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¿Quién soy? : la Dra. Suárez (*)

“…con los ojos no te veo…”

 

- No, no, …Suárez va con acento en la “a”- dijo ella sonriendo.

- Ay, doctora, es sólo para la ficha de la biblioteca de la facultad. ¿Qué importancia puede tener un acento en la ficha de la biblioteca de la facultad? – rió  el empleado.

Para una persona obsesiva un simple acento tiene mucha importancia, pero Laura no sintió la necesidad de explicárselo al joven.Tomó los libros y buscó un asiento apartado. Tenía que concentrarse en la ponencia que ofrecería en el Congreso de Psiquiatría el mes entrante.

Últimamente – tenía que admitirlo – le costaba mucho concentrarse,  sus obsesiones la estaban atormentando. Y últimamente sus obsesiones tenían nombre y apellido: Jorge Delgado. Hacía tres semanas que él no concurría a sesión y si bien no era la primera vez que  eso sucedía, la Dra. Suárez empezaba a sentir esa ausencia.  Ella esperaba un llamado suyo, deseaba saber cómo estaba y – sobre todo – anhelaba escucharlo. Imaginaba una escena muy precisa donde él se comunicaba para decirle que estaba decido a dejar la terapia. Entonces, ella no iba a insistirle para que siguiera ni tampoco iba a derivarlo. Iba a dejarlo ir. ¡Al fin y al cabo, Delgado representaba para el psicoanálisis  uno de esos casos destinados al fracaso!. Se trataba de un paciente que no colaboraba, no se entregaba al trabajo analítico sino más bien ofrecía toda la resistencia posible. En los cuatro meses que  llevaba tratándose (por llamarlo de una manera), sólo una vez había contado un sueño que permitió introducir una pregunta, perforar su discurso prearmado e indagar algo más en profundidad.  En ese sueño  había “ángeles y gaviotas que sobrevolaban una playa, y había un hombre arrodillado en la orilla fundiendo sus lágrimas con las olas del mar” – había referido Delgado; sin embargo, cuando la Dra. Suárez le pidió que dijera con qué asociaba ese sueño, él se negó.

- Es sólo un sueño estúpido,  aunque, por cierto, hasta en mis sueños más estúpidos  hay un toque poético, ¿no cree, Doc.? – dijo. Lástima que no soñé con alguna nena en bikini …o desnuda – remató y largó una sonora y ronca carcajada, como para finalizar con ese relato que de alguna manera lo había dejado expuesto. Y él lo supo tardíamente.

Como era previsible, después de relatar esa fantasía onírica, Delgado no apareció por el consultorio durante dos semanas. Tampoco se tomó la molestia de avisar que no concurriría, y cuando regresó y se le preguntó por qué se había ausentado, él sin inmutarse respondió que había tenido que viajar a su pueblo.

- Pero ya estoy de vuelta y soy todo suyo, Doc. – bromeó.

Durante las sesiones que siguieron resultó una tarea imposible para la Dra. Suárez lograr avanzar en alguna dirección. Delgado se limitaba a comentar situaciones superficiales, generalmente referidas a su trabajo, donde él siempre era la persona dominante y segura. Y cuando ella trataba de sondear en alguna cuestión vital, él argumentaba que ya estaba grande para revisar el pasado. Sin embargo, un día llegó distinto y ella lo notó inmediatamente.

- Hoy no tengo un sueño para contarle – dijo apenas se desplomó en el diván – pero …¿está mal si le digo que pensé en usted?. Sí, pensé en usted; hasta se  podría decir que casi la he extrañado doctora, y eso viniendo de mí es un gran halago, se lo puedo asegurar. Yo soy un hombre solitario, usted sabe, no me gusta andar mirando para atrás. Tanto es así que me he preguntado varias veces qué carajo he venido haciendo acá los últimos meses, acostado en este diván solo, y sólo mirando un cuadro de mierda del viejo Freud…

Era la primera vez que él hablaba con tanta crudeza.

- ¿Y qué se contestó, Delgado?

- Me contesté que lo único que me atrae de esta situación es usted, incluso sabiendo amargamente que nunca será mía.

Delgado estaba siendo honesto, no con ella, sino consigo mismo. Ella lo dejó hablar.

- Me da cierto pudor decirselo, pero yo… han pasado muchas mujeres por mi vida. Importantes y no , amores y amoríos, ellas siempre se han ido. Yo nunca las he sabido retener…

- ¿Se van como las gaviotas?. ¿No puede retenerlas como a los ángeles?. Tal vez sea éso lo que le atrae verdaderamente, justamente la imposibilidad. La imposibilidad de que un vínculo se pueda llegar a concretar, a convertir en algo sólido o duradero. O no. Tal vez no haya querido realmente retenerlas y averigüarlo.

Delgado no respondió. La Dra. continuó:

- Si algo fuera verdaderamente posible tal vez dejaría de ser atractivo para usted, perdería su encanto, se caería la ilusión de lo perfecto… Entonces, ¿qué pasaría?, ¿se iría usted antes de sentirse amenazado de que puedieran dejarlo?. Es decir, siempre alguien se tiene que ir para que otro quede…digamos, ¿solo y llorando?…

Delgado rió nervioso.

- Nunca voy a poder con vos, Laura…Intelectualmente, digo. Bueno, ahora que lo pienso, nunca voy a poder en todo sentido. No, en serio,  ahora que lo mencionás, digamos que sí, las gaviotas son como mis fantasmas, al igual que los ángeles que no son reales, o que la soledad aunque yo mismo la elija… “Mis fantasmas”, suena bien.  ¿Le gustó esa frase, doc.?

Ahí estaba Delgado, frente a frente con sus obsesiones y su deseo.

Esa fue la última vez que él fue a su consultorio. La última vez que ella lo “vio” con los ojos porque después no dejó de verlo. Lo vio cada vez que marcaba su número de teléfono y cortaba antes de que empezara a sonar. También lo vio en los diarios, en la sección de “Política”, lo vio cuando puso su nombre en el buscador de Google y aparecieron un par de imágenes suyas en alguna conferencia, vio algunos de sus discursos en su blog, lo vio imaginariamente en el trabajo, cenando mientras escuchaba algún blues, lo vio tomando su copa diaria de vino tinto, lo vio recorriendo la playa protegiéndose de las gaviotas, lo vio en la calle, en el subte y hasta en la cama haciendo el amor… No pudo dejar de verlo ni un segundo: él se había convertido en su propio fantasma.

“Dios mío” , pensó y escondió la cabeza entre la pila de libros desparramados sobre el escritorio.

Ahí estaba la Dra. Suárez, con acento en la “a”, frente a frente con sus propias obsesiones. Fue ahí cuando se dio cuenta de que nunca en su vida habia estado más concentrada que últimamente. Al menos, concentrada en seguir una pista, la más importante y desconocida: la de su propio deseo.

Ahí estaba ella – la de la vida aparentemente perfecta y ordenada – comprendiendo finalmente que a veces para quedarse, es necesario irse.

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(*) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).


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¿Quién soy? : Delgado

“El silencio es el ruido más fuerte; quizá el mas fuerte de los ruidos” (Miles Davis)

Delgado apoyó la cabeza sobre la ventanilla del micro y se relajó. En dos horas estaría en su pueblo, ese pequeño pueblo del noreste de la provincia de Buenos Aires que ni siquiera figuraba en el mapa, el que lo vio nacer y adonde siempre retornaba. Se sacó los lentes de sol  e hizo lo propio con el sweater azul de hilo que tenía apoyado sobre los hombros. Ordenó prolijamente cada cosa dentro de su bolso y  miró de reojo a su compañera de asiento, una chiquilina de…  ¿veinticinco?. Tal vez menos.

- Hola, bombón. – le dijo sonriendo.

Pero el “bombón”, por toda respuesta,  sacó su mp4 de la minúscula cartera con flecos  que colgaba entre su pecho y se calzó el auricular en los oídos.

El sonrió. Estiró su cuello para ambos lados y cerró los ojos. Como siempre ocurría, empezaron a desfilar por su mente retazos de su vida entera. El pasado y el presente se mezclaban en una sucesión infinita de imágenes que lo tenían como protagonista. El se dejó, mansamente,  atravesar por sus fantasmas,  había hecho un pacto con ellos, sabía que era inútil tratar de combatirlos: lo habían tomado de rehén  y – paradójicamente- quizá eran lo único que realmente había podido conservar durante los últimos treinta años. Todo lo demás había sido escurridizo  en su vida…

Como en una ruleta rusa se dejó llevar por ellos y recordó… Recordó a Lucía, su novia de la juventud. Una morena de voz dulce y carácter aniñado, con quien había compartido los años de militancia universitaria, y de quien se separó cuando tuvo que exiliarse en otro país. Si el destino no hubiera jugado su carta, él podría haberse casado con Lucía y no con Susana, la mamá de sus hijos. Pero no fue el momento correcto, sin dudas. No lo fue en 1974 y tampoco en el 2007, cuando ella lo llamó sorpresivamente para encontrarse. Ambos ya se habían divorciado y estaban solos. Lucía fue hasta su casa y le propuso revivir la historia que había quedado pendiente entre ellos. Delgado aceptó, e inmediatamente ella se mudó a su casa. Sin embargo la relación no funcionó, ya no eran aquellos jóvenes idealistas que se llevaban el mundo por delante, más bien el tiempo se los había llevado a ellos y a sus ideales consigo. Inevitablemente.

Una tarde gris de invierno, Delgado se animó a decir lo que Lucía tanto temía escuchar. El le tomó la mano y parafraseando a alguien ( le gustaba citar frases de otros autores), apenas con un hilo de voz dijo:

-  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ella no se sorprendió.

- ¿Vas a dejarme otra vez sola? – preguntó,  sabiendo de antemano la respuesta.

- ¡Yo nunca quise dejarte, Lucía! – replicó Delgado soltándole la mano bruscamente al mismo tiempo que elevaba el tono – yo tuve que dejarte…. Vos los sabés…

Ella lo miró con ternura a través de sus ojos empañados de tristeza. El se vio reflejado en esos ojazos negros y automáticamente se dio vuelta para esquivarlos. El silencio se apoderó de la sala. Afuera había comenzado a llover copiosamente. Delgado podía sentir la respiración entrecortada de Lucia, podía imaginarla tapándose la cara con las manos, ahogando sus  lágrimas para que él no la escuchara llorar. ¡Cómo hubiera deseado abrazarla, contenerla, pedirle que no se fuera!…. pero no pudo. Y en lugar de éso, caminó unos pasos hasta la puerta y ganó la calle.  

No era la primera vez que seguía el impulso de desaparecer de escena. Enseguida lo invadió esa conocida mezcla de impotencia, dolor, frustración y culpa. Caminó con los puños apretados y la cabeza gacha durante horas y horas. Cuando regresó a su casa, ya entrada la noche, de Lucía sólo quedaba una nota sobre la mesa del comedor con la siguiente inscripción: “Yo siempre te voy a amar”.

Nunca volvió a saber de ella. Mentiría si no dijese que la lloró. No una, sino miles de veces. En dos ocasiones marcó su número de teléfono, pero cortó antes de que lo atendiera; lo mismo hizo con las cartas que le escribió y que nunca llegó a enviar. Tiempo más tarde conoció a otras mujeres y fue agujereando su ausencia, pero nunca llegó a quebrarla del todo.

- Oiga, señor, ¿está bien?. ¿Esta bien?.

Delgado sintió que alguien le tironeaba del hombro y abrió los ojos. Era el “bombón” que lo traía de vuelta a la realidad.

- ¿Se siente bien? – insistía la niña.

- Sí, gracias – contestó. Se refregó la cara y sintió las mejillas húmedas.

El bombón abrió la minúscula cartera con flecos que colgaba de su pecho, sacó un pañuelo de papel y se lo ofreció, mientras el micro llegaba lentamente a destino.  

Delgado sintió vergüenza y sintió que le faltaba el aire. La chica se dio cuenta de su incomodidad y se dirigió a la parte anterior del micro, dejándolo solo para que se recuperara. Eso trató de hacer, sacó de su bolso los anteojos, y el sweater de hilo azul volvió a sus hombros.

Bajó del micro y el reflejo del sol lo cegó. Otra vez estaba en su pueblo, podía sentir el olor de la hierba y reconocer cada piedra del camino. Un poco más allá se divisaba la vieja estación del tren, su escuela, el cementerio, la Iglesia, la plaza…

“Están todos y parece que no hubiese nadie” – pensó mientras caminaba.

Pero los de entonces  ya no eran  los mismos.

(Continuará)

“ ¿Donde voy?,¿dónde estoy?, ¿quién soy yo?,¿qué hora es?, ¿dónde estaré?…”

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(1) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).

 


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¿Quién soy? (Crossroads*) (1)

* Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Son encrucijadas, cruce de caminos; y una vez que los atravesamos ya nada volverá a ser igual…

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El sonido del despertador la sacudió. Sólo era otro estúpido día más, y ya llevaba 16643 estúpidos días vividos. Se levantó con dificultad, últimamente no podía dormir bien y le costaba diferenciar si la causa era el calor sofocante de las noches de verano porteñas o bien sus propios pensamientos. Pero, en verdad, ¿de qué podía estar ella preocupada o tan sólo inquieta?. Su vida transitaba por caminos correctos: profesionalmente había alcanzado cierto prestigio, era una psiquiatra renombrada, y en lo personal estaba casada con un hombre de negocios próspero que la adoraba a pesar de llevar juntos casi 17 años. Tenían tres hijos adolescentes hermosos, estudiosos y aplicados, un buen pasar, físicamente no estaba nada mal… En definitiva, tenía salud, belleza, dinero y amor. Lo tenía todo y sin embargo no tenía nada.

Camino al baño cumplió con el ritual cotidiano, se paró frente al espejo del pasillo para corroborar que físicamente no estaba nada mal. Se miró en todos los ángulos; de adelante, detrás, izquierda, derecha, y nuevamente de frente levantó su remera blanca de algodón. Si bien algunas partes podrían ser mejoradas con cirugía, a ella le gustaba presumir que nunca había sentido todavía la necesidad de pasar por el quirófano. Incluso su madre venía insistiéndole desde hace años con que se operara la nariz, pero a Laura no le disgustaba, más bien sentía que le daba personalidad a su rostro.

“Debe haber sido en lo único que no le di el gusto”, pensó mientras se duchaba.

Sucede que Laura siempre había hecho todo lo que sus padres esperaban de ella, todo lo que su esposo esperaba de ella, lo que sus hijos esperaban de ella, sus pacientes, sus vecinos, sus amigos … No tenia deudas pendientes con nadie. Entonces, ¿por que se sentía tan infeliz últimamente?. ¿Realmente no las tenía?. ¿Sería ésto el comienzo de la menopausia?, ¿el síndrome del nido vacío que ya empezaba a percibir?. No no…

Descartó de plano esas hipótesis, y mientras tomaba su té de durazno, se ponía la crema nutritiva, daba instrucciones a Ana, la mucama, se maquillaba su piel blanquísima y organizaba su día, apartó por un momento esas ideas y trató de enfocar su mente en otra cosa. Abrió la agenda de trabajo y revisó sus compromisos. Pocas novedades (¡qué fastidio!), excepto una entrevista pactada para las 18.30 hs. El director de la clínica privada donde atendía le había derivado un paciente my particular. Se trataba de un conocido de él, un político importante. En fin, otro estúpido día de los 16.643 días vividos.

Puntualmente, a las 18.30 hs., Laura recibió al político. Era un hombre de alrededor de sesenta años, alto, morocho y muy buen mozo. No aparentaba la edad que tenía.

- Soy la Dra. Suárez – se presentó tendiéndole la mano.

El apretó con fuerza la mano de Laura, pero sus ojos se clavaron sin ningún disimulo en sus tetas. Ella sintió un calor especial y lo soltó rápidamente, indicándole la silla donde podía tomar asiento. Por primera vez en 15 años de carrera se sintió incomoda frente a un  paciente. Más tarde debería averigüar por qué.

- Muy bien, Dr. Delgado – continuó tratando de no mostrarse perturbada – dígame en qué lo puedo ayudar.

El tipo tenía presencia y  se notaba que no había dejado nada librado al azar. Su aspecto era cuidado, prolijo, olía bien, y  la elección de su camisa color pastel , deliberadamente desabrochada, hacía franco contraste con una piel bronceadísima que pujaba por asomarse entre los botones. Laura observaba sus movimientos delicados. Delgado se acomodó en la silla, apoyó sus manos sobre el escritorio, inclinó todo su cuerpo hacia adelante y al cabo de unos minutos dijo:

-  Jorge…

- ¿Perdón?

- Por cierto, quiero decirle que yo no soy doctor, simplemente puede llamarme por mi nombre.

Laura  recobró velozmente sus reflejos y su postura. No estaba dispuesta a perder  espacio en su propio territorio. Lo miró y restándole importancia a su comentario prosiguió:

- Muy bien, Sr. Delgado, cuénteme cuál es el motivo de su consulta.

El sonrió sin quitarle los ojos de encima. Ella le sostuvo la mirada.

- Lindos ojos, Dra. Suárez – un celeste muy particular, muy profundo, muy intenso…

Delgado parecía disfrutar tratando de incomodar a la psiquiatra y, al mismo tiempo, ponía en evidencia el  enorme esfuerzo que hacía por tener el control de la situación. Esfuerzo inútil ya que Laura había recuperado por completo el manejo de la misma y no se inmutaba frente a la puesta en escena del hombre, quien finalmente cedió y comenzó a hablar.

- Supongo que vengo porque últimamente no puedo dormir bien, Doctora. ¿Sabe?, me  está costando diferenciar si la causa es el calor sofocante de las noches de verano porteñas o bien mis propios pensamientos…

Ella, que había comenzado a escribir las primeras palabras de Delgado, inmediatamente dejó la lapicera sobre el cuaderno. El siguió:

-  Pero, en verdad, doctora, ¿de qué podría estar yo preocupado o tan sólo inquieto?. Mi vida transita por caminos correctos: profesionalmente he alcanzado cierto prestigio dentro del ámbito político y en lo personal…

Delgado hizo una pausa. Una de las tantas pausas que caracterizaban su relato. Esas pausas eran las le permitían armarse y estructurar nuevamente su discurso. Era evidente su necesidad de manipular hasta el mínimo detalle lo que ocurría a su alrededor. Ella esperó a que completara la frase.

- En lo personal no me puedo quejar. Tengo tres buenos hijos que no me dan problemas.

- ¿Usted es divorciado?

- Sí, hace mucho…. ¿Usted está divorciada también?…Bueno, no se enoje, doctora…sólo era un chiste. Si, soy divorciado, pero tengo una excelente relación con mi ex, la madre de mis hijos…Me parece importante tenerla. Pero, bueno, en definitiva…¿por qué no puedo dormir, doctora?. Ni siquiera tengo problemas económicos. ¡Ni siquiera tengo deudas que pudieran alterarme el sueño!

- ¿No las tiene?

Esta vez la pausa de Delgado se transformó en un silencio absoluto y prolongado que Laura tuvo a su cargo quebrar.

- Sr. Delgado, le propongo lo siguiente: voy a recetarle una medicación para que pueda dormir, algo suave, pero le sugiero continuar con nuestras entrevistas para que yo pueda hacer un diagnostico y eventualmente usted pueda comenzar una terapia para profundizar algunas cuestiones vitales. ¿Le parece?

Delgado no respondió. Por primera vez en toda la entrevista, tenía la cabeza gacha, se lo veía absorto y reconcentrado.

Acordaron una nueva entrevista. Ella esta vez prefirió evitar el contacto, no le tendió la mano, simplemente lo acompaño hasta la puerta y sonriéndole lo despidió con un monocorde e impersonal : "nos vemos el próximo viernes".

La semana se le hizo larga y tediosa. Tener una vida perfecta es sumamente imperfecto para ciertas personas. Cada tanto pensaba en Jorge Delgado, su nuevo paciente. Todavía podía oler su perfume, sentir el calor de su mano y ver sus ojos recorriéndola descaradamente alrededor de su escote. Sonreía al recordar el episodio, pero se sentía orgullosa de haber podido manejar la escena de seducción. Sabía que Delgado le daría batalla y eso la entusiasmaba. Era un desafío profesional, pero un desafío al fin. Ni más ni menos que lo que ella estaba necesitando.

Delgado continuó concurriendo regularmente a las sesiones con Laura, todos los viernes a las 18.30 hs. Concluida las entrevistas diagnósticas, la psiquiatra le hizo la devolución correspondiente y el hombre , aunque admitió que jamás se había analizado y no creía del todo en esa práctica , decidió – según sus propias palabras – “asumir el desafío”.

- Voy a probar. Quiero estar bien. Esta vez no voy a huir – afirmó.

Laura no supo exactamente a qué se estaba refiriendo Delgado con esas tres oraciones, pero consideró que no era oportuno indagar sobre ello a comienzos del análisis, sino dejarlo para más adelante. Una de las primeras lecciones que había aprendido en la Facultad era que “todo se devela en el transcurso de los acontecimientos”. Y así fue.

Poco a poco, Laura fue descubriendo a Delgado. Por momentos se mostraba autoritario y omnipotente, seguro y avasallador; pero apenas ella, en su rol de analista, lograba quebrar su resistencia, encontraba a una persona sumamente vulnerable, sensible y afectiva.

Siempre somos más de lo que somos, finalmente. Y Delgado era para ella más de lo que era.

Durante las sesiones, Laura tenía que hacer grandes esfuerzos para contener esa personalidad arrolladora, siempre queriendo traspasar el límite, transgredir con algún chiste, algún comentario o alguna mirada fuera de lugar. Otro obstáculo que tenía que sortear eran sus pausas, le costaba entregarse y confiar. Si bien se sentía a gusto contando con lujo de detalles – a veces exagerados – sus no pocas aventuras amorosas y sus eternas huidas de las relaciones; resultaba cautivante su  historia sobre el papel que le tocó vivir como militante durante la época del Proceso, cómo había logrado escaparse del país, y volver más tarde como funcionario público. La “huida” era un tema recurrente: también amenazó un par de veces con dejar la terapia por distintos motivos y excusas: ya dormía mejor y consideraba que no necesitaba ahondar en el pasado. El tiempo lo obsesionaba. ¿A  quién no? . 

Fuera de sesión, Laura se sentía atraída por la historia de Delgado. Y también – era innegable – por Delgado. Esa empezó a ser su propia obsesión al punto de que pensó en derivarlo, pero rechazó la idea. Ella no acostumbraba a usar la huída como defensa. Ella enfrentaba las situaciones y tenía que estar en el lugar para poder resolverlas.

Sin embargo, todo se precipitó entre ellos una tarde, antes de Navidad, cuando en medio de la sesión ella recibió un mensaje en su celular.

- Perdón, Delgado. Tengo que suspender esta sesión – dijo levantándose apresurada y agregó -  Yo sé que usted a pesar de ser vísperas de Navidad no quiso faltar a su terapia, eso es muy valioso, pero realmente me ha surgido un inconveniente…

- ¿Pasa algo grave?

- No, espero que no…Mi hijo mayor…un accidente casero…¡y encima no traje el auto!

- La alcanzo yo, doctora.

- No, no se preocupe. Me tomo un taxi.

- ¿Un 24 de Diciembre?. Vamos, Doc., yo la llevo..no puede ser tan ortodoxa!.

Laura sonrió.

- Está bien, vamos ya.

Una vez en el auto, Laura tomó conciencia de que las cosas se le empezaban a ir de las manos . Ahora estaba en el territorio de Delgado, se sentía desprotegida sin el dispositivo analítico para contener los impulsos. Los de él y los de ella. Sus propios impulsos, los más difíciles de contener.

- ¿Es grave?…El accidente, digo, es grave? – preguntó Delgado, que notaba el nerviosismo de Laura, aunque no podía medir con certeza a qué se debía.

- No, creo que no. No sé…Voy a llamar a casa. ¡Ay, por Dios, ahora no encuentro el celular en esta maldita cartera!.

- Dígame el número y yo la llamo, así con el sonido será más fácil encontrar el aparato dentro del bolso….

Ella lo fulminó con la mirada.

- Lindos ojos, Doc. Muy intensos, muy celestes, muy profundos…¿No va a pensar que estoy tratando de seducirla justo ahora, no?. ¡Quiero colaborar!

- Está bien, está bien….Perdone, el número es 15 3 4872900…

Efectivamente el sonido del celular hizo que  Laura pudiera encontrarlo entre los maquillajes, la agenda y todas esas porquerías inútiles ella que solía llevar. Llamó a su casa y se tranquilizó al saber que su hijo estaba mejor. Cortó y le comunicó a Delgado que todo estaba bien.

- ¿Vio que a veces es más fácil de lo que pensamos , Doc.?. Ustedes, las mujeres, lo complican todo…- rió.

- Laura giró la cabeza y no pronunció palabra el resto del trayecto hasta que llegaron a su casa.

Bajó del auto y le tendió la mano a Delgado. El la apretó fuerte, le guiñó un ojo y aceleró.

Ella vio cómo el auto se perdía a lo lejos. Todavía podía sentir el perfume de Delgado y el calor de su mano. Se estremeció y apuró el paso espantada.

Delgado ya tenía su dirección y su teléfono. Ya la tenía a ella. El no podría haberlo expresado mejor: a veces es más fácil de lo que pensamos.

                                                                              (Continuará)

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Encrucijadas (crossroads)

Tamy había tenido que elegir y optó por Martín. El promediaba la carrera de abogacía y ella se imaginaba un promisorio futuro a su lado. Afuera quedaba Hernán, su novio de la secundaria, su compinche incondicional. Es que a Hernán le sobraba simpatía y humor, pero le faltaban empuje y proyectos. A los veintitres años todavia no decidía su vocación y se pasaba las tardes tocando el piano y componiendo canciones en casa de su novia – bajo la mirada de desaprobación de su madre, quien no se cansaba de repetir : “Este chico es un vago. Es vago y encima “goi”. (*)

Y Tamy, como buena, sumisa hija de la clase media argentina nacida en los cincuenta y tantos , sólo soñaba con un buen marido, una casa grande con escaleras y patio, donde pudieran correr sus hijos, con un auto en la puerta, y una buena posición económica lograda a fuerza de mancomunar horas extras, sueldos fijos y aguinaldos.

Ella ya trabajaba como docente; había hecho el ingreso a la Facultad y lo había aprobado con mérito, pero la universidad estatal la había asustado un poco (muy politizada en esos tiempos para su gusto). Le hubiera encantado recibir su título de Lic. en Filosofía y Letras, aunque no sería ésa su única asignatura pendiente, sin embargo.

Tamara y Martín se casaron bajo el ritual judío, y nacieron sus dos hijos que fueron debidamente circuncidados. Ella tuvo casa con escalera y patio por donde corrieron sus críos, y su esposo tuvo una próspero desempeño profesional. Todo se desarrollaba tal como ella había soñado ; pero su magro sueldo como docente sumado a los conflictos gremiales hizo que decidiera abandonar su empleo y se dedicara a meterse en cuanto curso o taller hubiera, además de participar activamente en la Comisión Directiva de la escuela de los chicos, recaudar fondos para comedores populares, apadrinar una escuela rural y no faltar nunca a su clase de yoga.

La tragedia no quiso imaginarla, pero irrumpió sin pedir permiso. Su hijo menor se enfermó gravemente y ella se dedicó a cuidarlo, desatendiendo al resto de la familia, que poco a poco se fue desmoronando.

Su hijo mayor se la pasaba en casa de su novia tocando la guitarra,no trabajaba y menos tenía interés en estudiar. Martin – ahora convertido en político – hacía tiempo le venía reprochando que “lo que ella no le diera lo iba a tener que buscar afuera”. Como él siempre cumplía sus promesas al poco tiempo se mudó de la casa con escalera y patio que compartían al departamento de una mujer que aparentemente no le rompía las pelotas como Tamara, según decía en la carta que le dejó sobre la mesa, junto con la alianza de oro que habían comprado casi tres décadas atrás.

Esa misma noche soñó con Hernán. Hacían el amor furiosamente y él después le decía: “Elegiste mal. Fuiste una boluda, yo te amaba de verdad”. Rara vez Tamara recordaba con tanta nitidez un sueño como en esa oportunidad. No le dio demasiada trascendencia, no había tiempo para detenerse en ese cruce.

Un día que iba apuradísima , como siempre, tratando de abrirse paso a empujones entre la multitud para alcanzar la esquina y cruzar la calle vio a Hernán, estaba casi tal cual como ella lo recordaba, que iba de la mano de una pulposa rubia, y se reían y se besaban como dos adolescentes.

Fingió no verlo, le esquivó la mirada. Probablemente era su amante o su segunda mujer, ¿qué más daba?, pero con seguridad no era su esposa. Era clarísimo que ningún cincuentón actúaba asi con su mujer legítima.

Se encogió de hombros, de todas formas no era su asunto. A duras penas intentó retomar el paso rápido; su corazón latía fuerte y sentía que el pecho se comprimía. No podía descrifrar el significado de tanta angustia:al fin y al cabo él ya no representaba nada en su vida. Sólo era el pálido reflejo de su dorada juventud perdida. Nada más. Y nada menos.

Llegó a su casa conteniendo las lágrimas, intentando no pensar. Evitó cualquier imagen, cualquier recuerdo que asomaba amenazante con salir a la luz. Abrió la puerta y ahí estaban la alianza y la carta todavía sobre la mesa.

No pudo más y comenzó a llorar.


(¿Continuará?)


Nota

(*) goi: expresión que se utiliza, en general de forma despectiva, para llamar a alguien que no es judío.


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