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¿Cuándo dejamos de amarnos? – (* Crossroads *)

(*) Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Son encrucijadas, cruces de caminos; y una vez que los atravesamos ya nada volverá a ser igual…

Apenas lo vio llegar, Silvina sintió que ,a pesar de todo, Claudio todavía la atraía. Y ahora casi sin darse cuenta, impune y descaradamente, lo estaba recorriendo con la mirada : aún conservaba todo su cabello negro y esa manía de tirarlo para atrás compulsivamente , esos inmensos ojos verdes y algunas, contadas pecas que se perdían entre las arrugas de su frente. Como siempre, olía bien (¿Hugo Boss, quizá?), y la camisa desabrochada dejaba entrever su pecho peludo. Los brazos seguían tan trabajados como ella los recordaba – ¡por Dios, cómo le gustaban los brazos de ese hombre! – y su vientre sólo denotaba algún que otro kilito que la gimnasia y las caminatas diarias no habían logrado aplanar. Eso era todo lo que Silvina alcanzaba a ver desde el otro lado del escritorio. ¡Maldito mueble!, si no hubiera estado entre ellos, tal vez lo hubiera besado. Tuvo el impulso de hacerlo, pero sonrió tristemente al pensar que no era el escritorio lo único que los separaba ya…

¿En qué momento dejamos de amarnos? – se preguntó como si fuera posible precisar una fecha exacta, tal como cuando ella marcaba con un círculo rojo en la agenda el día que tenía la regla.

Tal vez había sido cuando Claudio sufrió aquel accidente que casi le costó la vida. Sin dudas, ése fue un golpe durísimo para ella. El, tan fuerte y poderoso ante sus ojos, de pronto estaba tirado sobre una camilla, con la ropa ensangrentada , asustado y dolorido, indefenso y vulnerable. Tan humano, débil y finito como cualquier mortal.

¿O había sido cuando nació Martín y Claudio se sintió desplazado, pasando a ocupar un irremdediable segundo plano en su vida?.

Todo se había precipitado por culpa de ella, eso estaba segura. Lo habia idealizado demasiado.

¿Qué querías para tu vida, Claudio?. ¿que transcurriera sin sobresaltos?, ¿una mujer a tu lado que te esperara a la tarde religiosamente con el mate en la mano, que quisiera tener sexo todas las noches y algunas mañanas como cuando éramos adolescentes?. ¿Alguien que no se quejara de boludeces ni te comentara los problemas de su familia o sus amigas íntimas?. ¿Una compañera que no te pidiera que rindieras cuentas, que te dejara decidir todo?.

¿Cuándo fue que dejamos de amarnos?. Porque nos amábamos con locura, lo sé. Bueno, yo te amaba con locura, y vos…¡si hasta logré que me dejaras cartitas cada mañana antes de irte a la oficina!.Ese fue un gran gesto de amor, nunca fuiste muy demostrativo, pero te esforzabas…Já, ¿y te acordás ese día que me aparecí en tu laburo sin más ropa que un tapado negro y un sombrero, a lo Kim Bassinger en “Nueve semanas y media”?. O aquel otro que me esperaste en casa con la cena preparada, las velitas sobre la mesa, los anillos de compromiso, y me recitaste un poema?. Fue la noche en que me bautizaste “mi amorcito querido” e hicimos el amor sobre una cama cubierta de pétalos de rosa que vos mismo te habías ocupado de desparramar antes…

Fuiste tierno conmigo, sí. ¿Qué nos pasó entonces?.¿ Qué hicimos mal?. ¿Habrá sido mi enfermedad?, ¿los problemas económicos?, ¿la vez que me dijiste que no tenías una amante porque te faltaba tiempo?. ¿La rutina?

O simplemente sucedió que un día entendí que no necesariamente sabías tanto , ni sabías todo, ni todo el tiempo. Ese día comprendí que podía caminar sola, que las montañas entre nosotros eran infranqueables, que definitivamente no era esa mujer ideal que vos necesitabas, ni vos el marido perfecto que yo quería. Sólo porque los ideales y la perfección no existen y hay que verse tal cual uno es. Y aceptarse. Y comprometerse de nuevo. Nosotros no pudimos, no somos responsables por eso. Se nos terminó la magia, nos quedamos sin proyectos e ilusiones y la única posibilidad – la mejor – fue soltarnos la mano y dejarnos ir.

Clau, posiblemente nunca sepamos exactamente cuándo ni por qué dejamos de amarnos, pero sí estoy convencida de que yo siempre te voy a querer…

Entonces, levanté la cabeza y tratando de que la voz no se me quebrara miré a mi abogada y le pregunté:

- Dra. Pastorino, ¿tiene una lapicera?. Creo que no traje la mía…

- Si, claro – respondió ella, y señalando una cruz en la hoja agregó:

- Puede firmar acá. La sentencia de divorcio no demorará demasiado en salir.

“Alcanzame en tren, en avión o con tu mente. No importa cómo llegues, pero vení pronto…si podés”. (Oleta Adams, Get here)


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Ama de casa desesperada: ¡Despabílate, amor!

Ella creció mirando telenovelas, imitando frente al espejo esos besos apasionados que se daban los protagonistas…

En lo general, pertenecía a la legión de mujeres de una generación que tenía grabado a fuego el “hasta que la muerte los separe” ; sin embargo, en lo particular sólo había soñado con formar una familia donde a la hora de la cena no hubieran sillas vacías ni ausencias.

El tiempo no tardó en encargarse de demostrarle que la realidad poco tenía que ver con los cuentos que le narraba de pequeña su mamá cuyo final predecible y recurrente se simplificaba en seis palabras mágicas: “…y fueron felices y comieron perdices”.

El tiempo tampoco tardó en demostrarle que el príncipe azul no existía y que era preferible tomar una decisión en el momento oportuno y separase de común acuerdo sin esperar a que la muerte se encargara de ello; y sobre todo, sin esperar a que alguno (o ambos) eligieran la infidelidad como sistema de vida. Al menos, Ella sabía que no quería eso para su vida.

Ella lo sabía todo y seguía apostando a la pareja , aunque tras el divorcio su vida sentimental se había transformado en una sucesión interminable de fracasos, que la iban tiñendo de matices opacos y sin brillo. Las letras de los tangos,siempre tan actuales, iban reflejaban sus estados de ánimo: “Hoy vas a entrar en mi pasado…tres cosas lleva el alma herida: amor, pesar, dolor…. Como cambian las cosas los años… Fuimos la esperanza que no llega que no alcanza…,¿No te das cuenta que te estoy llorando y quisiera no llorarte más…?…Nostalgias de escuchar su risa loca y sentir como un fuego su respiración….y pensar que otra a su lado pronto le hablará de amor…”

Cada nuevo intento fallido la sumía en una profunda tristeza. Ya había pasado por amores descartables, amores lejanos, amores extraños, amores prohibidos, por el amor después del amor… Ya no la conformaban los juegos de seducción con personajes que encontraba en salas de chateo o en blogs, relaciones de bajo riesgo, sin compromiso emocional, vínculos donde sólo había que poner el cuerpo y nunca el alma. Además,finalmente el saldo que dejaban todos esos amores perros siempre era el mismo: un sabor amargo y la misma conocida, odiosa, frustrante sensación de vacío.

Una noche, Ella le confesó a un amigo que tenía miedo de sufrir y salir lastimada nuevamente. Definitivamente, ya no se sentía capaz de entregarse otra vez.

- No digas eso- le respondió él – Voy a contarte una historia de amor.Mi propia historia de amor.

Inmediatamente Ella quedó atrapada en el relato, como si estuviera escuchando la mismísima voz de su mamá.

“…Había una vez dos personas que se conocieron por chat. Promediaban los treinta y pico ambos, traían en sus espaldas las mochilas de un divorcio, y los típicos problemas con sus respectivos ex y con los hijos de ambos lados. Cada vez que se conectaban hablaban durante horas sobre literatura y otros temas, pero jamás se pidieron intercambiar una sola foto. Al cabo de unos meses – una vez que los dos resolvieron sus deudas con el pasado – “X” y “ Z” decidieron encontrarse. El lugar elegido no podía ser mejor escenario para ese momento especial : el teatro Colón. “X” por primera vez llegó puntual a una cita, aferrando nervioso entre sus manos el libro que le había prometido prestar a “Z “. Esa noche pasó de todo y todo pasó esa noche. Y las siguientes … Hoy llevan seis años juntos…

Ella, conmovida, lo interrumpió:

- Una verdadera historia de amor con final feliz la de ustedes.

– No, una historia de amor con continuidad feliz.

Esa noche, Ella volvió a creer que las historia de amor aún son posibles. Y no sólo en las telenovelas.

El mes de Junio comenzaba a gastar sus últimos días cuando Patricio se cruzó en su vida. Sin grandes expectativas – no tenerlas era lo que le aseguraba cierta protección – compartieron cafés y charlas muy amenas.

Una tarde Ella lo fue a buscar a su estudio. El le abrió la puerta y sin preámbulos comenzó a besarla. Los besos se hicieron caricias; las caricias cada vez más desesperadas iban despertando aquellos rincones del cuerpo adormecidos; las manos, en su recorrido buscaban abrir cierres y botones; los movimientos torpes se fueron coordinando hasta alcanzar el ensamble perfecto. Se amaron sobre el escritorio, entre miles de papeles. La computadora , apagada y en un dudoso equilibrio , luchaba por no caer al piso, pero a ellos no les importó.

Cuando volvió la calma,permanecieron así, ahí, abrazados, apretados… El no dejaba de acariciarle el cabello y besar la frente de Ella.

- Estoy asustada – se animó a confesarle – tengo miedo de que ésto no funcione.

- ¿Y si funciona? – respondió Patricio ,y agregó – Eso dependerá de nosotros.

Esa tarde Ella volvió a sentir que las historia de amor aún son posibles.O al menos, que vale la pena siempre correr el riesgo e intentarlo.

Desde esa tarde cambió los tangos por temas románticos, convencida de que “Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias”… Y que “amar es el verbo más bello, aunque se nos vaya la vida en ello…”




Nota: cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

Ama de casa desesperada : Sola


Frío y soledad: mala combinación, pensó mientras las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas congeladas, congelándose…
Desde que se había separado nunca había percibido esa sensación. Es más, esperaba ansiosa el Jueves, día en que su ex se llevaba a los chicos para disfrutar de su “soltería forzada”. Ella siempre se las ingeniaba para armarse un buen programa, ya sea salir a cenar con sus amigas, alguna que otra cita con algún que otro hombre, y ni siquiera le molestaba ir al cine a ver ese estreno de cartelera que cuidadosamente elegía a la mañana mientras desayunaba y escuchaba la radio. Lo importante era pla-ni-fi-car qué haría con ese bendito tiempo libre.

Pero ese Jueves fue distinto. Mientras iba camino al restaurante donde debía encontrarse con Aldana, recibió un mensaje de texto en su celular: “toy engripada, no voy a poder ir”. Lo primero que se le cruzó por la cabeza fue compadecer a su amiga. Lo segundo odiarla. La temperatura había bajado bruscamente en Buenos Aires, y el frío le estaba empezando a perforar ese grueso tapado que la cubría desde el cuello hasta la rodilla y que desprendía un exquisito aroma a Hugo Boss, el perfume de los Jueves.

Ella miró el reloj con fastidio: casi las diez de la noche. Tarde para ir al cine. Tarde para llamar a Manuel, o a Julio, o a….Demasiado tarde para una persona estructurada que necesita organización previa. Ella no sabía improvisar. ¿Qué le quedaba, entonces?¿Pasar por la casa de su madre?..No, esa opción fue descartada inmediatamente. “La vieja es divina – pensó – mientras apuraba el paso por la Avenida Santa Fe a la altura de Callao – pero me va a amargar mi día de libertad con el mismo planteo de siempre: ¿cómo puede ser que esté sola?. No. Definitivamente, hoy no.

Estiró un poco el tiempo caminando y mirando vidrieras. ¡Todo carísimo!. Tal vez podría intentar pedirle a El un aumento en la cuota de alimentos. Al fin y al cabo, todo había subido hasta las nubes. Mierda. Se había jurado no pensar en El los días Jueves. Ese era “su” día. Pero no pudo evitar imaginarlo: El no estaba en ese momento solo vagando por la calle sin rumbo, a la medianoche. En la división de “bienes” – no materiales porque jamás tuvieron nada para repartir en ese sentido – a El todo le había resultado más sencillo. Al año de divorciarse la conoció a Alicia, y se fue a vivir con ella y sus hijas. Gracias a esa mujer llevaba una vida acomodada:todos los feriados largos viajaba, se tomaban vacaciones en el exterior, y sólo los Jueves veía a sus propios hijos porque los fines de semana también trabajaba.

¡Los Jueves!. Hasta hoy eran una bendición , pero un estúpido llamado había logrado desbaratar toda alegría. Compró dos empanadas de carne en la pizzería de la esquima de su casa y se sentó a cenar, sin ganas….sola. Cambió una y otra vez de canal, siempre la misma basura. Evidentemente nada podría conformarla.
Decidió que lo mejor era dormir. Tomó una pastilla que encontró en el cajón de su mesa de luz y puso música para relajarse. Rogó que amaneciera, que fuera por fin Viernes. Notó que la cama se le hacía enorme esa noche, y los minutos pasmosamente eternos.

Se dio cuenta de que lo extrañaba…¡por primera vez se dio cuenta de que aún lo extrañaba!. En invierno solían dormir pegados, casi uno encima del otro, los cuerpos sin espacio entre sí, uno continuando en el otro.

Tal vez, por primera vez Ella se permitió sentir sin calcular. Y entonces empezó a llorar desconsoladamente. Sola, en el borde de una cama hecha para dos, abrazada a sus rodillas, con la cabeza entre las piernas, las lágrimas tibias empezaron a rodar por sus mejillas arrebatadas.

Soledad y frío: pésima combinación para un día Jueves…