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M de Mamama. Otra vez.

Hay algo que me cayó mal y anoche me acosté con retorcijones. Puteando a medio mundo porque no me gusta el dolor de panza.

Mi marido de viaje, la menor no entiende de ausencias y extraña. La menor y la mayor en mi cama, que está bien que mide 2 x 1,80 pero igual tres éramos muchas.

Logré dormirme, entre las tripas revueltas y las patadas de la criatura y a la madrugada la pequeña escaló a la hermana y se fue de cabeza al piso. Puta madre. Llanto, luz, inspección para descubrir golpes y a dormir otra vez. Y un ratito después, el despertador.

Arrancamos el día. Repartija de hijas, llegué a la oficina. Los lunes son días complicados. La panza dolía un poco menos y tenía mucho sueño yo. Así que como suelo hacer en esas situaciones, di vuelta la cosa y me dispuse a ponerle onda a la cuestión. Y cuando la energía renovada inundaba mi accionar, ahí nomas, sonó el teléfono.

Era mi hermana, la menor. Mamama está tirada en el piso, me dijo. Mamá y Papá ya salieron para ahí, aclaró. Sin mucha preocupación porque la habíamos encontrado desmayada una vez. Yo, porque si, sin ninguna premonición extraña, porque si, agarré los anteojos de sol, me olvidé la cartera y salí para la casa de mi abuela.

Llegué y la ambulancia, mi madre, mi padre, el gasista que justo tenía que terminar un trabajo y la señora que la cuida. Cuidaba. Mi padre reflexivo, el gasista angustiado, la novata Dra. del SAME asustada y mi mamá y la señora que la cuidaba llorando a los gritos. Porque viste que nosotros si no parecemos una película de Fellini no somos nosotros.

Y en el medio de todo eso, tirada en el piso, de espaldas, Mamama muerta.

Hace poco ella había amenzado con no hacerlo nunca. Morirse digo. Pero parece que le falló el oráculo.

Después el kilombo propio de todas las muertes. Y como yo soy mejor haciendo que sufriendo, me puse a hacer. Llamados, la cana (muerte dudosa porque estaba sola), la cochería, el pami, el certificado de defunción, que dónde carajo está la libreta de casamiento. Hermoso todo.

Descubrí que uno se muere como es. Mamama se murió de espaldas porque se golpeó la cara y con lo coqueta que era no iba a permitir que la viéramos amoratada. Y con la ropa prolija y planchada. Todo ordenado y los aritos puestos. Descubrí también que la orfandad no tiene edad. Mi mamá, tan grandota y con tanta polenta, tan sobreviviente de su propia vida, ella, estaba ahí llorando, abrazando a su hermano (Otro boludo grandote) y ahí, ellos dos, se recibían de huérfanos con un dolor intimo e incompartible.

No todo fue reflexión, por suerte puede pelearme con la doctora del Pami que muy suelta de cuerpo me dijo que iba a buscar el bisturí. Y cuándo le pregunté para qué me dijo que para sacar el marcapasos. Bestia, ahí, en su propia casa, sacarle a mi abuela la pila, delante de sus hijos. Ya se yo que esa no era mi abuela, pero anda a explicármelo a mi en ese momento. Pobre doctora no sabia con quien se cruzaba, casi me la como cruda.

Con todo listo, cuando ya eran las 5 de la tarde. Volví a casa con las dos nenas, una abuela menos y una tristeza nueva. Y sin querer, lloré. En el baño sin que me vean mis hijas. Si comparto un dolor con ellas tengo que estar tan fuerte como para poder absorber su propia angustia y dejarlas limpias. Y no era el caso. Millones de llamados de amigos. Pero se preocupan, porque no tengo el llanto fácil y hay muchos que me deben haber oído llorar por primera vez. Y bueno, lo que duele tiene que doler. Sino te enfermás.

Me saqué los zapatos y de a poco dejé atrás esa casa llena de cosas pero vacía porque ella ya no está. No pude dejar el llanto de mi mamá ni el de mis hermanas. Tengo la cara de las tres en mi cabeza. Me duele la muerta y me duelen las vivas. Cosas del amor.

Me bañé tranquila, porque mi amiga del alma, omnipresente, se carga a mis hijas y a mi angustia y me permite esos espacios hasta cuando no me corresponden.

Es rara la tristeza. Hacía mucho que no la sentía. No te deja lugar para muchas otras cosas. Y ya sé yo que Mamama tenía 90 años, tres marcapasos y un alzheimer galopante. Pero nada de eso tiene que ver con el dolor.

Es raro este post también. Es que el hábito de la escritura se me hizo carne, también hacía mucho que no lo sentía. Lo lamento por los lectores en este caso. Yo ya le había escrito a Mamama. Ahora tengo la necesidad de repetirlo en un burdo y remañido intento de hacerla perdurar. Luego, pronto, volverá el humor.

Me dijo una de mis mejores amigas hace un rato que yo ya sé que la muerte no existe. Y si es cierto, agotada y con ganas de un té, mientras escribo, empiezo a creer que después de tantos años de olvidos y alucinaciones, de enfermedad, desconocimiento y confusión, justamente hoy, el día de su muerte, yo recuperé a Mamama.

Cosas de la vida y de la muerte. Son lo mismo. Estoy en paz. Y ya no me duele la panza.

M de Mamama.

Mamama está a punto de cumplir 90 años. Es mi abuela.
Las mujeres de mi familia son todas fuertes, de armas tomar. Y los hombres también, pero porque no les quedó otra. Digo, si tenían intención de meter algún bocadillo de vez en cuando más le valía hacerse valer. Además, el tipo de mujeres de mi familia, en las que mi incluyo, no soportarían tener a un ganso al lado. Así que lo hombres son más callados pero bravos.

Mi abuelo Santiago, un tipo altísimo de ojos claros que cantaba tangos y que, luego de dejarlo, fumaba un cigarrillo por año, cada 31 de diciembre, murió joven hace ya muchos años. Se murió dormido, al lado de Mamama. La encontraron arrodillada al lado de la cama, abrazada a su marido muerto. Después pasó una semana en casa, y al séptimo día regresó sola a su hogar.

El abuelo se murió, pero Mamama, en contraposición, está vivísima. Nunca tomó ni fumó, siempre fue muy medida en lo que comió, se mantuvo activa y sana. Unas gambas que aún no se pueden creer y el culo más parado que el mío. Hasta pocas arrugas tiene. Le duele la rodilla. Y renguea un poco, pero nada más. Ah, y tiene un marcapasos, pero eso, lejos de ser un problema, la va a mantener viva durante siglos.

Desde que enviudó tuvo muchos pretendientes, pero como dice mi madre, la “Señorita Alegría” se encargó de ahuyentarlos a todos. Está bárbara Mamama. Lástima el Alzheimer.

Enfermedad cruel que te convierte los días, sobre todo para los que no la sufren, en una especie de paso de comedia (pero de humor negro).

Con esa impunidad que tienen los viejos Mamama ha declarado, sin ningún pudor, que no sabía qué iba a hacer cuando se le muriera Alfredo. Podría sonar preocupante si uno no supiera que Alfredo es el remisero que la lleva y la trae. Y que tiene 40 años menos que ella. Hubiera pagado yo por verle la cara a Alfredo ante semejante lamento.

Te mira Mamama, que aunque hay días que no se quieren bañar siempre está pituca, y te pregunta seriamente si vos tenés llaves o si estamos seguros de que ella siempre uso llaves para entrar a su casa. Frente a este tipo de declaraciones mi madre la mira, nos mira y nos augura tranquilidad, asegurándonos que ella de ningún modo va a vivir tanto. Mamama a diario predice su muerte inmediata. Y exige que le prestemos atención en consecuencia. Con esto último ya llevamos comos quince años, y para ser honestos, no podemos asegurar que se deba a la enfermedad.

La vida es una caja de sorpresas con Mamama. Llamó, por suerte no a la madrugada como acostumbra, y dijó que acababa de vender la casa, que “había firmado”. Mientras mi madre, tana, intentaba auto frenarse un paro cardiorrespiratorio, y le gritaba al teléfono, mi padre le sugería, calmo, que le preguntara si había cobrado, porque como la casa no estaba a nombre de ella, quien sabía, capaz Mamama había hecho el negocio de su vida y nos salvábamos todos.

Y en la última reunión familiar no dejaba Mamama de mirar a mi hija menor y de decir “que lindo el nene”, mientras mi mamá le vociferaba “Es nena”, y ella respondía que si, que claro, y que de pasó le dijera de quién es el nene porque no lo tenía presente. Y cuando te despedís te mira haciéndose la superada y te pide que por favor le mandes saludos a alguien, que por lo general, sos vos mismo.

Mamama habla a menudo con los que ya se murieron, y es lógico, porque está más cerca de ellos que de nosotros. Recuerda como vestía cuando tomó la comunión, pero no logra recordar qué cenó anoche, o el nombre de mi tio, su hijo, al que llama, para simplificar, “ese muchacho”. Mamama se queja porque como le administran el dinero dice que no tiene ni para hacer cantar a un ciego, y otros días está que parece un un sol. Mamama es como una nena. Mi mamá está histérica y nosotras, las tres nietas, miramos el show con alguna participación especial, cuando se nos permite.

Está a punto de cumplir 90 años Mamama y se lo vamos a festejar. La fiesta será para la que fue y para la que es ahora. Procuraremos que venga alguna de las dos, no importa cuál. Y que más a o menos sepa a qué vino. Estamos preparados para que pregunte ochocientas millones de veces quién cumple años, para que niegue de cuajo que ella cumpla 90 años (Nunca se sintió vieja y nunca aceptó la vejez) y para que se quiera ir a su casa cada 15 minutos.

Lo que nos tiene realmente preocupados es que hace más o menos una semana le declaró a mi mamá que esto no daba para más, y que había que tomar una decisión: O se moría o vivía para siempre.

Y siendo una mujer que hace 60 años se casó a los 29 (una vieja solterona), que cultísima como era no terminó ni la primaria y que trabajó cuando estaba muy mal visto que una mujer trabajara, decía, siendo una mujer con todas estas características, a pesar del alzhemier suponemos, incluso contra natura, que la decisión final realmente está en sus manos.

Feliz cumple Mamama, y que se haga tu voluntad.


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