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M de Menos es Más.


Tenés cintura! Exclamó mi madre. Iba yo caminando unos pasos delante de ella y estaba tan contenta la tipa que me guardé la puteada que tenía para espetarle en el rostro. Fue hace unos días, una tarde de sol, 45 días después de haber comenzado, por primera vez en mi vida, una dieta.

Tengo amigas que viven a dieta. Tengo amigas que comen cualquier cosa y no engordan. Tengo amigas que comen poco y amigas que no comen nada. Tengo de todo. Sobre todo tengo de todo encima, y acá estamos, ingresando a un nuevo mundo. Hermoso eh.

Lo venía anticipando, hasta le dediqué un post. Los 35 pegaron duro y finalmente, era el momento. El problema es de percepción. Una amiga me contaba que cuando tenía 17 años pesaba 58 y quería pesar 52. Y ahora, varios años después, si pesa 10 kilos más no quiere llegar a 52, quiere llegar a 62. Y se ve como de 52. Sospecha que con los años suma peso pero no volumen. Aprovecho para decirte que es la experiencia, querida, que tiene peso propio pero que no siempre está a la vista.

Y hablando de percepciones, contrario a lo que me decía la balanza, yo siempre me vi divina. Qué problema no. No negaba el numerito, yo no niego nada, solo que lo llevaba con cierta gracia (Rodando pero con onda). Pensando en la salud física, y sin saber que en realidad iba a atacar la salud mental (La poca que me quedaba y la tanta que ya no estaba) emprendí un viaje, en el que aún transcurro, hacía el fascinante mundo de las dietas.

Y como a medias nada, pasé de nunca en mi vida hacer dieta a meterme en un centro con psicóloga – nutricionista – médico clínico – recetas especificas, actividad física (que aún no hago) y “grupo” dos veces por semana.

La elección del lugar no fue sencilla. Yo sabía que esas dietas tan de moda que salen de debajo de las baldosas con ingestas de 600 calorías diarias no eran para mi. Los gatos correrían peligro de ser desayunados. Y las nenas. Tampoco esos lugares a donde vas, te sentás, mirás y con lágrimas en los ojos confesás que chupaste la cuchara del yogurt de la tu hija. No tenía ninguna intención de condenarme a una vida de almuerzo compuesto por manzana y gelatina y los fines de semana un permitido de dos hojas de lechuga.

Este lugar al que voy me lo recomendó una amiga que a su vez fue por otra amiga, y así. Pero me molestaba el grupo. Lo bauticé Vulnerables, en honor al programa de Televisión y luego fui un poco más allá y le digo la Secta. Pero voy. Y mientras adelgazo y me hago la canchera, porque como de todo y no logro comprender en dónde está el secreto, pero tampoco me desvela.

La realidad es que dispuesta a alivianarme ya me saqué varios kilos y ahí vamos. Y en este camino fascinante, en donde para decir la verdad, tanto no estoy sufriendo, si voy descubriendo verdades maravillosas que, posiblemente, todas las mujeres normales que si han hecho dieta, ya saben. Me veo sin embargo, presa del asombro, obligada a detallarlas. Tal vez alguien lo encuentre útil. Y esté advertido para enfrentar semejante situación.

La primera experiencia traumática fue el mismísimo primer fin de semana luego de haber comenzado la dieta. Casamiento. Los mozos que te sirven, las bandejas que te pasan. Barra de tragos (me gustan los tragos) y yo ahogándome en Coca Light. Luego la inspección casi arqueológica del plato de comida para ver que me podía incorporar y que no. Toda una prueba. Ahora, la realidad es que apenas uno se llama al recato alimenticio la agenda se puebla de eventos y cenas. Y como no estoy dispuesta a convertirme en un hongo solitario, voy de acontecimiento en acontecimiento habiendo comido en casa, por las dudas y abrazada a la botella de gaseosa Light, mi mejor amiga por estos tiempos.

Si va a comenzar una dieta con condimento grupal, procure que no haya hombres. Los va a odiar. Llega Usted al control luego de una semana dura en la que no se salió no una sola vez del plan y baja unos gramos. Llegan los hombres y repiten como un mantra algo que suena así: “Si, está buena la dieta, mirá, desde el control pasado bajé 1 kilo y medio, y eso que no le puede decir que no al pechito de cerdo del domingo eh”. Odio profundo.

En cualquier dieta seria, si Usted está bien alimentado, hambre no sentirá. Parece que si siente hambre la cosa viene mal. Yo hambre no tengo, a veces tengo ansiedad, que es otra cosa, pero hambre no eh. Lo que tampoco va a tener es sed, ya que vivirá tomando agua y comiendo gelatina. Tampoco tendrá mucho tiempo libre, ya que la mayoría lo ocupará yendo al baño por el agua innumerable cantidad de veces, durmiendo aunque sea de a ratitos por el cansancio que conlleva ir al baño a las tres de la mañana, y a las cuatro y media, y antes fue a la una, y sobre todo, se la pasará haciendo gelatina, ya que de repente toda la familia querrá gelatina, aunque Usted intenté con todos los gustos, con la esperanza de que alguno no les guste.

Otro tema no menor es la cuestión de la ropa. Usted hace dieta, entre otras cosas, para verse mejor. Ahora, a medida que comienza a adelgazar la ropa le va quedando grande y mal, y si bien esto tiene un costado de regocijo y festejo, cuando ya no tiene nada más para ponerse y la ropa ya no le queda mal, sino que le queda para el orto, comienza a convertirse en un problema. Ocurre que la dicotomía se presenta entre comprarse ropa, porque en bolas no se puede estar y además ya hace frío, o esperar a bajar más. Y además, para reponer vestuario, aunque sea básico, todos los meses durante varios meses, deberíamos haber tenido la previsión de ahorrar durante todo el tiempo que engordamos. Claro que no lo hicimos porque obviamente gastamos el dinero en comida y bebida. Y mientras, uno se va disfrazando con lo que más o menos no se le cae y puede ocurrir que de repente uno se vea con un pantalón de vestir pinzado de cuando era joven. Y es riesgoso, porque de ahí al jean nevado que guardó Dios sabrá por qué en la misma valija en el mismo altillo que el pinzado, hay muy pocos pasos.

Luego, cuando la ropa se te cae y de repente te mirás te encontrás con cosas sorprendentes. Por ejemplo, con tu gordura, que casualmente antes de empezar con la dieta capaz no habías notado. En mi caso he descubierto, asombrada, que tengo panza. No es que antes no tuviera, claro, solo que no la veía porque estaba rodeada de los 10 kilos que ya no tengo. Y así. Es como que se va redefiniendo el contorno. Por ahora las tetas no se me achicaron, porque ahí si que mando todo a la mierda y vuelvo a la cerveza y a la pizza.

Una dieta bien equilibrada, controlada por profesionales, supone la incorporación de alimentos a tu dieta que tal vez antes no tenías. Y entonces ahí vas en busca del eneldo para el lomo, llenás el freezer de bolsas de verdura congelada (porque tampoco la pavada no me voy a pasar la vida hirviendo espinaca) y te hacés amiga de brócoli con un inusitado entusiasmo. Se te genera una adicción a las sopas Light y en la dieta mental te encontrás de repente pensado: Huy, cómo me comería una arrocita!.

En mi caso en particular este cambio de paradigma en la compra del súper ha traído dos consecuencias inmediatas. La primera es que mi familia ha decidido que va a comer tan sano como yo. Estoy no sería un problema si no fuera porque ahora la mayor y el padre quieren “vianda mamá” para llevarse durante el día. La menor obviamente siempre se iba con la comida preparada por mi, pero ahora se sumó el padre que mi mira con el tupper abierta y la mayor que descarta sin ninguna vergüenza el buffet del colegio y a la señora que prepara viandas más sanas y me pide que se la prepare yo. Estoy pensado seriamente en que para cumplir con semejante demanda, en el caso de que lo quiera hacer, deberé disponer del tiempo libre que me queda, a la tres de las mañana. De todos modos me levanto para hacer pis, así que no es tan difícil.

La otra cuestión referida al cambio de menú es que sospecho, la dieta me está arruinando el estómago. En Semana Santa me comí dos empanadas de vigilia y casi me muero. Y antes de que alguno saque conclusiones erradas, no fue la culpa. A mi no me da culpa comer y no como a escondidas ni sola, y mucho menos vomito (Enumero recordando las preguntas que me hicieron antes de comenzar el tratamiento y por las cuales casi salgo corriendo). Acostumbrada a tantos años de tener un estomago de amianto, no quiero ni pensar lo que debo estar haciendo con mi cultura alcohólica. Un espanto, años de excesos tirados al tacho, todo para que me entre el pantalón de cuero.

Luego, en todo este proceso, como si no fuera suficiente con la propia mirada, y como si no fuera yo mi censora más cruel, tenemos en continúo la mirada de los demás. Y ahí se abre, como en todos los aspectos de la vida, un abanico gigante conformado por un crisol de colores. Y están entonces los que te quieren hacer comer a toda costa porque tienen miedo de que te desnutras (como si existiera semejante posibilidad), los que te quieren hacer comer porque quieren que engordes, los que juzgan lo que comés porque consideran que eso no es hacer dieta, los que te dicen que estás divina, los que te dicen que ahora se te notan las arrugas, etc. De todos modos, cierta concentración (para no comer lo que no debes, para tomar lo que corresponde, para que no se te caiga la ropa, para no hacerte pis encima, para llevar el control de cuántas gelatinas quedan, para no mandarle la vianda del padre a la nena y viceversa) te garantiza un cansancio tal que todo esto te chupa un huevo. Y no está mal.

Y mientras me dispongo a ir por otros diez kilos, y veo si luego de hacer las viandas a las tres de la mañana me queda tiempo para hacer la actividad física que aún no hago, aunque sea de 4 a 5, pienso en que también me han sorprendido aspectos que no me esperaba y que circundan a la cuestión.

El más destacable ha sido la incorporación de pescado a la dieta. Menos kilos es igual a más pescado. Y no es que sea destacable por el salmón, los camarones o los langostinos. Se destaca por el pescadero moreno de voz grave, que está para partirlo en dos. Pero eso, queridos compañeros de infortunios, sin lugar a dudas, es tema para otrao post.

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M de Malcogida (Dos de tres…)

Yo quería continuar con esta saga antes. Lo juro. Sobre todo por la lluvia de peticiones al respecto. Ocurre que desde el último post, allá lejos, hace ya más de una semana, la mayor empezó segundo grado. Y yo me metí en un centro que te ayuda a adelgazar. Como aliciente puedo decir que imaginarán la cantidad de tópicos que tengo listados para escribir…

Ahora si, a lo nuestro. Irse de viaje está buenísimo y volver a casa también. A mi me gustan casi las dos cosas por igual. En mi caso tiene además un condimento extra. El regreso digo. Decir que con la maternidad vienen aparejados cambios es una obviedad. Ahora, decir que algunos de esos cambios te toman por sorpresa y te estrolan contra la pared es como un secreto guardadísimo en pos de la preservación de la especie.

He pasado, sin escalas, de estar dispuesta a viajar por el mundo en pelotas a desarrollar una fobia tremenda al armado del equipaje. Y cuando consigo finalmente llenar las valijas nunca son menos de 5. Entonces, volver tiene un gustito adicional: Se trata únicamente de meter, no necesariamente de modo ordenado, todo lo que más o menos se parece a cosas de tu familia en cualquiera de los bolsos que llevaste.

Vuelvo entonces feliz. No le temo a la ruta ni a las demoras. En este caso en particular, habiendo ya hecho la mitad del camino, decidimos, en un acto de amor filial profundo, almorzar en MacDonalds. La mayor se había portado taaaan bien (Sobre todo en comparación con la menor) que se lo merecía. Estacionamos el auto y, tal como suponíamos, había una multitud. Pero bueno, lo sospechábamos, y como me dijo una vez la mamá de mi mejor amiga, los hijos duelen. Además para hacerte pelota el estomago tampoco tenés tanto apuro.

Enfilamos derecho cuando, por supuesto, la mayor declaró que necesitaba ir al baño. Larga la cola. Muy larga. Nos paramos derechitas, y al rato ya hacíamos el ingreso triunfal a las instalaciones. De entrada nomas llamaba la atención la limpieza. Baño de estación de servicio, en la ruta, con toda esa rotación de gente… Un olor a desinfectante. Una agradable sorpresa, una joya en el camino. A los 5 minutos, adentro del baño pero como con 10 personas por delante aún, aparece la señora que limpia. Con un atomizador en una mano y un trapo en la otra. La cara roja de tanto andar entre lavandina. Pelo corto, gordita, con el uniforme de la empresa de limpieza y unos 60 y casi 70.

Cada vez que alguien salía de alguno de los baños, ella entraba, revisaba, y solo después dejaba pasar a otra persona. Si tuviera que jugarme la vida en esto, apostaría a que es mucho más de lo que le exigen en su trabajo. Dos o tres lugares delante de mí, una mujer y su hija. Debía tener mi edad. Y menos onda que un pan lactal. Medio mosquita muerta, de esas que tiene puesta la alianza como único ornamento y sandalias que priorizan, claramente, la comodidad a la estética. Parecía muy pulcra ella. Colores pastel en su ropa y ni el pelirrojo natural de su pelo llamaba la atención. De esas personas que pasan como sin hacer ruido. Ahora, hay que estar de atentos… los malcogidos toman formas de lo más disímiles. Y sorprenden.

Le tocó el turno y se metió en el baño con la nena. Era chico el compartimiento. Ni se las oyó. Luego, pasó otra y otra a otros baños, y justo cuando salía la pelirroja insípida me tocaba a mí. Me adelanté a la señora que limpiaba mientras le decía que dejara, que estaba todo bien. Por el angosto pasillo azulejado nos cruzamos mi hija y yo con la señora anodina y su retoño. En ese pasaje estrecho noté que, más allá de la pulcritud a la que ya hice mención, la mina tenía las uñas de los pies largas. No sucias. Cuidadosamente largas. Horror. No es un presagio, es una clara e inequívoca señal.

Mi hija pasó al cubículo de la derecha, impoluto como el resto del baño. Yo entré en el de la malcogida de uñas de los pies largas que seguramente hacen a su malograda vida sexual. Un asco. Pis en la tabla. Pis en la tapa del inodoro levantada. Pis en el piso. Creo que adentro del inodoro no había caído ni una gota. Pedazo de mugrienta.

Acá si me di el gusto de gritar. Igual no se si me escuchó. Capaz huyó despavorida, o para ser consecuente, ni se lavó las manos y salió derechito a la ruta. Salí del baño hecha una tromba (y soy grandota, así que era una gran tromba). La señora de la limpieza me agradecía avergonzada, el resto de la gente asentía y mi hija me miraba en silencio, sospecho que resignada. Debe aventurarse una adolescencia complicada con semejante madre (Igual peor ser la nena de la sucia insatisfecha, ya le voy a decir cuando me reclame algo).

Sobre el respeto a una mujer, mayor, que labura mientras vos meas, prefiero ni hablar. Me parece tan obvio que despierta en mí el instinto asesino más profundo. Si puedo relatar que salí, camino a mi almuerzo, con el firme propósito de enseñarles a mis hijas a usar correctamente un baño publico. Primero eso, y luego si me queda tiempo, les hablaré sobre su virtud, el voto femenino, la importancia de no usa medias con sandalias, etc.

Ocurre que, en un baño publico ideal, si la primer mujer que entra no se comporta como una cerda pelirroja desabrida con menos onda que un termo y con las uñas de las patas como cuchillas, capaz se llega al final del día sin necesidad de recibirte de equilibrista para hacer pis sin pisar las toallitas usadas tiradas afuera del tacho, mirando que en donde apoyas la mano no haya “nada” e intentando no tocar el pis de tantas en la tabla, mientras embocas en el inodoro. Y sin pito, que es mucho pero mucho más difícil.

Mirá que, aprovechando la cercanía del día de la mujer, tenés que hacer mierda siglos de avances del género a fuerza de chorros de pis eh.

Mantener el baño limpio es como pasar la antorcha de la dignidad a la que sigue. Claro que si sos una MC entendemos que o la apagues con el chorro o te la metas en el orto. A la antorcha digo.

Relatada la segunda, me queda un cierre de la serie. Una señora que merece que le dedique tiempo. La frutilla de la torta. Posiblemente en el medio surjan otros textos, pero no me preocupo. Ella no se va a ir fácilmente. Los malcogidos siempre están. Y no cejan en su esfuerzo por ser.

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M de Mi Amor.

Con mi amor primero fuimos compañeros de colegio, luego amigos. Después mucho más amigos. Finalmente novios. A continuación ex. (Estuvimos un tanto reiterativos con estos dos últimos estados). Un día de diciembre, con un calor divino, nos casamos. Y un ratito después, hace unos días, cumplimos ocho años de casados.

Ese mismo día, el del aniversario, en la cama y a oscuras, hicimos una especie de racconto de lo acontecido. Porque de verdad nos parecía que si abríamos la heladera íbamos a encontrar un pedazo de torta de bodas (Gracias a Dios no eh). Parece que en 8 años tuvimos dos hijas, dos gatos, dos casas, dos autos, algunos familiares muertos, otros que casi, algunos que deberían, un tumor, muchos viajes, muchos sobrinos, una empresa, varios trabajos diferentes, la familia, ex amigos, nuevos amigos y los buenos de siempre.

Y para ser honestos, casi ninguna pelea importante. Y de la monotonía nada. Y de la abulia y el aburrimiento que nos habían prometido ni noticias. Nosotros la pasamos bien juntos. Nos admiramos y nos respetamos, pero por sobre todo nos reímos mucho. Hasta las discusiones son graciosas, parecen campeonatos de ironías. Y claro, el sexo es genial. Y mucho. (Porque viste que está todo eso de que la pasión se acaba, bla, bla, bla. Ja!).

Nosotros por las dudas hicimos una especie de contrato tácito. Nos casamos por diez años. Y después vemos. Si estamos de acuerdo renovamos. Sino, como diría mi hermana, a otra cosa mariposa y si te he visto no me acuerdo. Y capaz renovamos por menos tiempo, no sea cosa que los próximos diez se nos hagan largos.

Mientras, como faltan dos años, festejamos el aniversario. Bueno, el día exacto no pudo ser porque era lunes y las nenas, y el laburo. Instituimos entonces la semana del aniversario. Y se llenó la casa de jazmines, y el aroma me recuerda que es la semana “de”. Y me lleva a la noche de bodas, cuando entramos al departamento a las casi nueve de la mañana, con una bandeja de bombas de chocolate de la mesa dulce, arrastrando yo mi vestido de cuero (diciembre, calor matinal, hermoso) y el su traje y desde el pasillo de entrada nomas, el departamento que sólo tenía somier y heladera estaba inundado de jazmines (Es la única flor que me gusta, el resto me resultan desagradables). Y entonces, rodeados de jazmines, hace 8 años, desayunamos dos botellas de champagne y las bombas de chocolate y cuando nuestros amigos y cuñados sacaron el dedo del timbre empezamos realmente a festejar.

Para los 8 años, como si llegamos a desayunar champagne con chocolate nos internan, habíamos pensado en irnos a pasar un fin de semana romántico a un hotel con spa. Era todo un desafío de logística. Dejar a las dos nenas todo el fin de semana con todo organizado requería más concentración de mi parte que el plan de negocios de mi empresa para un 2009 en crisis mundial.

Lo bueno fue que cuando nos pasaron el presupuesto lo desestimamos inmediatamente. Luego investigamos varias opciones, hicimos un análisis profundo y elegimos. Nos vamos a ir a un telo. A un telo caro, no se crean. Total, a los fines prácticos, es lo mismo.

Así que promediando la semana que terminaremos pernoctando reconozco que a veces me atacan una sensación rara, como de quien espera una tragedia. Porque todo el mundo te dice, todo el mundo te advierte. Y yo sólo tengo motivos para celebrar. Bueno, no somos Laura y Almanso (gracias a Dios porque yo adentro de un vestido con flores debo ser un espectáculo terrorífico), pero vamos juntos.

Mi amor, al que le va a agarrar un paro cardiorrespiratorio de la vergüenza cuando lea esto, es un tipo amoroso y apasionado. Brutalmente honesto e intrínsecamente bondadoso. Muy generoso conmigo. Muy inteligente y muy irónico. Tan dulce con sus hijas que da asco. Tan enamorado de mi que me desarma todos los días. Es una de las poquísimas personas en el mundo que me cierra la boca. Y no de un beso. Mi amor me sorprende en las situaciones en las que me caigo. Mi amor era un chico cuando me enamoré de el. Y ahora es un hombre que toca la guitarra y que viajó 8 horas abrazado a la wii. Y por eso también lo amo. Mi amor confía. Y yo en el. Siempre. Quiero que esté conmigo pero puedo vivir sin el. Mi amor me mejora y yo doy mi vida por el.

Con mi amor no tenemos ositos de peluche ni mensajes cantados. Sabemos que un pasacalle para el día de los enamorados no sería otra cosa que el comienzo del divorcio, jugamos competencias para ver quién hace más puntos en la DS y disfrutamos de los éxitos del otro. Siempre. Mi amor nunca me trajo bombones en una caja en forma de corazón (porque sino no llegábamos a los 8 años) y siempre soy su prioridad. Y el la mía. Y no hay mucho más que eso.

Y en este post que desde el principio nomas peca de meloso (Prometo que no vuelvo a escribir algo así) sólo me resta agregar que me cago en los agoreros, que desafío al destino y que apuesto a más. Porque mi amor, yo ya me agendo, que en dos años, me vuelvo a casar con vos.

Y esta vez asumo que me toca a mí, entonces, para que tengas tiempo para pensar la respuesta, te pregunto desde ahora… Te querés volver a casar conmigo?

Sería un honor.
(Y feliz aniversario).

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M de Madonna.

Bastante complicado fue organizar la cuestión. Una al colegio, la otra al maternal. Luego la niñera y a casita. Después se bañan (Y me baño), se cambian (Y me cambio) y a la casa de la abuela. El padre vuelve de trabajar y las levanta. Yo enfilo, contenta, con mis all star de charol, al recital de la reina del Pop.

Ella y yo tenemos una relación especial. Fue mi primera guardia periodística. Era mucho más joven yo cuando esta mujer llegó a la Argentina asustadísima. Parece que el Delta no se parecía a la Isla Bonita y que los muchachos (Algunos peronistas) no estaban muy de acuerdo con que encarnara a la abanderada de los pobres. Un susto tenía la estrella. No asomó ni la nariz por la ventana del hotel ni por equivocación.

Pasé mi primer noche ahí (Es un lugar común, pero la primera vez siempre duele, ya sabemos). Pantalón cremita tenía yo. Me visto con algo diferente al negro unas dos o tres veces al año. Esa fue una, igual no importa, porque al final de la guardia estaba tan negro como el 90% de mi ropa.

Salió a comer y la seguimos. Nosotros con otros 800 equipos de radio, tele y gráfica y unos 400 fanáticos desquiciados con guantes de encaje y labios pintados de rojo. Reflexión aparte, esos mismos locos de remate, algunos más, otros menos, son los mismos, pero los mismo eh, que están ahora acampanado en River. Hay varias cosas que no logro comprender. Para empezar, quisiera saber qué les pasó durante todos estos años como para seguir con el guante de encaje puesto. Y ya que hablamos de la ropa, les pregunto, no notaron que esta mujer hace mucho ya que viene ganando cifras de dinero exorbitantes y se viste muy bien? Lo notaron? Claro que si. Entonces, pregunto, qué hacen vestidos como si estuvieran adentro de la peli Buscando a Susan? También podría preguntarles cómo es que después de esa película siguen siendo fanático, pero mejor no. Será que yo no soy fanática de nada. Me fanatizo únicamente con algunas ideas propias. Y por lo general me arrepiento, pero ese es otro tema.

Salió a comer. No había imágenes de la cantante en el país. Aún no había filmado en el balcón. Y fue a comer a Puerto Madero (Que ya existía eh). El restaurante (La palabra restó no existía gente) quedó rodeado. Y mientras yo la pasaba bomba relacionándome con el zoológico circundante noté un hilo de luz entre la cortina y la pared del comedero. Rompimos el espejo de mi angel face (Ahora uso MAC sino se me cae la cara a pedazos, pero en ese momento me podía poner arena y quedaba divina… divina juventud) y la pericia de un gran camarógrafo hizo el resto. Ahí estaba la diva alimentándose, como todos los mortales. La cantante comía! Y esas imágenes fueron las primeras así que se pasaron hasta el hartazgo.

Por eso digo, por la relación especial que nos une (Aunque ella no esté enterada) de muy mal gusto me pareció que me suspendiera el show. Para empezar fue un caos conseguir entrada. Viste que te las van tirando de a puchitos. Que abrimos la primera fecha, que después la segunda, que hacemos cola por 6 días (Ah, tengo otra consulta para los eternos fans: De qué viven lindos? Cómo es que se toman todos esos días para estar parados delante de la mansión del Hyatt, eh??). Y el servicio de ventas de entradas on line, que es, como decirlo… no encuentro la palabra justa… a, si, una reverenda cagada.

Habíamos conseguido entradas, teníamos fecha. Y ahí nomás, entre adopción y adopción, va y se divorcia. Y el ex parecía un caballero, mirá que ni un peso le sacó. Pero algo debe haber pasado porque cuando parecía que habíamos superado el mal trago y el peligro de suspensión parecía haber pasado, se despacha Guy con ese comentario tan agradable sobre que tener sexo con su esposa era como tenerlo con un tendón. A mi me pareció recordar que Naomi había hecho declaraciones diametralmente opuestas… igual, yendo a lo práctico, cagamos pensé yo, se deprime la diva y me suspende el show.

Pero no, llegó, no se escondió, visitó a la reina que nos gobierna (Que no cabía en si misma rodeada ella x la Ingrid y la Madonna, mirá cuando la vea Cobos) y ya estábamos!!. Ella, los 432 guardaespaldas, la secta de orates que bailan en la vereda para los noticieros y todos los que pudimos pagar la entrada!

Ya estaba enojada yo porque parecía que todo el mundo vendía su entrada. Con lo que me había costado conseguir la mía. Y encima, de cinco chicas materiales que íbamos a asistir, una no consiguió pasaje desde Madrid, a otra la mandaron a San Pablo. Quedamos tres, y una de las dos, que claramente no soy yo, quiere ir temprano para ver a Paul Oakenfold. Será posible. Decí que vendimos las dos entradas sobrantes.. (Antes del cambio de fecha, obvio, porque sino no las hubieras vendido, puta madre).

Y entonces, ahí me cambia la fecha la muy desconsiderada porque parece que no le llegó el vestuario (Y algunos equipitos). Pero si sale en bolas, dijo muy acertadamente la señora que hacía cola delante de mí en Falabella, mientras yo compraba los monitores para la oficina porque era día de descuento, y apurada los compraba porque era día de recital. Lloró, dijo, cuándo se enteró de la demora del vuelo. (Madonna, no la señora de la cola). Tranquila nena, quedarse en el país unos días más no es tan tremendo. Al menos no lo es la mayoría de las veces.

Ahora estoy reprogramando la agenda. Facilísimo en diciembre, eh. Parece que nos canta el viernes. Lo bueno es que los viernes estoy tan cansada que todo me chupa un huevo.

Mirá Madonna, bastante mal te portaste. Igual, por si le querés decir a Guy, y a pesar de que en la tapa de Caras tenés bigotes (gracias Lula), como corolario de todo esto te reitero que si algún día, por una de esa casualidades, me gustan las mujeres, yo te juro que de la primera que me enamoro es de vos.

Eso si, a la puerta del Hotel no voy. Y del guante de encaje ni hablar.

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M de Musicalmente hablando

El viernes me alcanzó forrando un cuaderno para mi hija mayor. Habilidades tengo, manuales ninguna. La señorita Laura debe pensar que el cuaderno lo forró la nena de 6 años. Y que lo hizo bastante mal para su edad.

En fin, a dos horas de haber comenzado el viernes me fui a dormir. Apenas 4 horas y media después me levanté y me bañé. Me tomé la taza que gracias a Dios me prepara mi marido todas las mañana de café negro expreso, amargo. Me vestí de persona.

Mientras me vestía levanté a la mayor, desayunó, se bañó mi marido, despertamos a la menor, rezamos para que estuviera de buen humor y partimos. Hormigas marchando hacia las tareas diarias.

Nos subimos al auto y noté que en mi cartera, un depósito que mezcla tecnología y pañales, no estaba el maquillaje. Los viernes no voy a la oficina, voy a la Facultad. Mi socia me anotó en un posgrado. Lo pagó y luego me avisó. Básicamente lo que hizo fue ponerme una patada en el culo y depositarme en un aula, como para ver si después de mi segundo parto puedo volver a poner en funcionamiento alguna neurona. Tan optimista ella siempre. Y tan práctica.

La mayor al colegio, la menor a lo de mi suegra, yo a buscar el maquillaje (realmente no podía presentarme socialmente con esa cara de viernes). Tren, colectivo. Una barrita de cereal, el pasquín El Argentino y un libro de Tom Sharpe. De paso, iba yo en el 130 a las casi 9 de la mañana leyendo, cuando veo al lado mío, parado, a un joven universitario de pelo largo con los ojos como dos huevos duros leyendo mi libro. Claro, yo me estaba riendo del humor inglés Sharpe, que hablaba llanamente del sexo anal, con la crudeza propia del sarcasmo. Pobre pibe, demasiada estimulación para esas horas. Y difícil de contextualizar si no leíste el libro. Dura le debe haber resultado la mañana.

Luego, ya no hay tanto que decir: Clase, luego almuerzo, luego taller de posgrado, luego colectivo y tren. En el medio, llamados a la oficina, a mi marido, a mi suegra, a mi madre, a mi marido y a la oficina otra vez. Después mi casa, las nenas, cambiarlas, la comida. Y al final, ya casi la hora de ir al recital. Me gustan los recitales. He ido a muchos recitales. Intento seguir yendo, sólo que debo ser más selectiva.

Me saqué los tacos y el pantalón, me puse un jean y zapatillas. Me dejé la remera de vestir. Me saqué el collar pero olvidé sacarme los aros de gente seria. Y decidí que no me iba a sacar el maquillaje que tanto me había costado hacía ya tantas horas. Aunque sólo quedaran restos. Era un cadáver exquisito mi apariencia, pero de taller literario de barrio.

Como todavía no pude olvidar del frío que pasé en el recital de Soda Stereo, me puse polar (Yo no uso pouloveres y me pongo polar únicamente en la nieve) y encima un chaleco inflado. Casi muero sofocada, pero estaba demasiado cansada como para sacarme nada. Redonda, con el chaleco, rodeada de mis amigos todos varones, parecía un satélite.

Un kilombo estacionar. Finalmente, 7 cuadras después, un pibe nos indicó un lugar sobre un cordón amarillo. Y nos cobró 12 pesos. Caminamos tres cuadras, mi marido, un poco estresado, empezó a dudar sobre si había cerrado el auto o no y regresó a cerciorase. Claro que lo había cerrado. Nos encontramos con nuestros amigos y entramos.

Gente grande toda. Está bueno eso de dar con el promedio de edad de los asistentes a un recital. No siempre ocurre. Empezó a sonar la banda. Un sonido de la puta madre. Y de repente, se cortó todo. Un silencio que choca conmigo. Hasta las pantallas se apagaron. Eso es un problema, porque con mi metro casi sesenta lo único que yo veo en los recitales son las pantallas. Y es gracioso, porque en este mundo raramente globalizado, en lugar de rebajar a puteadas al sonidista o de pedir que les devuelvan la plata, la multitud comenzó a corear la marca competencia de la marca que organiza el evento. Imagino a los departamentos de marketing luego haciendo focus group para evitar semejante barbaridad en el próximo festival. Y me da una risa.

Al final volvió el sonido. Y dos horas y pico de rock con aire sureño, algo de funk y algo de jazz. Y seguramente otras cosas que mi oído no supo distinguir. La banda era la DAVE MATTHEWS BAND por primera vez en la Argentina. Impecable. Una Celebración, como debe ser.

Yo al menos, luego de semejante día, no me merecía menos.

(Nota: Y si aún no votó y quiere hacerlo, yo quiero escribir el cuento de Navidad, así que dentro y vote en Clarin Novedades. Se agradece).

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M de Maldición!

Apenas en unos meses cumplo 35 años. Me han vaticinado todo tipo de depresiones y crisis, conflictos e inquisiciones filosóficas. Para ser honesta, yo vengo surfeando sobre la edad sin problemas.

Básicamente me importa un cuerno. Si, me molestan un poco las canas, me incomoda algo salir y que me lleve una semana recuperarme, y algunas otras nimiedades. Pero de verdad que nada de esto me quita el sueño. (El sueño me lo quitan la bebe de un año y los dos gatos molestos, así que no hay lugar para algo más).

Además, la boludez no tiene edad. Y como uno se lleva puesto en el transcurrir de los días, no creo que el último día de los 34 estés esplendido y el primero de los 35 estés para el descarte.

Por otro lado, de un tiempo a esta parte (Alguna vez voy a escribir sobre el significado personal de “de un tiempo a esta parte”, pero se resume en un tumor que estaba y ya no) yo festejo todo. Porque me gustan las fiestas, porque me gusta mi familia, porque me gustan mis amigos y porque elijo pasarla bien. Así que yo espero mi cumpleaños y lo festejo. Siempre.

Hace apenas unos días, en la mitad del quilombo de fin de año (O me sobran eventos o me faltan días de acá al 31 de diciembre) me percaté de la proximidad de mi cumpleaños y hasta me gustó el número que se avecina, porque pareciera que merece un festejo mejor. O al menos me pareció una buena excusa.

Mientras ya tenía casi todo organizado en mi cabeza (La chopera, la banda, el boliche, el menú, los invitados, la invitación y los zapatos que me iba a poner) me di cuenta, otra vez, de que todo no se puede. Porque tenemos ganas de vacacionar en Brasil, y somos un paquete de cuatro, porque el colegio de las nenas aumentó, porque todo aumentó y todo no se puede. Mierda.

Y entonces si, casi me agarran una depresión, muchos conflictos y varias inquisiciones filosóficas. En ese orden.

Lo más triste es que yo no pensaba tener crisis de los 35. Y parece que ya me inventé una. Maldición.

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M de Mañanero.

Si bien no soy precisamente un solcito tengo ciertas bondades, como todos, que hacen que la convivencia conmigo sea, por lo menos, llevadera.

Voy por la vida con un humor ácido constante, hablo a los gritos, hasta por los codos y hasta con las piedras. Me río fuerte, soy buena compañera para las penas y para la diversión, tengo una charla amplia y razonablemente interesante, soy un tanto escandalosa, brutalmente honesta, considerablemente juguetona y extremadamente útil para resolver crisis y conflictos (más ajenos que propio, obvio). En fin, un paquete un tanto llamativo pero divertido y hasta cariñoso.

Ahora, el racimo de virtudes desaparece a la mañana. Cuando me despierto odio al mundo y el mundo me odia. Profundamente en ambos casos.

Mi humor mañanero es deleznable, como si el mal aliento matinal de todos los mortales hubiera hecho metástasis en todo mi organismo. Tengo que admitir que de todos modos, una vez que arranco ya está. Es que no es que me guste dormir exactamente. Pero no me gusta acostarme, me acuesto tarde, muy tarde, y sobre todo no me gusta levantarme. Nunca me gustó.

De pequeña jugaba incluso a ver las letras cuando mi mamá ya me había apagado la luz. Divino el astigmatismo actual, pero bueno, quién puede asegurar que sea por eso… De más grande el colegio fue una tortura. Recuerdo haberme puesto el uniforme adentro de la cama (Se ve que a mi madre ya no le quedaban fuerzas para seguir educándome a esas alturas, o a esas horas…). Tan temprano entraba al colegio, teníamos “pre hora”. Pedazo de brutos literales, así le había puesto. Que poco marketing. Por lo pronto era “pre” a mi tiempo de despertarme. Eso ocurría entrada la mañana, incluso a veces hasta me peinaba para festejar el acontecimiento.

Luego la Facultad. En San Telmo. Una hora y media para ir, una hora y media para volver. Si no hubiera sido porque no me alcanzaban las horas de año para estudiar podría haber escrito un libro. O varios. “Mi vida en el 130”, “Nacer, crecer y morir en el 130”, “La fauna del 130”. Y varios más. Sabía quien se bajaba, quien se subía, quien se había comprado zapatos nuevos o se había depilado las cejas. En el 130 me pintaba las uñas, estudiaba, escribía, desayunaba, y claro dormía.

Luego la vida en general y justo cuando la cosa se había acomodado y mi empresita ya estaba lista como para poder empezar el día sin mí, ahí nomas agarro y tengo hijos. Porque nadie me puede acusar de poco osada. Un poco masoquista, pero cobarde no. Y entonces, arrancamos el colegio. Actualmente nos levantamos a las 6.30. Hasta el gato se levanta a esa hora. Y si nos quedamos dormidos nos rasca histéricamente la puerta (Como si yo necesitara un motivo más para detestar el inicio del día).

Los despertadores me resultan inhumanos, así que nos despierta la radio. Una vez mi marido sin querer movió el dial y se me mezclo en el entresueño la voz de Laje. Día perdido. Imposible de remontar.

Ahora que lo pienso, tengo que sumar a la historia que justo cuando yo ya había decidido que si mi pareja me amaba me tenía que soportar así y se acabó, y que ya iba yo a ceder otras cosas, pero eso no, ahí llega la venganza de los dioses, y nos nace una criatura que se despierta cantando. Es que a uno le dicen que por los hijos se dejan de lado ciertas cosas, que uno se sacrifica, que se relega. Si, si, todo muy bonito, yo no tengo drama, un riñón les doy si es necesario, pero nadie me avisó sobre el innegable hecho de que tenía que superar el mal humor matutino.

Así que acá estamos, levantándonos tan temprano que no lo puedo ni repetir. Mi marido se levanta y así, en bolas y dormido, lo primero que hace es prender la cafetera. Es que el tipo es sabio, y a fuerza de un café negro grande y express que me sirve todas las mañana me mantiene al menos neutralizada. Y sobrevivimos como en los grupos de autoayuda: “Una mañana a la vez”.

Y para los que están acá por el título, y antes de que me acusen de hacer proselitismo engañoso para difundir mi post, no tengo empacho en decir que para ESE tipo de mañanero no tengo problema alguno. Nunca.

Es lógico, porque además de otros muchos beneficios que no negaré, después de todo se trata de quedarse un rato más en la cama.

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M de mujer que escribe (La génesis)

Aprendí a leer y a escribir mucho antes de entrar a primer grado. No era superdotada, era hincha pelotas. Estaba absolutamente fascinada por todo lo que tuviera letras. Y mi santa madre, harta, realmente agotada, de tener que leerme todo, decidió que era mucho más productivo para su sanidad mental (Y para mi integridad física) enseñarme a leer y a escribir. Y como mi progenitora es de una fortaleza indescriptible, lo logró.

Luego arremetí yo con todo lo que se pudiera leer. Lo que debía y lo que no. La revista Humi que me compraban mis papás y la revista Humor que se compraban ellos y que me prohibían. Y también la revista Perfil que me escondían.

No sabía mamá (Una de sus frases favoritas hoy es “Te deseo con tus hijas la mitad de los fuiste vos, con eso estoy satisfecha”) que se sacaba un problema de encima pero se ponía otros.

En primera fila estaba cuando yo, de 6 años, pronunciaba un poema (Espantoso) de mi autoría (De quién más sino) a la bandera en el patio del colegio Socorro de San Pedro. Un momento hermoso. Ah… porque escribía poesía, no les comenté?? No, si era una joyita…

A mediados de cuarto grado nos mudamos a Buenos Aires. A la semana de estar cursando la señorita (Violeta se llamaba) la citó a Eleonora y le dijo, muy seriamente: “Usted sabe que su hija escribe?!”. Esta mujer pensaba que el trauma de traerme de la zona rural a la urbanización había generado en mi una depresión literaria, o algo así y que por eso todo en el cuaderno tenía métrica y rimaba. Ella una ilusa, yo una niña insoportable.

A esta altura ya estaba convencida yo de que escribía más o menos bien. Y cómo por contraposición la mayoría del resto de las cosas que te enseñan en el colegio me interesaban un bledo (Aún hoy hay cosas básicas como la división que casi no comprendo) me dediqué a explotar la pluma y la lectura.

En el secundario fue practicamente igual y por supuesto mis redacciones se destacaban. El punto culmine llegó cuando para un trabajo práctico yo agarré y me escribí una novela completa (Toma, chupate esa mandarina). Lazos se llamaba el adefesio, y empezaba narrando la muerte de la que aún hoy es mi indiscutible mejor amiga. Es además la madrina de mis dos hijas y mi socia. Ahora que lo pienso, y a la distancia, como en definitiva soy una buena mina, se ve que la mataba básicamente para salvarla de mí.

Lazos pasó de mano en mano, lo leyeron todos los profesores, varios de mis compañeros, los padres de algunos (Incluyendo a los de la muerta), mi familia… Y todo eran felicitaciones y augurios de un futuro en las letras.

El libro (porque es uno solo, con tapa de cartulina) sigue en mi poder. He fantaseado con reescribirlo. Pero también he fantaseado con pesar 30 kilos menos, con volar y con tener sexo con algún hombre famoso, pero una de las virtudes que tengo es que distingo bastante claramente el terreno de la realidad y el de la fantasía.

Aún me pregunto como nadie tuvo la valentía para decirme: No nena, busquemos otro kiosco.

Capaz fue piedad, porque hasta ahí duró el romance. Entré a la Facultad. Y bastaron un par de días. Ahí si que había, y estoy hablando de compañeros, monstruos gigantes de la pluma. De los que aún tengo muy cerca, puedo nombrar a un amigo que escribe poemas que te parten en dos (Y no necesita rimar canción con emoción) y una amiga que hay Dios mío, si yo escribiera como ella no haría otra cosa nunca. Ni siquiera comprarme zapatos. Escribiría y escribiría.

Sin embargo, acá me tengo, en esta especie de regreso al mundo de las palabras. Y públicamente, que no es poco. Me someto, aunque no es el fin, a la mirada de los que seguramente tendrán mucho que criticar. Y sin embargo, ocurre en un momento en el que tengo la madurez suficiente como para saber que no hace falta ser bueno (o un genio, o un iluminado) para hacer las cosas que te dan placer. Alcanza con hacerlas.

Y sospecho que hicieron falta el poema a la bandera, los cuentos obvios y el best seller Lazos para poder hoy, de modo terapéutico, balbucear en este Blog mientras me divierto horrores y esperar que si alguien lo lee, se ría.

Y que el resto, literalmente hablando, me chupe un huevo.

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M de Mujer Castradora.

Navidad le debía el nombre al día en que llegó a casa. Se instaló por decisión propia. Y nos adoptó. Sin consultarnos. Era una gata hermosa, blanca. Navidad hacía cosas de gato: Se iba sin avisar y volvía sin preguntar (Tengo amigas que tienen novios así, pero con menos glamour que el que tenía Navidad). Se refregaba contra cualquier cosa que tuviera más o menos calor cuando requería un mimo, maullaba cuando quería entrar, así como indignada.

Navidad es una de los quichicientos gatos que vivieron en la casa de mis padres. Con esa impronta, y con esa experiencia, me pareció bueno tener un gatito para que mi hija supiera lo que era tener una mascota. Queríamos algo intermedio entre un pez (Para eso mejor una de esas lámparas chinas que tienen peces de plástico adentro y que las enchufás cuando querés) y un perro, que iba a requerir de todo el cuidado que nosotros no lo podemos dar porque laburamos todo el día. Un gato era ideal. Son las nenas lo único que hemos logrado mantener con vida, se nos mueren hasta los cactus, así que era todo un desafío.

Mi marido nunca tuvo gato, no estaba muy convencido.

Un amigo (el de sex & the city) tiene a su vez un amigo que tiene gatos que tienen gatitos y los regala. Le pedimos uno, nos preguntó si no queríamos dos, le dijimos que no, y llegó Suárez a casa. Un siamés.

Le puse Suárez porque es mi apellido. Para ponerles mi apellido a mis hijas la ley necesitaba la aprobación de mi marido. Para ponérselo al gato no tenía que pedirle permiso a nadie, así que me di el gusto.

Suárez es divino. Un pelo… Tiene los ojos color de mar. Hermoso. Esbelto. Señorial. Muy inteligente. Bah, un turro como todos los siameses. Y como todos los siameses, está más loco que una cabra loca, sólo que nadie nos avisó.

Anoten, los siameses no son gatos. Son otra cosa.

Algunas de las perlitas de Suárez: Te acecha atrás de la puerta para saltarte a la pierna como si fuera lo último que va a hacer en su vida, grita como un loco al lado de la puerta de nuestra habitación a las 4 de la mañana. Pero no quiere entrar, quiere que nos levantemos. Suárez corre 6 metros salta y tira un sillón al demonio. Por lo menos una vez por día. El tipo decidió que mejor toma agua de la pileta del baño, come de la mesa en la que comemos todos, tira con su manito mi pincita de la mesa de luz, sólo eso, mi pincita! (Que es tan vital como el aire que respiro). Suárez para festejar la navidad bajó veloz la escalera, rebotó en una silla y se tiro de llenó (con las garras afuera) en el medio del arbolito de Navidad. Con las lucecitas prendidas y todo.

Empezó entonces nuestra batalla diaria para educarlo. Yo quería directamente matarlo (Me gustan las soluciones rápidas y radicales) pero la verdad es que ya le había tomado cierto cariño (Me atrae la gente complicada). Pero el problema real era mi marido, el que estaba reticente a sumarlo a la familia. Lo ama. Está enamorado del loco de mierda este. El gato se acomoda en mi cama, boca arriba, recostado contra mi marido. Mi marido le pasa el brazo por los hombros. Y nunca lo escuché quejarse del síndrome del amante. Mi marido, la estrella de rock, agarra al gatito y le dice “papito” mientras le da besos. Un asco.

Empezó nuestra batalla decía, pero desde el inicio supe que era una batalla perdida. El bicho este hace lo que quiere. Y si tiene dudas lo tiene a mi consorte como para reafirmar su reinado en el grupo familiar.

Se presentaron sin embargo dos soluciones prometedoras para atenuar el drama. La primera es que según parece, no hay nada mejor para un siamés que otro siamés. Me da pavura la sola idea de tener dos de estos cosos en casa. Temo que se confabulen contra nosotros, y no me extrañaría encontrarme un día durmiendo en el lavadero mientras ellos se estiran en mi sommier. Le comentamos a nuestra hija mayor la idea y nos respondió: “Va a ser duro”. La chica es hija mía, y además, los niños son sabios. Conclusión, ni en pedo.

La otra solución, bastante obvia, es castrarlo. Castrarlo con la esperanza de que se convierta en una señora gorda. En un almohadón con patas. Un paraíso. Yo pregunté si además se le podía hacer una lobotomía, pero la veterinaria, que después de todo ama a los animales, me miró mal.

Mi marido está deprimido. Mi padre que es del campo, me espetó en la cara: “Por que no lo capás a tu marido y dejás en paz al gato”. (El hombre nuca pierde oportunidad, recuerden que es el mismo que dice que cuando mi esposo está de viaje yo estoy viuda).

De todos modos, y a pesar de todos, ya tenemos fecha. Tengo una emoción. Es un horizonte. Mientras, a diario, lo miro a mi marido, que a su vez mira al gato como si hubiera fallecido y sólo mirara su recuerdo, y le digo, no ya para levantarle el ánimo, sino para dimensionar la cuestión: Corazón tranquilo, que a vos no te van a cortar nada.

El por las dudas, ya se pidió el día en el trabajo. Ya me voy agendando yo que me voy a tener que tomar el día siguiente. Para contenerlos a los dos. Al fin y al cabo, la castradora soy yo.

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M de Muy Malhumorada.

Un minuto de atención, teniendo en cuenta que:

1. Tengo 34 años. No 20. No 17. No 15. Tengo 34, en camino raudo a los 35. De juvenil nada.
2. La vida amorosa de la Tota Santillan me importa tres carajos. Pero no me fui del país.
3. Como mucho. Pero no como chocolate ni cosas fritas en demasía.
4. El Indec asegura que la inflación es del 0.4%. Y no me descompuse de la risa.
5. Tengo relaciones sexuales con mucha frecuencia. Mucha.
6. Tengo un marido, dos hijas, una gato y una empresa. Y estoy viva y casi cuerda.
7. Gasto mucho dinero en cremas y cosméticos de calidad. Y no tengo la piel particularmente grasa.

Decía, teniendo en cuenta todos los puntos antes expuestos, alguien me puede explicar por qué hace tres días que tengo una especie de grano enorme y desagradable al lado de mi nariz (Que de por si ella solita ya tiene un tamaño importante)???

Enorme. Hinchado. Doloroso. Rojo.

No es justo. No lo es.

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