
Los últimos diez días tuve que pedir licencia en mi trabajo para cuidar a mi mamá, recientemente operada de un pie y en reposo absoluto. Diez largos días en los cuales tanto mi madre como yo misma confirmamos mi poca vocación para el noble trabajo de enfermera.
Cumplida mi labor como tal y antes de retomar mi laburo me vi en la obligación de justificar las faltas en un hospital público ya que el médico laboral no se hizo presente en mi domicilio a fin de constatar que efectivamente yo me encontraba allí… como debiera haber ocurrido de no ser por el simple detalle que yo trabajo en una dependencia del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Uno de los grandes “lujos” que me permito dar en la actualidad – bah, el único - consiste en pagar una prepaga por motivos que no voy a detallar en este momento, pero que se relacionan con la obra social de los municipales y que todos ya conocen. Por eso, confieso que la última vez que había asistido a un hospital a atenderme – ya que como profesional de la salud mental hice pasantías y cursos varios en algunos de ellos, tanto en capital como en provincia - fue hace 9 años, a fin de realizarme el examen pre nupcial.
En dicha oportunidad, nos tocó ir con Edu, mi (ahora ex) marido al Hospital Rivadavia, ubicado en la calle Las Heras y Austria. Cabe destacar que yo estaba por casarme; después de 7 años de concubinato y un embarazo de 6 meses había logrado convencer al susodicho para que me tomara por esposa. ¡¡Nada podía parecerme mal en ese momento!!.
De modo que, después de subir escaleras y recorrer laberínticos pasillos, llegamos al lugar donde nos extraerían sangre para la prueba. La enfermera nos recibió con una mala noticia:
- Sólo disponemos de una jeringa y aguja para sacar sangre, la otra que tenemos es para inyectar insulina. ¿Quién va a usar cuál?.- preguntó sin inmutarse.
Yo, rápida de reflejos, lo miré a Edu de reojo y sin esperar su respuesta canté pri:
- La jeringa y aguja para sacar sangre es míaaaaaa! – exclamé.
Al fin y al cabo, primero están las damas y yo, además, llevaba un hijo en mi vientre – pensé como para no sentirme tan culpable.
Edu se bancó la extracción estoicamente y sin quejarse. Tal vez hubiera sido preferible contratar los servicios de Drácula para esos menesteres porque después empezó literalmente a gotear sangre. Gota tras gota lentamente iban resbalando por su brazo hasta terminar estrellándose contra el dudosamente oscuro piso del nosocomio.
- ¿Podes ponerle un algodón? – supliqué a la enfermera.
- No, no disponemos de algodón.
- Una curita?, algo… ¿no ves que está sangrando?
- No disponemos de curitas.
- ¿Podemos pedir en otro servicio del hospital?. ¿Dónde puedo conseguir una?
- En el kiosco que está enfrente – respondió ella y siguió haciendo sus cosas, con absoluta indiferencia y desidia.
Y ahora que lo pienso, tal vez por eso no funcionó nuestro matrimonio. .. ¿Habrá sido una señal?. Estábamos a un paso de dar el “sí” y ahí estaba Edu, a pura sangre, sudor y lágrimas… El es un tipo fuerte, a quien no le gusta hacer escándalos ni reclamar. Así que, sin dar muchas vueltas me dijo:
- Vamos hasta el kiosco, Pu (antes de casarnos acostumbrábamos a llamarnos cariñosamente el uno al otro como “Pu” o “Pupi”) . No te hagas drama, yo estoy bien.
¡Yo sí me hacía drama!. Pero ¿a quién iba a reclamarle? ¿qué iba a reclamar?… Así que tomé a mi futuro ex marido del otro brazo y despacito, bajando escaleras y recorriendo laberínticos pasillos por donde Edu fue dejando su huella de sangre A factor RH positiva, salimos a la calle.
Nueve años después estoy de nuevo en un hospital público. Esta vez es el Rawson, en el barrio de Barracas, cerca de los neuropsiquiátricos Borda, Tobar García y Moyano, donde yo trabajé apenas me recibí de psicóloga. Mi destino es el Servicio de Medicina Laboral, al fondo por el pasillo. Pero bien al fondo, eh. Mientras camino y camino y camino veo que la infraestructura edilicia no difiere mucho de cómo recuerdo era el Rivadavia . Pero hoy yo estoy sola. Bueno, sola es una forma de decir porque cuando arribo a la sala más de cien personas se acomodan cómo y dónde pueden en las pocas sillas que hay . Me dirijo a la Ventanilla de Informes.
- Tengo que justificar los días. ¿Dónde voy?
- Hacé la fila, es por orden de llegada – me indica un hombre sin levantar la vista del diario.
Resignación. Trato de encontrar algún rincón donde apoyarme y alcanzo a ver una silla en una punta. Por suerte traje el mp3, el cuadernito para escribir y algo para comer por si me agarra hambre. Sé por mis compañeras de la oficina que la espera es larga en ese lugar, y vine prevenida. Igual me gana la desesperación y a la hora de estar allí mando un sms a mi jefa: “Socorro. Jamás saldré de aquí”, vengan a rescatarme”. A lo que Gaby me responde: “Tranqui, Bet. Relajate y gozá. Todos debemos pasar por esa experiencia para saber qué se siente”.
Relajación. Si alguien no conoce el significado de la palabra “bizarro”, debiera haber estado allí para descubrirlo. El humo de la quema de los pastizales se cuela por los ventanales del lugar, donde el calor del mediodía empieza a apretar. Y la patética visión de los protagonistas de esa escena, de la que soy parte, parece sacada de alguna película de Fellini.
Resistencia. Frente a mí, una nena de unos 4 años juega con su dedo en la nariz hasta que finalmente logra sacar su preciado tesoro y termina estampándolo en la pared de dudoso color ¿amarillo? ante la atónita mirada de los presentes. Otra mujer de por ahí comienza a toser tan fuerte que si no le prolongan la licencia es posible que ella deje sus pulmones en parte de pago. Mi vecina de la derecha, me codea y sin más preámbulos comenta: “ Yo sé de dónde viene este humo insoportable. Viene de Botnia. Y nos va a matar a todos”. “¿Ah, si?”, le respondo sin ganas. Pero ella sigue: “ A una compañera le negaron la licencia y a la semana murió”. “Ah, si?”, le respondo sin ganas…
Súplica. Nunca en mi vida deseé tanto que alguien pronunciara mi nombre como en ese momento. Las horas pasan con una lentitud pasmosa, irritante, como el ambiente que me rodea. Por fin, soy atendida y en un acto triunfal le entrego al médico el certificado que me había extendido once días antes la cirujana que operó a mi mamá y que justificaba mis faltas. Eso era todo lo que me retenía allí como a una rehén.
Reclamo. Por supuesto, antes de irme del lugar– al fin y al cabo yo no soy Edu - vuelvo a pasar por la Ventanilla de Informes para presentar mi queja dado que en diez días el médico laboral no se había hecho presente en mi casa como corresponde.
Decepción. La respuesta fue un latigazo : “No hay médico en tu zona. Diez médicos renunciaron, así que cuando faltes vas a tener que volver por acá”. Dicho esto, el hombre continuó leyendo el diario. Desidia e indiferencia, lo mismo que casi diez años atrás, en el Rivadavia. Vaya manera más elegante de decirme: “Jodete, hermana”.
Angustia. Entonces la remanida frase “Es peor el remedio que la enfermedad” cobra infinito sentido. Es decir que el castigo por “enfermarme” será tener que perder más de cuatro horas esperando para mostrar allí un simple certificado.
Silencio. Empiezo a caminar y caminar y caminar por el pasillo del hospital hasta que por fin encuentro la salida. La de la calle, al menos. Me siento agobiada y triste. Agobiada por la sensación de frustración y triste por la impotencia que genera comprobar -aunque yo ya lo sé, distinto es vivirlo claro – que en una década nada cambió. Ni los edificios, ni los recursos, ni los insumos ni el trato…
Final. Sin querer respiro profundo, mastico bronca y trago olor a no sé qué. Pregunto a un tachero dónde está la parada del colectivo 95, y él me indica un lugar pasando la avenida. Mis ojos siguen el camino que dibuja en el aire su dedo índice y llegan a divisar a lo lejos, entre el smog propio y el humo ajeno que invade esta ciudad, los viejísimos edificios que albergan a los pacientes psiquiátricos. No quiero ni imaginar cómo estarán esos hospitales por dentro. Y dudo – de verdad dudo – si realmente cada uno de nosotros , los de adentro y los de afuera, habitamos el lugar que verdaderamente nos corresponde.