Somos solos. Podemos estar rodeados de gente – conocida o no – afectos que nos apoyen, manos que se solidaricen , abrazos que contengan… pero hay momentos, los de las grandes decisiones, que, insisto, “somos” solos.
Y marco la diferencia con “estar solo” porque este término alude a un determinado estado de ausencia de otras personas, con un principio y un fin en la dimensión temporal; sin embargo, “ser solo” marca a fuego la sensación de absoluto vacío que impera por definición en nuestra propia existencia.
Somos solos cuando venimos a este mundo y cuando nos vamos. Cuando nos despertamos y nos acostamos. Somos solos cuando parimos, además de a nuestros hijos, ideas, proyectos, cuando delineamos lo que nos proponemos será nuestro futuro. Somos solos, responsables absolutos por acción u omisión, de lo que elegimos; y aún cuando no decidamos nada estaremos también tomando un rumbo.
Cada quien teje los hilos de su historia, y dependerá de él – cuan hábil sea -el resultado de su labor. En cada vuelta vamos creando una vida: la nuestra, la propia.
“Toda vida es un proceso de demolición constante. Vivir duele, pero ese sufrimiento sólo puede ser paleado por la esperanza” (1) . Entonces, tenemos la posibilidad de reinvertarnos día a día. De empezar de nuevo. Sólo así “ lo que es podría dejar de ser lo que es”. (2).
Hoy estoy filosófica, será que estoy analizando mis próximas jugadas.
Y es claro, no quisiera perder la partida…