


Era una cita a ciegas, pero cuando lo vi entrar al bar ya lo supe. Yo funciono así, no necesito siquiera que un tipo se me acerque ni me roce para saber si me va a gustar o no. Esa sensación era conocida, ya me había pasado antes, y me pasó de nuevo con él. Me bastó verlo de lejos – a través de la ventana del bar que da a Santa Fe, donde se cruza con Coronel Díaz – para sentir ese cosquilleo en la panza, flecha certera, signo irrevocable de que algo pasaría. Inmediatamente tuve la convicción de que el que íbamos a compartir no sería un café intrascendente como tantos otros que venía tomando el último tiempo.
Y así fue. En ese primer encuentro, una noche pesada y calurosa de febrero, en mi barrio, lejos, bien lejos del suyo, nos quedamos charlando hasta las 6 de la mañana. Yo escuchaba las historias de su vida personal que él contaba –siempre con cierto resguardo- y lo apuraba tratando de sacarle aquellas que intentaba callar. De tanto en tanto, Sergio se quedaba en silencio mirándome largo rato y yo preguntaba una y otra vez: “¿Qué?”.“ Nada, te miro…sos encantadora, me gustás” – respondía.
Reconozco que pasarán los años y yo seguiré siendo “políticamente incorrecta”.A pesar de que el Manual de “Cómo ser una Mujer y no morir en el intento” indique lo contrario (capítulo 1, versículo 2); a pesar de los consejos de Gaby (“que el tipo se moje los pies si quiere pescado”) , a pesar de todo y de todos, en cierto momento de la velada yo tomé su cara entre mis manos, lo acerqué hacia mí y le di un beso cortito por encima de sus bigotes. Después, los demás besos ya corrieron por su cuenta y cargo. Dios, ¿por qué siempre me mandás abogados o contadores, que son tan formales y acartonados?. ¿Qué hice yo en mi otra vida para merecer semejante castigo?.
Volviendo a esa noche, cuando pudo por fin aflojarse y ganar en confianza, el abogado confesó que su verdadera vocación había sido estudiar Letras, y hasta me aseguró que sabía relatar muy bien cuentos y leyendas con moralejas y doble sentido. “¿Si?, a ver…demostramelo” – le dije – y antes de que él pudiera reaccionar cometí el segundo gran error de la noche: me senté sobre sus rodillas, inclinando mi cabeza levemente hacia la izquierda, de modo que mi oreja quedara pegada a su boca. El me rodeó con sus brazos y así, me contó un cuento. No me pidan qué recuerde de qué trataba: yo sólo sentía que, una a una, cada palabra que él susurraba iba erizándome la piel.
Cuando el calor se hizo agobiante en el bar (¿era calor?), salimos a caminar por Santa Fe. Lento, un poco demorón pero efectivo; respetuoso y delicado, Sergio no avanzó más allá de donde yo lo dejé ir. Tal vez la complicidad de la madrugada, el cansancio que vence al “qué dirán” y a la autocensura hizo que se permitiera en varias ocasiones parar la marcha para abrazarme, apoyarme contra la pared, y sin vergüenza -¿por qué habríamos de tenerla? – tocarnos como dos adolescentes que descubren por primera vez el cuerpo del otro sexo. No abundaré aquí en detalles; prefiero reservarlos para mí y dejarles a ustedes, a gusto de vuestra imaginación, hilar cómo siguió la cosa.
Finalmente, el sol nos encontró en su auto, estacionado en la puerta de mi casa. Juro que no quise volver a pecar, pero evidentemente es más fuerte que yo y avancé con la tercera falta garrafal que nunca – ¡nunca!- debe cometerse en la primera cita. Sin poder controlarme – tal vez por que ese hombre me gustaba mucho – lancé como boomerang la pregunta tan temida: “¿Nos vamos a volver a ver?” . Y con la misma velocidad volvió la contestación, esas dos palabras que destrozan: “Nos hablamos”.
Pero a diferencia de otros, quizás porque le importa demasiado no quedar como “un hijo de puta” (como él se encargaba de aclarar), Sergio cumplió y llamó, y hasta mandaba mensajes en el celular, que aunque escuetos, lo hacían presente. Y las llamadas se sucedieron noche tras noche y se extendían por horas, aunque a mí – no puedo hablar por él – se me hacían segundos. Una de esas noches Sergio tomó coraje, o bien estaba muy caliente, (permitanme quedarme con la primera opción) ,y me dijo: “te quiero ver de nuevo, y no sólo eso: yo quiero dormir con vos”.
¿Dormir conmigo?, pero ¿dormir conmigo o….?
“Si quiere pescado que se moje los pies”, “si quiere pescado que se moje los pies” , me repetía para mis adentros, pero yo moría por verlo de nuevo. Mis cinco sentidos juntos conspiraban a favor: yo quería verlo, quería oírlo, olerlo, tocarlo, sentirlo…
Y nos vimos. Y dormimos juntos. Y despertamos uno al lado del otro con una familiaridad que de tan mágica parecía irreal. Primero me levanté yo, y al verlo todo encogido de frío, lo tapé con la sábana, lo besé y lo dejé para que pudiera seguir durmiendo. Me inspiraba ternura ese grandote que roncaba en mi cama, como si siempre hubiera estado ahí. Dos horas más tarde se despertó él, pero no salimos de la casa hasta pasada bien la tarde. Y el cuento de hadas siguió; almorzamos juntos, caminamos por el Boulevard de Charcas abrazados, nos besamos apasionadamente en las esquinas, nos tiramos en un banco de la plaza, cantamos tangos a dúo, repetimos el ritual del cuento susurrado en la oreja. Pero éste si lo recuerdo: se trataba de un cuento de amor y de locura…¿casualidad?.
Todo fluía naturalmente, todo era sencillamente perfecto, como debieran ser los encuentros entre un hombre y una mujer que se atraen y que disfrutan de estar juntos. Y acá sí cabe usar la primera persona del plural – o sea “nosotros” – porque estoy absolutamente segura de que lo que sentimos hasta ese día fue recíproco: atracción y placer por estar juntos. Sin embargo, pronto el hechizo se rompería: la Princesa volvería a ser Cenicienta y su Príncipe un sapo.
Tal vez, Su señoría, y para mi descargo, alego que yo no pude escuchar lo que él me dijo clara y contundentemente apenas nos vimos: “NO quiero compromisos”. Tal vez, no quise creer en esa afirmación que retumbó como una sentencia en la mesa del bar. Tal vez fue porque preferí confiar en el lenguaje corporal y no en el verbal, ya que mientras lo decía, el abogado me sostenía amorosamente la mano y la mirada . Y esa mirada se me hacía portadora de tanto significado, como si fuera la encargada de transmitir lo que Sergio se empeñaba en reprimir. Tal vez por eso, en ese momento, yo sólo atiné a reírme y contestarle: “¡La última persona que me dijo éso, se casó conmigo y estuvimos juntos once años!. De todas formas, yo sólo quiero conocerte y ver qué pasa” – agregué rápidamente para no cometer la fatal cuarta falta al Manual de la Mujer Perfecta y verlo huir despavorido en ese mismo instante. Lo que, de todas formas, ocurrió inevitablemente.
Fue justo después de pasar un hermoso día, en el cual Sergio no salía de su asombro : “¿Te das cuenta de que hace un día que estamos juntos?”- decía sorprendido sin esperar respuesta. Sin embargo, yo no entendí la dimensión de esa frase sino hasta unos días después (quinto error ,¡qué boluda!), cuando fui reconstruyendo las jugadas de ambos. A partir de ahí todo cambió, las llamadas dejaron de ser tan extensas y afectuosas. Sólo un: “¿Cómo te fue en el laburo?”. Algún que otro mensaje en el celular como para cumplir. ¿Con qué?. ¿Para qué?. Por qué?. Y la distancia que él instaló definitivamente entre nosotros, no sólo la geográfica que es fácil de superar.
Entonces, cuando las excusas adquirieron todos los tonos posibles y me di cuenta de que para volver a verlo debía pedir una audiencia o bien directamente secuestrarlo, decidí jugarme. Sabía que iba a arriesgar “a todo o nada” para la definición. Y que si Sergio quería irse, que fuera ese día, en ese mismo momento, sin alargues, por teléfono.
- Sergio, ¿tenés ganas de volver a verme?
- Ay, Betu, sos divina. Vos sabés, me gustás, todo en vos me gusta, pero… (¡ese maldito “pero”!)… yo no estoy acostumbrado a ésto.
- Entonces, ¿cuál es tu idea?, ¿qué pretende usted de mí? – dije emulando a la Coca Sarli, como si el humor pudiera paliar la angustia.
- Veamonos cada quince días…
¿Era Sergio, mi lindo abogado con el que hablaba, o el dentista que me está haciendo el perno y la corona nuevos?. Naaaaa, si al dentista lo veo religiosamente todas las semanas…Era Sergio, pero otro Sergio. O el mismo.
Como en un flash, ahí recordé su contundente : “NO quiero compromisos”. Y recordé: “Soy un adolescente, ni sé lo que quiero”. Y recordé que mientras caminábamos por Salguero y Charcas él preguntó: “Vos me llevarías a una reunión de tus compañeros de trabajo?” (¿qué pensamiento se habría cruzado por su cabeza para hacer ese comentario?) . Y recordé: “Yo no sé lo que es estar enamorado”, y sus millones de : “Sos divina, pero…”, y recordé : “Es que tengo muchos balurdos en mi cabeza”… Y recordé su recuerdo de otra mujer rondándole la cabeza mientras estaba conmigo. Una mujer que está comprometida, con la que él dice que no podría vivir ni dos días… Y ya no quise recordar más.
- No, Sergio…eso a mi no me va.
- Es que vos la tenés más clara.. .
- No, la única diferencia entre nosotros es que vos no te arriesgas. Si querés a otra mujer, andá y decíselo ; si querés estar conmigo, vení a buscarme. Pero hacé algo, la vida es muy corta; ¡y nosotros ya estamos grandes!
- Be, vos me desarmas…
- ¡Es que vos estás demasiado armado!. Yo sé que te pasan cosas conmigo. Permitite conocerme….¡cada quince dias siempre voy a ser divina!.
No daba para más. El dolor, acompañado de la frustración, puede tomar diversas formas. La agresión es una de ellas. Y es un arma peligrosísima en mí. Y Sergio no se merecía que lo castigara de esa manera.
- ¿Sabes qué?, yo no quiero estar con un adolescente, yo quiero estar con un hombre. Esto se termina acá.
No pude contener el llanto. Era ridículo: ¡terminaba algo que ni siquiera había empezado!…
- Te voy a extrañar, me despedí y corté.
¿Qué podía extrañar realmente?¿qué quise decirte?
A ver, Sergio, ¿cómo explicarte?..yo no quiero ser “genial y encantadora, pero….” . Yo sólo quiero encontrar a alguien que me quiera. Y ése, está clarísimo que no podés ser vos. Pero te cuento un secreto: hace mucho tiempo que no sentía ese dolor de estómago. Hace mucho tiempo que no se me erizaba la piel al escuchar una voz soplándome la nuca, hace mucho tiempo que no sentía esos besos largos y húmedos , esas caricias contra una pared en pleno Palermo, el sonido de un cierre que se baja violentamente, un botón que literalmente vuela de una prolija camisa Ives Saint Laurant, y … hace mucho que no sentía que podía entregarme toda, con tanta pasión.
Entregarme sin actuar , sin vueltas, sin mentiras ni ocultamientos. Recuperar eso me hizo inmensamente feliz. Más allá de vos. Eso es mío y me gusta. Y éso, Sergio, es lo que nos hace tan diferentes a vos ya mí.
Ah… y a tu pregunta de por qué una mina “tan encantadora, pero….” como yo está sola; ya tenés la respuesta: ¡es que siempre elijo mal!. Y no me creas tan buena persona. Yo sé por qué te lo digo.
Y Ahora sí, Ser, te aseguro que vas a entrar en mi pasado. Aunque no haya sido ni grande ni amor lo nuestro – como dice el tango – mirá, mirá lo que quedó…