¿Quién soy? : Delgado
“El silencio es el ruido más fuerte; quizá el mas fuerte de los ruidos” (Miles Davis)
Delgado apoyó la cabeza sobre la ventanilla del micro y se relajó. En dos horas estaría en su pueblo, ese pequeño pueblo del noreste de la provincia de Buenos Aires que ni siquiera figuraba en el mapa, el que lo vio nacer y adonde siempre retornaba. Se sacó los lentes de sol e hizo lo propio con el sweater azul de hilo que tenía apoyado sobre los hombros. Ordenó prolijamente cada cosa dentro de su bolso y miró de reojo a su compañera de asiento, una chiquilina de… ¿veinticinco?. Tal vez menos.
- Hola, bombón. – le dijo sonriendo.
Pero el “bombón”, por toda respuesta, sacó su mp4 de la minúscula cartera con flecos que colgaba entre su pecho y se calzó el auricular en los oídos.
El sonrió. Estiró su cuello para ambos lados y cerró los ojos. Como siempre ocurría, empezaron a desfilar por su mente retazos de su vida entera. El pasado y el presente se mezclaban en una sucesión infinita de imágenes que lo tenían como protagonista. El se dejó, mansamente, atravesar por sus fantasmas, había hecho un pacto con ellos, sabía que era inútil tratar de combatirlos: lo habían tomado de rehén y – paradójicamente- quizá eran lo único que realmente había podido conservar durante los últimos treinta años. Todo lo demás había sido escurridizo en su vida…
Como en una ruleta rusa se dejó llevar por ellos y recordó… Recordó a Lucía, su novia de la juventud. Una morena de voz dulce y carácter aniñado, con quien había compartido los años de militancia universitaria, y de quien se separó cuando tuvo que exiliarse en otro país. Si el destino no hubiera jugado su carta, él podría haberse casado con Lucía y no con Susana, la mamá de sus hijos. Pero no fue el momento correcto, sin dudas. No lo fue en 1974 y tampoco en el 2007, cuando ella lo llamó sorpresivamente para encontrarse. Ambos ya se habían divorciado y estaban solos. Lucía fue hasta su casa y le propuso revivir la historia que había quedado pendiente entre ellos. Delgado aceptó, e inmediatamente ella se mudó a su casa. Sin embargo la relación no funcionó, ya no eran aquellos jóvenes idealistas que se llevaban el mundo por delante, más bien el tiempo se los había llevado a ellos y a sus ideales consigo. Inevitablemente.
Una tarde gris de invierno, Delgado se animó a decir lo que Lucía tanto temía escuchar. El le tomó la mano y parafraseando a alguien ( le gustaba citar frases de otros autores), apenas con un hilo de voz dijo:
- Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ella no se sorprendió.
- ¿Vas a dejarme otra vez sola? – preguntó, sabiendo de antemano la respuesta.
- ¡Yo nunca quise dejarte, Lucía! – replicó Delgado soltándole la mano bruscamente al mismo tiempo que elevaba el tono – yo tuve que dejarte…. Vos los sabés…
Ella lo miró con ternura a través de sus ojos empañados de tristeza. El se vio reflejado en esos ojazos negros y automáticamente se dio vuelta para esquivarlos. El silencio se apoderó de la sala. Afuera había comenzado a llover copiosamente. Delgado podía sentir la respiración entrecortada de Lucia, podía imaginarla tapándose la cara con las manos, ahogando sus lágrimas para que él no la escuchara llorar. ¡Cómo hubiera deseado abrazarla, contenerla, pedirle que no se fuera!…. pero no pudo. Y en lugar de éso, caminó unos pasos hasta la puerta y ganó la calle.
No era la primera vez que seguía el impulso de desaparecer de escena. Enseguida lo invadió esa conocida mezcla de impotencia, dolor, frustración y culpa. Caminó con los puños apretados y la cabeza gacha durante horas y horas. Cuando regresó a su casa, ya entrada la noche, de Lucía sólo quedaba una nota sobre la mesa del comedor con la siguiente inscripción: “Yo siempre te voy a amar”.
Nunca volvió a saber de ella. Mentiría si no dijese que la lloró. No una, sino miles de veces. En dos ocasiones marcó su número de teléfono, pero cortó antes de que lo atendiera; lo mismo hizo con las cartas que le escribió y que nunca llegó a enviar. Tiempo más tarde conoció a otras mujeres y fue agujereando su ausencia, pero nunca llegó a quebrarla del todo.
- Oiga, señor, ¿está bien?. ¿Esta bien?.
Delgado sintió que alguien le tironeaba del hombro y abrió los ojos. Era el “bombón” que lo traía de vuelta a la realidad.
- ¿Se siente bien? – insistía la niña.
- Sí, gracias – contestó. Se refregó la cara y sintió las mejillas húmedas.
El bombón abrió la minúscula cartera con flecos que colgaba de su pecho, sacó un pañuelo de papel y se lo ofreció, mientras el micro llegaba lentamente a destino.
Delgado sintió vergüenza y sintió que le faltaba el aire. La chica se dio cuenta de su incomodidad y se dirigió a la parte anterior del micro, dejándolo solo para que se recuperara. Eso trató de hacer, sacó de su bolso los anteojos, y el sweater de hilo azul volvió a sus hombros.
Bajó del micro y el reflejo del sol lo cegó. Otra vez estaba en su pueblo, podía sentir el olor de la hierba y reconocer cada piedra del camino. Un poco más allá se divisaba la vieja estación del tren, su escuela, el cementerio, la Iglesia, la plaza…
“Están todos y parece que no hubiese nadie” – pensó mientras caminaba.
Pero los de entonces ya no eran los mismos.
(Continuará)
“ ¿Donde voy?,¿dónde estoy?, ¿quién soy yo?,¿qué hora es?, ¿dónde estaré?…”
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(1) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).
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