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M de Malcogida (Dos de tres…)

Yo quería continuar con esta saga antes. Lo juro. Sobre todo por la lluvia de peticiones al respecto. Ocurre que desde el último post, allá lejos, hace ya más de una semana, la mayor empezó segundo grado. Y yo me metí en un centro que te ayuda a adelgazar. Como aliciente puedo decir que imaginarán la cantidad de tópicos que tengo listados para escribir…

Ahora si, a lo nuestro. Irse de viaje está buenísimo y volver a casa también. A mi me gustan casi las dos cosas por igual. En mi caso tiene además un condimento extra. El regreso digo. Decir que con la maternidad vienen aparejados cambios es una obviedad. Ahora, decir que algunos de esos cambios te toman por sorpresa y te estrolan contra la pared es como un secreto guardadísimo en pos de la preservación de la especie.

He pasado, sin escalas, de estar dispuesta a viajar por el mundo en pelotas a desarrollar una fobia tremenda al armado del equipaje. Y cuando consigo finalmente llenar las valijas nunca son menos de 5. Entonces, volver tiene un gustito adicional: Se trata únicamente de meter, no necesariamente de modo ordenado, todo lo que más o menos se parece a cosas de tu familia en cualquiera de los bolsos que llevaste.

Vuelvo entonces feliz. No le temo a la ruta ni a las demoras. En este caso en particular, habiendo ya hecho la mitad del camino, decidimos, en un acto de amor filial profundo, almorzar en MacDonalds. La mayor se había portado taaaan bien (Sobre todo en comparación con la menor) que se lo merecía. Estacionamos el auto y, tal como suponíamos, había una multitud. Pero bueno, lo sospechábamos, y como me dijo una vez la mamá de mi mejor amiga, los hijos duelen. Además para hacerte pelota el estomago tampoco tenés tanto apuro.

Enfilamos derecho cuando, por supuesto, la mayor declaró que necesitaba ir al baño. Larga la cola. Muy larga. Nos paramos derechitas, y al rato ya hacíamos el ingreso triunfal a las instalaciones. De entrada nomas llamaba la atención la limpieza. Baño de estación de servicio, en la ruta, con toda esa rotación de gente… Un olor a desinfectante. Una agradable sorpresa, una joya en el camino. A los 5 minutos, adentro del baño pero como con 10 personas por delante aún, aparece la señora que limpia. Con un atomizador en una mano y un trapo en la otra. La cara roja de tanto andar entre lavandina. Pelo corto, gordita, con el uniforme de la empresa de limpieza y unos 60 y casi 70.

Cada vez que alguien salía de alguno de los baños, ella entraba, revisaba, y solo después dejaba pasar a otra persona. Si tuviera que jugarme la vida en esto, apostaría a que es mucho más de lo que le exigen en su trabajo. Dos o tres lugares delante de mí, una mujer y su hija. Debía tener mi edad. Y menos onda que un pan lactal. Medio mosquita muerta, de esas que tiene puesta la alianza como único ornamento y sandalias que priorizan, claramente, la comodidad a la estética. Parecía muy pulcra ella. Colores pastel en su ropa y ni el pelirrojo natural de su pelo llamaba la atención. De esas personas que pasan como sin hacer ruido. Ahora, hay que estar de atentos… los malcogidos toman formas de lo más disímiles. Y sorprenden.

Le tocó el turno y se metió en el baño con la nena. Era chico el compartimiento. Ni se las oyó. Luego, pasó otra y otra a otros baños, y justo cuando salía la pelirroja insípida me tocaba a mí. Me adelanté a la señora que limpiaba mientras le decía que dejara, que estaba todo bien. Por el angosto pasillo azulejado nos cruzamos mi hija y yo con la señora anodina y su retoño. En ese pasaje estrecho noté que, más allá de la pulcritud a la que ya hice mención, la mina tenía las uñas de los pies largas. No sucias. Cuidadosamente largas. Horror. No es un presagio, es una clara e inequívoca señal.

Mi hija pasó al cubículo de la derecha, impoluto como el resto del baño. Yo entré en el de la malcogida de uñas de los pies largas que seguramente hacen a su malograda vida sexual. Un asco. Pis en la tabla. Pis en la tapa del inodoro levantada. Pis en el piso. Creo que adentro del inodoro no había caído ni una gota. Pedazo de mugrienta.

Acá si me di el gusto de gritar. Igual no se si me escuchó. Capaz huyó despavorida, o para ser consecuente, ni se lavó las manos y salió derechito a la ruta. Salí del baño hecha una tromba (y soy grandota, así que era una gran tromba). La señora de la limpieza me agradecía avergonzada, el resto de la gente asentía y mi hija me miraba en silencio, sospecho que resignada. Debe aventurarse una adolescencia complicada con semejante madre (Igual peor ser la nena de la sucia insatisfecha, ya le voy a decir cuando me reclame algo).

Sobre el respeto a una mujer, mayor, que labura mientras vos meas, prefiero ni hablar. Me parece tan obvio que despierta en mí el instinto asesino más profundo. Si puedo relatar que salí, camino a mi almuerzo, con el firme propósito de enseñarles a mis hijas a usar correctamente un baño publico. Primero eso, y luego si me queda tiempo, les hablaré sobre su virtud, el voto femenino, la importancia de no usa medias con sandalias, etc.

Ocurre que, en un baño publico ideal, si la primer mujer que entra no se comporta como una cerda pelirroja desabrida con menos onda que un termo y con las uñas de las patas como cuchillas, capaz se llega al final del día sin necesidad de recibirte de equilibrista para hacer pis sin pisar las toallitas usadas tiradas afuera del tacho, mirando que en donde apoyas la mano no haya “nada” e intentando no tocar el pis de tantas en la tabla, mientras embocas en el inodoro. Y sin pito, que es mucho pero mucho más difícil.

Mirá que, aprovechando la cercanía del día de la mujer, tenés que hacer mierda siglos de avances del género a fuerza de chorros de pis eh.

Mantener el baño limpio es como pasar la antorcha de la dignidad a la que sigue. Claro que si sos una MC entendemos que o la apagues con el chorro o te la metas en el orto. A la antorcha digo.

Relatada la segunda, me queda un cierre de la serie. Una señora que merece que le dedique tiempo. La frutilla de la torta. Posiblemente en el medio surjan otros textos, pero no me preocupo. Ella no se va a ir fácilmente. Los malcogidos siempre están. Y no cejan en su esfuerzo por ser.

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