

Por eso, amor, si algún día realmente decidís irte de verdad y para siempre, que no te quepa ninguna duda: de lo que quede de vos, vas a dejarme un poco.

Ama de casa desesperada : Sola


Frío y soledad: mala combinación, pensó mientras las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas congeladas, congelándose…
Desde que se había separado nunca había percibido esa sensación. Es más, esperaba ansiosa el Jueves, día en que su ex se llevaba a los chicos para disfrutar de su “soltería forzada”. Ella siempre se las ingeniaba para armarse un buen programa, ya sea salir a cenar con sus amigas, alguna que otra cita con algún que otro hombre, y ni siquiera le molestaba ir al cine a ver ese estreno de cartelera que cuidadosamente elegía a la mañana mientras desayunaba y escuchaba la radio. Lo importante era pla-ni-fi-car qué haría con ese bendito tiempo libre.

Pero ese Jueves fue distinto. Mientras iba camino al restaurante donde debía encontrarse con Aldana, recibió un mensaje de texto en su celular: “toy engripada, no voy a poder ir”. Lo primero que se le cruzó por la cabeza fue compadecer a su amiga. Lo segundo odiarla. La temperatura había bajado bruscamente en Buenos Aires, y el frío le estaba empezando a perforar ese grueso tapado que la cubría desde el cuello hasta la rodilla y que desprendía un exquisito aroma a Hugo Boss, el perfume de los Jueves.

Ella miró el reloj con fastidio: casi las diez de la noche. Tarde para ir al cine. Tarde para llamar a Manuel, o a Julio, o a….Demasiado tarde para una persona estructurada que necesita organización previa. Ella no sabía improvisar. ¿Qué le quedaba, entonces?¿Pasar por la casa de su madre?..No, esa opción fue descartada inmediatamente. “La vieja es divina – pensó – mientras apuraba el paso por la Avenida Santa Fe a la altura de Callao – pero me va a amargar mi día de libertad con el mismo planteo de siempre: ¿cómo puede ser que esté sola?. No. Definitivamente, hoy no.

Estiró un poco el tiempo caminando y mirando vidrieras. ¡Todo carísimo!. Tal vez podría intentar pedirle a El un aumento en la cuota de alimentos. Al fin y al cabo, todo había subido hasta las nubes. Mierda. Se había jurado no pensar en El los días Jueves. Ese era “su” día. Pero no pudo evitar imaginarlo: El no estaba en ese momento solo vagando por la calle sin rumbo, a la medianoche. En la división de “bienes” – no materiales porque jamás tuvieron nada para repartir en ese sentido – a El todo le había resultado más sencillo. Al año de divorciarse la conoció a Alicia, y se fue a vivir con ella y sus hijas. Gracias a esa mujer llevaba una vida acomodada:todos los feriados largos viajaba, se tomaban vacaciones en el exterior, y sólo los Jueves veía a sus propios hijos porque los fines de semana también trabajaba.

¡Los Jueves!. Hasta hoy eran una bendición , pero un estúpido llamado había logrado desbaratar toda alegría. Compró dos empanadas de carne en la pizzería de la esquima de su casa y se sentó a cenar, sin ganas….sola. Cambió una y otra vez de canal, siempre la misma basura. Evidentemente nada podría conformarla.
Decidió que lo mejor era dormir. Tomó una pastilla que encontró en el cajón de su mesa de luz y puso música para relajarse. Rogó que amaneciera, que fuera por fin Viernes. Notó que la cama se le hacía enorme esa noche, y los minutos pasmosamente eternos.

Se dio cuenta de que lo extrañaba…¡por primera vez se dio cuenta de que aún lo extrañaba!. En invierno solían dormir pegados, casi uno encima del otro, los cuerpos sin espacio entre sí, uno continuando en el otro.

Tal vez, por primera vez Ella se permitió sentir sin calcular. Y entonces empezó a llorar desconsoladamente. Sola, en el borde de una cama hecha para dos, abrazada a sus rodillas, con la cabeza entre las piernas, las lágrimas tibias empezaron a rodar por sus mejillas arrebatadas.

Soledad y frío: pésima combinación para un día Jueves…