¿Quién soy? (Crossroads*) (1)
* Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Son encrucijadas, cruce de caminos; y una vez que los atravesamos ya nada volverá a ser igual…
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El sonido del despertador la sacudió. Sólo era otro estúpido día más, y ya llevaba 16643 estúpidos días vividos. Se levantó con dificultad, últimamente no podía dormir bien y le costaba diferenciar si la causa era el calor sofocante de las noches de verano porteñas o bien sus propios pensamientos. Pero, en verdad, ¿de qué podía estar ella preocupada o tan sólo inquieta?. Su vida transitaba por caminos correctos: profesionalmente había alcanzado cierto prestigio, era una psiquiatra renombrada, y en lo personal estaba casada con un hombre de negocios próspero que la adoraba a pesar de llevar juntos casi 17 años. Tenían tres hijos adolescentes hermosos, estudiosos y aplicados, un buen pasar, físicamente no estaba nada mal… En definitiva, tenía salud, belleza, dinero y amor. Lo tenía todo y sin embargo no tenía nada.
Camino al baño cumplió con el ritual cotidiano, se paró frente al espejo del pasillo para corroborar que físicamente no estaba nada mal. Se miró en todos los ángulos; de adelante, detrás, izquierda, derecha, y nuevamente de frente levantó su remera blanca de algodón. Si bien algunas partes podrían ser mejoradas con cirugía, a ella le gustaba presumir que nunca había sentido todavía la necesidad de pasar por el quirófano. Incluso su madre venía insistiéndole desde hace años con que se operara la nariz, pero a Laura no le disgustaba, más bien sentía que le daba personalidad a su rostro.
“Debe haber sido en lo único que no le di el gusto”, pensó mientras se duchaba.
Sucede que Laura siempre había hecho todo lo que sus padres esperaban de ella, todo lo que su esposo esperaba de ella, lo que sus hijos esperaban de ella, sus pacientes, sus vecinos, sus amigos … No tenia deudas pendientes con nadie. Entonces, ¿por que se sentía tan infeliz últimamente?. ¿Realmente no las tenía?. ¿Sería ésto el comienzo de la menopausia?, ¿el síndrome del nido vacío que ya empezaba a percibir?. No no…
Descartó de plano esas hipótesis, y mientras tomaba su té de durazno, se ponía la crema nutritiva, daba instrucciones a Ana, la mucama, se maquillaba su piel blanquísima y organizaba su día, apartó por un momento esas ideas y trató de enfocar su mente en otra cosa. Abrió la agenda de trabajo y revisó sus compromisos. Pocas novedades (¡qué fastidio!), excepto una entrevista pactada para las 18.30 hs. El director de la clínica privada donde atendía le había derivado un paciente my particular. Se trataba de un conocido de él, un político importante. En fin, otro estúpido día de los 16.643 días vividos.
Puntualmente, a las 18.30 hs., Laura recibió al político. Era un hombre de alrededor de sesenta años, alto, morocho y muy buen mozo. No aparentaba la edad que tenía.
- Soy la Dra. Suárez – se presentó tendiéndole la mano.
El apretó con fuerza la mano de Laura, pero sus ojos se clavaron sin ningún disimulo en sus tetas. Ella sintió un calor especial y lo soltó rápidamente, indicándole la silla donde podía tomar asiento. Por primera vez en 15 años de carrera se sintió incomoda frente a un paciente. Más tarde debería averigüar por qué.
- Muy bien, Dr. Delgado – continuó tratando de no mostrarse perturbada – dígame en qué lo puedo ayudar.
El tipo tenía presencia y se notaba que no había dejado nada librado al azar. Su aspecto era cuidado, prolijo, olía bien, y la elección de su camisa color pastel , deliberadamente desabrochada, hacía franco contraste con una piel bronceadísima que pujaba por asomarse entre los botones. Laura observaba sus movimientos delicados. Delgado se acomodó en la silla, apoyó sus manos sobre el escritorio, inclinó todo su cuerpo hacia adelante y al cabo de unos minutos dijo:
- Jorge…
- ¿Perdón?
- Por cierto, quiero decirle que yo no soy doctor, simplemente puede llamarme por mi nombre.
Laura recobró velozmente sus reflejos y su postura. No estaba dispuesta a perder espacio en su propio territorio. Lo miró y restándole importancia a su comentario prosiguió:
- Muy bien, Sr. Delgado, cuénteme cuál es el motivo de su consulta.
El sonrió sin quitarle los ojos de encima. Ella le sostuvo la mirada.
- Lindos ojos, Dra. Suárez – un celeste muy particular, muy profundo, muy intenso…
Delgado parecía disfrutar tratando de incomodar a la psiquiatra y, al mismo tiempo, ponía en evidencia el enorme esfuerzo que hacía por tener el control de la situación. Esfuerzo inútil ya que Laura había recuperado por completo el manejo de la misma y no se inmutaba frente a la puesta en escena del hombre, quien finalmente cedió y comenzó a hablar.
- Supongo que vengo porque últimamente no puedo dormir bien, Doctora. ¿Sabe?, me está costando diferenciar si la causa es el calor sofocante de las noches de verano porteñas o bien mis propios pensamientos…
Ella, que había comenzado a escribir las primeras palabras de Delgado, inmediatamente dejó la lapicera sobre el cuaderno. El siguió:
- Pero, en verdad, doctora, ¿de qué podría estar yo preocupado o tan sólo inquieto?. Mi vida transita por caminos correctos: profesionalmente he alcanzado cierto prestigio dentro del ámbito político y en lo personal…
Delgado hizo una pausa. Una de las tantas pausas que caracterizaban su relato. Esas pausas eran las le permitían armarse y estructurar nuevamente su discurso. Era evidente su necesidad de manipular hasta el mínimo detalle lo que ocurría a su alrededor. Ella esperó a que completara la frase.
- En lo personal no me puedo quejar. Tengo tres buenos hijos que no me dan problemas.
- ¿Usted es divorciado?
- Sí, hace mucho…. ¿Usted está divorciada también?…Bueno, no se enoje, doctora…sólo era un chiste. Si, soy divorciado, pero tengo una excelente relación con mi ex, la madre de mis hijos…Me parece importante tenerla. Pero, bueno, en definitiva…¿por qué no puedo dormir, doctora?. Ni siquiera tengo problemas económicos. ¡Ni siquiera tengo deudas que pudieran alterarme el sueño!
- ¿No las tiene?
Esta vez la pausa de Delgado se transformó en un silencio absoluto y prolongado que Laura tuvo a su cargo quebrar.
- Sr. Delgado, le propongo lo siguiente: voy a recetarle una medicación para que pueda dormir, algo suave, pero le sugiero continuar con nuestras entrevistas para que yo pueda hacer un diagnostico y eventualmente usted pueda comenzar una terapia para profundizar algunas cuestiones vitales. ¿Le parece?
Delgado no respondió. Por primera vez en toda la entrevista, tenía la cabeza gacha, se lo veía absorto y reconcentrado.
Acordaron una nueva entrevista. Ella esta vez prefirió evitar el contacto, no le tendió la mano, simplemente lo acompaño hasta la puerta y sonriéndole lo despidió con un monocorde e impersonal : "nos vemos el próximo viernes".
La semana se le hizo larga y tediosa. Tener una vida perfecta es sumamente imperfecto para ciertas personas. Cada tanto pensaba en Jorge Delgado, su nuevo paciente. Todavía podía oler su perfume, sentir el calor de su mano y ver sus ojos recorriéndola descaradamente alrededor de su escote. Sonreía al recordar el episodio, pero se sentía orgullosa de haber podido manejar la escena de seducción. Sabía que Delgado le daría batalla y eso la entusiasmaba. Era un desafío profesional, pero un desafío al fin. Ni más ni menos que lo que ella estaba necesitando.
Delgado continuó concurriendo regularmente a las sesiones con Laura, todos los viernes a las 18.30 hs. Concluida las entrevistas diagnósticas, la psiquiatra le hizo la devolución correspondiente y el hombre , aunque admitió que jamás se había analizado y no creía del todo en esa práctica , decidió – según sus propias palabras – “asumir el desafío”.
- Voy a probar. Quiero estar bien. Esta vez no voy a huir – afirmó.
Laura no supo exactamente a qué se estaba refiriendo Delgado con esas tres oraciones, pero consideró que no era oportuno indagar sobre ello a comienzos del análisis, sino dejarlo para más adelante. Una de las primeras lecciones que había aprendido en la Facultad era que “todo se devela en el transcurso de los acontecimientos”. Y así fue.
Poco a poco, Laura fue descubriendo a Delgado. Por momentos se mostraba autoritario y omnipotente, seguro y avasallador; pero apenas ella, en su rol de analista, lograba quebrar su resistencia, encontraba a una persona sumamente vulnerable, sensible y afectiva.
Siempre somos más de lo que somos, finalmente. Y Delgado era para ella más de lo que era.
Durante las sesiones, Laura tenía que hacer grandes esfuerzos para contener esa personalidad arrolladora, siempre queriendo traspasar el límite, transgredir con algún chiste, algún comentario o alguna mirada fuera de lugar. Otro obstáculo que tenía que sortear eran sus pausas, le costaba entregarse y confiar. Si bien se sentía a gusto contando con lujo de detalles – a veces exagerados – sus no pocas aventuras amorosas y sus eternas huidas de las relaciones; resultaba cautivante su historia sobre el papel que le tocó vivir como militante durante la época del Proceso, cómo había logrado escaparse del país, y volver más tarde como funcionario público. La “huida” era un tema recurrente: también amenazó un par de veces con dejar la terapia por distintos motivos y excusas: ya dormía mejor y consideraba que no necesitaba ahondar en el pasado. El tiempo lo obsesionaba. ¿A quién no? .
Fuera de sesión, Laura se sentía atraída por la historia de Delgado. Y también – era innegable – por Delgado. Esa empezó a ser su propia obsesión al punto de que pensó en derivarlo, pero rechazó la idea. Ella no acostumbraba a usar la huída como defensa. Ella enfrentaba las situaciones y tenía que estar en el lugar para poder resolverlas.
Sin embargo, todo se precipitó entre ellos una tarde, antes de Navidad, cuando en medio de la sesión ella recibió un mensaje en su celular.
- Perdón, Delgado. Tengo que suspender esta sesión – dijo levantándose apresurada y agregó - Yo sé que usted a pesar de ser vísperas de Navidad no quiso faltar a su terapia, eso es muy valioso, pero realmente me ha surgido un inconveniente…
- ¿Pasa algo grave?
- No, espero que no…Mi hijo mayor…un accidente casero…¡y encima no traje el auto!
- La alcanzo yo, doctora.
- No, no se preocupe. Me tomo un taxi.
- ¿Un 24 de Diciembre?. Vamos, Doc., yo la llevo..no puede ser tan ortodoxa!.
Laura sonrió.
- Está bien, vamos ya.
Una vez en el auto, Laura tomó conciencia de que las cosas se le empezaban a ir de las manos . Ahora estaba en el territorio de Delgado, se sentía desprotegida sin el dispositivo analítico para contener los impulsos. Los de él y los de ella. Sus propios impulsos, los más difíciles de contener.
- ¿Es grave?…El accidente, digo, es grave? – preguntó Delgado, que notaba el nerviosismo de Laura, aunque no podía medir con certeza a qué se debía.
- No, creo que no. No sé…Voy a llamar a casa. ¡Ay, por Dios, ahora no encuentro el celular en esta maldita cartera!.
- Dígame el número y yo la llamo, así con el sonido será más fácil encontrar el aparato dentro del bolso….
Ella lo fulminó con la mirada.
- Lindos ojos, Doc. Muy intensos, muy celestes, muy profundos…¿No va a pensar que estoy tratando de seducirla justo ahora, no?. ¡Quiero colaborar!
- Está bien, está bien….Perdone, el número es 15 3 4872900…
Efectivamente el sonido del celular hizo que Laura pudiera encontrarlo entre los maquillajes, la agenda y todas esas porquerías inútiles ella que solía llevar. Llamó a su casa y se tranquilizó al saber que su hijo estaba mejor. Cortó y le comunicó a Delgado que todo estaba bien.
- ¿Vio que a veces es más fácil de lo que pensamos , Doc.?. Ustedes, las mujeres, lo complican todo…- rió.
- Laura giró la cabeza y no pronunció palabra el resto del trayecto hasta que llegaron a su casa.
Bajó del auto y le tendió la mano a Delgado. El la apretó fuerte, le guiñó un ojo y aceleró.
Ella vio cómo el auto se perdía a lo lejos. Todavía podía sentir el perfume de Delgado y el calor de su mano. Se estremeció y apuró el paso espantada.
Delgado ya tenía su dirección y su teléfono. Ya la tenía a ella. El no podría haberlo expresado mejor: a veces es más fácil de lo que pensamos.
(Continuará)
(1) ¿Quién soy?, es la pregunta que organiza el porvenir. (Martin Heidegger).
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Gracias, Lils. Tu ayuda técnica me super sirvió!